Bicho raro

Juro que no soy un esnob. Desde que tengo memoria siempre he llevado fama de bicho raro, pero no demasiado. Nací zurdo. Eso creo que no lo pude evitar. En mis primeros años de colegio, una pérfida monja me ataba la siniestra a la espalda y su único argumento era que tenía que ser como todo el mundo. Me rebelé y vencí. Otra monja, ésta, cuyo nombre todavía recuerdo, Sor  María Adelia, me liberó de la atadura y desde entonces parece que he seguido siempre el lado siniestro.

Una vez aceptado nuestro destino, cualquier cosa que nos hace especiales o diferentes acaba por gustarnos. Yo no proclamaba a los cuatro vientos mi condición de zurdo pero me gustaba saber que sólo un pequeño porcentaje del planeta compartía conmigo esta particularidad.

En una época en que lo propio era vestir con franelas y telas semejantes yo levanté mi voz y exigí para mí el derecho de  usar el algodón. Mi madre desesperada, trataba de hacerme lucir pantalones de Príncipe de Gales y chaquetas de lana. Cuando yo, desde la cama, veía como ella me colocaba, en la silla, la ropa para el día siguiente  sentía que la sangre me hervía en las venas. La impotencia de un niño ante los designios maternos la conocí muy bien. Como respuesta a su menosprecio de mis quejas siempre me ponía otro pantalón de algodón por debajo. Ella nunca lo supo. No era una rabieta ni ganas de llamar la atención. Las grandes revoluciones tienen orígenes muy simples. Las ropas que me hacían usar me picaban. Ese era mi argumento y nadie me creía. Ya desde entonces empecé a oír la cantinela que se haría constante en mi vida: ¿por qué tienes que ser tan raro?

Si la tragedia de las telas picosas la pude superar con artimañas y resistencia pasiva, el problema de mi alimentación supuso otro terrible obstáculo en mi camino hacia la felicidad. Los inviernos infantiles tenían para mi una cruz: por las noches en mi casa se cenaba sopa. Como todo niño, yo dije con absoluta sinceridad y honestidad algo tan sencillo como no me gusta. Nueva bajada a los infiernos, nadie me creyó. Fui tratado como un niño voluble y caprichoso. Si no quieres taza, pues taza y media. Todavía es una pesadilla para mí recordar el esfuerzo que hacía para tragar aquel líquido infernal. Si los traumas infantiles existen yo soy la prueba viviente. No he vuelto a probar la sopa desde entonces. No creo que ni Fidel Castro entrando triunfante en la Habana liberada sintiese mayor satisfacción que la que yo sentí al ser finalmente reconocida mi fobia. Las revoluciones siempre son personales. Inevitable consecuencia fue que Mafalda ocupara un lugar preferente  como libro de cabecera.

Dejé de ir a misa y llevaba el pelo largo. Como eso lo hacían casi todos, no pareció causarles una úlcera. Si la normalidad me acogía, el problema siempre podría resolverse más adelante. Sólo sería cuestión de tiempo.

El salto a la vida nocturna no fue bien recibido. Yo, consecuente, prometí no incumplir ninguna de mis obligaciones por mi afición a vivir en las sombras. Peleas diarias y chantajes emocionales: nos estás matando a disgustos, no pudieron con mi voluntad inquebrantable. Aprendí entonces a dormir deprisa. Hoy todavía pago el precio de mi anormal gusto por encontrarme bien cuando la gente decente descansa.

Ya crecido, con la liberación de escoger yo mismo la ropa y aceptada mi incapacidad para comer con cuchara, llegó el momento de pensar en mi futuro. Idealista e ingenuo, como en el fondo sigo siendo, una plácida noche, traté con mis padres el tema de mi futuro salto a la universidad. Con la confianza del que tiene auténtica vocación, expuse  mis planes para estudiar arte dramático. Pareció que había mencionado una blasfemia. A mi padre se le indigestó la cena y mi madre sufrió un vahído con amenazas de síncope. Yo llevaba un buen tiempo perteneciendo a un grupo de teatro y pensé que el salto de la afición a la profesión era un paso natural. La visión que mis padres tenían de mi futuro si patrocinaban mis gustos era apocalíptica: degeneración, drogas, pérfidas mujeres, miseria y una ruina moral y económica. Como yo insistí tratando de demostrar la sinceridad de mi decisión y de argumentar mejor que Sócrates antes de morir , recibí, no cicuta, sino el flan que mi padre estaba comiendo en plena cara. Fue la primera y última agresión que recibí de él en mi vida.

Pasada la tormenta inicial, lo único que imploraban era que estudiara una carrera normal, como las que estudian las personas normales. Anormal de mí, decidí seguir, de momento, con el teatro aficionado y dedicar mis neuronas al lucrativo estudio de la filosofía. Sé que mis padres, como todos los padres, hubiesen preferido que me dedicara a la medicina, la ingeniería o a la administración de empresas. Yo, que sólo les he causado disgustos, opté por desentrañar los misterios de la vida. En ello estoy  todavía.

En aquellos tiernos años de mi primera juventud todavía era obligatorio realizar el servicio militar. Cuando llegó el momento yo, empecinado en no dar gusto al sistema, me declaré primero objetor de conciencia y después insumiso a cualquier servicio social sustitutorio. Esto ya no era ninguna broma. No me presenté en el cuartel el día indicado y un juicio y la cárcel rondaban a mi alrededor. Vi por aquella época las primeras canas de mi madre. Mi padre frunció el entrecejo por una buena temporada y estoy seguro de que le pedían al dios, en el que no sabía si creían, que me convirtiera en una persona como las demás. Querían un hijo que estudiara una carrera de provecho y que fuera a la mili para luego contar  mil y un batallas a sus amigos. No fue así. Fui reconocido como objetor y todavía recuerdo el día en que me presenté en el cuartel de mi ciudad con el papel que así lo certificaba. Un oficial me esperaba. Me enseñó un documento en el que decía que debía haberme incorporado a filas y que, de  no hacerlo, sería considerado un desertor.  Saqué orgulloso mi salvoconducto, se lo mostré y su cara mudó de color. Estuvo unos segundos en silencio e incongruentemente dijo: objetor, panda de ateos y homosexuales (sic). Con una sonrisa en los labios abandoné la instalación militar y dije hasta nunca al pobre centinela que hacía guardia en la entrada.

A mis amigos les gustaba organizar guateques. Yo los odiaba. Ellos pasaban la semana organizándolo todo, decidiendo a quién invitar y a quién no,  repartiendo números de teléfono y yo me aburría profundamente. Cuando anuncié que no tomaría parte de sus actividades fui inmediatamente tachado de bicho raro. Esto se extendió a otras actividades. Ellos detestaban las películas que a mí me gustaban, los libros que yo leía y no entendían que prefiriese ir a un concierto de jazz que asistir a una de sus fiestas. Estoy convencido de que, en el fondo, me consideraban un esnob inmaduro que no sabía de verdad cuáles eran las cosas importantes de la vida.

Los tiempos han cambiado y con los años las revoluciones son cada vez más pequeñas. No me casé, no bauticé a mis hijas, no voy de vacaciones con pulsera de todo incluido, no sé conducir, no veo apenas la televisión, no me gusta el fútbol, no uso windows, no tengo vesícula, no soy nacionalista, no quiero mucho a mi ciudad, no leo a Paulo Coelho, no entiendo de vinos, no voy a esquiar, no sé nada acerca de coches, no tengo apartamento en la playa, no he visto Avatar. En fin, pecados veniales si lo comparamos con el joven que quiso ser actor o director de teatro y que plantó cara a la amenaza de una prisión militar.

La monja que me ató la mano a la espalda se estará revolviendo en su tumba. No sabe la que organizó. Mi madre me ha dado por imposible, pero todavía sueña con que llegue a ser una persona normal que se afeite todos los días, que vista con un buen paño, que cumpla con mis deberes de hijo y que lamente todas sus desgracias.

Nací zurdo y moriré zurdo.

Ciudadanos educados

La Conferencia Episcopal ha lanzado una cruzada en contra de la asignatura Educación para la Ciudadanía.Algunos padres y madres se han cruzado también y solicitan ser considerados objetores de conciencia. Es decir, sus conciencias les impiden que sus hijos sean educados en tal materia.

El contenido de esta asignatura es el siguiente:

  • Familia
  • Amor
  • Convivencia
  • Cuidado de las personas dependientes
  • Dignidad personal e igualdad de derechos
  • Participación en el centro educativo y ciudadanía
  • Identidad y autonomía personal
  • Derechos humanos
  • Estado de Derecho
  • Diversidad cultural
  • Cuidado de los bienes comunes
  • Protección civil
  • Circulación vial
  • Desigualdad:riqueza y pobreza
  • Conflicto en el mundo actual
  • Globalización

Imagínese cualquiera por un momento que es profesor y que le ha tocado en suerte o en desgracia impartir esta materia.Pregunto:¿Es un contenido lógico  para que se trate en las aulas? Parece evidente que sí.¿No hay mil maneras de tratar estos asuntos para que resulten atractivos,interesantes y que no hieran la sensibilibad de nadie?Sin duda sí.¿Estarán todos los padres de acuerdo con el enfoque que un determinado profesor dé a algunos  de estos temas? Por supuesto que no y además así tiene que ser.O ¿a todos nos gusta  cómo  interpretan la historia, o la filosofía, por decir algunos ejempos, todos los profesores de todos los colegios?No es necesario responder.

Inferir que con una programación como la aneriormente mencionada se va a hacer una apología del libertinaje sexual, una celebración de la homosexualidad, un ataque frontal a la familia tradicional, una invitación al aborto y no se qué más cosas, es digno de una imaginación desbocada y calenturienta. Pensar que unos temas tan amplios como los citados van a obligar a todos los profesores a tratar todos estos conceptos de la misma manera ,no pudiendo matizar,explicar, informar y aclarar es  digno ya no de imaginaciones calenturientas sino más bien de seres sin ninguna imaginación y que creen que hablar y explicar es siempre adoctrinar.A veces lo que más tememos está dentro de nosotros mismos.

Sigo preguntando: ¿Qué pensaríamos de un padre o una madre que que se declarase objetor de conciencia de la asignatura de ciencias naturales por estar ellos en contra de conceptos tales como el big bang o la teoría de la evolución? ¿Creerían tal vez que sus hijos ya sólo comerían plátanos  despueś de conocer a Darwin?

¿Qué pensaríamos de padres o madres objetores de la educación de las mujeres por no ser ésta una constumbre  propia de su cultura?

¿Y de los que se oponen a la enseñanza de la anatomía ?¿Les permitirán los jueces no enviar a sus hijos al colegio los días en que haya diapositivas de genitales?

¿Y si no quiero estudiar latín, griego o filosofía porque son de poca utilidad y no me van a dar dinero en el futuro?

Así hasta el infinito y más allá.

La educación debe ser un servicio público. No creo exagerar si afirmo que el 99% de la población (siempre hay alguno raro) acepta esto como algo positivo.El estado se tiene que hacer cargo de sufragar la educación de los ciudadanos.Esto se hace hoy en día bien ofertando el propio estado este servicio (colegios públicos), bien subvencionando colegios privados (colegios concertados).La mayoriá de ellos religiosos.Estos segundos subsisten por dos razones:la primera porque hoy por hoy el estado no dispone de medios suficientes para atender a toda la población, y la segunda porque se ha decidido respetar la voluntad de los padres a la hora de escoger el tipo de centro educativo que quieren para sus hijos.

Esto plantea nuevas cuestiones:

¿Debe el estado sufragar los gastos de los colegios privados religiosos o se tendría que limitar a ofrecer una educación  pública y laica  en centros públicos?

En un estado laico ¿se debe permitir que a los estudiantes se les adoctrine en el colegio en una religión determinada, siendo este adoctrinamiento materia de una asignatura y que además sea evaluable?

Ahora es hora de las respuestas:

El estado debería ser capaz de ofertar plazas para todos los niños en escuelas públicas laicas.

Si cumpliendo lo dicho anteriormente existe una demanda social exigiendo que sus hijos sean educados en escuelas privadas, se podría satisfacer esa demanda si y sólo si se garantiza una enseñanza en contenidos igual al de la escuela pública.

La esnseñanza de la religión, sea esta cual sea, debe quedar fuera del ambito escolar y por supuesto dejar de ser asignatura y mucho menos evaluable.

A pesar de que la mayoría de los ciudadanos profesen una religión determinada, no se ha de hacer distingos entre unas y otras excepto si alguna de ellas promueve creencias o actitudes contrarias a la legislación del país o a los derechos fundamentales de hombres y mujeres.

No es de recibo que continúe habiendo un concordato con la santa sede,es decir con el Vaticano, que haga que de una manera u otra se subvencione con dinero público la propagación y enseñanza de una religión

La educación para la ciudadanía se tendría que estudiar obligatoriamente, siempre que sus contenidos no atenten contra nada ni nadie y no se deberían admitir objeciones, de la misma manera que no se aceptarían objeciones a las matemáticas o al inglés por mucho que el inglés nos parezca una imposición del imperialismo yankee.(go home)

El que pudiendo aprender no aprende es un necio.

He dicho.