Mañana de febrero

Mañana de febrero en el campo. El mundo se mueve. Para mí permanece quieto. El cielo azul de los últimos días se ha esfumado. Nubes blancas, nubes grises y negras lo ocultan. Alguna gota de lluvia se escapa de ellas. También algún rayo de sol se deja ver entre rendijas.

Salgo de casa y camino. Camino en un mundo desierto. Ventanas y puertas cerradas, jardines dormidos. Tierra oscura, hierba oscura. Sólo algún almendro llena de luz el mundo gris, verde y pardo. Ni asomo aún de amarillo.

Sigo el camino de los peregrinos. No llevo bastón ni mochila. Tampoco horizonte. Sólo un paso tras otro escuchando el silencio de final de febrero. Ayer mismo parecía que la primavera llegaba para quedarse. Hoy el invierno amanece de nuevo. Pelea por ser.

Camino deprisa, respiro, huelo, escucho y miro. No pienso. Un kilómetro tras otro. Pasos que siguen a otros pasos. Yo también me hago sendero, camino, invierno y tiempo. Me fundo en los colores, en la tierra, en el campo. Me hago transparente. Estoy y me desvanezco. No quiero pensar y no pienso. No quiero recordar y no recuerdo. Quiero ser sólo camino, paso, estela. No hay destino.

No dura mucho el embrujo. Atravieso un pueblo. Una mujer va camino de la compra. Otra, sentada en un banco de piedra, parece mirar hacia dentro. Dos niñas juegan a la pelota. La torre de la iglesia las observa en silencio. Sólo unas mujeres dan vida a las piedras. Los campos inanimados. Nadie trabaja. ¿Será que en febrero la tierra aún duerme?

Ver a esas mujeres, niñas y mayores, me ha hecho recordar la casa que hoy he dejado vacía. Hace unos días llena de pasos y voces. Hoy, esta misma mañana, llena tan sólo de ecos. ¿Seguirán allí una vez que he cerrado la puerta? ¿Quedará algo de mí, tan siquiera?

Paso que ya no es tan sólo paso. Paso que se convierte en palabra y pensamiento. Camino ahora lleno de recuerdos, nostalgia y esperanzas. Pasos acompañados de cosas, símbolos y nombres. Ya no soy yo desvanecido, disuelto entre colores de invierno. Soy ahora yo que miro un paisaje, que toco una piedra, que piso la tierra, que pienso sin poder evitarlo pues soy pensamiento. Pienso lo que fue, lo que pudo ser, lo que es, lo que será y lo que nunca será.

Si alguien mirase ahora me vería a mí en el camino. Mí, me, yo. Destacando  sobre el blanco y gris de las nubes, el verde de la hierba y el ocre de la tierra.

Mañana de febrero que encierra en ella, milagrosamente, la quietud y la vida. El ser y la nada.

Mañana de febrero que comenzó inmóvil, ajena al tiempo. Ahora ya está despierta, se mueve, camina lentamente hacia su fin sin darse cuenta.

Mañana de febrero como todas las mañanas y todos los febreros. Indistinguibles por fuera. Irrepetibles por dentro.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, cierra la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

Ella, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

A palabras necias…

Pensaba, por parecerme obvio, no tratar de defender la entrega del premio nobel de literatura a un poeta. Me parecía inverosímil que alguien se rasgara las vestiduras al conocer al premiado de este año. Lo cierto es que lo inverosímil ha sido escuchar y leer la sarta de sandeces que muchos han dicho, et tu quoque Varguitas fili mi !

¿Por qué se creen dueños de las palabras? ¿Por qué si las palabras se cantan ya no sirven?

Me resisto a argumentar lo evidente. No quiero. Eso es lo que buscan. No hay que satisfacer su deseo. A palabras necias oídos sordos.

Otra cosa es que lo escrito, y luego cantado, por  Bob Dylan guste o no guste. A eso no tengo nada que decir. A mí me parece asombroso. ¿A ti no?

A mi tampoco me gusta José Echegaray y no me ha pasado nada.

Sin ánimo de ofender ni polemizar, os presento al próximo premio nobel:

Operator, number, please. It’s been so many years, will she remember my old voice while I fight the tears? Hello, hello there, is this Martha? This is old Tom Frost, and I am calling long distance, don’t worry ‘bout the cost. ‘Cause it’s been forty years or more. Now Martha, please, recall, meet me out for coffee where we’ll talk about it all.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

I feel so much older now, and you’re much older too. How’s your husband? And how’s the kids? You know that I got married too? Lucky that you found someone to make you feel secure, ‘Cause we were all so young and foolish, now we are mature.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day. I was always so impulsive, I guess that I still am, and all that really mattered then was that I was a man. I guess that our being together was never meant to be. And Martha, Martha, I love you, can’t you see?

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

And I remember quiet evenings
trembling close to you

La poesía está también en la música. ¿Alguien lo duda? Que no me entere yo.

La poesía también en la voz. El que tenga oídos, que oiga.

¡Pura literatura!

Antolín se va de compras

Antolín es feliz. Ahora que lo tiene todo no se acuerda de cuando no tenía nada. Qué rápido se olvidan las desdichas cuando en la cara se tiene un sonrisa. Ya no hay penas ni perezas. La vida le sonríe. No importa que sea lunes o viernes, que haga sol o esté lloviendo. Si por un momento algo se le hace cuesta arriba, no tiene más que cerrar los ojos, pensar en ella y recordarla. Antolín vive en un suspiro permanente. Ama y le aman.

Maripuri apareció en su vida para quedarse. La vio y se quedó boquiabierto, más aún cuando ella se acercó y le habló. En un primer momento no supo qué decir. Sobrecogido, epatado. Se sobrepuso, y galán entre galanes, le respondió y le ofreció su ayuda. La acompañó al despacho que ella buscaba y mientras permanecía dentro, él rondó por allá para volver a encontrarla. Nervioso y sudoroso se topó con ella cuando se dirigía más tarde a la salida. Salió con ella del edificio, le preguntó qué tal le había ido, le dio su opinión sobre el asunto que ella tenía entre manos. Palabras, sonrisas y la proeza de invitarla a un café para seguir hablando. Desde entonces uña y carne. Bebe y le beben los vientos.

Han pasado un par de meses. Para Antolín breves segundos. En ellos ambos han disfrutado de cada minuto. Antolín ha sido hombre y poeta. Amador y amado. Servidor feliz de la niña de sus ojos. Maripuri como horizonte. Noche y día. Sol, nube y estrella. Maripuri aquí y en la lontananza. Ayer, hoy y mañana.

Hoy van de compras. Maripuri quiere que le acompañe, que le oriente, que vea con sus ojos exigentes lo que los engañosos espejos de las tiendas mienten. Él, orgulloso por la confianza, por la intimidad que se desprende, está ya en la calle esperándola. Será su consejero, su espejo sincero. No solo su amor, también su amigo. Sonríe una vez más al verla doblar la esquina.

Tiene un secreto. Nunca se lo ha contado. Odia ir de tiendas. Lo odiaba, mejor dicho. Ahora con ella seguro que es diferente. Recuerda cómo de niño llegó a pensar que su madre era una mala persona cuando conchabada con la dependienta jugaba con él en la tiendas. Qué guapo estás Antolín, cuánto has crecido, cuando te vean con este pantalón las chicas…, qué bien te queda, date la vuelta, con esta camisa estarás de un guapo subido…Antolín por dentro ardía, por fuera la ropa le picaba, le agobiaba, le humillaba. La rebelión era imposible. Sus dos torturadoras no le escuchaban. Para rematar la angustia ya instalada en su cuerpo, su madre en vez de pagar y marcharse siempre pedía un pequeño descuento. Él miraba al suelo, apretaba los puños y gemía sólo de pensar en su nuevo pantalón azul azafata. Qué haría mañana en el colegio. Cómo escondería esos almidonados cuellos de la camisa nueva. Tierra trágame, pensaba. Pero no le tragaba.

Es sábado y es una pena. Las tiendas están llenas de gente. Estoico Antolín sujeta el abrigo, el paraguas y el bolso de Maripuri. Ella, con varias prendas, está en los probadores. Está atento a su llamada. Tiene que juzgar lo que vea. No hay problema, está seguro de la sentencia. La calefacción está quizás un poco alta. Empieza a sudar, no importa. Libidinoso imagina a Maripuri en el probador y no puede evitar sudar un poco más. Suda y sonríe. Frente a él hay otro hombre. Es un poco más mayor pero también espera. Está cargado de bolsas. Tiene cara de paisaje. Se le ve enfurruñado. Mira y mira el reloj pero nadie aparece.

Antolín se siente diferente. Para pasar el tiempo sin alejarse de los probadores echa un vistazo a las prendas. Quiere parecer desenvuelto. No quiere ser otro hombre paisaje. El problema es que justo ahí donde se encuentra está rodeado de bragas, tangas y sujetadores. Los mira pero no quiere demostrar demasiado ahínco. Saca su móvil, siente calor, mira por primera vez la hora. Por fin la voz de Maripuri le trae de nuevo al mundo. No puede creer lo que ve. Maripuri posa para él con un vestido dos o tres tallas menor de lo debido. Ella no es imperfecta. Es el vestido que por ser tan apretado inventa partes del cuerpo que ella, por supuesto, no tiene. Qué tal es la fatídica pregunta. Qué bien te queda la sincera respuesta. Seguro, insiste ella. Que sí, que sí, él se reafirma. Es un poco caro. No, no, está muy bien de precio. Además se ve que es de calidad. Al final lo caro resulta barato. Si tú lo dices suspira finalmente ella.

Maripuri entrega a Antolín tres pantalones, dos blusas y algo que él no sabe muy bien para qué sirve. Los puedes devolver mientras me pruebo un par de pantalones, le pide. Y cuando vuelvas tráeme por favor la blusa burdeos en una talla más grande.

Antolín  o lo que aún se puede ver de él no sabe dónde dejar la ropa, no sabe dónde buscar las blusas y lo más grave: cuál es el color burdeos. Preguntar es lo último, se dice y comienza a deambular por la tienda cargado con abrigo, bolso, paraguas, vestidos, pantalones, blusas y un sudor que ya le empapa las piernas. Una dependienta le ve y amable le ofrece su ayuda. Antolín, sin pensarlo ni una décima de segundo, la rechaza al instante.

Finalmente, y ya un poco desesperado, deja, sin que nadie le vea, la ropa que le sobra en un mostrador vacío y huye. Como dios aprieta pero no ahoga, en un golpe de suerte, Antolín ve las blusas que está buscando. No sabe cuál es el color burdeos y listo como el hambre, lleva una talla mayor de los dos colores posibles.

Horror. Allí frente a él esta su vecina. Antolín no es antipático pero no se desenvuelve bien en las distancias cortas. Menos aún si tiene que hablar del tiempo, de pantalones o blusas. Baja la mirada y como si se dirigiera a toda velocidad a una cita ineludible huye de allí. Busca el refugio de los probadores. Nuevo problema. No sabe en cuál está Maripuri.

Perdido en ese gineceo, no tiene más remedio que mirar por debajo de las puertas buscando los pies que tanto ama. Su imagen, desde luego, no es muy edificante. Allí está él agachándose de puerta en puerta como un merodeador. Qué haces aquí fisgando, se pregunta. Por fin descubre el bello tobillo de su amada, bello incluso con calcetines. Toca dulcemente a la puerta y ella en vez de sonreír le espeta el primer dóndenaricesestabas, llevo media hora esperando. Cuando le explica su epopeya, ella incrédula le mira y le dice: no sabes preguntar o qué.

Con el vestido defectuoso, unos vaqueros con tal vez demasiados agujeros y la blusa burdeos Antolín acompaña a Maripuri hacia la caja. En el camino ella se encuentra con una vieja amiga y como si él no existiera habla, habla y habla. Vete pagando, le dice. Sumiso se acerca a la caja y es entonces cuando, después de quince minutos de espera, la dependienta con su mejor sonrisa le susurra: son trescientos ochenta euros con veinte. Lívido, Antolín saca su tarjeta, calla y paga. Se despide del portátil que tanto deseaba. Se acuerda de su madre y en un intento desesperado por salvarse saca fuerzas de flaqueza y le dice tembloroso a la dependienta: ¿no me hará un pequeño descuento?

En la calle llueve. Antolín espera cargado con las bolsas. Maripuri sigue dentro hablando feliz con su amiga. Él la recuerda ahora en su ceñido vestido nuevo, la imagina con sus nuevos vaqueros agujereados. No puede olvidar sus pies enfundados en calcetines transparentes.

Maripuri sale de la tienda y cogiendo del brazo a Antolín le propone: ¿vamos ahora a ver zapatos?

Un café a media mañana

A ella siempre le gustó el color azul. No sabe muy bien si es el color o la palabra lo que le atrae. Azul, se dice a sí misma y le gusta. Hay palabras que suenan bien, que suenan bonito. Trata de recordar alguna más mientras se toma el café. Le agrada estar así, sentada en la terraza del bar en un día soleado, sola, pensando y observando la vida y la gente. Es bueno perder la noción del tiempo, piensa. Es productivo no hacer nada. Se detiene y siente como respira. Tranquiliza sentir el suave vaivén del pecho. Le concentra. Pasa corriendo un niño, lleva en la cara la excitación de lo que está por venir. Los niños nunca esperan que algo suceda, corren a su encuentro. Ella ya no es una niña, por eso está allí, quieta, mirando.

En la mesa de al lado dos mujeres hablan. Hasta ahora no había prestado atención a sus palabras. Ahora sí, escucha, espía y le gusta. Una le cuenta a la otra. Una habla, la otra asiente y calla. La que habla gesticula y vive con pasión sus palabras. Necesita decir en alto lo que piensa. No hay sentimiento si no lo expresa. Su amiga sonríe o pone cara de sorpresa, de vez en cuando se pone seria o se enfada junto a ella, según corresponda. Las dos se necesitan. Hablar, callar u otorgar es asunto secundario.

Se acaba el café y todavía hoy, después de tantos años, echa de menos el cigarrillo que indisolublemente unido, como los viejos matrimonios, saboreaba tras dejar la taza sobre la mesa. Estética, sí pero también oportunidad de pensar tranquilamente, de hacer algo que valía por sí mismo. Cigarrillo y café. Carpe diem. Suspira.

Abre su bolso y rebusca en él. Saca primero una agenda. La abre, pasa las páginas ya escritas, se detiene de vez en cuando y recuerda cosas que hizo y no hizo. No es un diario ni lo pretende, pero si hay datos suficientes como para revivir días pasados. Apuntes sueltos de tareas hechas y pendientes. Días de la semana, horas del día. Mañanas, tardes y noches que se acaban según pasa la página. Recordatorios, listas de la compra, películas por ver, citas, entrevistas, comida con un vieja amiga, cumpleaños, trabajo y ocio. Ocio y trabajo. Su vida así vista en unas cuantas líneas, su día a día le deprime. Cómo puedo ocupar tantas horas en estas tonterías, se pregunta. El día de hoy permanece en blanco. Las horas dispuestas a recibir encargos, mensajes o avisos. Hoy no quiere apuntar nada. Guarda la agenda y saca un libro. Siempre lleva uno con ella. Si se le olvida en casa se siente incompleta. No importa que luego lo lea o no lo lea. Lo tiene en sus manos, lo toca, mira la fotografía de la portada, lo abre y  lee al azar unas cuantas líneas. Juntar palabras acaba siendo el más noble de los oficios. La más alta ocupación. Ella está allí porque lee y porque habla, ella piensa porque habla, ella vive en un mundo que nada sería sin palabras. Café, terraza, mujer, agenda, cigarrillo, azul, niño corriendo. Las palabras se le escapan de las manos, las palabras en las páginas del libro, en la mujer de la mesa de al lado, en su cabeza e incluso en su silencio. No es tiempo de leer, no siente ganas.

Mira a su alrededor y ve a gente caminando, la mayoría parece ocupada. Caminan pensando ya en el destino. Mira sus caras decididas y se convence una vez más de que a ella lo que le interesa es el camino. Serán los años, piensa. Cada vez menos objetivos, menos metas, menos propósitos. Cuando queda menos por vivir que lo ya vivido uno aprende a detenerse en el camino. Uno es en el fondo más hippy, mas moderno. On the road se le viene a la cabeza. En el camino. En el camino está la vida. Al principio nada y al final nada. Mientras, durante. Cada vez detesta más marcarse objetivos.

Llega un hombre con una guitarra bajo el brazo y se planta junto a la terraza. Canta una canción a cambio de unas monedas. No lo hace mal. Ella escucha. Conoce la canción y le gusta. La vida como las películas no se concibe sin banda sonora. ¿Cuántas canciones componen la suya? Cada época de su vida tiene su propia música. Mucha de ella desaparece como desaparecen los años, alguna, como la canción que ahora escucha, permanece y se convierte en parte de ella como ella sigue siendo, también en parte, la niña que fue, la joven que soñó mundos diferentes, la mujer que aprendió a diferenciar lo accesorio de lo importante. La canción, la niña, la joven y la mujer están todas aquí y ahora escuchando y recordando. Se acaba la canción, el hombre pasa su gorra y se va.  Se lleva con él la canción y parte de ella.

Las mujeres de la mesa de al lado ya se han marchado. Levanta el brazo y llama al camarero. Le paga el café y el tiempo que ha pasado. Guarda sus cosas en el bolso, mira el reloj, se levanta y se va caminando. Se pierde entre las calles y la gente. La engullen, la fuerzan a ser una más, una pieza, parte de un decorado. Yo, desde la mesa en la que estoy sentado, me esfuerzo por no perderla, por seguirle la pista. No puedo. Ella ya es un mancha borrosa que pronto será un punto que desaparecerá de mi vista y de mi vida. Me siento solo. Saco de mi mochila mi cuaderno y pensando en ella escribo. Pido otro café y, a pesar de los años, sigo echando de menos, el humo que ambientaba la soledad y el silencio. Ética y estética.

A ella siempre le gustó el color azul…

Otro nuevo día

Te levantas como todos los días, con un ojo abierto y el otro todavía cerrado, reteniendo un mundo que se desvanece. El despertador ha sonado por segunda vez y no te concede más prórrogas. ¡Cuanto te cuesta aceptar que estás de nuevo en el mundo! Por las rendijas de la persiana asoma ya una tenue luz de casi primavera. ¡Qué drástico paso del plano horizontal al vertical, de los ojos cerrados a mantenerlos abiertos! Todavía tienes frío al levantarte, parece que todo tu calor se ha quedado en la cama.

Atraviesas el pasillo, el salón y llegas a la cocina. Todo está como lo dejaste ayer. Un pequeño mantel sobre la mesa, tres migas de pan, la taza en la fregadera. Parece una fotografía sin tiempo. Tal vez se quedó detenido cuando tú no lo veías.

Ruido cotidiano que te saca de tu ensimismamiento. El agua que cae, la caja de latón de las galletas, el horno microondas. Coges la radio pero no la enciendes. Todavía no. Eso sería aceptar que un nuevo día ha comenzado, que el mundo existe más allá de tus cuatro paredes, que el tiempo, otra vez, te alcanza inagotable.

Pan, aceite y sal despiertan tu estómago de un letargo asumido. El cacao después te calienta la vida. ¿Cuántos años desde la primera vez? Los mismos sabores, los mismos olores llenando el silencio que aún te rodea.

Ahora sí, la radio te conecta a un mundo que no es más que una realidad repetida. De dentro a afuera. Se disuelven en la nada sensaciones amortiguadas por el sopor y la noche. La mañana y sus sonidos te despiertan. El mundo entra en tu casa y tú, poco a poco, echas a andar de nuevo en él.

El tiempo, las carreteras, una guerra, un partido de fútbol que se jugó ayer. Elecciones en la otra punta del mundo, la visita de un alto dignatario, un nuevo caso de corrupción, declaraciones vacías.  Una encuesta, un ciclón con nombre de mujer, un asesinato, una violación. Porcentajes de exportaciones e importaciones, ha subido la bolsa. Un millón de nuevos contratos, todos temporales. Todo va bien, todo va mal. Otro partido de fútbol, este se juega hoy. El tiempo, una y otra vez el tiempo. Lluvia, sol, frío y calor. Un libro publicado, una obra de teatro estrenada y una película premiada. Hoy hace veinte años que. Un tercer partido  que se jugará mañana.

En la ducha, bajo el agua caliente, vuelves a cerrar los ojos en un último intento de olvidar que ya has dado un paso adelante. Jabón, champú, esponja, piedra pómez. Miras al  agua con los ojos cerrados. Una canción suena al fondo y piensas cuándo la escuchaste por primera vez. Música desde la mañana.

En tu cuarto, la cama revuelta, abres el armario y escoges la ropa que quieres ponerte. Siempre tiendes a lo oscuro. Negro, gris, azul y algún marrón. No sabes por qué pero no te sientes tú vestido de colores. Las botas nuevas o las viejas. ¡Qué duda¡  Al final siempre ganan las viejas. ya son parte de ti y dejarlas ahí tiradas, en lo oscuro, es como abandonarlas. Son más tú que las otras.

Ya sólo queda llenar tu mochila, negra también. Equipaje para un día. Un libro, un cuaderno, un lápiz, un bolígrafo. El pañuelo por si hace frío. La cajita roja donde guardas los auriculares, la funda de las gafas pues ellas cada día pasan más tiempo colgadas de tu cuello, tus chicles y la bolsita con el cepillo de dientes por si no comes en casa. Siempre hay hueco, además, para alguna que otra sorpresa.

Todo listo. Media vuelta y comprobar que todo está en su sitio. El piloto del ordenador parpadeando, el sofá rojo esperando, la mesa con las sillas vacías, tu cuarto al fondo desierto. Apagas las luces, abres la puerta, el ascensor (con suerte no aparece ningún vecino). La suerte está echada. Pisas la calle nuevamente.

Una y otra vez el tiempo

Todos los días pasan. Sólo algunos empiezan y acaban. No siempre es bueno ni lo uno ni lo otro. No siempre es malo tampoco. A veces la falta de límites permite al tiempo deslizarse sin dibujar contornos. Todo es uno y uno es todo. Otras, somos feliz o dolorosamente conscientes del paso de la vida. Sentimos que las horas y los días escapan como el agua entre los dedos. Nos aferramos a hitos que marcan principios y finales pero que dejan siempre huellas reconocibles por la memoria. La memoria entonces se adueña del tiempo y le da forma. Lo moldea como las manos moldean la arcilla y deja clavadas para siempre miradas, caras y palabras. Los recuerdos se mezclan con los minutos y con los segundos  y el tiempo se transforma en antes y después, en ayer y hoy, en tal vez mañana.

Todos los días pasan. Algunos se quedan y nos atormentan. Se empeñan en romper la línea recta y se retuercen en curvas imposibles volviendo siempre a nuestro lado aunque no les hayamos llamado.

Todos los días llegan y casi todos pasan de largo dejándonos huérfanos de tiempo en las manos. Se van y nunca vuelven la mirada. Se van pero no nos llevan con ellos. Estamos irremediablemente solos.

Todo los días acaban y sólo algunos los cuento. Todos los días llegan, pasan y acaban pero sólo un puñado transforma sus instantes en palabras. Esos días el tiempo se detiene en la tinta negra y se queda. Sólo las palabras crean recuerdos. Sólo la memoria está formada por fantasmas y por letras.

Una y otra vez sólo importa el tiempo.

Retenerlo, definirlo, repetirlo, recordarlo, olvidarlo, hablarlo, expresarlo, fotografiarlo, cantarlo, contarlo…pasarlo.

Todos estamos siempre en su interior. Fuera de él imaginamos todo pero sabemos muy bien que no existe nada. Fuera de él el silencio absoluto. En el silencio no hay memoria y sin memoria no somos nada. Pálidas sombras que se desvanecen como vapor de agua. Sombras que sin palabras que las nombren siempre se olvidan.

Somos tan solo tiempo. El que fuimos y el que nos queda.

Días tranquilos

Me gusta mi Semana Santa de días tranquilos. Me gustan las horas que pasan sin esperar que otras distintas lleguen. Me gusta recorrer mi ciudad de punta a punta bajo un cielo azul recién estrenado y un sol aún tibio. Me gusta perder la noción del tiempo y olvidar en casa reloj y calendario. Me gusta andar, leer, observar, pensar sin prisa y detenerme cuando y donde quiera. Me gusta, en fin, vivir sólo en el presente.

Me gusta estirar el día robándole horas a la noche acogedora. Me gusta hacer las cosas lentamente y dejar para mañana lo que hoy no puede hacerse. Me gusta dormir y despertar cuando los ojos lo piden. Me gusta mirar por la ventana y escudriñar lentamente otras vidas a través de los cristales. Me gusta respirar consciente de que lo hago y acompasar respiración y silencio. Me gusta, en fin, vivir perdido en un mundo que ruge.

Me gusta leer y ver letras e ideas. Me gusta recorrer caminos trillados y verlos de un color distinto. Me gusta ver películas en medio de la tarde. Me gusta hablar tranquilamente sobre aquello que ocupa mi mente. Me gusta quedarme quieto y escuchar lo que dice y no dice la gente. Me gusta pasar junto al mar y no verlo. Me gusta salir y me gusta volver. Me gusta cerrar la puerta con llave y ocultarme. Me gusta, en fin, escribir sobre días como este.

Me gusta mi casa, mi mesa, mis libros, mis discos y todo lo que antes parecía inerte. Me gustan el sol y la luna vistos ahora de forma diferente. Me gustan las músicas que pueblan mis horas nocturnas. Me gusta la mañana, la tarde y la noche. Me gustan los días que se mezclan, que se funden unos con otros. Me gusta estar en medio de las horas y de los días. Me gusta confundirlos. Me gusta no tener que dividir el tiempo en partes. Me gusta, en fin, descubrir que la vida y el tiempo están en mí y no ahí fuera donde pensaba la gente.

Febrero y el invierno van muriendo

IMG_4843cFebrero y el invierno van muriendo. El frío y la lluvia persisten en su empeño de quedarse. En la ciudad, desierta, según la veo ahora, todo es agua, gris y viento. Las gotas de lluvia chocan con los cristales, los árboles parecen encogerse ateridos y de los coches sólo llegan las luces que atraviesan la furia del agua.

Pienso en mi casa y llegar se me hace imperativo. Quiero ver morir febrero a través de la ventana. Quiero que la música haga callar al viento. Quiero que las luces iluminen el gris del cielo.

El invierno va terminando pero parece luchar por no marcharse. Yo, detenido, le digo adiós y al mismo tiempo ya le añoro. Invierno de quietud, invierno de paréntesis. Mantas, colchas y edredones. Libros, chimenea y té caliente.

La primavera a la vuelta de la esquina. Ya no estoy tan seguro de quererla.

El invierno que se me queda. Invierno que contemplo. Luz sin luz. Fotografía.

Febrero vacila. Yo le invito a sentarse.

Agua, frío, nieve, sol que no calienta. Blancos, grises y, a veces, azul transparente.

Tanto tiempo deseando olvidarte para finalmente anhelarte.

Febrero que se muere entre soledades. Invierno que se escurre entre los dedos. El sol que anuncia su victoria. Yo me conformo con contemplar la lluvia en los cristales.

Febrero ya casi inerte.

Febrero.