Causas y azares

A Dámaso le cayó ayer un tiesto en la cabeza cuando paseaba por la calle a las doce del mediodía.El tiesto se precipitó al vacío porque no habían colocado una barra de sujeción y porque a esa hora se desató un vendaval inesperado que nadie había previsto.Dámaso debería haber estado trabajando, pero le quedaba un día de vacaciones y justo ayer se lo tomó.

Sobre las once y media de la mañana recordó que tenía que hacer un recado.Estaba muy a gusto en casa pero como a la tarde tenía intención de ir al cine, pues era el último día que se proyectaba la película que deseaba ver, decidió hacer un esfuerzo y salir por la mañana. Dicho y hecho. Se acercó hasta su coche y entonces se dio cuenta de que había olvidado las llaves en casa.Le dio pereza volver a subir y  al ver que el autobús estaba detenido en la parada se subió a él. Casi nunca solía utilizar el transporte público pero hoy lo hizo. Además no le dejaría lejos de su destino.Al bajar del autobús comenzó a levantarse un fuerte viento, en vez de ir por el camino más corto, una avenida amplia y despejada optó por tomar una calle más protegida.El semáforo prohibía el paso a los peatones.Pudo haber esperado a que cambiara de color, pero no lo hizo. Dámaso es impaciente y hoy, que iba sin su hija pequeña, aprovechó para cruzar la calle sin hacer caso de la luz roja.Continuó caminando y vio,consternado, que un ex-compañero de colegio venía por la misma calle  hacia él. A  Dámaso no le gustaban  este tipo de encuentros.No sabía muy bien qué decir. Se sentía ridículo hablando de la familia, la salud y el tiempo.  Aun a riesgo de ser descubierto se detuvo frente a un escaparate y miró atentamente los artículos expuestos. Cuando vio la imagen del compañero de colegio reflejada en el cristal no se dio media vuelta y respiró aliviado al comprobar que la imagen seguía su camino sin detenerse.Dámaso continuó caminando y treinta metros más adelante un tiesto,arrancado por el viento cinco pisos más arriba,hizo diana en su cabeza.El último pensamiento de Dámaso se lo llevó su antiguo compañero y el colegio donde estudiaron juntos.

Los vecinos del quinto no eran aficionados a las plantas. De hecho sólo tenían una, bueno ahora ninguna.Habían cenado unos días antes en casa de unos amigos.Estos tenían una amplia terraza plagada de plantas y de flores.Lo cierto es que el lugar resultaba muy acogedor y para contentar a sus amigos hablaron maravillas de los colores y de los olores. Los anfitriones, halagados, les regalaron  una preciosa doble alegría, así se llamaba la flor. Se la dieron en un pequeño tiesto de plástico pero les recomendaron ponerla en un tiesto más grande.Al día siguiente compraron un robusto tiesto de barro y allí colocaron a su doble alegría.No sabían muy bien cómo cuidarla.Supusieron que un poco de aire y de luz le sentaría muy bien  y,  sin pensarlo dos veces, colocaron, aquella fatídica mañana,la planta en el alfeizar de la ventana de la cocina antes de irse los dos a trabajar.¡Hacía un día tan bueno!

La clave está en saber si las coincidencias existen o no.Yo, por mi parte, sospecho que esta cuestión no tiene solución. En nuestra propia biografía hay multitud de ocasiones en las que nos planteamos este dilema. El azar desvirtúa el encanto de las coincidencias y nos hace sentir desarmados ante el poder que tiene la casualidad en nuestras vidas. Cuando pensamos, decidimos o queremos pensar que las casualidades no existen y que todo responde a la concatenación de causas y efectos en las que nosotros intervenimos consciente o inconscientemente, nos sentimos más seguros en el convencimiento de que somos parte activa y decisiva en el desarrollo de nuestras vidas. Lo razonable es aceptar que el azar tiene gran parte de  culpa en todo aquello que nos ocurre.Los seres racionales son muy poco razonables y gustan de escoger la segunda posibilidad.Es esa en la que el destino hace acto de presencia y en la que buscamos razones ocultas, toques mágicos, lazos que unen lo que pasó con lo que pasará.

La causalidad suena convincente  y nos hace vivir nuestra vidas en primera persona.Un hilo une hacia atrás y hacia adelante todos los hechos y todas nuestras decisiones. La casualidad nos quita el protagonismo y nos deja a merced de lo  incontrolado.

Un hecho puede ser más o menos probable. Al lanzar un dado, el tres sale porque es probable que salga pero  no es nuestra voluntad  la que lo decide.Sé que podríamos investigar la razón por la que tal número salió y no lo hizo otro. La posición en la que estaba el dado cuando lo introdujimos en el cubilete, la velocidad a la que lo agitamos y la fuerza con la que lo lanzamos sobre el tapete  determinaron su aparición. De la misma manera, un día giramos a la derecha o a la izquierda de una calle por motivos ocultos para la mente.Un color, el aire  o un determinado olor hicieron que tomásemos una dirección y no otra.¿Qué prueba esto? Que toda causa tiene su efecto. ¿Creemos que con eso nos libraremos de la casualidad y del azar? Rotundamente no.El hecho de que un estudio científico pueda demostrar por qué salió cruz y no cara  no evitará que todos relacionemos el lanzar una moneda al aire como ejemplo de azar.

Los psiquiatras indagan en la mente para buscar orígenes y explicaciones a nuestros comportamientos. Cuando no los encuentran en lo consciente señalan al inconsciente como responsable.El objetivo es lograr que el yo sea el que responda de todos los actos.

La pesada  carga de buscar razones y causas a todos nuestros actos es insoportable. Optamos entonces por hablar de suerte, azar, casualidad o destino según nos convenga.Si se trata del amor de nuestra vida nos agarramos tozudamente al destino, si , por el contrario, se trata de algo por lo que nos sentimos culpables , la culpa se la lleva indefectiblemente la mala suerte.