Memoria e imaginación

Lo peor de haber sido feliz es estar recordándolo constántemente. Esta es una frase que oí hace muchísimos años y que por mucho que lo intento no consigo olvidar. Echar la vista atrás es una tentación imposible de resistir. Idealizar el pasado es la evidente consecuencia. Pensar que ya nada será como fue o peor, como pudo haber sido, es la más triste de nuestras derrotas.

La memoria nos permite almacenar recuerdos. La memoria es el disco duro donde guardamos imágenes, acontecimientos, ideas y sentimientos. La diferencia con nuestros prácticos ordenadores es que la memoria humana deforma todo lo que guarda con el paso del tiempo. Nunca podemos acceder a la fuente original y por ello  nos contentamos con recrear el recuerdo que duerme codificado en la oscura cárcel de nuestra mente.  En realidad recordamos que tenemos un recuerdo guardado. El proceso de hacerlo consciente de nuevo pasa por el proceso de la descodificación. El hecho es que en ese proceso siempre mezclamos recuerdos con ficción y nuestra vida pasada, vista desde el momento presente,  ya no es vida propiamente dicha sino una autobiografía novelada que, dicho sea de paso, es la única forma de autobiografía posible.

La memoria guarda y la imaginación crea. Su  mezcla da como resultado un pasado ineludiblemente diferente al que realmente vivimos y sentimos. Incluso en el caso en que pudiéramos acceder a las entrañas de nuestro disco duro, una imagen allí guardada sería distinta vista con los ojos de ahora. Un objeto contemplado en diferentes momentos del tiempo es dos objetos diferentes. El recuerdo se alimenta de la imaginación y transforma la objetividad de un hecho en la creación de otro que tiende a adaptarse al momento en que lo hacemos consciente. Utilizamos la imaginación para perdernos en remotos lugares dormidos en nuestra memoria. Su misión verdadera no es esa sino la de crear, la de hacer realidad las cosas que imaginamos. La imaginación es casi siempre malgastada. La memoria es buena para no olvidar lo aprendido pero no para hacer de ella nuestra residencia. Perdernos por los vericuetos de la memoria equivale a no crear absolutamente nada y la vida es creación no memoria. Memoria y aprendizaje. Imaginación y creación.

Borges consideraba los libros como una extensión de la memoria y de la imaginación. Eso es la ficción. Disfrutarla es  casi una obligación  pero vivir en ella es una terrible equivocación. El proceso de creación sigue exactamente esos pasos. Utilizamos los recuerdos para recrearlos. Quien se queda anclado en los recuerdos o quien vive preso de la imaginación no es un lector sino un lunático. No una persona sino un personaje. El que, al menos, en su locura quijotesca, ya nunca puede abandonarla vivirá una vida completa y paralela. La mayoría, para su desgracia, sufre atisbos de realidad y acaba hundido en la miseria de  pensar que todo tiempo pasado fue mejor, que el amor fue aquello que sintió y que la felicidad quedó para siempre, y sospechosamente, en el pasado. Pasado que no es sino pura ficción.

Memoria e imaginación están íntimamente relacionadas. Las experiencias que hemos tenido permanecen en la memoria y esas experiencias nos ayudan a conocer nuevas cosas. Cuando nos enfrentamos a algo desconocido nos resulta complicado de entender porque carecemos de experiencias que nos ayuden a interpretarlo. La imaginación construye para nosotros imágenes basadas en los recuerdos y nos lanza una hipótesis que nos puede llevar al conocimiento. El conocimiento científico se basa en la experiencia pero plantea hipótesis porque es finalmente la imaginación la que creará las posibilidades nuevas de conocimiento. Tratar de probar que esa hipótesis es cierta es la tarea que pondrá punto final al proceso de conocer. La ciencia ficción utiliza la imaginación para convertir mundos imposibles en posibles. Viste su creación con fórmulas y ecuaciones que aparentan ser consistentes. Un científico loco no es el que trata de probar hipótesis aparentemente descabelladas sino aquel que se cree su propia ficción.

Experiencia, memoria, recuerdo e imaginación son las herramientas que utilizamos para conocer pero también para perdernos en el pasado, quedarnos allí  y defendernos con ellas del miedo que producen, inevitablemente, el presente y el futuro que nos toca crear.  El deprimido se refugia en tiempos felices, el desmemoriado nunca acaba de aprender porque todo lo que ve lo tiene por nuevo. El inexperto lo es porque carece de memoria donde buscar sus experiencias. Quien vive del recuerdo es, por definición, un viejo. No por lo que ya ha vivido sino por su incapacidad de crear nada nuevo, es decir, por su falta de imaginación.Quien no tiene imaginación acaba siempre pensando que la felicidad se quedó en el pasado y eso le condena, como ya se ha dicho, a estar recordándolo constantemente.