La lógica de las cosas

Al despertar todo es oscuro. Los primeros minutos del día carecen de color. Un ojo abierto y el otro cerrado. El sueño que se escapa nos habla de sensaciones reales que en pocos segundos se desvanecen. Lo que queda es la constancia de haber vivido lo soñado y la impotencia de saber que se irá con la luz del día.

Aceptar la realidad es como aceptar el presente. Estamos aquí y ahora pero pasamos la vida allí en circunstancias que no son consecuencia de nada sino meras ensoñaciones que utilizamos para escapar de la lógica aplastante de cada momento. Segundos que nos llevan a segundos en un continuo que nos empeñamos en romper. La causa y el efecto que nos conducen indefectiblemente por decisiones mal o bien tomadas pero que no tienen vuelta atrás. En la vida nunca hay segundas oportunidades. Las opciones son, eso, opciones que una vez elegidas destruyen las que hasta un instante antes coexistían.

Saber lo que hay que hacer pero perder el tiempo imaginando otras posibilidades es nuestro pasatiempo predilecto. Inevitable tal vez, pero tramposo. Del mismo modo que analizamos el pasado no como fue sino como nos gustaría que hubiera sido, hacemos igual con el futuro. Aunque un frío y tranquilo análisis nos indica el único camino posible, nos resistimos y recorremos senderos imposibles. Nos perdemos por ellos perdiendo, casi siempre, el tiempo y posponiendo lo que sabemos que debemos o tenemos que hacer. Cuánta decepción a la vuelta de esos paseos teóricos, cuánto suspiro por lo que querríamos que fuera y no será. ¿Merece la pena el viaje?

Quien actúa de manera lógica, clara y ordenada nos parece frío y distante. Más cercano a una máquina que a la carne y al hueso. Para complicar aún más las cosas nos gusta y nos atrae lo contradictorio. La duda, la ensoñación y hasta el capricho los vestimos de color y atractivo. La fantasía y la ficción sustituyen a la realidad. Fantasía y ficción que no usamos para conocer la verdad sino para alejarla, para posponerla pues siempre se esconde agazapada hasta que cae sobre nosotros como sabíamos desde un principio que ocurriría.

No escarmentamos ni probablemente lo haremos. Parece que esta capacidad de evadirnos de la realidad forma parte de nuestra esencia. No es, como muchos piensan, para escapar del dolor y el sufrimiento. No lo es al menos siempre. Muchas veces, casi siempre, es una tendencia natural, una fuerza que aceptamos pero que nos condena a plantear alternativas imaginarias. No como ficción o literatura. Es una resistencia a aceptar lo evidente. Nos gusta negar y proponer otras vías, caminos a ninguna parte que viajan sólo en el tiempo. Más dura será la caída. No importa. Nos levantaremos y lo volveremos a hacer.

La lección es sabida y aprendida. Es lo mismo. Nos da igual, no sé si nos importa. Lo que sí sé es que un mundo claro, unidireccional, transparente y conciso nos aterra. Aveces simplemente porque conocemos las consecuencias de las acciones posibles, otras porque divagar es más placentero que hacer o porque aceptar la realidad es un ejercicio demasiado duro.

Imaginemos una partida de ajedrez. Ante cualquier movimiento hay una mejor respuesta posible. La máquina todas las calcula, las analiza y escoge, en fin, la más adecuada. Las demás ya no existen. Nunca han sido reales. Nosotros, como humanos, preferimos siempre al jugador que hace un movimiento inesperado, quizás absurdo, pero que pospone la lógica aplastante de las cosas. A veces, si hay suerte, esta sorpresa confunde a la máquina y le funde los plomos. Sacamos entonces en hombros al improvisador y le llamamos genio.

Al ir a dormir todo es oscuro. Los últimos minutos del día carecen de color. Un ojo abierto y el otro cerrado. El sueño que nos invade nos habla de sensaciones que sabemos irreales. A pesar de todo nos lanzamos a ellas de cabeza. Vivir para olvidar lo vivido.

¿Hay algo más triste?

Palabras en la oscuridad

Hay días en los que a uno le apetece escribir y no sabe qué. En otros queremos escribir de todo y no sabemos cómo. Hoy simplemente siento ganas de que las palabras fluyan. Es un ejercicio muy recomendable. No sabemos muy bien, en momentos como estos, si es el cerebro quien guía a los dedos o son más bien estos los que hacen circular la sangre entre las neuronas. Otra duda que siempre me asalta es si las palabras están todas dentro de nosotros esperando ser nombradas o son creadas de la nada y lanzadas al aire en cada voz y en cada pensamiento.

Improviso lo que digo o algo más fuerte que yo mismo me empuja a hacerlo. Por qué pienso ahora en nubes grises y no en una taza de café caliente. Por qué si pienso en las palabras como tales puedo hacer que pierdan todo sentido y referencia. Por qué la belleza de las palabras no siempre está en lo que significan. Por qué yo callado no dejo de oírlas dentro de mi. Por qué más que carne, sangre y huesos soy un compendio de palabras que me llenan la vida de sonidos, de imágenes y de pensamientos. Por qué sólo la música se las lleva con ella, por qué sólo ella es capaz de dejarme en silencio.

La tarde avanza y ya está oscureciendo. No enciendo las luces todavía. Sólo la pantalla ilumina levemente esta tiniebla entre cuatro paredes. Hay música de fondo, lo admito, no estoy en silencio. Me pongo las gafas y leo lo que he escrito. Punto y seguido. Espero a que surja y sin avisar llega: la duda. Cuatro letras que se clavan negro sobre blanco y permanecen quietas, mirando inmóviles desde su asiento la vida que como ellas se detiene. Yo, terco, continúo.

Tengo un asunto entre manos que me corroe la conciencia. Ayer terminé el último libro de Varguitas y me ha parecido insulso, leve, ligero. Un mero ejercicio de estilo. Qué bien escribes. Qué palabras tan bellas. Pero dónde estás que no te veo. Dónde ese al que tanto tiempo he esperado. Ese al que siempre he defendido contra viento y marea. Ayer leí la última página, puse la fecha y cerré el libro. Me dormí desilusionado si es que esto es posible. Palabras que al fin y al cabo no me han servido para nada. Perdón V. por ser un hombre de principios y decir en alto lo que pienso. Ha sido una dura experiencia.

Tomo aire, me levanto un momento y como un yogur con frambuesas. Me pregunto mientras digiero si no será mejor borrar el último párrafo. Con el estomago engañado decido mirar hacia delante. Mirar atrás, aunque con ira, de poco o nada sirve. Precisamente L.C. canta ahora que sabe lo que está bien y lo que está mal. Me dice al oído que moriría por la verdad. Yo no sé si tanto pero escrito con buena letra suena muy bien.

Sin luz no hay colores y todo se puebla de grises. En ellos vivimos la mayor parte del tiempo y a ellos regresamos siempre que cerramos los ojos. El gris es cobijo y protección. No es blanco ni negro y en ello reside su virtud. Cuando los ojos aprenden a ver en lo oscuro ven de verdad lo que hay dentro de todas las cosas. Lo mismo sucede cuando pensamos, la luz nos ciega y por eso cerramos los ojos. La luz del pensamiento se esconde siempre en lo negro.

Apago el monitor y pienso. Abro los ojos y veo todo tan claro que la verdad me ciega en este silencio oscuro que me rodea. El horizonte no es algo perpendicular a mi vista. Es una línea recta que me atrapa, que me engulle y hace que mis ojos se pierdan en la distancia. Todo esta delante de nosotros. Incluso lo que dejamos vuelve. Todo está al alcance de la palabra precisa. El pensamiento y los recuerdos se construyen con letras.

Enciendo el monitor y escribo. Así se construyó el mundo. Así construyo la tarde que ya es noche, la luz que se fue, el día que se acaba, el yogur que he comido, el libro que he leído, las canciones que he escuchado, los ojos que se cierran y piensan. Enciendo el monitor y leo palabras que ni yo mismo entiendo. Están ahí para quedarse. Yo las he dejado venir y no me siento con fuerzas de borrarlas. Sin lugar a dudas lo primero fue el verbo. Sólo falta saber conjugarlo.