La ilusión de la certeza

IMG_3645

Casi es navidad. Estoy aquí otra vez para contarlo. Ritos de paso. La razón me dice, una vez más, que soy un incoherente. ¿Qué rayos hago yo colocando luces de colores en un árbol? ¿Qué disparatada lógica tiene crear una pequeña Palestina de pan rallado y papel de plata? ¿Por qué paso la tarde vaciando cajas llenas de figuras desproporcionadas, brillantes bolas, estrellas y papanoeles?

Ni lo sé (ni me importa).

Suena de fondo Paul Desmond, y su suave saxofón pone música a la clase de navidad que en secreto me gusta. Esa que de niño veía en películas en blanco y negro. Nueva York nevado, por ejemplo. No quiero zambombas ni marimorenas. Prefiero, sin duda, jingle bells y merry christmas.

Estoy ahora sentado en el salón. La labor está hecha, la suerte echada. Contemplo ensimismado la penumbra repleta de colores. Parpadeos rojos, azules y amarillos. Canta ahora Bing y yo sonrío. Sólo falta George Bailey en la pantalla. Cierro los ojos. Viajo por carreteras nevadas. Vuelvo a casa. Allá una chimenea calentará mis huesos helados y sentiré la certeza deseada de estar donde quiero estar. Sensación que por única dura tan solo un instante. Ese es su destino. Vida breve, recuerdo eterno. Nostalgia en estado puro. Recuerdo. Invento. Deseo que se cuela sin piedad en las entrañas. Mentira que hago verdad con plena consciencia.

La navidad, una excusa. Todo lo demás adorno. La razón, ahora evidente, de luces, colores, árboles, belenes, santa claus y reyes magos, no era otra que sentir lo que  creíamos sentir en aquel tiempo perdido. Nunca podremos volver allí. Probablemente nunca estuvimos. Queda lejos la infancia, queda lejos Nueva York. Más lejos aún la casa soñada. Nuestro único consuelo es que tras esta ceremonia anual de musgo, luces y pan rallado podemos, otra vez, vivir por un momento la ilusión de la certeza.

La navidad es para muchos una gran mentira. No les falta razón. Yo caigo en la tentación de la contradicción y disfruto así de la incongruencia. Enciendo las luces del árbol, acerco poco a poco los reyes al portal y hago paquetes de colores. Llenos están de aquello que luego critico y desprecio.

Me llamo tonto pero no me importa.

¡Feliz Casi-Navidad!

La navidad y el retorno

IMG_6241

Eterno retorno. Vuelta al punto de partida. Invierno que se instala repentinamente más allá de la ventana. Días de casa. Mañanas de café y tertulia. Tardes de música y películas. Noches de amigos y de lecturas.

A mi izquierda el árbol salido esta tarde de su caja y de su noche de tantos días. De lo negro a la luz. Azul, verde, rojo y amarillo. No parpadea. Me mira fijamente. Está contento así despierto,  vestido con sus bolas de colores. Yo también lo observo y pienso en sus breves días de existencia. El día que yo quiera lo despojaré de vida y lo encerraré en lo oscuro. Allí permanecerá quieto, esperando. Olvidado.  Siento que yo, a mi manera, soy como él, un árbol que un día será talado, seré tratado con mimo durante un instante para luego ser lanzado al olvido progresivo de la nada. Nadie habrá que abra una caja de cartón y me despierte. Yo no tendré más navidades.

La calle estaba oscura hoy. Me ha gustado ver a través de la ventana lo desapacible. El gris, el agua, el viento y hasta el frío que se sentía más allá de los cristales. Respiraba tranquilo desde lo confortable. El calor, el olor y los sonidos familiares de la casa en que se suceden los días placenteros en los que nada hay que escoger, donde quedarse es la única opción, donde estar es suficiente. Días en los que uno se puede detener a palpar la mesa a la que siempre se sienta, en los que uno recoloca los libros tantas veces ordenados, en los que  mirar las fotografías que siempre están ahí pero que ignoramos, en los que mañana, tarde y noche se confunden. Días que pasan silenciosos. Días completos.

Recuerdo otros muchos comienzos del invierno, me vienen a la cabeza otras tantas navidades, todas diferentes y todas una. Reviso lo escrito en días como estos otros años, otras veces. Es siempre lo mismo. Eso me satisface. Me veo a mí en las palabras escritas y olvidadas. Me gusta revivirlas y sentir que siento lo mismo que sentía. Me siento cierto y seguro cuando compruebo que sigo siendo yo, que soy algo al menos, que guardo cierta consistencia, que no me desvanezco en el aire, que el tiempo no me arrastra hecho jirones, que respiro igual que respiraba, que sigo viendo paz donde antes la veía.

Pienso en los días por venir y me refugio en ese futuro próximo recordando días similares ya pasados. Quiero vivir la navidad ya vivida, quiero repetir paseos, palabras, libros y música junto al fuego, quiero ver algún día la nieve de cerca. Quiero ver las películas que he visto tantas veces. Eterno retorno siempre al fin y al cabo. Retorno al lugar en el que uno es uno. Vuelta a un estado en el que todo es sigiloso. Regreso al tiempo tranquilo. Quiero vivir.

Ahora ya es noche cerrada. La lluvia y el viento continúan su batalla implacable. La música los acalla. Sólo me iluminan las luces del árbol. Mis dedos se vuelven perezosos y se detienen ya entre palabra y palabra. Esa es la señal. Mañana trabajo, ellos lo saben. Releo los párrafos escritos y los dejo como salieron. Lo que escribe el corazón no se cambia.

Eterno retorno, suena la misma canción que sonaba cuando escribí eterno retorno. ¿Será una señal? Yo por si acaso la respeto. Que sea mi primer regalo de la navidad que se acerca. Mientras suena me voy a la cama.

Hasta mañana.

Aproximación a la navidad

Tres días para el invierno, dos para las vacaciones, siete para navidad y trece para fin de año. Cifras y letras. Usadas una y mil veces, distintas cada vez. La noche me alcanza, el sueño no llega y escribo sentado junto a luces de colores que parpadean. Suena la voz de P.D. y yo me detengo por unos instantes. Escucho, asiento y prosigo. Prosigo por el camino de letras que llenan los minutos que faltan para completar este día que termina. Día que como los anteriores he llenado de hechos, vacíos y esperanzas. Esperanzas que me llevan por caminos lejanos y anhelados. Anhelos que recrean deseos y duelen como heridas muchas veces abiertas. ¿Por qué caben tantos sentimientos en un solo día?

La navidad que llega imparable. Contradicción. Repulsa y apego. Memorias y recuerdos. Infancia lejana que se acerca de nuevo saliendo de la negrura terca del olvido. Alegrías demasiado almibaradas para poder ser creídas. Alegrías, sin embargo, que combaten el frío. Alegrías que son abrazo a escondidas. Recuerdos de días irrepetibles creados por la memoria caprichosa que gobierna nuestras noches y nuestros días. Repetición eterna de momentos vividos para traerlos de nuevo a nuestro lado. Para vivir en el tiempo pasado. Para tratar de no añorar lo siempre añorado. La navidad que llega para no quedarse. Pasará fugaz como pasan las pausas, como pasan las noches en que uno se queda dormido. ¿Por qué nunca se echa en falta el presente?

Pienso en los días que me esperan. Pienso en ellos y sonrío pues todavía estoy a tiempo de llenarlos a mi antojo. Lo que todavía no ha llegado está siempre a nuestro alcance. Lo por venir es aún de un blanco inmaculado. Llenarlos de colores es mi juego preferido. Pienso en libros y canciones. Pienso en noches que no teman la llegada del día. Pienso en caminos llenos de pisadas. Pienso en palabras compartidas. Andar, leer, escuchar, hablar, pensar y de vez en cuando escribir sobre todo lo que flota entre las neuronas que aún me quedan. Vivir sin más. Sentir que el tiempo tiene sentido. Saber que lo menos importante son el principio y el fin. ¿Por qué la verdad amenaza siempre con dolernos?

La noche rendida al frío no me afecta. Aquí y ahora las luces son como llamas naranjas que calientan los dedos que escriben, que empujan las palabras al mundo concreto de lo dicho, pensado y escrito. La música, una vez más, me mece suavemente y descanso más en ella que en el más blando de los colchones. Frío que acecha ahí fuera. No me importa. Yo siempre he preferido estar dentro. Frío que me invita a mirar el árbol lleno de bolas de colores, el verde casi escondido entre tanto exceso. Esa luz que se enciende y se apaga y que llena mi entorno de sombras y colores que me acogen. Ese lugar en el que cada año me refugio. Esa mentira que ahora tanto me gusta. Esa mentira que aún no ha llegado y ya temo que termine, que se vaya. ¿Será esto lo que llaman navidad?

Navidad y todo lo demás

Último día de clase. Me he dejado embaucar por los alumnos y hemos pasado la hora hablando de la navidad. He dejado los libros sobre la mesa y, cambiando los papeles, me he dedicado a escuchar.

A está nerviosa porque mañana vuelve a la República Dominicana para pasar unos días con su familia. Recuerda las navidades de su infancia siempre acompañadas de sol y calor. Sin embargo, en su cabeza está siempre la nieve que no conocía. B no puede viajar. Los tiempos están difíciles y no hay más remedio que quedarse en casa. Su corazón está dividido entre su nueva vida aquí y los recuerdos de un pasado reciente que la llevan quiera o no quiera a la Rumanía que olvida y añora a la vez. Recuerda los regalos que recibió de niña, los paisajes que hace tiempo no ve y a su abuela que permanece viva en su memoria. Niebla poblada de los olores de los postres que ella preparaba. C nos cuenta como una víspera de reyes en Colombia se fue a la cama, sospechando pero sin querer saber. Apretó los ojos para no ver. Vio sin embargo las figuras de unos reyes sin barba y sin capa cargados de paquetes. No dijo nada y siguió pensando que la realidad era un mal sueño, que los ojos engañan y que aquella niña no había visto absolutamente nada. D nunca ha celebrado las navidades. En Kazajstan la religión y las costumbres son otras. Sus navidades son las que ahora como espectadora vive aquí. Quiere entender pero no entiende nada. Santa Claus en las películas, abetos por las calles y en las ventanas, misteriosos reyes magos de oriente que se acercan, pesebres, mulas, y una estrella en lo alto. Frank Sinatra celebrando la nieve, la palabra zambomba y El Corte Inglés. E las escucha sorprendido porque para él  la navidad no supone distancia. Siempre ha estado donde le enseñaron que debía estar. Sus recuerdos no viajen en el espacio. Un poco, tal vez, en el tiempo. Habla de turrón, de anuncios de televisión, de su casa llena de gente, de ruido, de la mesa ocupando toda la habitación y de aguantar el sueño. Días especiales en los que está prohibido dormir. Nunca ha pensado en la distancia sino tan sólo en el tiempo.

F,G,H,I,J, que soy yo, escucho en silencio. Los ojos mirando hacia afuera y también para adentro. Todos los recuerdos que le llenan la cabeza están poblados de niños. Sin ellos no hay navidad. En unos está él. Escribe una carta con su mejor letra, ayuda a poner la mesa, juega con sus primos a la pelota en el largo pasillo de su casa, saca de una enorme caja el belén que con paciencia infinita había construido su abuelo. El recuerdo más claro es su casa. Esa casa que es la misma, la de siempre, pero que es otra diferente. En otros aparecen otros niños y se ve a él cortando leña, encendiendo el fuego, poniendo luces en un árbol y disfrutando siendo Melchor, Gaspar o Baltasar mientras otra niña cierra los ojos para no ver. La memoria es traicionera pero es lo único que nos queda. Nos engaña y estamos encantados de que lo haga.

La navidad es tramposa. Nos hace recordar, pero también pensar. La navidad permite convivir a Colombia, Rumanía, la República Dominicana y Kazajstan. Papa Noel, los Reyes Magos, Santa Claus, la nieve y el sol. El turrón, las lentejas, las uvas, la familia y su ausencia. El belén, el árbol, las luces de colores, el papel de regalo y El Corte Inglés. Los niños que fuimos y los que ya no volveremos a ser.

La navidad es fría y caliente, sincera e hipócrita, triste y alegre a la vez. La navidad  es un anuncio de Coca Cola, mil doscientos perfumes, artificio y verdad. La navidad es memoria, propósito de enmienda, sonrisa y soledad.

La navidad, despojada de atributos, no es blanca ni alegre, no es pasado ni presente. La navidad, como todo, depende de nuestra voluntad de ser.

¡Feliz navidad!

Santa Claus is coming to town

Días de ausencia. Días de silencio. Paul Auster en la mesilla. El invierno que llega. Música detrás de las palabras. El árbol vestido de  rojo, verde y amarillo. Frío que entra por las rendijas. Bill Evans en la memoria. Voces en la casa. Vaho en los cristales. Un dedo dibuja la luna. Olor a castañas. Calma pintada de blanco. Nieve que no llega. Pasos que no cesan. Santa Claus is coming to town. Compota de manzana, turrón de yema. Fuego que calienta las manos. Bing Crosby  a través del silencio. Qué bello es vivir. Blanca Navidad. El milagro de las campanas. De ilusión también se vive. Largas noches. Sosiego. Recuerdos de infancia. Recuerdos inventados. Juguetes olvidados. Cartas a los Reyes Magos. Calles de ciudad en grises y blancos. Paseos por el campo. Árboles desnudos. Tierra que tirita. Silencio lleno de vida. Palabras de Styron. Wynton tocando la trompeta. Chet caído por la ventana. You better watch out. La puerta que se cierra. La palabra casa. El concepto casa por fin aprehendido. Olor a pueblo. Sarmiento en llamas. Vino dulce que calienta la garganta. Paréntesis. Parada. Pausa merecida entre el todo y la nada.You better not cry. Doce uvas. Besos y abrazos. En busca del tiempo perdido. El sol también saldrá mañana. Cinco de enero. Ilusión en los ojos. Tú antes que yo y antes que nosotros. Sueño imposible. Sombras y delirios. He sees you when you are sleeping. Libros leídos. Fotografías apresando la risa. Días que se van para no volver. Noches que anidan en el alma. El mundo imponente ante nosotros.Aún tenemos el tiempo. Todavía hay esperanza. Santa Claus is coming to town.

Happy Christmas!


Cuento de navidad

Siempre que llega diciembre y con él la navidad, a Telmo le embarga una doble sensación.Por un lado, no puede dejar de recordar su infancia y ver su casa como sólo se ve en los recuerdos.Ruido, gente que entra y que sale, sonrisas y la ilusión en la cara del niño que era entonces, anhelando noches especiales, largas y sin la amenaza de tener que acostarse temprano y permanecer durante horas insomne, imaginando  lo inimaginable para la mente de un niño.En esos días de fiesta, siempre está acompañado y duerme con sus primos mayores.Eso le hace sentir fuerte y seguro.Sólo  cierra los ojos cuando el sueño invencible le vence y cae rendido con una sonrisa en los labios.

Por otro lado, la navidad le produce la melancolía y el sinsentido de estas fechas sin niños.Lo que antes era destello y alegría ahora se le antoja mate y fuera de lugar y del tiempo.La navidad es infancia y con ella desaparece; por eso de mayores es inevitable dejarse llevar por lo que fue y sentir que ahora es imposible recuperar lo que entonces sentíamos.

Telmo todos los años se propone vivirla como si nada pasara, hacer oídos sordos a todos los embelesos que tratan de embaucarle  y concebir esperanzas de que este año será diferente.Apenas sale,no hace caso de los anuncios,de las músicas ni de las luces que intermitentes se dejan ver desde su ventana.A la Noche Buena hace tiempo que le quitó las mayúsculas para convertirla en un día cualquiera y en Noche Vieja se acuesta como todos los días, sin mirar siquiera las agujas del reloj, como hace normalmente cuando apaga la luz antes de dormir.

Telmo no tiene a nadie a quién comprar regalos.Un problema menos, se dice, pero casi al instante le vienen a la cabeza los regalos que de niño recibió en el día de reyes.No le hace falta ver fotografías.Indelebles conserva en su mente las imágenes de aquella habitación que año tras año amanecía llena de regalos. Recuerda el lugar,el sofá marrón, donde junto a su zapatilla,aparecieron el coche teledirigido,el fuerte,el juego de química,los primeros libros y, especialmente,la carta manuscrita que, una vez, le dejó el rey Melchor.

Telmo no quiere pensar, pero algo dentro de él le obliga a hacerlo.Telmo quiere olvidar, pero el olvido escapa a su voluntad.Es una batalla perdida y sucumbe, como todos los años, y se entrega dócilmente al cruel juego de los recuerdos que empiezan como bálsamo y terminan siempre doliendo y abriendo la herida del tiempo.

Telmo se dice que este año será diferente.Si no puede vencer al recuerdo, vivirá el presente. Sale de casa y pasea por las calles de la ciudad, observa a los niños que miran las luces de colores , se detiene en los escaparates  y se mezcla con el mundo que no para de moverse.Se alegra incluso cuando unos finos copos de nieve,extraños por esas tierras,hacen aún más creíble su esfuerzo.Siguiendo el impulso que le guía, compra adornos para su casa y comida especial para estos días que quiere vuelvan a ser singulares.

Es Noche Buena, Telmo está en su casa,la siente distinta.Llena de luz tras tantos años a oscuras.Pasa la tarde cocinando.Bing Crosby canta en el salón  y Telmo tararea canciones que pensaba olvidadas.A eso de las nueve  prepara la mesa.Saca del armario su mejor mantel, lo extiende, trata de quitarle el pliegue que rebelde resalta en mitad de la mesa. ¡Lleva tanto tiempo doblado! Coloca encima sus platos blancos, la copa de vino y los cubiertos que un día compró pero jamás usó.El olor de la comida le abre el apetito. Allí, sentado, solo,se sirve una copa de vino y antes de comer cierra un momento los ojos.Dentro de sus párpados descubre escondidos los días que hace tanto se fueron.Quiere escapar pero no puede. Se ve a sí mismo,en el comedor de su infancia, sentado a la mesa, los pies no le llegan al suelo,con sus padres, hermanos, tíos y primos, oye el bullicio de la cocina, siente el olor de la comida y la alegría del niño que es capaz de disfrutar el momento.Su padre le sirve unas gotitas de champán, no le gusta, le pica, pero se relame los labios.Tiene sueño pero lo niega y aguanta y aguanta.Las horas pasan y descubre el encanto de vivir de madrugada.

Bing Crosby ya no canta,las luces de colores del árbol están  apagadas. Telmo recoge la mesa, friega los platos y se va despacio a la cama.Al apagar la lámpara, a diferencia de todos los días,no mira las agujas del reloj que marcan la hora.

Telmo dormido sueña con despertar en la mañana de reyes y correr hacia la sala que una vez al año amanecía repleta de regalos.En su sueño ve claramente el fuerte donde los vaqueros se defendían del ataque de los indios, el coche rojo que guiado por sus torpes manos recorría el largo pasillo de su casa y la caja de química que dentro guardaba cosas impronunciables como la fenoltaleína.