Vivir en círculos

La primera infancia se olvida. La otra, esa en la que tenemos entre siete y once años más o menos, permanece. Forma el primer círculo completo que dibujamos en nuestras vidas. Casa, padres, seguridad en un universo cerrado en el no puede entrar la duda, la inseguridad ni la muerte. Vivir sin miedo, con todas las respuestas al alcance de la mano. Seguros, sin sospechar siquiera que lo eterno no existe y que el dolor nos acecha. Infancia a la que el recuerdo se encarga de vestir de luces y de borrar las sombras. Aún no somos uno.

El segundo círculo completo llega cuando compartimos la vida con otro, cuando sabemos, por primera vez, que todo lo demás sobra. Dos es todo lo que necesitamos y si la condición se cumple ya nada echamos de menos. Días plenos donde ningún resquicio está vacío y dónde, de nuevo, el presente elimina la tentación del pasado y las amenazas del futuro incierto. No tiene edad este segundo ciclo, normalmente entre los veinte y los treinta. Lo que si tiene es duración. Es círculo, es completo pero no eterno. Siempre acaba por abrirse por algún lugar de su perímetro. Por ese hueco entra otra luz. Puede dar más brillo o más oscuridad pero transforma lo que parecía imperturbable. Dos se convierten en uno.

Quien es madre, quien es padre sabe que el tercer círculo se abre, sabe que ahora se vive para afuera. Dos ya no completan nada. La duda desaparece en cuanto llega el tres. Dar, compartir, admitir que otros nos definen  se hace claro y evidente. Al ampliar el horizonte, al llenar nuestro círculo de necesidades surgen también los miedos y la certidumbre de que nuestra felicidad depende de la existencia de otros. Cuando nosotros somos niños la sospecha del fin no existe. Cuando somos padres el terror nace con la conciencia del difícil equilibrio en el que tenemos que sostener la vida. Todo lo damos. No es generosidad. No tiene el menor mérito. Sin duda no hay esfuerzo. Eso está bien. Vivir fuera de toda duda. Me hago pequeño para que el otro se haga grande. Círculo lleno de vida y de temor. Lo que suceda a otros me sucede a mí. Circulo de hielo. Tres ya no son uno.

El cuarto círculo se abre cuando uno piensa que ya ha cumplido un ciclo, que su labor está hecha. El hijo crecido, el árbol plantado y el libro escrito. La salud es condición indispensable. Desde ella podemos observar con serenidad la vida que sucede y que ya nos es conocida. El tiempo es percibido de otra manera, sabes que se agota pero lo vivido frena la angustia de ver el horizonte más cercano. Uno imagina este tiempo lleno de sosiego, de aceptación y de paciencia. De conformidad. Resignación sí, ante una adversidad ya no temida. Es un tiempo extra en el que ya no toca decidir entre hacer o no hacer. Contemplar es lo más propio. Recordar es inevitable y peligroso al mismo tiempo. Contemplar el presente, recordar el pasado y aceptar un futuro que no existe. Ese es el perfecto equilibrio. Uno mirando al cero.

El quinto y último círculo debería durar solo un instante. Una muerte aceptada y tranquila. Una muerte en tu casa y en tu cama. Rodeado de los ojos a los que tu siempre has mirado. Rodeado de las cosas que han estado siempre a tu lado. Decir adiós nos cuesta la vida. Decir adiós a aquellos que no vienen conmigo, decírselo porque ellos continúan y tú no deseas que se paren. Cerrar los ojos y dormirte. Y no despertarte. Uno disolviéndose en el cero.

Cinco círculos que podemos tener o no tener, disfrutar o derrochar. Círculos que son por definición cerrados. En ellos estamos y al recordarlos los vemos completos, períodos redondos que rompen con la linealidad del tiempo. No es que demos un carácter cíclico al tiempo, es que el tiempo lineal no recorre una línea recta, está salpicada de círculos a los que entra y de los que sale para así continuar su camino. En esos lapsos redondos permanecen nuestros recuerdos más claros, en esos paréntesis casi cerrados conseguimos casi detener el tiempo y dar sentido a nuestras vidas. Del cero al infinito.