Los libros que no cesan

Curiosa paradoja: se publican más libros que nunca pero poco a poco van desapareciendo de nuestras vidas y de nuestros tiempos. El libro es algo cotidiano. Está por todas partes menos en nuestras manos. En las mesillas ya no hay libros, en las estanterías sólo objetos, en las librerías los libros se mueren de soledad y aburrimiento. Ya nadie los elige, les echa un vistazo, los huele. Ya nadie se los lleva a casa con impaciencia por estar a solas con ellos. Ya sólo son, en el mejor de los casos, meros adornos.

Los libros ya no son lo que eran. Cuando yo era niño eran una fiesta. Eran todo menos cotidiano. Aparecían el día de reyes, en tu cumpleaños y cuando caías enfermo. Gripe o anginas eran sinónimo de libro. Libro para pasar las horas de convalecencia, libro para viajar por mundos desconocidos aunque tú estuvieras confiando entre sábanas y bajo los efectos de unas décimas de fiebre. Libros que llegaban para quedarse. Hoy todavía puedo verlos.

No quiero sonar polvoriento, no maldigo los tiempos modernos. Acepto, asumo, uso, disfruto y comparto tecnologías. Soy experto en pedeefes, emepecuatros y emekauves. Hace tiempo que mi vida es casi digital por completo. Música, cine, escritura, información y estudio a través de una pantalla. Sólo una cosa se me resiste: los libros.

Abandoné hace tiempo el formato físico de música y películas. Disfruto al olvidar mi mala letra y ver mis palabras negras sobre el blanco inmaculado de la pantalla. No ensucio de negro mis dedos con las páginas de los periódicos, los prefiero ahora digitales. La fotografía la miro, la retoco, la disfrazo, la veo de mil maneras diferentes gracias a maravillosos artificios tecnológicos. Puedo hacer cosas que sin ellos no podría.  A veces, hasta me gusta el resultado.

No puedo deshacerme de los libros. Trato de convencerme de las ventajas del formato electrónico. Veo la casa abarrotada de libros, me castigo recordándome que la mayoría permanecen olvidados, perdidos, desordenados, me recuerdo incluso la crueldad de haber condenado a muchos al exilio del garaje por falta de espacio. Me digo sé práctico y no puedo. Miro las desordenadas estanterías llenas de colores, miro sus lomos, recuerdo los títulos y el tiempo que pasé junto a ellos y no puedo. Alguno todavía debe de oler a microbios y bacterias que combatí con ellos. Muchos conservan la fecha en qué llegaron. Días de reyes magos, cumpleaños olvidados. Qué placer irme a mi cuarto con ellos, tocarlos, olerlos y anticipar con delectación el tiempo que pasaría  a su lado.

Definitivamente, no puedo. Soy esclavo de los libros de papel, de la tinta, de la cola, de su olor y sus recuerdos. Creo que conservaría mis libros aunque se borraran todas las palabras.

Cómo añoro las gripes de antaño. Cama recién hecha por la mañana, la calle llena de ruidos, la habitación en silencio, levantarte para volverte a meter en la cama, un zumo de naranja, unas galletas, cuidados, paréntesis sin problemas. Décimas, las justas para ser la víctima perfecta. Y allí, por encima de todo, estabas tú, libro. Libro que abría ansioso, libro que me engullía, libro que aún hoy recuerdo y añoro.