Es domingo, se acaban las vacaciones y no para de llover. Para escapar un poco de esta angustia dominical y prelaboral, me doy a la tarea de hurgar entre las fotos que se van acumulando en carpetas y carpetas en el ordenador. Desde que se usan las cámaras digitales, disponemos de tanta información sobre nuestro pasado que es mucho más fácil recordar todo lo que hemos vivido. No sé si esto es bueno o no, pero el hecho es que todo está ahí, ordenadito y a tiro de clic. Como normalmente sólo guardamos imágenes de buenos recuerdos, cuando les echamos un vistazo, tenemos la desazonante impresión de que el presente es un poco deprimente en comparación con esos momentos estelares que el monitor nos planta delante de nuestras narices. Siempre estamos guapos, riendo y en lugares bonitos. Guardamos imágenes que nos hacen sentir originales y creadores. Lo feo no existe, lo vulgar tampoco. Si dejo de mirar esas fotos, si apago el ordenador y me veo en pijama, si miro por la ventana y el mundo es gris, si respiro y huele a domingo por la tarde y no me gusta el fútbol. ¿Qué hago? No hay duda. Abro una carpeta al azar y me voy de viaje, allí donde todo es tranquilo, placentero, allí donde seguro que no es domingo y menos por la tarde.



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