Ciertas dudas (again)

Me asaltan las dudas. Están ahí, vigilantes, al acecho. Nunca duermen porque su existencia es movimiento. Detestan el silencio. Viven, como las olas, en un constante vaivén que recorre siempre en sentido contrario el camino andado. Me sobresaltan con sus interrogantes. Agitan la conciencia que creía tranquila y caigo inevitablemente en sus garras. Dónde quedó la ansiada certeza. Dónde el descanso de lo cierto. Cuándo empezó a moverse de nuevo el tiempo que creía detenido.

Asoman las dudas su cara borrosa, dejan su huella en la consciencia. Vuelven siempre y es un sueño creer que se han marchado definitivamente. La dudas nunca quedan solas. Viven acompañadas de zozobra. Nos habitan, nos llenan, nos ocupan con su alma gris y siempre opaca. Están tan dentro de mí que no se qué sería de mi sin ellas.

Las dudas me mueven, me agitan, me dan vida pero también me matan. Dudar es necesario. La verdad sin dudas siempre esconde un engaño. La certeza impuesta o regalada es perniciosa. No importa la intención con que nos fuera dada. La duda vive dentro de nosotros. Somos carne, hueso, sangre y duda.

La dudas como motor del pensamiento. Impulso hacia un horizonte cambiante. Alimento tóxico pero necesario. Desconfiad de quien no duda.

Pensaba que y ya no lo pienso. Creía que y ahora creo un cosa diferente. Creer, a pesar de lo que nos digan, es todo menos certeza. Es pura duda. Creo que, no es más que un intento de tener algo por cierto. Un intento, sí,  pero desesperado de ir más allá de la  simple opinión, del mero pensamiento.

Creer en algo o en alguien no pretende más que descansar de las dudas que provoca el más valiente yo pienso.

Después de tanto pensar, de tanto creer, de tantas dudas y opiniones es cruel ser consciente de que además de la muerte la duda es la otra certeza que nos queda.

Las dudas, en plural, son, pues, parte de nosotros. La duda, como concepto, es absolutamente humana. Componente, bastón, acicate, dolor. Compañera, enemiga, insomnio, motor. Movimiento, desazón y sobre todo tiempo. Sin tiempo no hay duda pero, creamos lo que creamos, tampoco vida.

El hombre ante la muerte

La muerte está presente siempre en nuestra mente. La muerte da sentido a nuestra vida ya que la dota de tiempo. La tenemos como cierta aunque nunca la hayamos experimentado. No me importa ahora si luego o antes hubo otras vidas, no me interesa hablar de la vida después de la vida. No sé qué es la vida eterna. Vivimos porque morimos. Sólo en la infancia, tal vez, la muerte no existe. Sólo los niños, entonces, pueden vivir el momento, lo demás son vanos intentos. Cuando el niño reconoce la muerte, cuando es consciente de que ella siempre llega, entonces, deja de ser niño. Primero viene la angustia de saber, de reconocer y de admitir que los seres que le quieren morirán algún día. Ésta es la primera pesadilla con sentido de todo el que ha sido niño. También es su primera certeza.

El error que todos cometemos cuando no podemos resolver un conflicto es no enfrentarnos a él, apartarlo de nuestro lado, fingir que no existe. Los seres humanos somos maestros en ese difícil arte. De entre todos los problemas que nos acechan a lo largo de la vida al que más damos la espalda es al de la muerte. Queremos vivir como si ésta no existiera, deseamos ser eternos adolescentes que creen ser inmortales, enterramos la cabeza en la arena y vivimos con el engaño, pretendiendo que la muerte no vendrá nunca a visitarnos.

No voy a discutir si las religiones son simplemente un consuelo ante la muerte, me dan igual ahora las creencias. El hecho cierto es que vivimos negando la única evidencia, posponiendo encarar este problema por los siglos de los siglos. ¿Qué conseguimos con eso? ¿Nos sirve realmente de ayuda?

Lo terrible de la muerte es que llega en cualquier momento. No está allá, en un final lejano al que nos enfrentaremos a su debido tiempo. Está aquí, a nuestro lado, y lo sabemos. No tiene por qué ser un momento culminante al que nos encararemos decisivamente. La muerte no avisa, está detrás de cualquier esquina. Yo no pretendo un adiestramiento para saber morir, no quiero que pasemos el tiempo pensando en que éste puede ser nuestro último momento. Sólo insinúo, que la aceptemos.

De entre todas las diferencias entre los seres humanos y los animales la única que es patente es la consciencia de la muerte. Podemos decir sin temor a equivocarnos que somos los únicos seres vivos que viven sabiendo que su vida tiene un límite. Somos inteligentes, es cierto,tenemos sentido del humor, nos reímos, hemos desarrollado un lenguaje, creado incluso conceptos abstractos, nos enamoramos, el sexo no tiene sólo fines reproductivos, creamos, inventamos y soñamos. Los animales en pequeño o mayor grado algo de todo esto tienen. Lo que marca la diferencia, lo que nos hace verdaderamente únicos es que nacemos sabiendo que moriremos.

¿Qué pasaría, pues, si aprendiésemos a aceptar la muerte? Yo no tengo duda. Aprovecharíamos mejor la vida. Todos somos mortales. Todos somos iguales al menos ante la muerte. Ésta es la única igualdad que no hace falta reivindicar. Vivir sabiéndonos finitos no implica vivir amargados y derrotados. Éste debería  ser el gran triunfo de la vida. Para saber vivir sí hace falta entrenamiento. En ello debemos poner todo nuestro empeño.

Cuando una persona tiene que vérselas con cualquier problema siempre se le dice que ha de  seguir adelante, que debe rehacerse y volver a ser lo que era. Cuando nos encaramos con la muerte, sin embargo, la tratamos de intrusa, le damos la espalda  y buscamos bálsamo y consuelo para desvirtuarla, para no creerla. El hombre ante la muerte tiene un único deber; aceptarla y afirmar con ello la vida. Sin muerte seríamos como piedras del camino sin consciencia de estar vivos. La muerte nos hace ser lo que somos: seres humanos, nos regala el espíritu que nos hace únicos.

Lo verdaderamente insoportable de la muerte es que mueran otros, no nosotros. La pesadilla infantil persiste. Lamentar nuestra propia muerte no tiene ningún sentido. Ya no somos, o, si somos, tendremos vida propia. Si aún y todo persistimos en el miedo y en la angustia, es que temores atávicos nos dominan, infundados castigos creados para gobernarnos. Tememos a la muerte y ese temor nos hace menos libres en la vida.

La muerte a todos nos iguala, la vida nos hace irrepetibles.

La duda perpetua

Tener certezas nos cuesta la vida.Vivir en la duda perpétua, en la indefinición y considerar que todo es relativo nos somete a una tensión intelectual que salvo inconscientes o ignorantes  es muy dificil de sobrellevar.La certeza ofrece seguridad y nos permite olvidar las inumerables cosas de las que no sabemos nada.Cuando no se puede argumentar una verdad se da un triple salto mortal para caer en la  más irracional de las certezas:la fe.Cuando no permitimos que esa fe sea cuestionada caemos en el fanatismo.La diferencia entre el fanático y el creyente es que el primero nos quiere imponer a todos los demás su creencia.El fanático no se cuestiona nada, da por hecho que se halla en posesión de la verdad y por eso nos la impone; si es necesario no duda en hacerlo por la fuerza.Es el grado más alto de paradoja intelectual que podemos llegar a conocer:el que no sabe, el ignorante, el fanático es el que cree conocer la verdad y la impone a sangre y fuego al que sabe mucho más que él.Sé que los creyentes en cualquier cosa negarán lo irracional de sus creencias.Es lógico, en ello les va la solidez de su existencia. Tener fe no expresa más que la voluntad de creer en algo sin tener que hacerse preguntas sobre ello.No es poco. Con los fanáticos no tengo que preocuparme, saben tanto que no les hará falta leer este estúpido texto para contradecirme o simplemente rebatirme.Los fanáticos repelen la razón de la misma manera  que la naturaleza repele la línea recta.Es una perdida de tiempo tratar de razonar con ellos.Sólo hay una cosa que no nos sobra,  y esa, es precisamente el tiempo.

La ciencia infusa no existe.Certeza y fe buscan el descanso y la seguridad.Queremos con ellas construir la casa empezando por los cimientos.La duda sin embargo se nos antoja como hacerlo desde el tejado.Si uno hiciera un análisis exhaustivo de cuáles son las  verdades a las que realmente se puede asir sin engañarse al menos un poco, tendría que reconocer que su terreno de juego es el subjetivo.Responder no sé  demuestra frecuentemente más sabiduría que asegurar categóricamente la verdad de algo de lo que desconocemos casi todo.

Casi siempre sucede que tenemos más claro aquello que no sabemos  que lo contrario.Cada vez que se declara categóricamente que algo es verdadero estamos mintiendo o exagerando deliberadamente y lo sabemos.A pesar de ello, da mucha seguridad tener esas certezas en la recámara.Nos da orden y sentido.Nos sentimos refugiados. Son como nuestra casa.Son la balsa en la que navegamos por el inmenso mar de la duda.Por eso, aunque no se admita, nos gusta tener todo clasificado y jerarquizado.Ser siempre consecuente puede que sea lo más adecuado pero nos impide  declarar a los cuatro vientos que determinada verdad  es irrefutable.En el fondo,tener algo pensado y decidido nos da la seguridad que nos quita el sempiterno y lógico depende.Vivir en la duda y en lo subjetivo se ransforma así en un árduo esfuerzo que nos cuesta la confianza y hasta el prestigio social e intelectual.La ciencia incluso se muestra más humilde en su interpretación del mundo que el común de los mortales que se declara a sí mismo seguro de algo.

Lo más sensato, al final, es agarrase al arte.Las únicas certezas que quedan ancladas en nosotros, son las que sentimos como tales a través de la emoción artística.La ciencia podrá explicar  cómo se mueven los electrones o por qué erupcionan los volcanes.Nadie pone en duda tales explicaciones pero poco nos importan.Sin embargo, cuando sentimos en las entrañas la iluminación de una metáfora o el dolor provocado por la música sabemos que no podemos explicarlo con razonamientos, que, tal vez, ni palabras haya para hacerlo, pero dentro de nosotros vive la certeza  de la comprensión, del descubrimiento y la ilumunación.Los electrones están por ahí danzando pero nosotros nunca los hemos visto ni sentido.Los átomos de que estamos compuestos  se volatilizarán cuando hayamos muerto, seguirán  uno a uno su camino pero ya no serán nosotros.Nuestras creencias y certezas no viajarán con ellos.¿Dónde quedarán?.

Al final no nos queda más remedio que vivir basados en el acuerdo.El impulso de conocer es imparable.La ignorancia sólo conduce al fanatismo y de este hay que huir como de la peste.La ciencia tratará siempre de dar una explicación de los hechos pero siempre habrá más cosas que no conoce de las que es capaz de explicar.El método científico es útil, nadie lo duda, pero nadie vive basando su existencia en la utilidad.Intuiciones, sentimientos y deslumbramientos que no pueden ser explicados son los que jalonan nuestro aprendizaje a lo largo de la vida.Cuando la tierra era plana, sus habitantes tenían las mismas dudas e incertidumbres que ahora que nos transportamos en una esfera por el espacio.

Tratar de agarrarnos a las certezas es comprensible.El ser humano se ha embarcado en un viaje muy  ambicioso, no es otro que el del conocimiento.En ese viaje a lo desconocido nos sentimos sólos y diminutos.Por eso la palabra verdad nos deslumbra.La verdad es el sol que nos da la vida y la duda y el azar nos hacen vivir en las sombras.Yo tengo por cierto que somos animales nocturnos.