Cerezas compartidas

Estaba yo comiendo cerezas, mi particular fruta de la pasión, y, al ver que no podía parar, me he tenido que contener y obligarme a dejar alguna para los demás. Ha sido un acto heroico puesto que estaba sólo y nadie más sabía de su existencia. Esto me ha llevado a reflexionar sobre lo difícil que es compartir. Probablemente el primer concepto que un niño tiene claro, además de los consabidos mamá y papá, es el de propiedad. Mío, mío, mío es el peculiar maullido de todo niño que se precie. No hacemos esfuerzo alguno para que un niño nos quiera, pero conseguir que asimile el concepto de compartir es un empeño muchas veces abocado al fracaso. En muchas ocasiones el máximo logro es que comparta como algo impuesto, por disciplina. ¿Es compartir algo antinatural? ¿Viene la propiedad privada incrustada en un gen? ¿Somos acaso rubios, altos, de ojos marrones y propietarios por naturaleza? ¿Han fracasado el socialismo,el comunismo y el mismo cristianismo por no tener nada que ver con las leyes de la genética? ¿Es este el secreto del capitalismo?

Fuera de bromas, si la vida es un aprendizaje permanente esta es una de la asignaturas más difíciles y a casi todo el mundo le queda pendiente para septiembre. Luego pasa lo que pasa, en verano es muy duro estudiar, tenemos demasiadas distracciones y así es imposible hincar los codos.

No sólo hablo de compartir cosas materiales. Me refiero también a lo difícil que se nos hace compartir información, conocimientos, trabajo, amistades y por supuesto sentimientos.

El mundo actual basa su organización en el concepto de propiedad. Merece la pena hacer algo si con ello obtengo beneficios. Desde que nacemos se nos inculca la necesidad de acumular. Primero objetos, luego conocimientos y más tarde información. Esto ya de por sí es un serio problema, pero lo es más aún, cuando nos damos cuenta de lo difícil que se nos hace compartir aquello que poseemos.Todo gira en torno al poder. Tengo más que tú, sé más que tú y dispongo de  información privilegiada. Si ya tenemos poder, pasamos a la segunda fase: el secreto. Cuanta menos gente tenga o conozca lo que tenemos y sabemos mejor. Pertenecemos al club de los elegidos. El resto es morralla. Las relaciones sociales las organizamos en base a estos criterios y los modelos a seguir casi siempre representan estos valores.

Hemos llegado a a tal extremo que cuando sabemos de alguien que hace algo a cambio de nada o por el puro placer de compartir, o bien lo tachamos de loco, si no de idiota, o pensamos que ahí hay gato encerrado. Nos inspira desconfianza. Si en el trabajo sabemos algo que los demás desconocen pensamos que es mérito nuestro y eso justifica reservárnoslo para nosotros. Si tenemos alguna información que los demás no tienen, la utilizamos para conseguir algo. Y si somos más expertos que otros en una materia determinada nos cuesta dios y ayuda algo tan sencillo como compartir lo que conocemos.

Tenemos poder porque tenemos secretos. Nos admiran por ello y nos envidian. Esta es la tercera pata del banco: la vanidad. Somos vanidosos, nos encanta que nos adulen y envidien. Eso nos hace sentir diferentes. La corrupción es una consecuencia lógica. Con tal de conseguir un éxito fácil, con tal de triunfar somos capaces de cualquier cosa. No me refiero a cometer delitos, que también, sino a algo más cotidiano. De niños copiamos en los exámenes, nos reímos de los más débiles para agradar a los demás, de adolescentes fingimos lo que no somos, aseguramos haber tenido experiencias que no hemos tenido para quedar bien, de jóvenes criticamos un mundo en el que luego nos instalamos cómodamente a vivir y de adultos completamos la faena. Bastante tengo yo con lo mío como para pensar en los demás. Si no muerdes te muerden.

En la sociedad actual cuando alguien promueve iniciativas que trastocan el orden establecido es inmisericórdemente atacado. La sociedad capitalista se ha convertido en una constante competición por conseguir más cosas que el vecino. En esa cruel carrera los menos dotados o los más desafortunados van quedando por el camino. Es entonces cuando papá estado tiene que intervenir y acoger en sus brazos a esos necesitados. Son víctimas y así nos los presentan. Nosotros, cariacontecidos, exclamamos: pobrecillos y seguimos comiendo cerezas. El estado somos todos. Esto ya nadie lo entiende. Eso nos obligaría a ser todos los que compartimos y ayudamos. Pero no, hoy el concepto estado se ha convertido en algo abstracto e impersonal que a nada ni a nadie representa concretamente.

La globalización, pese a quién pese y a pesar de todas las dificultades puede abrir una pequeña puerta a la esperanza. Ahora es imposible fingir que no sabemos lo que pasa en el mundo. Nada está tan lejos como para que no nos afecte. Los problemas son, cada vez más, globales. Las soluciones también. Compartamos problemas y compartiremos soluciones.

P.D.: ¡Dios, que mal me han sentado las cerezas!