Mi madre ha perdido la cabeza

Mi madre ha perdido la cabeza. Yo no lo lamento. Su vida se estaba reduciendo a respirar y dormir. Su vida era esperar. Yo detesto esperar. Ahora cuando me mira con sus ojos cada vez más pequeños ya no ve nada. Ni tan siquiera el constante lamento de la consciencia.

Mi madre ha perdido la cabeza y ahora vive como viven las piedras. Se sienta, se levanta y camina muy lentamente sin soltar su recién estrenado andador que como perro fiel le guía a todas partes. Tiene él más voluntad que ella. Camina y se vuelve a sentar. Permanece, allí, sentada y quieta. Siempre ausente. Dios sabe dónde. Sin mirar a nada ni a nadie y creo, firmemente, que sin pensar ni recordar absolutamente nada. Mente en blanco, pero no buscada, mente aspirada, que no liberada de ideas. Cerebro encogido hasta no ser más grande que una nuez, imagino.

Mi madre ha perdido la cabeza y cada vez habla menos. Cuando lo hace repite frases hechas, preguntas y respuestas una y mil veces repetidas. Palabras que han perdido cualquier significado. Hace mucho tiempo que hablar, lo que se dice hablar, no hablo con ella. Yo también repito mi guión escrito. Me lo sé tan de memoria que puedo decirlo, recitarlo, declamarlo si es necesario pensando en otra cosa, lejos del espacio y el tiempo. Ya no espero su réplica, la conozco de antemano. Nuestro estéril intercambio de palabras parece un texto escrito por una máquina; aburrido, repetido y sin sentido.

Mi madre ha perdido la cabeza y cuando estoy con ella, he de admitirlo, los segundos son minutos y los minutos horas. Siento alivio cuando el tiempo de mi visita termina y vuelvo a la calle donde en vez de piedras hay al menos movimiento, donde en vez de angustioso silencio el ruido está vivo. Ya no sé si siento pena cuando la dejo o simplemente alivio. Alivio por escapar de la nada. De la vida convertida en nada.

Mi madre ha perdido la cabeza y yo no sé si quiero que siga viviendo. Con este tiempo malgastado está arruinando una vida que dejó terminada hace ya tiempo, en lo que ahora me parece un remoto pasado. Casi ya no me acuerdo de cuando era ella. Me resulta difícil pensar que alguna vez fue mi madre. Imposible imaginar la madre de mi infancia. Se fue. Ya no está.

Mi madre ha perdido la cabeza. Siento pena, dolor, remordimiento y hastío. Siento rabia pero no puedo negarme lo que siento. Son tantos días intensos de nada, de vacío inmenso, de perdida y de lamento. Son tantas horas perdidas de vida que se me hace terrible ser testigo impotente de tanta nada. Siento enfado y vergüenza, amor y odio. Es tan leve y ligero el salto que va del uno al otro. Quiero engañarme y no puedo, me digo que no puedo pensar claro, que no sé lo que digo. Miento, lo sé perfectamente, las palabras que digo o escribo las puedo fingir, a veces incluso creer pero yo me conozco y cuando cierro los ojos no miento. Nadie me ve, nadie lo sabe pero no miento.

Qué difícil es querer a una piedra.

Mi madre ha perdido la cabeza y yo maldigo el momento en que la vida se convierte en broma macabra. Maldigo mi egoísmo, mi incapacidad de ver a través de la nada. Maldigo el tiempo innecesario. Maldigo la piedra en que también yo me he convertido.

Mi madre ha perdido la cabeza y ni tan siquiera sé si verme le supone el más mínimo alivio. A mí verle a ella me hunde en el pozo del remordimiento. Me ahogo y huyo. Huyo y no quiero volver a ese pozo tan negro y oscuro como yo por dentro.

Mi madre ha perdido la cabeza. No lo celebro pero tampoco lo lamento. ¿Qué sentido tiene una vida sin sentido?