Lo cotidiano, lo personal y lo eterno

Divido así las facetas que pueblan nuestras horas y nuestros días. Una cambia constantemente y las otras dos permanecen en el tiempo.

La primera se impone, la segunda creemos haberla escogido y la tercera está, vive con nosotros  aunque nadie sepa cómo ha venido.

Lo cotidiano contiene desde lo nimio hasta lo extenso. Mi desayuno, mi trabajo, la lluvia, un partido de baloncesto y el mismo Obama reelegido.

Lo cotidiano ocupa siempre excesivas horas, llena de palabras papeles y pantallas. Es extenso, no íntimo. Despierta pasión y aburrimiento. Y siempre, llegado el momento, nos exige un descanso. Se nos hace absolutamente necesario.

Hoy he tenido revisión médica. Mi tensión está bien pero mis ojos ven un poco menos que el año pasado. He caminado después hasta el trabajo. He discutido en clase de elecciones, minorías y democracia. Ahora como con unos amigos y cuando se come, ya se sabe, se habla de comida. Luego mi hija me contará su día. Tenemos hoy que preparar el examen de matemáticas que le espera mañana.

Llegará la cena, las noticias en la radio y me iré a la cama como todos días.

Lo personal no se mueve dentro de un horario. Es parte de nosotros y lo formamos nosotros mismos, personas y elecciones. Lo personal es menos impuesto. La voluntad es su esencia. Las personas las elegimos, las decisiones las tomamos y nosotros no somos sino la suma de nuestras propias decisiones.

Por todo eso, cuando uno piensa en lo más suyo, cuando lo íntimo se impone, aparecen afectos y convicciones. Afectos por personas, afectos por objetos. Son nuestras huellas y nuestros apéndices. Siempre permanecen en la memoria. Siempre las tenemos presentes. Son realidad y son recuerdos. Recuerdos que fueron y continúan siendo. Mi casa, mis libros, la música que me acompaña, los viajes anclados en la memoria. Huellas indelebles que resisten el paso del tiempo. Las personas que queremos y, sobre todo, las que queremos querer. Aquellas que nos hacen sentir su ausencia.

Las convicciones, los límites que no traspasamos. La fuerza decidida que nos hace decir no. Vivimos llenos de dudas pero lo poco o mucho que somos es, sin duda, lo que queda más allá de la duda.

Lo eterno está ahí por sí solo. Es inútil rehuirlo. Sobrevuela nuestras vidas. Sabemos que existe aunque no lo pensemos.

Lo eterno es  siempre pregunta. Las preguntas sin respuesta crean zozobra. Esas preguntas que todos nos hacemos y que acaban siempre apareciendo. Esas preguntas que esconden su cabeza en lo cotidiano.

Lo eterno nunca empezó ni nunca termina. El universo poblado de interrogantes que nos acechan. El sentido y la referencia. La luz de la estrella muerta y el inmenso agujero que convierte todo en nada. Nosotros, en medio, perplejos, mudos de asombro, acabamos huyendo, cerrando siempre los ojos, imaginando futuros y acariciando el presente que nos ata los pies al suelo, que nos cobija en rutina protectora, que nos engaña, con nuestro permiso, y nos hace pasar del asombro al olvido.

Lo cotidiano entretiene, lo personal ocupa y lo eterno nos preocupa.

Los niños viven en lo cotidiano y se hacen adultos cuando su curiosidad, aún no domada, da ese salto hacia lo eterno. Al adulto le gustaría seguir siendo niño, jugar  hasta caer rendido y dormir con la cabeza llena de sueños. El hombre preocupado tiene dos opciones: olvidar o seguir adelante, seguir el camino de la voluntad o el de los deseos, ver o taparse los ojos, preguntar o callar, decidir o dejar que otros decidan por él, ser cobarde o valiente.

Si nos paramos a pensar en qué somos, si somos capaces de detenernos, veremos que el refugio acaba siendo cárcel, la valentía miedo y que la vida nos lleva por el camino de en medio. Lo personal y los afectos. Ellos no nos quitan el miedo  pero nos dan la seguridad necesaria para seguir viviendo.

Convertir la zozobra en asombro es lo que nos queda. El desánimo de la duda en ímpetu. Admirar la belleza de las preguntas despierta nuestra curiosidad y ésta se convierte en el motor que mueve la inteligencia. Lo eterno es siempre la base, por eso permanece. Las respuestas se ocultan en un horizonte que  apenas divisamos. El camino lo podemos hacer despiertos o dormidos. Anclados en la nada cotidiana, borrados del mapa o mirando hacia adelante. No siempre solos. Eso está reservado a los valientes. Pero sí acompañados por nuestros afectos, elecciones y decisiones.

Pasiones caprichosas

Uno trata de no odiar, no sienta bien y es completamente contraproducente.Es una pasión apenas gratificante.El amor puede ser devorador pero, al menos, nos permite crear un mundo único, irreal pero propio durante un tiempo. El odio, por el contrario, no proporciona ninguna ventaja.Tan sólo es bilis. Sólo conseguimos una úlcera de estómago.Odiar es natural pero nada práctico.Por eso somos capaces de olvidar. Recordar todo sería terrible.

El perdón, casi siempre, no es sino una versión condimentada del olvido. La frase tantas veces repetida de “perdono pero no olvido” es más una entelequia que otra cosa. Frase que repetida como un mantra acaba haciéndose un hueco en nuestro atribulado cerebro.Es dificil establecer la barrera entre el perdón concedido al otro y el olvido regalado a nosotros mismos.

El que odia se consume, el que perdona no olvida y al que olvida se le acusa de inconsciente.

Controlar las emociones es, sin duda, una de las más árduas tareas a la que nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida. La pasión amorosa hay que alimentarla, al odio también.Dicen que a la pasión la mata la costumbre, al odio el olvido.Ambas engullen todo nuestro ímpetu.El amor no cansa, el odio sólo nos da trabajo.

¿Para qué se ama?Para ser uno.¿Para qué se odia?Para destruir al otro. Uno suma, el otro resta.

El odio es conflicto.El conflicto no es malo en sí mismo.De él aprendemos muchas cosas.¿Cómo resolver positivamente un conflicto nacido por el odio?

Odiar es desear el mal del otro, buscar venganza.La venganza es,casi siempre, decepcionante.

Como me he convencido a mi mismo de  que odiar no me conviene, trato siempre de no hacerlo.Cierto desapego nos ayuda.

Escalones más abajo del odio se encuentra lo que no soporto.La diferencia entre ambos es que no soportar es muy llevadero.Es algo cínico incluso y no del todo verdad. Nos sirve de antídoto al odio. Es un entrenamiento que nos deja satisfechos.Dice mucho de nosotros  pero no todo.Puede además variar con el tiempo y podemos perfectamente ser injustos.Las pasiones son muy caprichosas y me permito detestar en alguien lo que en otro me subyuga.

Estoy ahora en la sala de espera de mi médico de cabecera.Como siempre, el tiempo pasa pero su majestad no asoma su cabeza.He sacado mi cuaderno y mientras al médico le odio escribo una lista improvisada de lo que no soporto:

  • La gente que habla en alto
  • Ese amigo o conocido que te cuenta, sin que tú se lo hayas pedido, su última anécdota con pelos y señales
  • Los médicos que miran la pantalla del ordenador mientras te atienden
  • Los que hacen constantes comentarios mientras estás viendo una película
  • Los que hacen ruido al masticar
  • Los padres que ven la actuación de ballet de su hija a través del objetivo de la cámara de vídeo
  • Los que dicen “pienso de que ” y no son argentinos
  • Los que se visten de domingo los domingos
  • Las señoras que se cuelan al montar al autobús
  • Los que están orgullosos de su patria
  • Los que planchan con raya sus pantalones vaqueros
  • Los tenderos que dicen constantemente “qué más” mientras haces la compra
  • Los que contestan el móvil cuando están hablando contigo
  • Los que pegan porque tienen mal pronto
  • Los que echan la culpa a Estados Unidos de todo aquello que les pasa
  • Los que piensan que Julio Iglesias es un cantante
  • Las dependientas que me ven muy guapo con una camisa tres tallas más pequeña
  • Los que miran el dedo cuando señalas la luna
  • Los que te hacen ver el vídeo de su boda
  • Los que se transforman en fieras cuando se sientan al volante de su coche
  • Los vendedores que dicen que no vienen a vender
  • Los que utilizan constantemente los diminutivos
  • Los que aparcan en segunda fila
  • La gente que habla con los perros como si no fueran perros
  • La gente que dice ” qué te había dicho” “qué te había dicho”
  • Los que fuman en los ascensores
  • Los que hablan de libros que no han leído
  • Buena parte de los adolescentes
  • Los que cuando les hablas no te escuchan.Sólo están interesados en ver el momento de hablar ellos
  • Los hombres que llevan corbatas color salmón
  • Los camareros que te perdonan la vida cuando te atienden
  • Los/as teleoperadores/as
  • Los que son felices los domingos por la tarde
  • Los que van al cine a pasárselo bien porque bastantes problemas tenemos ya en la vida
  • Los que nunca ven la televisión, sólo estaban haciendo zapping
  • Los que se toman todo al pie de la letra

He oído  mi nombre, Dios me llama.A ver si hoy consigo que me mire al menos una vez  a la cara.

Sentimientos

Los sentimientos son caprichosos. Las pasiones lo son aún más. Es curioso comprobar lo fácil que es pasar de uno a otro sin que medien grandes transformaciones que lo justifiquen. Lo llamativo es que el cambio suele ser un viaje de ida, casi nunca de ida y vuelta. Pondré un ejemplo:pasar del amor al odio es un asunto cotidiano. Personas que hasta ayer se querían con locura, pueden hoy llegar a despreciarse e insultarse por lo que antes hubieran considerado pura levedad, una nimiedad o incluso era tenido por peculiaridad que hacía encantadora a nuestra pareja o a nuestro amigo.¿Dónde se sustenta este cambio?,¿por qué esa forma de arrugar la nariz o aquel dedo gordo del pie que hasta hace poco nos parecían arrebatadores, ahora nos parecen insufribles? Hay matrimonios que después de una convivencia feliz de, pongamos 20 años, y de la que todos hemos sido testigos, consideran al poco tiempo de la ruptura que su vida pasada fue una miserable perdida de tiempo, que, en realidad, nunca estuvieron enamoradas y que su ex-pareja es, ahora lo vemos claro, un ser vil y rastrero.¿Estábamos ciegos o nos hemos vuelto idiotas?, ¿eramos idiotas o nos hemos vuelto ciegos? Una vez comprado este billete de ida, el que nos ha llevado del amor al odio, es altamente improbable que recorramos el camino inverso. Parece  que se nos cae un velo de los ojos. Donde había interés, ahora hay abulia, donde atracción, repulsión, donde amor, indiferencia, donde veíamos la mirada irresistible que nos robaba el alma y la palabra, ahora vemos a un simple gilipollas. ¿Qué ha pasado? ¿Será que cuando se acaba el amor o la amistad vemos a la persona real?,¿vivíamos una ensoñación que nos había convertido en seres enajenados?,¿es, en fin, el amor, una fantasía que fue bonita mientras duró?

Poniéndonos más serios, podemos también analizar lo que ocurre en numerosas ocasiones con respecto a nuestros padres.Yo creo que si somos absolutamente sinceros con nosotros mismos, nos veremos obligados a reconocer sin tapujos que en muchas ocasiones, nuestros padres, aquellos sin los que no podíamos concebir la vida cuando eramos pequeños, aquellos seres perfectos que nos libraban de todo mal, nos sobran. Sólo un sentido del deber, una tradición engrosada con el paso de los siglos y una moral que nos hace sentir culpables por lo que no se considera oficialmente correcto, impiden que demos rienda suelta a nuestros sentimientos, que pronunciemos siquiera las palabras que sin embargo no dejamos de oir en nuestro interior. En este caso no se trata del salto al vacío que nos lleva del amor al odio. Es simplemente el paso necesario que hace falta dar para transformar la dependencia en independencia.Tan fuerte era aquella en el pasado que nos da vértigo reconocer que de ella ya no queda nada.

La relación padres-hijos es peculiar, pues con el paso del tiempo se invierten totalmente los papeles que nos toca jugar. El niño desamparado que no puede siquiera concebir la lejanía de sus progenitores, que necesita como el aire su constante presencia y protección, que tiene como el más trágico de sus recuerdos el día, el momento en el que fue consciente de que sus padres no eran inmortales, pasa de mayor a sentirse él necesitado, a representar el papel que antes hacían ellos. Si esa transición no tiene lugar muy paulatinamente, si la transformación de esos seres otrora insustituibles, se hace penosa a nuestros ojos, nos convertimos en implacables desmontadores de mitos o en acomplejados traidores de lo socialmente correcto. En cualquier caso,en nuestro fuero interno, sabemos que el paso ha sido dado.Otra cosa es decirlo, demostrarlo.

Somos seres inestables, no somos uno, somos muchos, como ya se ha dicho muchas veces,vivimos en un mar de dudas,nos aferramos por ello a los sentimientos, queremos que sean inapelables. Al final no podemos. Del mismo modo que pasamos de la  alegría a la tristeza sin apenas darnos cuenta, de la misma manera que la paz se convierte en guerra, también las pasiones, los grandes sentimientos pueden convertirse en su contrario, o al menos en una sombra irreconocible de si mismos.

Somos así, no somos monstruos.Aceptémoslo. No nos queda más remedio que querernos. No importa que lo que hoy digamos, pensemos o sintamos, mañana nos produzca sonrojo cuando menos. Somos cambio no permanencia.