Atrapado en el tiempo

Puedes tratar de sacar todo lo que quieras de tu mente. Puedes soñar con que el olvido se haga cargo de todo. Puedes vivir como si tus fantasmas ya no existen. Puedes repetirte una y mil veces que el pasado se ha convertido en presente. Puedes incluso fingir que sientes lo que no sientes. Puedes mirar atrás sin dolor de punzadas en la frente. Puedes, pero, cuando el tiempo del que huyes te alcanza, sabes que mientes.

Todo acaba por volver. Siempre que cierras los ojos te quedas completamente solo. Entonces, en ese silencio oscuro, la mentira se desvanece y agazapada la verdad se manifiesta indiferente. La ves y aceptas humildemente que estás atrapado en el tiempo. Cárcel sin la que no puedes vivir. Camino del que no puedes salir. No tiene límites ni abismos a su costado. No tiene principio ni fin. Tu vida sin él no es vida. Es nada o no es nada. Lo mismo da.

Sientes que cada vez el tiempo es más presente. Ahora que el pasado no se va, tienes que tratar de ser fuerte. No te dejes tentar por las caricias tramposas de la memoria. Los recuerdos te acompañan y a veces te hacen sonreír. Los recuerdos llegan para quedarse. Y lo hacen. Ganan siempre la batalla. Tú eres presa fácil. Los acoges y los guardas. Ten cuidado. Son afilados. Tienen dientes, tienes garras y hieren como amenazas.

No dejes de mirar al frente. Haz de tu vida un presente continuo que no te abandone. Tienes recuerdos, tienes sueños, de ambos estás hecho. Ahora es lo importante. Si no lo aceptas el abismo te espera. Caer es fácil. El ascenso te cuesta la vida. No te diluyas, permanece. No permitas que tu tiempo sea pasado, no lo conviertas en anhelos futuros. Pisa fuerte y mira la huella que dejas en cada instante.

La única solución que tienes es vivir en la mentira del presente. Sabes que no existe pero no importa, solo en él puedes quedarte. La verdad del pasado no puede devorarte. Miéntete, engáñate sabiendo que lo haces. Ser consciente te hará fuerte. Si vives en la mentira del tiempo por qué no vas a hacerlo en el presente.

Memoria, recuerdos, pasado, futuro y presente. Una y otra vez vuelves a lo mismo. No te quedan palabras para otras cosas. Es obsesivo. Pensamiento persistente. Latido constante en tu mente. Te lo dije, no puedes huir por mucho que lo intentes. Sueña si quieres con vaciarte, sueña con el olvido que nunca llega. Sueña, pero vive mientras tanto en el tiempo que no cesa.

Eres pasado que ya no existe. Tienes ante ti un futuro probable pero incierto. Sólo te queda agarrarte al presente que se desvanece a cada instante. Cuando cierres los ojos, duerme. No pienses, no sueñes. Simplemente duerme.

A las cinco de la tarde

Cinco de la tarde del sábado treinta de septiembre de dos mil diecinueve. En la casa de enfrente todas las ventanas están quietas. El cielo está azul pero la temperatura empieza a alejarse del verano. Dudo entre seguir en silencio o llenarlo de música. Tengo que trabajar pero no me siento con ganas. Estoy solo. Luego saldré, tal vez, a dar un largo paseo. Debería trabajar un par de horas. Mientras lo decido pulso al azar estas teclas, derramo palabras que juntas parecen cobrar vida. Al verlas, una tras otra, negro sobre blanco, vuelvo a estar seguro de que primero fue el lenguaje y luego el pensamiento.

Suena ya la música y me detengo. Los objetos que me rodeaban inertes hasta hace un momento cobran vida. Existen. Los papeles, las fotografías, los libros, los lápices y los bolígrafos tienen ahora un lugar en mi mundo. Sé que las cajas que tengo a mi derecha encierran en la oscuridad recuerdos que no veo. Sé que las fotografías y los dibujos me muestran tiempos pasados en los que yo estuve y a los que ahora puedo transportarme sin tan siquiera cerrar los ojos. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que el tiempo existe para que yo tenga recuerdos.

Miro por la ventana. La calle está desierta. Se oye el ladrido de un perro a lo lejos. Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo en dejarme solo. Nadie pasea, ningún coche rompe el silencio. Las ramas de los árboles se mecen suavemente. En los bancos al sol ningún abuelo se sienta. Todo esta quieto, todo es silencio y yo sé que no es cierto. Ellos están aunque no pueda verlos. Respiran como yo, ven lo mismo que yo y escuchan el lejano ladrido del perro. Sus cabezas no se asoman a las ventanas. Parecen agujeros negros. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que el espacio, quieto, es negrura y silencio.

Observo la habitación en la que me encuentro. Están todas las cosas que fuera de ella no tendrían sentido. La mesa de madera clara donde como, el sofá rojo en el que descanso, los libros llenan las paredes de colores, palabras y tiempo. Yo estoy en cada uno de ellos y ellos han ido, uno a uno, transformando lo que soy. Al mirarlos todos juntos dejan de ser uno a uno para ser parte del todo. Pienso en las horas que he pasado a la mesa conversando, me veo sentado en el sofá escuchando, soñando y durmiendo. Los libros han estado todos en mis manos. Al verlos, vuelvo a estar seguro de que leer es vivir dos veces.

Leo lo que he escrito. Son cuatrocientas cuarenta palabras nacidas la tarde de un sábado de otoño. No me interesa tanto si tienen sentido o no. Me maravilla el mero hecho de alumbrarlas. Qué sería de mí sin ellas. Probablemente nada. Lo que no tiene nombre no existe. Por eso el miedo, la tristeza, la soledad nacen en cuanto alguien las dice. Por eso también la alegría existe. Si no existieran palabras nadie estaría triste. Si no existieran las palabras nadie estaría. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que existo, de que es cierto todo lo que siento. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que he estado y si alguien las lee, se también que estaré mientras las pronuncie.

Aquí os quedáis ventanas, cielo, papeles, fotografías, lápices y libros. Aquí os dejo cajas plateadas, mesa de madera, sofá rojo y árboles tras los cristales. A permanecer aquí os condeno miedo, tristeza y soledad. Aquí se quedan también las palabras dichas. Un día os leeré y sabré quien era y quien soy. Me voy. Dejo de ser yo para ser sólo recuerdo. Al verme, vuelvo a estar seguro de que soy lenguaje, pensamiento, palabra y silencio.

Sólo la música permanece.

Señor presidente

Estoy hasta la coronilla, hasta los huevos, hasta los cojones de que sólo seas capaz de hacer mohínes. No soporto las estrategias ni a los estrategas cuando las decisiones son imperativos morales. Cuando uno tiene la obligación de hacer algo lo hace y basta. No importan las consecuencias. Es más, un imperativo moral no contempla consecuencias. La necesidad obliga a actuar. No se reflexiona, no se piensa, no se negocia, no se calcula no se pospone ni se procrastina. ¿Qué estás haciendo tú sino eso? Postergas la  decisión sobre algo que debe atenderse inmediatamente. Te contentas con sustituir decisiones por cínicas, egoístas y cómodas esperas. Calculas, taimado presidente, los momentos. Pones en la balanza cosas incomparables. No puedes tratar de equilibrar la desesperación, el sufrimiento, el dolor, la impotencia y la desgracia de muertos vivientes en medio del océano con tus intereses.

Me importa un carajo a qué país le corresponde tomar la iniciativa, me importa una mierda quién propone o quién dispone. Un imperativo categórico es aquel que declara una acción como necesaria. Que sea o no necesaria lo dispone la razón, la tuya, no la divina europa ni ninguna de sus divinas instituciones. El ampedusaejemplo clásico de imperativo categórico dice que si quiero el bien común no debo cometer un asesinato. ¿Se puede aplicar esto a los que como tú nada hacéis pudiéndolo hacer y además no dejáis a los demás hacer nada? Kant te lo explicó hace ya mucho tiempo: sólo tu voluntad de manera autónoma y basándose en la razón puede ser moral. Tu cobardía, tu dependencia de los demás te impiden ser libre. No actúas con autonomía y por tanto no eres libre. Sólo un ser autónomo y racional puede ser moral. Racional te lo concedo, autónomo te lo niego, no careces de moral, puedes juzgar perfectamente tus comportamientos, no eres amoral por tanto. Tus acciones o tus omisiones son inmorales, son la exacta definición de lo incorrecto y de lo malo.

Basta de imperativos morales y categóricos, basta de Kant, de autonomía, de libertad y de moral. Basta ya de actos y consecuencias. ¿Para qué perder tiempo con palabras que no entiendes?

No pueden hablar, no pueden expresarse, no pueden reunirse, son detenidos, extorsionados, chantajeados, disparados, apaleados, torturados, violados, esclavizados, asesinados. No tienen nadie que les ayude, no tienen futuro. Escapan como pueden. Es imparable. La muerte es mejor a quedarse.

¿Qué hacemos? ¿Qué haces señor presidente? No quiero disolver tu culpa en la nuestra. Yo puedo exigirte que actúes y no lo haces. Yo puedo exigirte que hables y callas. Yo puedo exigirte que me representes y te niegas a hacerlo. ¿Qué me queda sino arrepentirme de haber pensado bien de ti, de haber confiado en la regeneración que decías defender, de haberte considerado autónomo, racional libre y moral?

Llevo días sintiendo vergüenza. Sé que este barco en medio del mar es sólo un ejemplo. Sé que hay muchos barcos, muchos abandonados e ignorados. Sé que todos somos culpables, sé que todos somos inmorales, pero tú, señor presidente, lo eres un poco más por engañarnos.

Estoy avergonzado y pido perdón por haber tenido cierta esperanza.

Que te den, señor presidente.

Mi lucha

Va pasando el verano y aquí me encuentro, colgado en los últimos días de julio. No puedo quejarme. Estoy sentado en el jardín. El día es azul, la temperatura es suave. Tengo ante mí granados, olivos y la gran higuera que cada año me regala más sombra. Me estoy tomando un café y escucho a D. M. Estoy solo.

Cada vez me interesa escribir sobre menos cosas. Sólo yo soy el centro de mi atención, me doy miedo. Este verano estoy leyendo a Knausgard. Yo, como él, pienso en mi vida como medida de todas las cosas. Me interesa el mundo, observo todo lo que pasa, espío la vida de las personas. Es como si todo lo viera a través de la ventana. Soy James Stewart en La ventana indiscreta. Permanezco inmóvil, agazapado. Observo, pienso, fisgo, espío, imagino,especulo, invento. A pesar de todo, al final del día, me acuesto, cierro los ojos y allí estoy yo, esperándome. Diminuto universo que encierra todas las galaxias que me habitan. No puedo salir de mí, cada vez menos. Atrapado. Ya sólo me queda mi punto de vista.

Leo, miro, escucho, discuto y me apasiono con lo que digo. Pienso en ellos y ellas, los echo de menos. Hago planes. I look forward to. Al final, cuando me siento ante la página en blanco, sólo soy yo de quien hablo y de quien callo. Es como si las palabras sobre el papel tuvieran más peso, más importancia. No está el viento para llevárselas, no sé ni si el tiempo. Se me hace muy difícil hablar en tercera persona. Siento que finjo. No es que yo me considere el tema más importante. No es que nada me importe. Sucede que cuando escribo, como Knausgard, pienso en mí todo el tiempo. Yo soy mi lucha. Hay muchas cosas importantes pero mientras no gane, esa lucha se me impone. No son pequeñas batallas. No valen planes ni estrategias para derrotar al monstruo. No soy mi pesadilla . Soy, ya lo he dicho, mi lucha.

Canta S.M. a mi lado. Me detengo un instante. La música es la única que me saca de mí. No sé a dónde me lleva, pero me lleva. Con ella sí me disuelvo. En el mundo, en el paisaje o en el mismo aire que me rodea. Todo es diferente con ella. Me transporta, me recuerda, me pone en trance y mi mirada se pierde en un universo paralelo. Allí quiero quedarme pero siempre vuelvo a mí. A mis granados, a mi olivo, a mi higuera, a mi mesa de madera. A las palabras que quedaron quietas. Canta B.C. y callo. It’s my hope.

Mi familia, mi mujer, mis hijas son yo porque yo las pienso y las siento.Mis amigos, lo son porque yo los quiero. Mis libros y mis cosas son yo porque yo los leo y las veo. Mis palabras son yo porque yo las escribo y las digo. El tiempo soy yo porque yo lo vivo o lo pierdo. Yo, a pesar de mil circunstancias, soy yo. Todo en un instante y nada cuando desaparezca. O sí, tal vez unas cuantas palabras que alguien alguna vez diga, piense o calle.

Puedo contar mi vida hasta los detalles más íntimos, puedo contar mis días minuto a minuto, puedo decir lo que pienso sobre todos los temas que pasan por mi mente, puedo hablar sin callar, escribir sin parar pero nada de esto me interesa. Knausgard lo hace. Yo no, pero en el fondo hacemos lo mismo. Luchar.

Luchar es entenderse, explicarse. Cerrar los ojos y verse. Luchar es ver el mundo a través de uno. Luchar es ser consciente de lo que uno siente. Luchar es pensar y ser consecuente. Luchar es vivir. Esa es la única pelea que nos queda.

Escucho a M. Ya no lucho ni pienso. Sólo siento. That’s all.

No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Cuando todo está oscuro

Cuando todo está oscuro, cuando todo está quieto, cuando ocultos en la noche cerramos los ojos y tratamos de no pensar en nada. Cuando entre las sábanas todo es difuso. Cuando se acaba hoy y no queremos mañana. Cuando tú y yo estamos juntos y a infinita distancia. Cuando el sueño trata de doblegar la consciencia. Cuando vemos bajo los párpados más nítidamente que a la luz del día. Cuando empezamos a sospechar qué puede ser la muerte. Cuando nos vamos, poco a poco, hundiendo en el dulce olvido de la nada. Cuando caemos, al fin, fuera del tiempo. Cuando sin luz ni consciencia creemos encontrar la paz del descanso. Surgen entonces imágenes, palabras, sonidos. recuerdos desfigurados, rostros ocultos, deseos desvelados. Todos mezclados, todos sin la estricta lógica del tiempo ordenado. Aparecen miedos que nos agitan, obsesiones disfrazadas para hacerse irreconocibles, palabras dichas entonces pero entendidas ahora. Nuestros ojos se mueven bajo los párpados, ven sin luz, no pueden detenerse. Nuestro cuerpo inconsciente se agita, se mueve, camina e incluso vuela sin dejar de estar completamente inmóvil. El descanso, la paz, la dulce muerte dejan paso a las inquietudes del alma. La vida continúa.

Al abrir los ojos, perdidos aún entre dos mundos, vamos lentamente recobrando una consciencia y perdiendo la otra. Aparecen de nuevo los objetos que nos devuelven al mundo mensurable. La lámpara, el cuadro en la pared, los libros en la mesilla y el reloj que incansable deja escapar los segundos. A mi lado sigues tú fuera aún de este mundo. Respiras tranquila, estás quieta. Transmites paz pero yo sé que allí adentro no corre el tiempo y mezclas en un presente continuo las calles de tu infancia, personas que no están, visitas inesperadas, caras desconocidas, miedos olvidados y mundos perdidos.

También tú despiertas. Abres los ojos, los vuelves a cerrar para permanecer allí donde estabas. También tú entre dos mundos que por un instante se mezclan. Al final la hiriente luz del día te saca del limbo buscado que habitabas. Ahora sí, el olvido se hace dueño y sólo ves ante ti el tiempo marcando las horas.

Me levanto. Te levantas. El mundo que hasta hace poco habitábamos se escurre como agua entre los dedos, se va, es imposible detenerlo. Humo desvanecido por el viento.

Miro la hora, miro a través de la ventana. El cielo está gris. La calle aún está vacía. Huele a café. El agua está caliente. La ropa en el armario. Ordeno mis papeles. Antes de irme miro la cama blanca. Aún conserva el contorno de los cuerpos. No puedo recordar el mundo del que vengo. Sé que está ahí. Sé que se escapa.

Abro la puerta. Doy un paso adelante. Me engulle el tiempo.

Arde París

Ayer por la tarde me enteré, como se enteró todo el mundo, de que Notre Dame de París estaba ardiendo. Ayer por la noche vi en televisión, por las noticias, como vio todo el mundo, imágenes de Notre Dame de París ardiendo. Ayer me acosté y en la radio trataban de describir el horror de las llamas que devoraban Notre Dame de París. Esta mañana he visto en los periódicos, como todo el mundo,  imágenes de Notre Dame de París ardiendo. He visto también las caras de los testigos que asistían impotentes al poder del fuego destructor. Algunos lloraban, otros, de rodillas, imploraban por el milagro. La mayoría sacaba fotografías.

Todos los periódicos, todas las radios, todas las televisiones hablan de lo mismo. Repiten las mismas frases, muestran las mismas imágenes. Todos los teléfonos móviles envían los mismos mensajes. Todos los políticos muestran su solidaridad con el pueblo francés y compadecen su enorme tragedia.

Incluso yo, que siendo niño asistí a un impresionante incendio y todavía conservo grabadas las imágenes de las llamas asomando por las ventanas de aquel edificio. Incluso yo, que quedé marcado por aquel terrible espectáculo, no he podido permanecer impasible ante la caída de la aguja de Notre Dame. Incluso yo, que como toda Europa, al menos, he visitado ese edificio, no he podido dejar de sentirme impresionado.

La gran noticia de esta mañana, para compensar tanta tragedia, era que el pueblo francés, en un ejemplo de bondad sin parangón, había donado ya trescientos cincuenta millones de euros para la reconstrucción de la iglesia. No sólo eso, también los miembros del parlamento europeo han propuesto donar para la misma causa trescientos veinte euros cada uno. Cantidad que coincide con lo que cobran al día en concepto de dietas.

Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Yemen el setenta y cinco por ciento de la población depende de la ayuda humanitaria que prefiere apagar incendios. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Libia son víctimas de tortura, esclavitud, tráfico sexual y detenciones ilegales. El dinero de los europarlamentarios prefiere pagar a restauradores de lienzos y esculturas. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París más de seiscientos mil Rohingya han tenido que abandonar sus casas, son perseguidos, asesinadas y violadas pero los medios de comunicación nos muestran una y otra vez la terrible imagen del tejado de Notre Dame ardiendo. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París tres de cada cuatro sirios han tenido que abandonar sus casas a causa de los bombardeos pero los creyentes se arrodillan en las calles de París rezando por salvar al jorobado de Notre Dame. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París más de once millones de personas en Irak son perseguidas por el estado islámico. Nos duele más la incertidumbre de si las gárgolas de Notre Dame aguantarán los embates del fuego y del agua. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en la República Democrática del Congo se suceden incesantemente casos de abuso sexual contra mujeres y de robo de niños. Mientras tanto todos adoramos a los intrépidos bomberos que lanzan agua sobre el fuego parisino. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en la República Centroafricana miles de niños son obligados a trabajar, a convertirse en esclavos sexuales o a ser niños soldados. Europa y el mundo, prefiere rascarse el bolsillo para poner piedra sobre piedra lo que el fuego ha destruido. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Somalia y en Sudán del Sur se mueren de hambre, así de simple. Qué bonito celebrar simultáneamente la unión del mundo entero ante las desgracias verdaderas. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París miles de ancianos en Ucrania no tienen medicinas ni ningún combustible con el que calentarse. Hoy, sin embargo, dentro de la desgracia, entrevemos ya, y en no mucho tiempo, una Notre Dame reconstruida. Qué buenos somos y cómo olvidamos fronteras cuando una causa lo merece.

Notre Dame de París resurgirá de sus cenizas. Lo decimos, lo creemos y sonreímos.

Ojalá Notre Dame arda en los infiernos por los tiempos de los tiempos si ese fuera el precio a pagar por la vida de un solo ucraniano, somalí, sudanés, centroafricano, congolés, irakí, sirio, rohingya, libio o yemení.

Ojalá Notre Dame se consuma hasta los cimientos si a cambio la injusticia nos conmueve más que la desgracia.

Ojalá Notre Dame de París sea sólo un recuerdo si al mirarnos al espejo no nos avergonzamos.

Auschwitz

Hace una semana estuve en Auschwitz. No pensaba escribir una sola palabra sobre ello. Cuando estuve allí lo que más recuerdo es el silencio. A él pensaba seguir anclado. Hoy al recordarlo me siento confundido. ¿Cómo se puede recordar con nostalgia la visita al centro del horror? No lo sé pero la siento. Siempre había imaginado Auschwitz bajo un cielo nublado. Todas las imágenes que de él tenía en mi cabeza eran en blanco y negro. Siempre inundado de frío. El día que yo fui el cielo estaba despejado y el sol daba color al blanco y al negro. Paseé por Auschwitz y por Birkenau. No vi fantasmas vagando por sus restos. Sentí paz y recogimiento. Vi barracones vacíos, patios de fusilamiento, horcas, celdas de castigo, letrinas, cámaras de gas, pelo humano, zapatos, utensilios de cocina amontonados, fotografías de hombres y mujeres que de allí nunca salieron. Compadecí el frío, el hambre y el miedo que todos ellos padecieron. Me sentí inmensamente unido a todas las personas que allí estuvieron. Nada de lo que vi tiene sentido. Auschwitz es precisamente un sinsentido. Es inútil tratar de entenderlo, de racionalizarlo. Me sentí como uno se puede sentir en un cementerio: silencioso y tranquilo. Pesa mucho el dolor, pesan demasiado la desesperanza y el olvido. Por eso cuando estuve allí, cuando recorrí por fin aquellos caminos hechos con tanto sufrimiento sentí la paz que solo da la compasión verdadera.

No quise sacar ninguna fotografía. Me daba vergüenza llevar una cámara a un lugar como aquel, mirar a través del objetivo. Justo cuando salí del campo el sol se estaba poniendo. Me di media vuelta y lo vi todo pintado de amarillo. Ese sol me pareció otra señal de paz, de belleza donde antes vivió el horror. Ahora sí. No pude evitarlo. Saqué el móvil y me despedí del campo llevándome esa luz conmigo.

IMG-20190318-WA0011

Ha pasado una semana. Estoy de nuevo en casa. Todos los días lo recuerdo y todos los días me sorprendo. No siento amargura, no siento pena ni dolor. Para mí es como un secreto. Me veo caminando entre los barracones vacíos, pensaba que el ruido del horror haría insoportables los recuerdos. Siento al contrario, aún todavía, la paz que da el hermanamiento. Siento que allí no había que hacer nada más que eso, sentir. Esto sucede pocas veces. Cuando sólo se siente, sobra todo lo demás. La vida es vida aún en medio de tanto sufrimiento. Soy egoísta, lo reconozco. Estoy sacando partido de lo que otros sufrieron. Me sentía en deuda. Fui para pagarla y me volví con su regalo. En vez de llevar yo más dolor, ellos me regalaron paz. La que no tuvieron.

Sé que es injusto. Sé que allí murieron centenares de miles pero, aquella tarde a mi me acompañó uno de los pocos supervivientes. Creo quP.Le he leído muchos libros en mi vida. Algunos los guardo para siempre conmigo. Me han marcado, me han cambiado, me han mejorado. Forman parte de mi. Son tesoros privados. Son como amigos íntimos que están siempre a mi lado. De entre todos ellos hay uno, sin embargo, que no me canso de mencionar, recomendar y empujar a su lectura. Está siempre al alcance de mi mano. Duerme a la izquierda de mi cama. Siempre está allí. Siempre lo veo. Primo Levi llegó para quedarse. Si esto es un hombre debería ser de obligada lectura. Primo Levi es mi amigo y mi maestro. Conmigo está todos los días, pero hace una semana caminó junto a mi bajo el extraño sol de tierras polacas.

Lo que se puede aprender de Primo Levi es terrible y aleccionador. Lo que yo aprendí paseando entre tanto dolor y sufrimiento es así mismo terrible porque terrible es el horror del que es capaz el ser humano y aleccionador porque la compasión es tal vez, la virtud que nos hace más humanos. Sí Primo, tu eras un hombre y todos los que contigo estaban eran hombres y mujeres.  Os hicieron dudar de vuestra humanidad pero nunca la perdisteis.  Yo también me hice más humano con tus palabras. Por eso fui a visitarte una soleada tarde de invierno. Auschwitz ya nunca será el horror que quisieron que fuera. Personas como tú lo convertisteis en un lugar lleno de vida en medio de la muerte. Personas como tú, consiguieron con su sufrimiento hacernos más humanos.

Hoy hace un día precioso

Hoy hace un día precioso. Comienza la primavera y ya echo de menos el invierno. Es terrible estar esperando que algo termine para luego lamentar su ausencia. Disfrutar más de la espera que de la llegada. De la ficción que de la realidad. Con la ficción somos todopoderosos y la realidad se nos impone. Es más fácil modificar lo que no ha ocurrido que lo que está sucediendo.

Hoy es primavera y ya sueño con el verano. Llegará y parecerá que con su llegada ya termina. Imagino ahora los largos días a la sombra de la higuera, los caminos que me esperan, el sol de la mañana. Imagino ahora todo lo que podrá ser y me recreo. Llegará y tendré nostalgia de mi propio recuerdo. Estoy enfermo. El tiempo me atrapa con sus garras. Lo sé y me permito ser su prisionero.

Esta mañana he dado un paseo. Todo era luz. Todo era intenso. Cada paso era tiempo que se quedaba atrás en el camino. Un trocito de pasado abandonado en el asfalto. Un ayer ya sin mañana. Es imposible escapar de la senda que nosotros mismos vamos marcando. La quietud no para el tiempo, simplemente corre por dentro. Avanzamos con él. No hay voluntad que lo detenga.

Sentado a la mesa de un café tranquilo he sacado de mi mochila el cuaderno marrón. He abierto sus páginas y al azar he recorrido palabras y páginas escritas hace ya tiempo. Leer es recordar lo que fuimos y lo que quisimos ser. Lo que sentimos entonces y lo que sentimos ahora al recordarlo. Palabras como fotografías que se detienen en el tiempo pero que nos hacen vivirlo siempre de forma diferente.

Ya estoy de vuelta en casa. Cierro las ventanas que antes de irme había abierto. La recorro y en cada habitación, en cada rincón veo palabras e imágenes en el tiempo. Guardo la compra en la cocina. Los armarios y los cajones están vacíos pero yo los lleno de recuerdos. Entre ellos se hacen hueco el pan, las frutas, el te verde y las nueces. Guardo todo, lo ordeno todo, lo cierro todo. Ahí se quedan poblando oscuros lugares llenos de recuerdos.

Miro por la ventana. El cielo está azul y el aire transparente. Allá abajo en la calle los veo moverse. Me gusta imaginar hacia dónde se dirigen, quiénes son, qué hacen y en qué piensan cuando yo los estoy mirando. Que cada uno sea un mundo diferente al mío, ajeno completamente, con su tiempo, sus recuerdos y sus palabras, con su pasado clavado a su espalda y su futuro incierto me asombra y me hace sentir una pequeña isla perdida en la inmensidad del espacio y del tiempo.

Me siento a mi mesa. Escribo. Quiero hablar de tantas cosas. Quiero ordenar mis ideas. Quiero opinar, razonar, convencer, gritar, reclamar. Quiero y no quiero al mismo tiempo. Cuanto más me preocupo de las cosas todo se me hace más ajeno. En el fondo sé, como cuando hablamos el otro día en aquél café de Cracovia, que sólo la libertad, la felicidad y el tiempo me interesan. Quiero reflexionar sobre las tres pero no puedo separarlas. Son tres y son una. Son mi santísima trinidad. El dogma central sobre la naturaleza del dios que yo soy en la isla mínima de mi mundo.

Tras tanto pensar, tras tanta meditación profunda mis dedos solo escriben hoy hace un día precioso y se dejan llevar por el futuro incierto. Futuro que se dirige inexorablemente hacia un punto final. Yo, mientras pueda, seguiré utilizando el punto y seguido. Dejo de escribir y escucho.