La carpeta azul

Yo escribía diarios. Yo escribía diarios cuando era adolescente. Cuando era adolescente y medio idiota como casi todos los adolescentes. Yo tiré mis diarios a la basura en un arrebato de pudor y cierta vergüenza hace ya muchos años. Han pasado décadas desde entonces.

Yo escribía poemas cuando era adolescente. Yo me creía poeta cuando pensaba que era artista sin ser adolescente. Yo tiré mis poemas a la basura cuando decidí que si no era Rimbaud prefería no ser artista ni poeta. Tiré todo lo escrito y seguí siendo un inadaptado adolescente. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía obras de teatro cuando era adolescente. Escondido en la oscuridad de la noche, robaba horas al sueño y poseído de un frenesí enfermizo llenaba de palabras hojas hasta entonces en blanco. Pensé en cambiar el mundo, estaba convencido de ello. Como casi todos los adolescentes. Pasado el furor del acto creativo, releía lo escrito y rompía los papeles en mil pedazos. Después de haber sufrido tanto pariendo las palabras, después de no sentir miedo a nada, me acobardaba. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía cuando era adolescente. Creé un mundo nocturno y escondido que nadie conocía. Almacenaba cuadernos. Diarios, poemas, pensamientos. Con seudónimo participaba en concursos literarios sin decírselo a nadie. Con seudónimo enviaba mis textos a un programa de radio. Cuando luego los oía, recitados por una voz que no era la mía, no sé bien lo que sentía. Miedo, orgullo, vergüenza, emoción, dentera. Todo cabía en el alma del adolescente que quería ser artista y no se atrevía a decirlo en voz alta.

Yo quería ser algo sin saber muy bien lo que quería. Como casi todos los adolescentes.

El otro día, escondida en el último rincón del último cajón del último cuarto de mi casa, encontré una carpeta azul de cartón. Estaba cubierta de polvo. No fui consciente de lo que tenía entre mis manos hasta que retiré las gomas rojas de las esquinas y vi que dentro sobrevivían poemas, textos y ocho cuadernos que nadie había visto hace cuarenta años. ¿Cómo sobrevivió esa carpeta a las iras de un Rimbaud frustrado, ¿cómo seguía allí después de varias mudanzas? ¿cómo se libraron de las llamas a las que todas las demás carpetas fueron condenadas por un Dostoievski decepcionado? Son preguntas para las que no tengo respuesta. El hecho es que limpié el polvo, retire las gomas, abrí la carpeta, ordené los cuadernos numerados del uno al ocho. Dudé y para vencer la tentación caí en ella. Esos ocho cuadernos milagrosamente supervivientes narran casi dos años de mi vida adolescente. La narran enfermizamente al detalle. Abrí la primera hoja del primer cuaderno y no paré hasta apurar la última palabra del octavo.

Han pasado ya unos días de esta lectura inquietante. Se mezclan sensaciones. La más extraña de todas ha sido revivir cosas de las que yo no me acordaba. Volvían a nacer al ser leídas. Recuerdos que sí creía tener han sido cambiados por la realidad dormida hace cuarenta años. He vuelto a recorrer las calles de entonces, a hablar con mis amigos de entonces, he revivido con tanto detalle lo que viví entonces que ya no sé bien lo que es realidad, recuerdo o memoria. Esa sensación poderosa se ha impuesto a la dura verdad de verme tal y como era, al sonrojo que he sentido ante tanto sentimiento perdido, a la extraña sensación de que un mundo olvidado o deformado reaparece con todo detalle. No sólo había olvidado horas y días, había olvidado sentimientos, amigos, amores, deseos, anhelos de futuro, determinaciones. Había borrado de mi cabeza cobardías y amedrantamientos. Ingenuidades sonrojantes que me hacían entonces adaptar el mundo a lo que convenía a mis miedos y debilidades.

Han pasado ya unos días y se me hace extraño ahora poder recordar con todo detalle lo que viví entonces. Las personas con las que trataba entonces, algunas que no he  visto en años han vuelto a aparecer en mi vida y he recuperado el afecto que entonces sentía por ellas. Las palabras escritas por el artista que no quería ser adolescente han tenido la fuerza de un reencuentro, han roto el olvido, han reformado recuerdos, han aclarado dudas y han hecho despertar todo lo que yo creía olvidado y sólo estaba dormido.

Ha sido tan fuerte para mí la experiencia, he descubierto que me he leído a mí mismo con la misma pasión con que entonces escribía. Más allá del bien y del mal, más allá de sonrojos y vergüenzas, ha quedado  ante mí la vida tal y como era, tal y como yo la viví.  He sentido lo que sentía y he vuelto a soñar lo que soñaba.

Cuánto lamento ahora haber quemado mi vida en las llamas. Qué duro fue que tras el octavo cuaderno no hubiera un noveno. A partir de allí ya sólo me quedan recuerdos.

Vivo en el tiempo, no tengo otro remedio, él me contiene. Contiene también a mi realidad y mis recuerdos. Ha sido un shock intercalar un trozo de realidad entre tanto recuerdo. Ha sido inquietante viajar en el tiempo. Ha sido un placer después de tantos años querer al adolescente que nunca quise ser y fui. Como casi todos los adolescentes. Otros para su suerte o desgracia lo continúan siendo durante toda su vida.

En la carpeta azul, además de los ocho cuadernos, hay más cosas. Creo que textos y poemas. Aún no los he abierto. No sé si atreverme. Me da miedo que Rimbaud y Dostoievski se fueran de allí hace cuarenta años y ahora sólo quede el retrato de un idiota adolescente.

Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.

Palabras para julio

El mes de julio se me ha ido como el rayo. Me ha dejado sin palabras. He leído, he paseado, he descansado bajo el granado y bajo la higuera. He visto crecer las fresas, he probado las primeras cerezas de mi cerezo, los higos maduran poco a poco y los olivos, impertérritos, permanecen. Ese parece su destino.

La sombra de los plátanos ha crecido y allí me he refugiado bajo el sol de mediodía.

Por las tardes libros y siesta en la penumbra buscada de la casa, lejos del sol y de las horas en que quema inclemente. Después, con la llegada de la brisa, el jardín vuelve a ser amable. Es hora del trabajo con las manos: regar, cortar, sembrar. Clavar, pintar, serrar. Cambiar las piedras de sitio, tender luz donde no la había.

Fatiga, sudor y cansancio bienvenidos, dolor en las manos y en la espalda por la falta de costumbre. Satisfacción por ver lo que uno ha hecho.

Cae la tarde, la temperatura cae también casi sin darnos cuenta. El cielo deja el azul por el amarillo, pasa después a naranja casi rojo.

Sentado en un rincón del jardín, con un vaso de vino blanco en la mano, observo los colores cambiar, los campos de trigo ya cosechados, los pájaros volar, saltando de árbol en árbol, como jugando. Te sientes diluido en el todo y comprendes sin pensarlo el poder de la naturaleza.

Viento, luz, quietud y movimiento a espaldas del tiempo.

Se hace de noche y el cielo azul y negro se llena de estrellas. Levantas la cabeza y contemplas la inmensidad de lo inmenso. Tú eres el diminuto punto. No ellas. Ayer, sin ir más lejos, la luna se volvió roja, como llena de sangre.

Leer un buen rato en la cama. Sentir el sueño cuando llega, apagar la luz y caer dormido casi sin quererlo. Deseando alargar esos momentos previos al sueño en el que uno se siente desaparecer en la nada.

Soñar, despertar, abrir la ventana para que el sol llene hasta el último rincón que quedaba todavía de noche.

Salir, una vez más, al jardín y contemplar. Tal vez sea nuestro único destino.

El mes de julio se va y con él todas las palabras.

Agosto que acechas, no me gusta tu nombre.

Un largo verano

Un largo verano es una excelente novela de Barbara Vine. Un largo verano es lo que ahora, ingenuo de mí, veo extenderse en el horizonte. Un largo verano es tiempo para olvidarse del tiempo. Un largo verano es, en mis anhelos, luz, caminos, libros, paseos, música, cerezas, estrellas, siestas, conversaciones, amigos, soledad, trigo, tierra, sol, hojas en blanco, frutales, silencios, palabras y ellas. Un largo verano está lleno de mañanas blancas, paisajes amarillos, atardeceres naranjas y noches azules, casi negras. Un largo verano es de las pocas cosas que merece la pena que se repitan una y otra vez. Un largo verano es el eterno retorno de los días sin horas, de los relojes parados, del tiempo perdido del que uno nunca se arrepiente. Un largo verano debe olvidar que tuvo principio y que le espera un fin. Un largo verano es un permanente ahora donde el pasado se esfumó y el futuro es un concepto ininteligible. Un largo verano debería ser vida, simple vida.

Miro ahora a través de la ventana de mi despacho el sol que ilumina la fachada de enfrente. Paseo por los pasillos y aulas vacías, hasta hace pocos días llenas de ruidos y voces. Subo las escaleras y oigo mis propios pasos. Me detengo y trato de recordar toda la vida que durante un año ha llenado este espacio de palabras, risas, disgustos, alegrías y enfados. De ilusiones, proyectos y, también, de ganas de tirar la toalla. Visto desde este silencio imponente, uno tiende a pensar que el esfuerzo ha valido la pena. Visto desde este presente esperanzado, el pasado recién terminado se lleva con él los dolores y se agarra como puede a las ilusiones creadas, se apoya en las personas que han dado un paso adelante. Hoy me parece, y lo celebro, que siempre ganan los que construyen aunque a veces la destrucción se nos antoje más sencilla y poderosa. Es mera apariencia. Estamos mejor ahora. Espero que también lo seamos.

Reviso, como siempre, a estas alturas del año, mi pequeño universo cotidiano. Mi larga mesa blanca todavía inundada de papeles, mis lápices y bolígrafos cansados, la mesa redonda de reuniones, sus sillas ahora vacías. Escucho el eco de tantas palabras dichas. Miro los libros y carpetas poblando estanterías, guardan en ellos demasiados secretos. No abro ya los armarios que encierran tantas tareas hechas y tantas aún pendientes. Cierro la agenda, este año azul, que se empeña en recordarme lo que hice y lo que está por hacer. Estoy ahora sentado en el desvencijado sillón desde el que observo estas cuatro paredes tan distintas según sea el tiempo y el momento. Hasta la luz es hoy diferente. Qué extraño es este instante.

Recojo, ordeno, guardo, cierro, apago. Reviso una vez más todo mi entorno. Me llevaré sólo una cuantas cosas. El resto pasará aquí también su largo verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos  entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Comunicación y reflexión (recordando a Habermas)

La emancipación del ser humano sólo puede venir a través de la libertad y de la justicia. La racionalidad tradicional ponía en primer término a la técnica y a la ciencia pero olvidaba la razón práctica, esa que nos hace ocuparnos de temas morales y políticos. El individuo necesita ser el centro como primera condición, siendo la segunda la relatividad de la moral.

La emancipación sólo es  posible si hay consenso entre seres humanos. El consenso  sólo tiene cabida después de la comunicación y la comunicación es indisociable del lenguaje. Las decisiones morales y políticas no son irracionales. Surgen de la autorreflexión de los individuos. Con la ayuda del lenguaje nos comunicamos, interactuamos, se da una acción comunicativa y llegamos a consensos que marcan las reglas del juego: nuestras obligaciones.

La razón científica observa la realidad y hace pronósticos sobre los fenómenos que observa. Los pronósticos pueden ser verdaderos o falsos. Los éxitos y fracasos vienen dados por el acierto o no de los pronósticos efectuados. La razón científica separa, porque así quiere hacerlo, la teoría de la práctica. Encumbra  la técnica. Abandona lo moral y lo político por no seguir el método científico.

Pues bien, sólo cuando se da la comunicación entre seres humanos, sólo cuando buscamos llegar a un consenso, sólo cuando el lenguaje utiliza los mejores argumentos podemos llegar a acordar normas sociales, reglas aceptadas por todos alcanzadas gracias a la comunicación lingüística.  Las normas, así consensuadas, sólo tienen validez si hay reconocimiento  entre los individuos, si hay aceptación de que las obligaciones nos alcanzan a todos. Sólo así son posibles libertad y justicia.

El objetivo de la comunicación  entre individuos, el objetivo del consenso libre de coacción es la emancipación.

Sólo seres emancipados, sólo seres que reflexionan y se comunican entre sí pueden criticar el poder vigente en cada momento.

Ciencia sí, técnica que dignifique la vida humana también. Progreso siempre. Pero cuidado con la ciencia que se olvida de la razón práctica, que se olvida de la comunicación intersubjetiva entre individuos, que olvida que la moral y la política no son fenómenos observables sobre los que lanzar pronósticos.

Necesitamos relaciones interpersonales, conocimientos compartidos, acuerdos tomados desde la confianza mutua, decir lo que se piensa, no mentir y atenerse a un conjunto de normas aceptadas por todos o casi todos.

Si no, tendremos herramientas, máquinas y mano de obra, tendremos materias primas pero no tendremos pensamiento. Sin él no habrá individuos ni progreso verdadero, no habrá crítica ni libertad. Seremos meros  instrumentos.

Amor y odio

Hoy ha sido el último día de clase. Último para los que aprueben todo a la primera. Para el resto aún quedan más horas atados a sus mesas, a los papeles y a los libros. Yo no soy muy optimista. Doy clase a chicos y chicas en esa edad frontera entre la responsabilidad y la irresponsabilidad. Les quiero y les odio al mismo tiempo. Son mayores y quieren serlo pero no lo son porque no saben cómo. Da igual que el carnet de identidad demuestre que tienen dieciocho, diecinueve o veinte años. Da igual que la ley les permita votar y que puedan tomar decisiones por su cuenta. En general, aún ejercen de adolescentes. Son exigentes con todo y con todos menos con ellos mismos. Pocas veces cumplen su palabra y sus compromisos. Hablo con ellos de todos los temas posibles, me escapo a menudo de asuntos académicos. Me parece bien hacerlo. Tienen tan poca información sobre las cosas que me sorprendo muchas veces al escucharles. Muchos callan, opinar les resulta difícil y los que hablan, no todos, son en general osados, atrevidos, en el mal sentido de éstos términos. Son radicales sin reflexión previa. El radicalismo sólo tiene sentido como fin de un proceso, nunca puede ser el principio de nada.

Hoy ha sido el último día de clase previo a los exámenes, que yo detesto tanto como ellos. Hoy han venido muchos con una sonrisa colgada de la boca. Acabar les gusta aunque no sepan para qué. ¿Por qué será que casi todos prefieren el fin a los principios? Hoy, en el último momento, han querido resolver todas las dudas. A la risa del momento le acompañaba el horror de los próximos días. Días en los que ya solos se enfrentarán a mentes en blanco, a conceptos que no entienden, a trabajos en los que ya no vale copiar y pegar, a dudas sin respuesta y sobre todo a la pereza. La pereza insondable de ver el sol por la ventana y verte a tí mismo sentado a la mesa, trantando de concentrarte en algo que no te interesa. Un mosca que pasa volando es una aventura apasionante en medio de la quietud y silencio de las palabras muertas sobre cuadernos y papeles arrugados. Cómo resistirse a la tentación de levantarse, irse, escapar del infierno incomprensible y vagar por el cielo aparente de la inconsistencia, de las calles llenas de gente, de un mundo sin ideas pero plagado de cosas. ¡Qué dura la vida del estudiante!

Hoy ha sido el último día de clase y he visto cómo recogían sus cosas, he oído sus risas inconscientes, el estrépito de sus pasos bajando las escaleras, saliendo a la calle. Voces excitadas viviendo el momento. Hoy no existe mañana. Afortunados aquellos que pueden vivir creyéndoselo. Desde aquí, sentado a  mi mesa y tecleando estas palabras les oigo alejarse. Se hablan , se gritan unos a otros y celebran el fin de una tortura que ellos mismos eligieron. Tortura que luego muchos de ellos añorarán. No les importa ser incongruentes.

Pienso en su futuro y no lo veo muy claro. No lo intuyo azul y diáfano. Yo doy clase a chicos y chicas sin mucha suerte. Detrás de ellos hay demasiadas historias terribles que nadie se merece. Llevan a la espalda una mochila cargada de piedras que nadie ve porque es transparente. Son víctimas de un mundo injusto. Injusto, sobre todo por ignorarles.

Ya se han ido. Ahora estoy solo. Sin ellos delante puedo ver más claramente. ¡Cómo pueden convivir tanta frustración y tanto entusiasmo! ¡Tanto pasado y tan poco futuro! ¡Tanto desvelo y tan poco consuelo! ¿Cómo puedo lamentar que se hayan ido cuando hace un momento respiraba aliviado?

Hoy ha sido el último día de clase y pienso una vez más en ellos. Inmaduros, irresponsables, vacíos, niños grandes de veinte años, ignorantes, malamente osados. Radicales sin raíz donde caerse muertos, inconstantes e inconsistentes. No puedo confiar en ellos pero sin querer confío. No puedo entender tanta inconsecuencia y al mismo tiempo les comprendo. Les odio y sin embargo les quiero. El futuro no puede ser más negro que muchos de sus pasados.

Se han ido, yo sigo aquí. Volverán y yo, como un idiota, volveré a explicarles una y otra vez cosas que nada les importan. Volveré a hablar con ellos de todo y de nada. Volveré a odiarles y a quererles.

Hoy ha sido el último día de clase antes de los exámenes. Hoy es viernes. Estoy en mi despacho. G.H. canta. Escribo. Vivo.

Mesmerizado

Magnetizado, captado, dominado, hechizado, cautivado, fascinado, atraído, seducido. Captado, magnetizado, dominado, atraído, hechizado, cautivado, fascinado, seducido. Dominado, captado, magnetizado, hechizado.

Cautivado, fascinado, atraído, seducido. Hechizado, dominado, captado, magnetizado, cautivado, fascinado, atraído, seducido. Cautivado, hechizado, magnetizado.

Captado, dominado, fascinado, atraído, seducido. Fascinado, magnetizado, captado, dominado, hechizado, cautivado, atraído, seducido.

Atraído, dominado, hechizado, magnetizado, captado, cautivado, fascinado, seducido. Seducido, atraído, dominado, hechizado, cautivado, fascinado, captado, magnetizado, Captado, dominado, hechizado, cautivado, fascinado, atraído, seducido.

Captado, magnetizado, dominado, atraído, hechizado, cautivado, fascinado, seducido. Dominado, captado, magnetizado, hechizado, cautivado, fascinado, atraído, seducido. Hechizado, dominado, seducido, captado, magnetizado, cautivado, fascinado, atraído, cautivado.

Hechizado, magnetizado, captado, dominado, fascinado, atraído, seducido, fascinado, Magnetizado, captado, dominado, hechizado, cautivado, atraído, seducido, atraído, Dominado, hechizado, magnetizado, captado, cautivado, fascinado, seducido, seducido,

Divinas palabras

Tiempo hace que no escribía. Los días han ido pasando y yo con ellos. Me detuve en ese ocho de marzo que vino para quedarse, espero. En este mes transcurrido, a velocidad de vértigo, si lo miro desde ahora. A paso de tortuga si me recuerdo anclado en el insomnio de las primeras horas del día. En este mes, mezcla de marzo y abril, lleno de lluvia y de tantas horas sin poesía, asoma el sol de vez en cuando y la luz que parecía escondida, se deja ver por fin para teñir de alegría horas, sueños y minutos diminutos. Ellos son faro en las noches más oscuras. Ellos y ellas abrigo para el frío, sombra de un verano lejano, descanso merecido, ventana para mirar al mundo.

Tiempo hace que no escribía. Tiempo de hojas vacías. No sé por qué, a veces, las palabras son esquivas y otras surgen a borbotones, escapan de las manos y de los dedos. Tienen, así me lo parece, vida propia. Las palabras son anteriores al pensamiento, me da igual que hoy en día digan lo contrario, sin embargo no todo pensamiento se traduce en palabras. Pueden convivir una mente despierta con unas manos quietas. No todas las palabras son dichas para quedarse. A veces se quedan las que no lo merecen. Otras, por el contrario, las más bellas escapan o tienen la vida efímera de un soplo de aire.

Tiempo hace que no escribía. Hoy me detengo en cada palabra negra que se posa sobre el fondo blanco. Hoy las miro, las digo y vuelvo a disfrutar del milagro de hacer inteligible lo incomprensible. Las pones ahí y permanecen quietas, tranquilas en una inmovilidad que me atrae y me aterra simultáneamente. Ahora las puedo leer y según cómo lo haga suenan y representan algo diferente. Divinas palabras que nunca me abandonan. Terrible tormento que nunca me deja estar en silencio. Mi mente son palabras en constante movimiento. Muchas escapan sin dejar huella, otras insisten en quedarse. Unas para hacer la vida más bella, otras, compuestas de las mismas letras, se quedan y disfrutan atormentándome.

Tiempo hace que no escribía. Me quedo pensando en los temas que han llenado mis noches y mis días. Ninguno me arranca ahora la energía necesaria, ninguno hace brotar de mi la rabia ni la melancolía. Ninguno, en fin, me impele a gastar la tinta de la pluma, el grafito del lápiz, a pulsar con fuerza las teclas que dan fe de penas y alegrías, de pasiones u obsesiones, de la muerte y de la vida. Hay veces en que uno quiere o necesita hablar de todo, otras, sin embargo, nada le empuja a hacerlo. Es preferible el silencio. En esos momentos, si queremos liberarlas, tal y como respiramos, sin darnos cuenta, es como debemos dejar que los pensamientos y las palabras que los expresan surjan como de la nada. Pensar y hablar al mismo tiempo. Palabras que van del dedo al pensamiento.

Tiempo hace que no escribía. Luego siempre me arrepiento. Tiempo sin palabras que  acaba por perder su sentido. Tiempo sin palabras tantas veces igual a olvido. Me obligo por tanto a ver cómo las letras se juntan, símbolos que nada dicen tomados de uno en uno, pero cobran vida cuando juntos dejan de ser nada y se transforman en todo. Cuando nacidos, en efecto, del vacío, se transforman, en casa, tierra, amor, agua, color, alegría, recuerdo, cielo y dolor. El infinito dentro de mi cabeza, mi cabeza llena de pensamientos, pensamientos creados por palabras que a veces hablan pero muchas más callan.

Tiempo hace que no escribía. Al final siempre la misma duda: ¿qué es primero la palabra o el tiempo?

Alegría y tristeza

Dos imágenes permanecen en mi cabeza. Las dos han tenido lugar en estos últimos días. Una es buena, la otra es mala. En la primera las mujeres, en primera persona, exigían igualdad. Algo tan simple como eso. Lo hacían de manera decidida, combativa pero fundamentalmente alegre. Esa alegría contagió de entusiasmo las palabras que reivindicaban tozudamente su derecho inalienable a ser, en primer lugar, a ser visibles, en segundo y a ser iguales como consecuencia final. La fuerza de la razón estaba de su lado pero la mayor lección, la más poderosa de todas, fue sin duda la necesidad de alegría como prueba irrefutable de evidencia, la alegría como condición necesaria para el cambio, la alegría como motor de acontecimientos favorables, la alegría como único camino al bienestar. Si tuviera que representar con una imagen o con una palabra la síntesis de todo lo ocurrido escogería sin lugar a dudas una sonrisa.

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Después de estar todo el día observando, después de asentir con la cabeza no pude evitar preguntarme si había en mí rastros de machismo, si, a pesar de apoyarles a ellas, de pensar como ellas, de aceptar sus propuestas, yo no seguía, en el fondo y todavía, lejos de su alegría. Es duro, es difícil decirlo pero es un paso necesario: yo también soy machista. Había, es verdad, mil motivos para la protesta y para la huelga. Yo no sabía muy bien qué se esperaba de mí ese día. Unirme o estar separado, levantar el puño o ir de la mano. Finalmente decidí asentir en silencio. Aceptar lo que ellas habían decidido.

Aún me queda recorrer un largo camino.

La otra imagen que ha llenado estos días es la de un niño muerto, asesinado por la sinrazón, parece, de los celos. Una mujer, su madrastra, acabó con la vida de un inocente de ocho años. Dolor, tristeza, incredulidad. Hay veces en que uno no puede entender lo que sucede. Nos cuesta aceptar la existencia de la maldad en sí misma. Queremos pensar que el autor de una atrocidad semejante tiene que ser un enajenado, no puede razonar como nosotros. Queremos que la locura le haga escapar de nuestro juicio. Siendo como es, este caso, una tragedia, habiendo visto tanto dolor acumulado, la única reacción posible es la compasión. Padecer junto a los que padecen, servirles de fugaz consuelo que tal vez un día recuerden.

Lo que se me hace aborrecible es ver a la multitud enardecida clamar venganza y no justicia. Exigir castigo, dolor y muerte con espuma entre los dientes. La presunción de inocencia sólo cuando nos interesa. Las leyes para mí, no para los otros. La igualdad sobre el papel. Ojo por ojo, diente por diente.

El dolor por la muerte no hay que explicarlo, se siente. La rabia y la ira se comprenden. La justicia, el derecho a un juicio justo, la defensa, incluso, de los más abyectos, se decide. La reacción brutal y vengativa, el refugio en la chusma, el grito clamando muerte nos hace animales malolientes. La decisión de juzgar, de dar al otro la oportunidad de defenderse, de aceptarlo como humano, con sus derechos y responsabilidades, por duro y difícil que sea, nos hace seres humanos.

Gracias a dios, hace tiempo que dejamos de ser dioses.