El otoño que acecha

He vuelto. Han sido días distintos. Lejos de las teclas y de la pantalla. He vuelto también al trabajo y lo lamento. I don’t like septembers. Tell me why. He sacado fotografías y he leído a Philip Roth. Ahora está sobre una mesa blanca descansando. Hace calor pero llueve. Bochorno.He sacado punta a los lápices y he apilado tres libros a mi derecha: Historia de la filosofía para jóvenes, El Nueva York de Woody Allen y Guía práctica de CSS. Abro el cuaderno naranja que tengo a mi izquierda y leo algunas palabras al azar: eliminar archivos papelera root, ecaf1c, inconsolata, mujeres, educación, sanidad, gasto social, protección social, pobreza, exclusión.

He pasado los últimos días de agosto ordenando la biblioteca. Ahora la miro y me relaja. Todo parece estar en su sitio. Es una sensación agradable. Tenía la duda de si colocar los libros por orden alfabético o por lenguas y nacionalidades. Al final he optado por un sistema mixto y caprichoso. Poesía, ensayo, literatura inglesa, latinoamericana, francesa…novela negra…miscelánea…Al ir agrupando autores he descubierto los que más sitio ocupan. Esos, al menos por volumen, se apropian de un lugar destacado. Mailer, Kundera, Styron, Mann, Varguitas, Endo, Saramago, Wilde, Auster, Trapiello, Muñoz Molina sobresalen y los ojos se van, sin quererlo, hacia ellos. Sólo les gana en ampulosidad la enciclopedia británica. ¿Hace cuánto tiempo que no la abro? Recuerdo cuando la compré y las horas que pasaba conociéndolo todo. Pasaba sus páginas con regocijo y me detenía primero aquí y luego allá. Cerraba el volumen y tocaba embelesado la suave piel marrón con que está encuadernada.

He encontrado una hoja en la que tengo apuntadas las películas que he visto este verano. Son en torno a  40. Cuando leo los títulos todavía recuerdo cada una de ellas y las plácidas tardes en las que las veía. La primera fue La red social y la última Hereafter. Entre ellas se me cuelan en la memoria Les enfants de Marais, Un long dimanche de fiançailles, This is England, Chocolat, Incendies, Lost in translation, Another Year y Los limoneros.

Me gusta el cine pero cada vez voy menos veces. Veo la mayoría de las películas en casa. Lo peor del cine es salir de nuevo a la calle. Dejar París, Jerusalén o el desierto del Gobi y toparte en un abrir y cerrar de ojos con la luz y la gente que hace la compra.

También estos últimos días me ha dado por tirar cosas. Ordenar, limpiar y tirar. No sé si es bueno para el cuerpo pero sí para la mente. Es un ejercicio recurrente. Necesito hacerlo de vez en cuando. Cada vez me cuesta menos deshacerme de las cosas. Abrir un armario, vaciarlo, clasificar su contenido y perdonar la vida o condenar a muerte. Llenar bolsas, salir de casa con ellas y sentir la ligereza que llega al abandonarlas o regalarlas. Después, y a pesar del vacío logrado, no dejo de soñar con una casa más grande.

Levo dos días trabajando y dos míseros días tratan ya de engullir dos meses de verano. La rutina atrapa. Cuando es escogida no es una prisión sino sosiego, cuando se adueña de ti, cuando se te impone no te deja más opción que el odio. El odio produce fatiga. El despertador, la prisa, las citas, el teléfono, las reuniones donde nadie aporta nada, los papeles sobre la mesa, las clases por preparar, los horarios, dormir cuando hay que dormir y no cuando tú quieres. Sentir que las doce es el final del día y no el principio de la noche. En fin, no existe consuelo en la desgracia ajena. Siempre se es privilegiado a los ojos de los demás. Quien tenga oídos…

En unos días otoño. Suena bien y se ven muy bien sus colores. Sigo pensando que la felicidad es repetir algo constantemente sin saber que lo estás repitiendo. Ese algo es redondo y perfecto, no tiene esquinas y te hace sentir completo. Uno y el universo.

Cada día anochece más temprano.