No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Junio repetido

La vida está llena de momentos que se repiten. No siempre son iguales pero lo que los une puede más que las circunstancias que se empeñan en separarlos. El tiempo, por ejemplo, pone distancia entre ellos pero nuestra habilidad para medirlo hace que disfracemos su paso con la coincidencia del aniversario, la situación o el momento.

Junio como todos los años termina y cuando lo hace se lleva con él un año de trabajo. Es también el fin de la víspera y como fin impone. Anhelas que llegue y temes también que se vaya. Todo lo que es fin acaba siendo principio y combina en él nostalgia y esperanza. Junio es como esos momentos tan presentes que conjugan pasado y futuro, que tienden a hacernos olvidar que existen, que son, que se viven. Tan preocupados estamos de que lleguen y de que se vayan.

En días como hoy uno se vuelve ritual. El rito, bien es sabido, es una costumbre que siempre se repite de la misma manera. Algo me empuja a hacer las mismas cosas, a pensarlas y sentirlas de igual modo, a recordar lo que sucedió en días como hoy hace uno y mas años. Disfruto deteniendo mis ojos en los mismos lugares, releyendo las mismas páginas, haciendo lo que ya hice. Junio repetido.

Mi agenda este año es negra. Las hojas suenan a infinitas letras que la llenan. Sus primeras páginas son ordenadas, claras y concisas. Después, poco a poco, se van transformando y al final yo sólo entiendo lo que escribo. Surgen colores, letras grandes y pequeñas, subrayados, flechas y tachones. Cuando la cierro veo claramente lo que ha engordado con el paso del tiempo.

La mesa de trabajo está llena de papeles. Tan sólo me queda ordenarlos. Elegir cuál sobrevivirá y cual acabará en la papelera. Mirarlos uno a uno y decidir. El pulgar arriba o abajo. Cada uno es un momento vivido, trabajo mejor o peor hecho, tiempo pasado. Tiempo olvidado que guardo o rompo.

Estoy solo. En días así siempre me gusta quedarme solo. El rito hace que termine por sentir siempre cosas parecidas. Mirar hacia delante y hacia detrás, al año que se fue, al verano que me llega. Ordeno palabras y papeles y con ellos los recuerdos. Ordeno el tiempo y lo ordeno en silencio. Trato de que pese, al menos por una vez, más el mañana que el ayer. Trato de pensar en que me voy. Me convenzo de que la vuelta está tan lejos que pierde peso y amenaza. No sé por qué, en días como hoy, con la luz por delante, acabo siempre por parecer sombrío.

Despacho, mesa, libros, letras y papeles. Soledad y silencio roto por las teclas que a veces corren deprisa y otras se detienen para que yo descanse. Cuatro paredes, una puerta y dos ventanas que quedarán aquí cuando me vaya. Eterna pregunta que siempre me asalta. ¿Que habrá aquí cuando yo ya no esté y nadie lo mire? Estoy convencido de que no quedará absolutamente nada. Negrura y vacío. Sólo los ojos dan vida.

Recuerdo buenos y malos momentos. Días de frío y lluvia y días en que el sol entraba por la ventana. Recuerdo palabras amables y también discusiones. Recuerdo entusiasmos y aburrimiento. Ganas de llegar y deseos de irme. Recuerdo el otoño lejano, el invierno que siempre parece eterno y la primavera con su halo de cierta alegría. Recuerdo algún grito pero también resuenan las sonrisas.

Acaba mi tiempo en silencio, lucha ya por completarse el círculo del rito. Suena ya en mi cabeza la banda sonora de mi último día de junio. Imposible explicar por qué es esta y no otra. No hay ciencia ni psiquiatra que pueda dar respuesta. Lo cierto es que todos los años en momentos como este surge del silencio su voz rota que me canta y me acompaña mientras me levanto, apago la luz, cierro puertas y ventanas y piso la calle nuevamente. El siempre me hace, eso es lo mejor de todo, mirar hacia delante. La llave cerró el pasado y su voz me dice como siempre que los tiempos están cambiando.

Dejo el gris y ya pienso en amarillo.