Divinas palabras

Tiempo hace que no escribía. Los días han ido pasando y yo con ellos. Me detuve en ese ocho de marzo que vino para quedarse, espero. En este mes transcurrido, a velocidad de vértigo, si lo miro desde ahora. A paso de tortuga si me recuerdo anclado en el insomnio de las primeras horas del día. En este mes, mezcla de marzo y abril, lleno de lluvia y de tantas horas sin poesía, asoma el sol de vez en cuando y la luz que parecía escondida, se deja ver por fin para teñir de alegría horas, sueños y minutos diminutos. Ellos son faro en las noches más oscuras. Ellos y ellas abrigo para el frío, sombra de un verano lejano, descanso merecido, ventana para mirar al mundo.

Tiempo hace que no escribía. Tiempo de hojas vacías. No sé por qué, a veces, las palabras son esquivas y otras surgen a borbotones, escapan de las manos y de los dedos. Tienen, así me lo parece, vida propia. Las palabras son anteriores al pensamiento, me da igual que hoy en día digan lo contrario, sin embargo no todo pensamiento se traduce en palabras. Pueden convivir una mente despierta con unas manos quietas. No todas las palabras son dichas para quedarse. A veces se quedan las que no lo merecen. Otras, por el contrario, las más bellas escapan o tienen la vida efímera de un soplo de aire.

Tiempo hace que no escribía. Hoy me detengo en cada palabra negra que se posa sobre el fondo blanco. Hoy las miro, las digo y vuelvo a disfrutar del milagro de hacer inteligible lo incomprensible. Las pones ahí y permanecen quietas, tranquilas en una inmovilidad que me atrae y me aterra simultáneamente. Ahora las puedo leer y según cómo lo haga suenan y representan algo diferente. Divinas palabras que nunca me abandonan. Terrible tormento que nunca me deja estar en silencio. Mi mente son palabras en constante movimiento. Muchas escapan sin dejar huella, otras insisten en quedarse. Unas para hacer la vida más bella, otras, compuestas de las mismas letras, se quedan y disfrutan atormentándome.

Tiempo hace que no escribía. Me quedo pensando en los temas que han llenado mis noches y mis días. Ninguno me arranca ahora la energía necesaria, ninguno hace brotar de mi la rabia ni la melancolía. Ninguno, en fin, me impele a gastar la tinta de la pluma, el grafito del lápiz, a pulsar con fuerza las teclas que dan fe de penas y alegrías, de pasiones u obsesiones, de la muerte y de la vida. Hay veces en que uno quiere o necesita hablar de todo, otras, sin embargo, nada le empuja a hacerlo. Es preferible el silencio. En esos momentos, si queremos liberarlas, tal y como respiramos, sin darnos cuenta, es como debemos dejar que los pensamientos y las palabras que los expresan surjan como de la nada. Pensar y hablar al mismo tiempo. Palabras que van del dedo al pensamiento.

Tiempo hace que no escribía. Luego siempre me arrepiento. Tiempo sin palabras que  acaba por perder su sentido. Tiempo sin palabras tantas veces igual a olvido. Me obligo por tanto a ver cómo las letras se juntan, símbolos que nada dicen tomados de uno en uno, pero cobran vida cuando juntos dejan de ser nada y se transforman en todo. Cuando nacidos, en efecto, del vacío, se transforman, en casa, tierra, amor, agua, color, alegría, recuerdo, cielo y dolor. El infinito dentro de mi cabeza, mi cabeza llena de pensamientos, pensamientos creados por palabras que a veces hablan pero muchas más callan.

Tiempo hace que no escribía. Al final siempre la misma duda: ¿qué es primero la palabra o el tiempo?

Palabras en la oscuridad

Hay días en los que a uno le apetece escribir y no sabe qué. En otros queremos escribir de todo y no sabemos cómo. Hoy simplemente siento ganas de que las palabras fluyan. Es un ejercicio muy recomendable. No sabemos muy bien, en momentos como estos, si es el cerebro quien guía a los dedos o son más bien estos los que hacen circular la sangre entre las neuronas. Otra duda que siempre me asalta es si las palabras están todas dentro de nosotros esperando ser nombradas o son creadas de la nada y lanzadas al aire en cada voz y en cada pensamiento.

Improviso lo que digo o algo más fuerte que yo mismo me empuja a hacerlo. Por qué pienso ahora en nubes grises y no en una taza de café caliente. Por qué si pienso en las palabras como tales puedo hacer que pierdan todo sentido y referencia. Por qué la belleza de las palabras no siempre está en lo que significan. Por qué yo callado no dejo de oírlas dentro de mi. Por qué más que carne, sangre y huesos soy un compendio de palabras que me llenan la vida de sonidos, de imágenes y de pensamientos. Por qué sólo la música se las lleva con ella, por qué sólo ella es capaz de dejarme en silencio.

La tarde avanza y ya está oscureciendo. No enciendo las luces todavía. Sólo la pantalla ilumina levemente esta tiniebla entre cuatro paredes. Hay música de fondo, lo admito, no estoy en silencio. Me pongo las gafas y leo lo que he escrito. Punto y seguido. Espero a que surja y sin avisar llega: la duda. Cuatro letras que se clavan negro sobre blanco y permanecen quietas, mirando inmóviles desde su asiento la vida que como ellas se detiene. Yo, terco, continúo.

Tengo un asunto entre manos que me corroe la conciencia. Ayer terminé el último libro de Varguitas y me ha parecido insulso, leve, ligero. Un mero ejercicio de estilo. Qué bien escribes. Qué palabras tan bellas. Pero dónde estás que no te veo. Dónde ese al que tanto tiempo he esperado. Ese al que siempre he defendido contra viento y marea. Ayer leí la última página, puse la fecha y cerré el libro. Me dormí desilusionado si es que esto es posible. Palabras que al fin y al cabo no me han servido para nada. Perdón V. por ser un hombre de principios y decir en alto lo que pienso. Ha sido una dura experiencia.

Tomo aire, me levanto un momento y como un yogur con frambuesas. Me pregunto mientras digiero si no será mejor borrar el último párrafo. Con el estomago engañado decido mirar hacia delante. Mirar atrás, aunque con ira, de poco o nada sirve. Precisamente L.C. canta ahora que sabe lo que está bien y lo que está mal. Me dice al oído que moriría por la verdad. Yo no sé si tanto pero escrito con buena letra suena muy bien.

Sin luz no hay colores y todo se puebla de grises. En ellos vivimos la mayor parte del tiempo y a ellos regresamos siempre que cerramos los ojos. El gris es cobijo y protección. No es blanco ni negro y en ello reside su virtud. Cuando los ojos aprenden a ver en lo oscuro ven de verdad lo que hay dentro de todas las cosas. Lo mismo sucede cuando pensamos, la luz nos ciega y por eso cerramos los ojos. La luz del pensamiento se esconde siempre en lo negro.

Apago el monitor y pienso. Abro los ojos y veo todo tan claro que la verdad me ciega en este silencio oscuro que me rodea. El horizonte no es algo perpendicular a mi vista. Es una línea recta que me atrapa, que me engulle y hace que mis ojos se pierdan en la distancia. Todo esta delante de nosotros. Incluso lo que dejamos vuelve. Todo está al alcance de la palabra precisa. El pensamiento y los recuerdos se construyen con letras.

Enciendo el monitor y escribo. Así se construyó el mundo. Así construyo la tarde que ya es noche, la luz que se fue, el día que se acaba, el yogur que he comido, el libro que he leído, las canciones que he escuchado, los ojos que se cierran y piensan. Enciendo el monitor y leo palabras que ni yo mismo entiendo. Están ahí para quedarse. Yo las he dejado venir y no me siento con fuerzas de borrarlas. Sin lugar a dudas lo primero fue el verbo. Sólo falta saber conjugarlo.

Diligencia

Digan lo que digan y a pesar de los esfuerzos del maligno, el silencio siempre termina por romperse. Es inevitable. De la misma forma en que uno acaba por permitir que el aire entre en sus pulmones, los pensamientos empujan por salir de su prisión, las ideas buscan, incapaces de rendirse, palabras que las lleven por los aires. Es el mismo aire; el que respiramos y el que transforma las palabras de silencio en sonido. El silencio, lo mismo que el tiempo, no existe. Lo inventamos para esconder en él nuestros miedos, para tratar de no expresar lo inevitable. El engaño siempre acaba siendo ejercicio vano. Las palabras, las ideas, los sentimientos buscan incansables el último resquicio,  la luz que les de color y expresión, el sonido que atestigüe su vida.

Yo he roto un silencio prometido. Pensé que el punto era final y no seguido. Añoré los días de contemplación callada. Creí que el tiempo ya nada curaría. Soñé con despertar a la luz del día.

Aquí me encuentro ahora, en medio de la noche cálida y tranquila, contemplando no la nada sino las letras que tras haber sido retenidas, se me escapan de los dedos doloridos, se muestran esquivas pero fuertes, llenando una página que creí blanca para siempre. Surgen del caos y crean un orden negro sobre blanco, se arremolinan unas, se separan las otras y juntas dan sentido y descanso a la mente atribulada.

No sé muy bien si soy yo quien habla, no sé tan siquiera si entiendo lo que digo y escribo. Siento simplemente paz y sosiego. Dos  hermosas palabras. Ayer parece un remoto lugar, mañana sospecho que está tras un horizonte inalcanzable, hoy, ahora, este momento que según llega se va es lo único que existe, la fuerza que me lanza hacia adelante, que me aniquila y me crea a cada instante. Soy yo, me digo, el que vive, el que habla porque callar es imposible, el que cuenta los segundos que no existen, el que cierra los ojos y sabe, porque ha visto, que la luz permanece más allá de los párpados caídos.

Soy yo, repito, el que vive, el que siente, el que habla y el que escribe. Son mis pensamientos, son mis ideas  y mis sentimientos los que  tratan de vencer, de aniquilar, de cortar la cabeza a la serpiente que llegó vestida de pereza.

Son estas palabras las únicas que quedarán atrapadas en el tiempo.