Democracia y poder (Yes, we can)

Platón quería dejar el mando de la república en manos de los filosófos.Como eso lo dijo y escribió hace miles de años, no nos provoca asombro ni enfado.¿Para qué la democracia si al final sólo unos pocos tienen poder de decisión?, nos preguntamos.Creemos, ilusos, que lo que hoy en día defendemos ha superado la propuesta platónica y se nos llena la boca al decir que todos tenemos voz y voto y que es el pueblo quien marca los designios de los países.La realidad es bien distinta.Nos gusta saber que llegado el momento podemos ser preguntados por nuestra opinión sobre un tema determinado.(Yes, we can).Cuando ese momento llega, casi nunca sabemos qué responder.Preferimos, más bien, que sean otros los que nos saquen las castañas del fuego.Esto trae, además, una ventaja añadida:luego podemos criticar la decisión tomada.Podemos alegar sin rubor que eso no lo decidimos nosotros e incluso llegar más lejos y pedir la inmediata dimisión del objeto de nuestras críticas.(Yes, we can).Es, evidentemente, una postura muy cómoda.Sobre el papel gobernamos, votamos, elegimos, aprobamos, censuramos y criticamos. En la práctica hacemos dejación de nuestro poder y lo ponemos en manos de otros que para nuestra desgracia casi nunca son filósofos.Decimos que el pueblo manda, pero el pueblo nunca es nadie en concreto.Caemos en lugares comunes, conceptos manidos como el de la sabiduría del pueblo y no sé cuantas zarandajas más para luego adorar como a becerros de oro a los líderes que más adelante nos encargaremos de defenestrar.¿Por qué hacemos todo esto?Yo lo tengo bien claro.La responsabilidad nos asusta,es  tremendamente más cómodo y fácil ver los toros desde la barrera y luego criticar la faena.Muy pocas personas tienen la preparación y la cabeza suficiente como para entender los temas de los que hablamos en el café con los amigos o en las tertulias con compañeros de trabajo.El ser humano tiene una clara, tal vez innata, tendencia a preferir que los demás decidan por él.Somos como borregos que un día leyeron a Marx y creyeron haberlo entendido todo sin haber, en verdad, comprendido absolutamente nada.Nos dejamos deslumbrar por palabras como pueblo, democracia, ley, igualdad y justicia y nos quedamos sólo con la luz perdiendo  la vista, quedándonos ciegos.Lo que nos gusta es saber que podemos decidir(Yes, we can) pero luego optamos por no hacerlo. Que se equivoquen otros.¿Cómo se entiende, si no, esa necesidad de líderes a los que seguir,esos héroes modernos que nos prometen la felicidad en la tierra, por los que somos capaces de llorar, aplaudir, vitorear y aclamar?¿Cómo un ser adulto y responsable puede alcanzar el delirio antes las mismas frases mil veces repetidas sin ponerse rojo de vergüenza?(Yes, we can).¿Cómo es posible que nos engañemos otra vez, y ya van…,y que creamos que el mesías volvió a la tierra el 20 de enero en Washington?Son tantas las preguntas que se me acumulan que no habría sitio para todas.Perplejo, tengo que admitir que la mayor verdad de todas es aquella que dice que el ser humano es el único ser capaz  de tropezar una y mil veces con la misma piedra.También es de destacar la capacidad de nuestra especie para engañarse a sí misma, para quitarse responsabilidades y para echar la culpa siempre al empedrado.Bush ha dirigido su país y parte del universo durante ocho años.Durante todo este tiempo lo más suave que se ha dicho de él es que era tonto de remate.Bush no llegó al poder él solo.Millones de personas lo apoyaron, lo votaron e incluso lloraron en éxtasis en su presencia.¿Eran todos idiotas?¿Por qué permitieron que un mequetrefe les gobernara?La respuesta está en el viento pero se lee muy claramente.Preferimos que nos manden a mandar. Nada hay tan complejo como tomar decisiones.Mejor si las toman otros en nuestro lugar.Cuando nos cansemos derribaremos al héroe con pies de barro y esperaremos la llegada del nuevo mesías para adorarle un ratito.No creemos en dios pero sí en sus enviados, creemos en el poder del pueblo pero no lo ejercemos,hablamos de libertad, igualdad y fraternidad y ni tan siquiera sabemos qué supuso la revolución francesa,nos indignamos con la guerra de Irak y olvidamos las de África,despreciamos el capitalismo salvaje y vivimos bajo su cobijo,adoramos al Che porque está muerto y queda bien en las camisetas,despreciamos a los Estados Unidos y no hacemos otra cosa que parecernos a ellos más cada día,exigimos poder para nunca ejercerlo,hablamos, urbi et orbi,de lo que debería hacerse,de lo fácil que sería solucionar los problemas de nuestro barrio,ciudad, país e incluso del mundo entero pero cuando llega el momento de la verdad preferimos que sea otro el que tome las decisiones,estamos hartos de asistir a las injusticias que se cometen en todo el mundo pero luego miramos a otra parte,decimos que hacemos lo que podemos cuando lo que podemos es muy poco, si podemos hacer mucho, entonces,preferimos no hacer nada(Yes, we can),somos, al mismo tiempo o sucesivamente, creyentes, agnósticos y ateos,defendemos los impuestos pero hacemos ingeniería financiera para no pagarlos, exigimos nuestros derechos sin tan siquiera conocerlos,perdonamos a nuestros enemigos sólo si están lejos,reivindicamos nuestra cultura y acamos siendo xenófobos,nos manifestamos en favor de la paella y comemos hamburguesas, hablamos de formación y cultura y vemos la televisión, comemos viendo a niños que mueren de hambre y lloramos porque nuestro equipo perdió el domingo.

Platón quería dejar el poder en manos de los filósofos porque consideraba que sólo ellos tenían la preaparación suficiente y el sentido de la justicia necesario para velar por los intereses de la comunidad.Hoy, como es lógico, no nos fiamos, de que unos pocos decidan lo que ha de ser nuestra vida.Defendemos con uñas y carne el poder para el pueblo.Al fin y a la postre el resultado es aún peor: dejamos todas las decisiones en manos de unos pocos, que para mayor vergúenza, ni siquiera son filósofos.Podemos decidir(Yes, we can) pero no nos gusta hacerlo.

Cerezas compartidas

Estaba yo comiendo cerezas, mi particular fruta de la pasión, y, al ver que no podía parar, me he tenido que contener y obligarme a dejar alguna para los demás. Ha sido un acto heroico puesto que estaba sólo y nadie más sabía de su existencia. Esto me ha llevado a reflexionar sobre lo difícil que es compartir. Probablemente el primer concepto que un niño tiene claro, además de los consabidos mamá y papá, es el de propiedad. Mío, mío, mío es el peculiar maullido de todo niño que se precie. No hacemos esfuerzo alguno para que un niño nos quiera, pero conseguir que asimile el concepto de compartir es un empeño muchas veces abocado al fracaso. En muchas ocasiones el máximo logro es que comparta como algo impuesto, por disciplina. ¿Es compartir algo antinatural? ¿Viene la propiedad privada incrustada en un gen? ¿Somos acaso rubios, altos, de ojos marrones y propietarios por naturaleza? ¿Han fracasado el socialismo,el comunismo y el mismo cristianismo por no tener nada que ver con las leyes de la genética? ¿Es este el secreto del capitalismo?

Fuera de bromas, si la vida es un aprendizaje permanente esta es una de la asignaturas más difíciles y a casi todo el mundo le queda pendiente para septiembre. Luego pasa lo que pasa, en verano es muy duro estudiar, tenemos demasiadas distracciones y así es imposible hincar los codos.

No sólo hablo de compartir cosas materiales. Me refiero también a lo difícil que se nos hace compartir información, conocimientos, trabajo, amistades y por supuesto sentimientos.

El mundo actual basa su organización en el concepto de propiedad. Merece la pena hacer algo si con ello obtengo beneficios. Desde que nacemos se nos inculca la necesidad de acumular. Primero objetos, luego conocimientos y más tarde información. Esto ya de por sí es un serio problema, pero lo es más aún, cuando nos damos cuenta de lo difícil que se nos hace compartir aquello que poseemos.Todo gira en torno al poder. Tengo más que tú, sé más que tú y dispongo de  información privilegiada. Si ya tenemos poder, pasamos a la segunda fase: el secreto. Cuanta menos gente tenga o conozca lo que tenemos y sabemos mejor. Pertenecemos al club de los elegidos. El resto es morralla. Las relaciones sociales las organizamos en base a estos criterios y los modelos a seguir casi siempre representan estos valores.

Hemos llegado a a tal extremo que cuando sabemos de alguien que hace algo a cambio de nada o por el puro placer de compartir, o bien lo tachamos de loco, si no de idiota, o pensamos que ahí hay gato encerrado. Nos inspira desconfianza. Si en el trabajo sabemos algo que los demás desconocen pensamos que es mérito nuestro y eso justifica reservárnoslo para nosotros. Si tenemos alguna información que los demás no tienen, la utilizamos para conseguir algo. Y si somos más expertos que otros en una materia determinada nos cuesta dios y ayuda algo tan sencillo como compartir lo que conocemos.

Tenemos poder porque tenemos secretos. Nos admiran por ello y nos envidian. Esta es la tercera pata del banco: la vanidad. Somos vanidosos, nos encanta que nos adulen y envidien. Eso nos hace sentir diferentes. La corrupción es una consecuencia lógica. Con tal de conseguir un éxito fácil, con tal de triunfar somos capaces de cualquier cosa. No me refiero a cometer delitos, que también, sino a algo más cotidiano. De niños copiamos en los exámenes, nos reímos de los más débiles para agradar a los demás, de adolescentes fingimos lo que no somos, aseguramos haber tenido experiencias que no hemos tenido para quedar bien, de jóvenes criticamos un mundo en el que luego nos instalamos cómodamente a vivir y de adultos completamos la faena. Bastante tengo yo con lo mío como para pensar en los demás. Si no muerdes te muerden.

En la sociedad actual cuando alguien promueve iniciativas que trastocan el orden establecido es inmisericórdemente atacado. La sociedad capitalista se ha convertido en una constante competición por conseguir más cosas que el vecino. En esa cruel carrera los menos dotados o los más desafortunados van quedando por el camino. Es entonces cuando papá estado tiene que intervenir y acoger en sus brazos a esos necesitados. Son víctimas y así nos los presentan. Nosotros, cariacontecidos, exclamamos: pobrecillos y seguimos comiendo cerezas. El estado somos todos. Esto ya nadie lo entiende. Eso nos obligaría a ser todos los que compartimos y ayudamos. Pero no, hoy el concepto estado se ha convertido en algo abstracto e impersonal que a nada ni a nadie representa concretamente.

La globalización, pese a quién pese y a pesar de todas las dificultades puede abrir una pequeña puerta a la esperanza. Ahora es imposible fingir que no sabemos lo que pasa en el mundo. Nada está tan lejos como para que no nos afecte. Los problemas son, cada vez más, globales. Las soluciones también. Compartamos problemas y compartiremos soluciones.

P.D.: ¡Dios, que mal me han sentado las cerezas!