Siempre navidad

Cae la tarde. Fuera empieza a estar oscuro. Enciendo las luces. Escucho a Dexter tocar. La noche llega para quedarse. Espero que las palabras no basten para llenarla. Quisiera decir tantas cosas. Quisiera también callar. No hay nieve. No hace frío. No huele a invierno. A pesar de todo es navidad. Sin quererlo veo al niño que fui. Imposible evitarlo. La navidad siempre es pasado. Allí estaba yo. Aquí estoy ahora recordándome.

¡Feliz navidad!

Merry Christmas (one more time)

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Luces, música y estrellas en una tarde buena. Nostalgia ya de luces y estrellas que empiezan a marchar. Poco a poco se alejan pero la estela de su luz permanece. Estrellas que yo querría quietas pero se mueven. Inevitablemente giran y giran sin parar. Esta noche negra de invierno será buena, seguro. Las estrellas se detienen en el cielo de mi casa. Hoy la luz no se apaga. Have yourself a merry little Christmas.

La ilusión de la certeza

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Casi es navidad. Estoy aquí otra vez para contarlo. Ritos de paso. La razón me dice, una vez más, que soy un incoherente. ¿Qué rayos hago yo colocando luces de colores en un árbol? ¿Qué disparatada lógica tiene crear una pequeña Palestina de pan rallado y papel de plata? ¿Por qué paso la tarde vaciando cajas llenas de figuras desproporcionadas, brillantes bolas, estrellas y papanoeles?

Ni lo sé (ni me importa).

Suena de fondo Paul Desmond, y su suave saxofón pone música a la clase de navidad que en secreto me gusta. Esa que de niño veía en películas en blanco y negro. Nueva York nevado, por ejemplo. No quiero zambombas ni marimorenas. Prefiero, sin duda, jingle bells y merry christmas.

Estoy ahora sentado en el salón. La labor está hecha, la suerte echada. Contemplo ensimismado la penumbra repleta de colores. Parpadeos rojos, azules y amarillos. Canta ahora Bing y yo sonrío. Sólo falta George Bailey en la pantalla. Cierro los ojos. Viajo por carreteras nevadas. Vuelvo a casa. Allá una chimenea calentará mis huesos helados y sentiré la certeza deseada de estar donde quiero estar. Sensación que por única dura tan solo un instante. Ese es su destino. Vida breve, recuerdo eterno. Nostalgia en estado puro. Recuerdo. Invento. Deseo que se cuela sin piedad en las entrañas. Mentira que hago verdad con plena consciencia.

La navidad, una excusa. Todo lo demás adorno. La razón, ahora evidente, de luces, colores, árboles, belenes, santa claus y reyes magos, no era otra que sentir lo que  creíamos sentir en aquel tiempo perdido. Nunca podremos volver allí. Probablemente nunca estuvimos. Queda lejos la infancia, queda lejos Nueva York. Más lejos aún la casa soñada. Nuestro único consuelo es que tras esta ceremonia anual de musgo, luces y pan rallado podemos, otra vez, vivir por un momento la ilusión de la certeza.

La navidad es para muchos una gran mentira. No les falta razón. Yo caigo en la tentación de la contradicción y disfruto así de la incongruencia. Enciendo las luces del árbol, acerco poco a poco los reyes al portal y hago paquetes de colores. Llenos están de aquello que luego critico y desprecio.

Me llamo tonto pero no me importa.

¡Feliz Casi-Navidad!

La navidad y el retorno

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Eterno retorno. Vuelta al punto de partida. Invierno que se instala repentinamente más allá de la ventana. Días de casa. Mañanas de café y tertulia. Tardes de música y películas. Noches de amigos y de lecturas.

A mi izquierda el árbol salido esta tarde de su caja y de su noche de tantos días. De lo negro a la luz. Azul, verde, rojo y amarillo. No parpadea. Me mira fijamente. Está contento así despierto,  vestido con sus bolas de colores. Yo también lo observo y pienso en sus breves días de existencia. El día que yo quiera lo despojaré de vida y lo encerraré en lo oscuro. Allí permanecerá quieto, esperando. Olvidado.  Siento que yo, a mi manera, soy como él, un árbol que un día será talado, seré tratado con mimo durante un instante para luego ser lanzado al olvido progresivo de la nada. Nadie habrá que abra una caja de cartón y me despierte. Yo no tendré más navidades.

La calle estaba oscura hoy. Me ha gustado ver a través de la ventana lo desapacible. El gris, el agua, el viento y hasta el frío que se sentía más allá de los cristales. Respiraba tranquilo desde lo confortable. El calor, el olor y los sonidos familiares de la casa en que se suceden los días placenteros en los que nada hay que escoger, donde quedarse es la única opción, donde estar es suficiente. Días en los que uno se puede detener a palpar la mesa a la que siempre se sienta, en los que uno recoloca los libros tantas veces ordenados, en los que  mirar las fotografías que siempre están ahí pero que ignoramos, en los que mañana, tarde y noche se confunden. Días que pasan silenciosos. Días completos.

Recuerdo otros muchos comienzos del invierno, me vienen a la cabeza otras tantas navidades, todas diferentes y todas una. Reviso lo escrito en días como estos otros años, otras veces. Es siempre lo mismo. Eso me satisface. Me veo a mí en las palabras escritas y olvidadas. Me gusta revivirlas y sentir que siento lo mismo que sentía. Me siento cierto y seguro cuando compruebo que sigo siendo yo, que soy algo al menos, que guardo cierta consistencia, que no me desvanezco en el aire, que el tiempo no me arrastra hecho jirones, que respiro igual que respiraba, que sigo viendo paz donde antes la veía.

Pienso en los días por venir y me refugio en ese futuro próximo recordando días similares ya pasados. Quiero vivir la navidad ya vivida, quiero repetir paseos, palabras, libros y música junto al fuego, quiero ver algún día la nieve de cerca. Quiero ver las películas que he visto tantas veces. Eterno retorno siempre al fin y al cabo. Retorno al lugar en el que uno es uno. Vuelta a un estado en el que todo es sigiloso. Regreso al tiempo tranquilo. Quiero vivir.

Ahora ya es noche cerrada. La lluvia y el viento continúan su batalla implacable. La música los acalla. Sólo me iluminan las luces del árbol. Mis dedos se vuelven perezosos y se detienen ya entre palabra y palabra. Esa es la señal. Mañana trabajo, ellos lo saben. Releo los párrafos escritos y los dejo como salieron. Lo que escribe el corazón no se cambia.

Eterno retorno, suena la misma canción que sonaba cuando escribí eterno retorno. ¿Será una señal? Yo por si acaso la respeto. Que sea mi primer regalo de la navidad que se acerca. Mientras suena me voy a la cama.

Hasta mañana.

Aproximación a la navidad

Tres días para el invierno, dos para las vacaciones, siete para navidad y trece para fin de año. Cifras y letras. Usadas una y mil veces, distintas cada vez. La noche me alcanza, el sueño no llega y escribo sentado junto a luces de colores que parpadean. Suena la voz de P.D. y yo me detengo por unos instantes. Escucho, asiento y prosigo. Prosigo por el camino de letras que llenan los minutos que faltan para completar este día que termina. Día que como los anteriores he llenado de hechos, vacíos y esperanzas. Esperanzas que me llevan por caminos lejanos y anhelados. Anhelos que recrean deseos y duelen como heridas muchas veces abiertas. ¿Por qué caben tantos sentimientos en un solo día?

La navidad que llega imparable. Contradicción. Repulsa y apego. Memorias y recuerdos. Infancia lejana que se acerca de nuevo saliendo de la negrura terca del olvido. Alegrías demasiado almibaradas para poder ser creídas. Alegrías, sin embargo, que combaten el frío. Alegrías que son abrazo a escondidas. Recuerdos de días irrepetibles creados por la memoria caprichosa que gobierna nuestras noches y nuestros días. Repetición eterna de momentos vividos para traerlos de nuevo a nuestro lado. Para vivir en el tiempo pasado. Para tratar de no añorar lo siempre añorado. La navidad que llega para no quedarse. Pasará fugaz como pasan las pausas, como pasan las noches en que uno se queda dormido. ¿Por qué nunca se echa en falta el presente?

Pienso en los días que me esperan. Pienso en ellos y sonrío pues todavía estoy a tiempo de llenarlos a mi antojo. Lo que todavía no ha llegado está siempre a nuestro alcance. Lo por venir es aún de un blanco inmaculado. Llenarlos de colores es mi juego preferido. Pienso en libros y canciones. Pienso en noches que no teman la llegada del día. Pienso en caminos llenos de pisadas. Pienso en palabras compartidas. Andar, leer, escuchar, hablar, pensar y de vez en cuando escribir sobre todo lo que flota entre las neuronas que aún me quedan. Vivir sin más. Sentir que el tiempo tiene sentido. Saber que lo menos importante son el principio y el fin. ¿Por qué la verdad amenaza siempre con dolernos?

La noche rendida al frío no me afecta. Aquí y ahora las luces son como llamas naranjas que calientan los dedos que escriben, que empujan las palabras al mundo concreto de lo dicho, pensado y escrito. La música, una vez más, me mece suavemente y descanso más en ella que en el más blando de los colchones. Frío que acecha ahí fuera. No me importa. Yo siempre he preferido estar dentro. Frío que me invita a mirar el árbol lleno de bolas de colores, el verde casi escondido entre tanto exceso. Esa luz que se enciende y se apaga y que llena mi entorno de sombras y colores que me acogen. Ese lugar en el que cada año me refugio. Esa mentira que ahora tanto me gusta. Esa mentira que aún no ha llegado y ya temo que termine, que se vaya. ¿Será esto lo que llaman navidad?