Domingo de octubre

Hoy me he despertado abriendo el ojo izquierdo primero. He visto que una suave luz entraba por la ventana y en vez de darme media vuelta y perderme del mundo entre las sábanas, he dado un paso adelante y he puesto primero un pie y después el otro en el suelo. El día se me ha venido encima y la noche oscura se ha ido desvaneciendo y se ha quedado allí tumbada, sobre la cama.

La casa tranquila y un silencio de domingo que todo lo llenaba. Como siempre, he mirado el mundo desde mi ventana. Las calles desiertas y un cielo azul impropio del otoño recién llegado. Allí parado, con el viento fresco que me despertaba he visto la vida pasar deprisa y el tiempo, sin embargo, bien quieto a mi lado.

Sentado a la mesa de la cocina con un vaso de cacao y unas galletas de canela he encendido la radio y en seguida me he arrepentido. El mundo escuchado parece siempre el mismo y una sensación de cansancio y de hastío me ha hecho perder el equilibrio. Voces que informan a toda prisa, repaso de un mundo pequeño hecho a nuestra medida. Medias verdades leídas con voces solemnes, análisis improvisados, opiniones que explican el mundo y la vida con oraciones simples. Sujeto y predicado.

Las palabras han roto el silencio y yo las he roto a ellas con música. He buscado y rebuscado algo que me acompañara. Mi dedo, el ratón o el inefable destino me han hecho despertar a Morrisey de su carpeta. He agradecido que pusiera su voz a mi mañana.

Recuerdo cuando de niño me vestía de domingo. Siento un escalofrío con solo pensarlo. Hoy en venganza por todas las humillaciones sufridas me he puesto unas bermudas y una camiseta. ¿Alguien duda todavía de que este mundo es mejor que el que dejamos atrás?

Cuando Morrisey ha terminado me he lanzado a la calle sin saber muy bien dónde iba. El mar que otras veces ni siquiera me llama me ha invitado a su lado. Con un paso de domingo he llegado a la playa. La arena húmeda, la marea baja y por toda compañía algún perro que corría feliz tras una pelota y unos cuantos surfistas a la espera de la ola perfecta. Los he mirado y me ha dado por pensar que, tal vez, ellos son un espejo de la vida. Siempre aguardando, imaginando lo que harán si llega la oportunidad. Cuando llega, muy pocos la aprovechan. Los demás, cabizbajos, vuelven otra vez al lugar de partida.

El cielo, el sol y la luz han dado calor a mi atuendo de verano en medio de este otoño tardío. He paseado por la orilla, he mojado mis pies en el agua ya fría y he mirado el horizonte. Destino inevitable de los ojos que miran hacia delante. Perdido en él una ola traidora me ha encontrado y me ha sacado de mis cavilaciones. Empapado, he vuelto sobre mis pasos y, despierto ya del todo, he seguido caminando por la arena. Dejando ya la espuma a una cierta distancia.

Me gusta mirar a la gente, me gusta más bien espiarla y desde la ventana indiscreta de la barra de un bar, mientras tomaba un café reconfortante he escuchado sus voces, he observado sus caras y he imaginado sus vidas desconocidas. ¿Será eso la literatura?

Para comer ensalada y lentejas. Nada del otro mundo. No uso ya ropa de domingo ni tampoco mi menú se viste diferente por ser día festivo.

Tras recoger los platos, quitar el mantel y poner en marcha el bendito lavaplatos he regresado al corazón de la casa. Mi mesa blanca, mi sofá rojo y los libros que cubren las paredes.

El domingo por la tarde es tarea difícil. Lo que hasta hace un rato era luz y todavía se transforma con la digestión de la comida en un comienzo de sombra y en ya definitivo.

Era el momento de bajar las persianas y de encerrar el mundo en mis cuatro paredes. El exterior no me ofrecía ya interés alguno. Por la mañana la luz del día, por la tarde una lámpara bien encendida. Ayer vi Tintin y lo pasé en grande. Era Indiana Jones en dibujos animados. Hoy, en su homenaje he vuelto a ver En busca del arca perdida. Treinta años ya y yo disfrutándola como el primer día.

Tras tanta aventura era el momento de un poco de paz. Ayer terminé una trilogía. La americana de Philip Roth. Sólo puedo decir, en su homenaje, que me gustaría no haberla leído para poder tenerla de nuevo entre mis manos y disfrutar y pensar todo lo que he disfrutado y pensado. Mr. Roth forma parte ya del club de mis elegidos.

La única cosa buena de terminar un buen libro es escoger el siguiente. Para reponerme de dos horas vividas con Indi, me he sentado con los candidatos a acompañarme con sus palabras los próximos días. Me gusta mirar y remirar los libros. Seleccionar unos, posponer o eliminar otros. Ver como del grupo inicial unos van cayendo y otros permanecen a la espera de la siguiente ronda. Al final no queda más remedio que escoger a uno. No al campeón sino al que por extraños caprichos del momento se queda contigo, al menos un tiempo, y duerme en la mesilla, viaja en tu mochila y reposa ahora a mi lado en esta mesa blanca a la que estoy sentado.

Frugal cena de domingo. De niño, no sé por qué, el domingo por la noche siempre cenaba un bocadillo. Nostalgia de fast-food es la que siento.

La noche ha llegado. Sólo me queda que mis dedos cuenten lo que para mí ha sido este penúltimo día de octubre. Este domingo diferente no por el principio sino por el final. Ésa es la sorpresa que me guardo. Ése es mi as en la manga. Mañana tengo fiesta. Al otro también. Gracias a todos los santos por existir. Gracias incluso a Halloween. No importa lo mucho que te he odiado, no importa lo ridícula que esta fiesta me parecía fuera de situación y de contexto. Yo, por un lunes y un martes de fiesta, soy capaz de vender mi alma al diablo.

Lo he hecho, por supuesto. Tengo la casa llena de calabazas y toneladas de caramelos para cuando los niños que no saben lo que dicen me amenacen con su trick or treat.

El otoño que acecha

He vuelto. Han sido días distintos. Lejos de las teclas y de la pantalla. He vuelto también al trabajo y lo lamento. I don’t like septembers. Tell me why. He sacado fotografías y he leído a Philip Roth. Ahora está sobre una mesa blanca descansando. Hace calor pero llueve. Bochorno.He sacado punta a los lápices y he apilado tres libros a mi derecha: Historia de la filosofía para jóvenes, El Nueva York de Woody Allen y Guía práctica de CSS. Abro el cuaderno naranja que tengo a mi izquierda y leo algunas palabras al azar: eliminar archivos papelera root, ecaf1c, inconsolata, mujeres, educación, sanidad, gasto social, protección social, pobreza, exclusión.

He pasado los últimos días de agosto ordenando la biblioteca. Ahora la miro y me relaja. Todo parece estar en su sitio. Es una sensación agradable. Tenía la duda de si colocar los libros por orden alfabético o por lenguas y nacionalidades. Al final he optado por un sistema mixto y caprichoso. Poesía, ensayo, literatura inglesa, latinoamericana, francesa…novela negra…miscelánea…Al ir agrupando autores he descubierto los que más sitio ocupan. Esos, al menos por volumen, se apropian de un lugar destacado. Mailer, Kundera, Styron, Mann, Varguitas, Endo, Saramago, Wilde, Auster, Trapiello, Muñoz Molina sobresalen y los ojos se van, sin quererlo, hacia ellos. Sólo les gana en ampulosidad la enciclopedia británica. ¿Hace cuánto tiempo que no la abro? Recuerdo cuando la compré y las horas que pasaba conociéndolo todo. Pasaba sus páginas con regocijo y me detenía primero aquí y luego allá. Cerraba el volumen y tocaba embelesado la suave piel marrón con que está encuadernada.

He encontrado una hoja en la que tengo apuntadas las películas que he visto este verano. Son en torno a  40. Cuando leo los títulos todavía recuerdo cada una de ellas y las plácidas tardes en las que las veía. La primera fue La red social y la última Hereafter. Entre ellas se me cuelan en la memoria Les enfants de Marais, Un long dimanche de fiançailles, This is England, Chocolat, Incendies, Lost in translation, Another Year y Los limoneros.

Me gusta el cine pero cada vez voy menos veces. Veo la mayoría de las películas en casa. Lo peor del cine es salir de nuevo a la calle. Dejar París, Jerusalén o el desierto del Gobi y toparte en un abrir y cerrar de ojos con la luz y la gente que hace la compra.

También estos últimos días me ha dado por tirar cosas. Ordenar, limpiar y tirar. No sé si es bueno para el cuerpo pero sí para la mente. Es un ejercicio recurrente. Necesito hacerlo de vez en cuando. Cada vez me cuesta menos deshacerme de las cosas. Abrir un armario, vaciarlo, clasificar su contenido y perdonar la vida o condenar a muerte. Llenar bolsas, salir de casa con ellas y sentir la ligereza que llega al abandonarlas o regalarlas. Después, y a pesar del vacío logrado, no dejo de soñar con una casa más grande.

Levo dos días trabajando y dos míseros días tratan ya de engullir dos meses de verano. La rutina atrapa. Cuando es escogida no es una prisión sino sosiego, cuando se adueña de ti, cuando se te impone no te deja más opción que el odio. El odio produce fatiga. El despertador, la prisa, las citas, el teléfono, las reuniones donde nadie aporta nada, los papeles sobre la mesa, las clases por preparar, los horarios, dormir cuando hay que dormir y no cuando tú quieres. Sentir que las doce es el final del día y no el principio de la noche. En fin, no existe consuelo en la desgracia ajena. Siempre se es privilegiado a los ojos de los demás. Quien tenga oídos…

En unos días otoño. Suena bien y se ven muy bien sus colores. Sigo pensando que la felicidad es repetir algo constantemente sin saber que lo estás repitiendo. Ese algo es redondo y perfecto, no tiene esquinas y te hace sentir completo. Uno y el universo.

Cada día anochece más temprano.

La historia interminable

En la sociedad las fuerzas están en constante movimiento, la complicada red oculta de intereses extendida hasta el límite, la batalla constante por obtener ventajas, la subyugación que no cesa, las colisiones y las colusiones entre facciones, la jerga taimada de la moralidad, el déspota benigno que es la convención,la inestable ilusión de la estabilidad. Así estaba hecha la sociedad, siempre ha estado  y ha de estar hecha.

Philip Roth

Erase una vez un país,no era mejor ni peor que los demás.Hace ya muchos años España se apoderó de él y lo esquilmó hasta que lo usó como moneda de cambio y lo cedió a Francia.La noble, revolucionaria y libertaria Francia hizo trabajar a más de  trescientos mil esclavos para negociar luego con el azucar que con tanto mimo obtenía. Uno de sus más brillantes pensadores esgrimía,con absoluto convencimiento,que un dios bueno no podía haber plantado un alma blanca y pura en aquellos cuerpos totalmente negros.El mundo asentía ante tan sabias palabras.Los salvajes negros sin alma creyeron que encontrarían la paz y la libertad a través de la revolución. No lograron ni la una ni la otra pero consiguieron derrotar a las tropas de Napoleón. De hecho, fue el segundo estado americano que consiguió la emancipación. El primero fue su vecino del norte.Tras la revolución negra lograron, triste mérito, no ser reconocidos por ningún país del mundo.El propio Simón Bolivar no tuvo las agallas necesarias para dar el paso debido.

Estando así las cosas,ya en el siglo XX,los bisabuelos de los marines actuales invadieron la tierra liberada.Su argumento no deja lugar a las dudas: los negros son una raza incapaz de vivir de forma civilizada,lo mismo que la naturaleza repele la línea recta, ellos repelen la civilización.Su tendencia natural es vivir de forma salvaje.A pesar de esta ayuda desinteresada y bienintencionada el país sigue sumido en la pobreza más absoluta.

Desde su marcha, los Estados Unidos han venido apoyando, con el beneplácito del resto de países desarrollados, a una serie de dictadores a los que han manejado a su antojo.

Han pasado los años.Nos encontramos ya en el siglo XXI.Un  terremoto ha sacudido los cimientos de esa tierra desgraciada.El mundo entero asiste consternado, durante un par de semanas, a los terribles  acontecimientos que  asolan la tierra de la desgracia.Los marines vuelven para protejer a sus habitantes,el mundo entero llora y pretende lograr en unos días  lo que no quiso hacer durante siglos.Ahora todos somos sus protectores.Les queremos y ,lo peor de todo , nos solidarizamos.Ha pasado un mes desde  que la naturaleza la tomó otra vez con el más débil.Ahora hablamos de preparar la reconstrucción. ¡Ja!

En el fondo, la mayoría de nosotros,no  nos alejamos demasiado de las teorías que aparentemente nos escandalizan.El alma ya no es problema.Tampoco,quiero pensar, el color de la piel. Nos sigue importando muy poco el resultado de las acciones.La ayuda desatada en un impulso,la lágrima fácil,el donativo; eso nos consuela.Otra cosa es cambiar el estado de las cosas.Sabemos de antemano, que la palabra hueca,la desesperante lentitud de la burocracia,la inoperancia de un mundo interesado no conseguirán más que dar una palmada en la espalda de seres humanos que viven al borde de un abismo.

…la complicada red oculta de intereses extendida hasta el límite, la batalla constante por obtener ventajas, la subyugación que no cesa, las colisiones y las colusiones entre facciones, la jerga taimada de la moralidad, el déspota benigno que es la convención,la inestable ilusión de la estabilidad. Así estaba hecha la sociedad, siempre ha estado  y ha de estar hecha.

No quito mérito alguno  a los valientes que, sin dudarlo, hacen todo lo que está en su mano.Me admira la gente que actúa siguiendo su conciencia, que no piensa en  los pros y en los contras, que, a pesar de saber lo que todos sabemos,ponen su grano de arena para que el mundo sea un lugar mejor.La sociedad, ese monstruo que quiere comerse a cada uno de sus miembros, no piensa ni actúa de la misma manera.