Hogar, dulce hogar

He escrito muchas veces sobre la casa. He pensado muchas más sobre el concepto. Ahora estoy desbordado. No tengo una, tengo dos y no estoy preparado. La propiedad privada, tan difícil de asumir a veces, ahora me ataca por partida doble. Hasta ahora vivía en dos pero sólo una era mía. La otra, la del paisaje amarillo, la disfrutaba pero no la tenía. Usufructo. Renunciar a ella ha sido duro, más que a ella al paisaje que desde ella contemplaba. Lo cierto es que en los últimos años estaba decayendo. Era doloroso ver como se agrietaba, se descoloría y se hacía un poco más oscura y vieja. No era mía pero yo así lo sentía. Usucapión.

Esta primavera todo se ha precipitado, una casa cercana se vendía. Oportunidad. Sueño hecho realidad. Quimera. Como cualquier ser humano he pasado semanas haciendo cuentas, cálculos infinitos, visitas a bancos, cábalas, dudas, sentimiento de traición por abandonar a un ser querido, por dejarla allá abandonada sin nadie que la cuidara. Como cualquier ser humano, al final he mirado para otro lado y sin saber donde me metía he dicho sí. Realidad.

Ya tengo las llaves en mi mano, estoy sentado en mi nuevo jardín. El sol de la tarde me calienta y frente a mí se extiende amarillo el cereal. Paisaje preferido. Trigo. Todavía alto, sin cortar. Meciéndose suavemente con el viento de la tarde. Cuando casi estaba libre de los bancos, he vuelto a caer en sus garras. Preso pero contento. Propiedad (inesperada).

Es una sensación extraña. Me siento como un invitado. No asimilo que la mesa a la que  estoy sentado, que el jardín que me rodea, el pozo, los granados, los olivos y las acacias están ahí para que yo los cuide. No asimilo que estoy aquí para quedarme, que cuando me vaya volveré, que la puerta la cerraré para abrirla de nuevo cuando quiera. No me hago a la idea y como los niños, en su primer asomo de conciencia digo, mío, mío. Lo pienso y lo siento, pero lo pienso. Consciencia.

El otro día, bien de mañana, me acerqué a la antigua casa. Estaba justo amaneciendo. La observé desde la verja de entrada, tantas veces traspasada. La observé y me dio pena. Pena por unas paredes que van perdiendo el blanco poco a poco, pena por la hierba demasiado crecida, pena por un rama caída, pena por el abandono a la que es sometida. Tristeza al ver sus ventanas cerradas. Añoranza de los tiempos allí vividos, de los ecos que pueblan el jardín de palabras, pisadas y miradas. Dolor al saber que ya nunca me sentaré de noche en el jardín, que no veré la luna aparecer imponente, que no habrá más copas de vino bajo el almendro, que todos los recuerdos quedarán ahí encerrados, todas las palabras dichas, todos los pasos dados. Arrepentimiento.

Pena, tristeza, dolor y añoranza. Sentí también alegría al volver a mi nueva casa. Tan pérfida es la traición que en cuestión de minutos transforma lo que sentimos, olvida lo que recordábamos y nos permite presentes distintos de los pasados. Sentí la alegría de lo nuevo, de lo no conocido. Ilusión, otra vez, que tan cara se vende. Ganas de hacer cosas, de transformar, de construir, de crear, de no parar quieto y ver cómo todo se va transformando lentamente. La casa está y estará y yo estaré con ella. Adiós al trago amargo de cerrar la puerta y no saber hasta cuando, adiós a la casa vacía y desolada. Ahora, cuando yo no esté, la casa permanecerá viva, llena de mis cosas: mi ropa, mis libros, mis discos, mis fotografías. Mis nuevos pasos, mis nuevas palabras y recuerdos. Alegría.

Sólo me falta una cosa. Mejor dos: un cerezo y un almendro. Sé que no serán los que eran, pero mi casa, mi nueva casa, no estará terminada hasta que pueda sentarme de nuevo a leer bajo el almendro y hasta que temprano por la mañana me suba al cerezo y coma, escondido entre sus ramas, sus frutos amarillos y rojos. Esperanza.

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Cerezas compartidas

Estaba yo comiendo cerezas, mi particular fruta de la pasión, y, al ver que no podía parar, me he tenido que contener y obligarme a dejar alguna para los demás. Ha sido un acto heroico puesto que estaba sólo y nadie más sabía de su existencia. Esto me ha llevado a reflexionar sobre lo difícil que es compartir. Probablemente el primer concepto que un niño tiene claro, además de los consabidos mamá y papá, es el de propiedad. Mío, mío, mío es el peculiar maullido de todo niño que se precie. No hacemos esfuerzo alguno para que un niño nos quiera, pero conseguir que asimile el concepto de compartir es un empeño muchas veces abocado al fracaso. En muchas ocasiones el máximo logro es que comparta como algo impuesto, por disciplina. ¿Es compartir algo antinatural? ¿Viene la propiedad privada incrustada en un gen? ¿Somos acaso rubios, altos, de ojos marrones y propietarios por naturaleza? ¿Han fracasado el socialismo,el comunismo y el mismo cristianismo por no tener nada que ver con las leyes de la genética? ¿Es este el secreto del capitalismo?

Fuera de bromas, si la vida es un aprendizaje permanente esta es una de la asignaturas más difíciles y a casi todo el mundo le queda pendiente para septiembre. Luego pasa lo que pasa, en verano es muy duro estudiar, tenemos demasiadas distracciones y así es imposible hincar los codos.

No sólo hablo de compartir cosas materiales. Me refiero también a lo difícil que se nos hace compartir información, conocimientos, trabajo, amistades y por supuesto sentimientos.

El mundo actual basa su organización en el concepto de propiedad. Merece la pena hacer algo si con ello obtengo beneficios. Desde que nacemos se nos inculca la necesidad de acumular. Primero objetos, luego conocimientos y más tarde información. Esto ya de por sí es un serio problema, pero lo es más aún, cuando nos damos cuenta de lo difícil que se nos hace compartir aquello que poseemos.Todo gira en torno al poder. Tengo más que tú, sé más que tú y dispongo de  información privilegiada. Si ya tenemos poder, pasamos a la segunda fase: el secreto. Cuanta menos gente tenga o conozca lo que tenemos y sabemos mejor. Pertenecemos al club de los elegidos. El resto es morralla. Las relaciones sociales las organizamos en base a estos criterios y los modelos a seguir casi siempre representan estos valores.

Hemos llegado a a tal extremo que cuando sabemos de alguien que hace algo a cambio de nada o por el puro placer de compartir, o bien lo tachamos de loco, si no de idiota, o pensamos que ahí hay gato encerrado. Nos inspira desconfianza. Si en el trabajo sabemos algo que los demás desconocen pensamos que es mérito nuestro y eso justifica reservárnoslo para nosotros. Si tenemos alguna información que los demás no tienen, la utilizamos para conseguir algo. Y si somos más expertos que otros en una materia determinada nos cuesta dios y ayuda algo tan sencillo como compartir lo que conocemos.

Tenemos poder porque tenemos secretos. Nos admiran por ello y nos envidian. Esta es la tercera pata del banco: la vanidad. Somos vanidosos, nos encanta que nos adulen y envidien. Eso nos hace sentir diferentes. La corrupción es una consecuencia lógica. Con tal de conseguir un éxito fácil, con tal de triunfar somos capaces de cualquier cosa. No me refiero a cometer delitos, que también, sino a algo más cotidiano. De niños copiamos en los exámenes, nos reímos de los más débiles para agradar a los demás, de adolescentes fingimos lo que no somos, aseguramos haber tenido experiencias que no hemos tenido para quedar bien, de jóvenes criticamos un mundo en el que luego nos instalamos cómodamente a vivir y de adultos completamos la faena. Bastante tengo yo con lo mío como para pensar en los demás. Si no muerdes te muerden.

En la sociedad actual cuando alguien promueve iniciativas que trastocan el orden establecido es inmisericórdemente atacado. La sociedad capitalista se ha convertido en una constante competición por conseguir más cosas que el vecino. En esa cruel carrera los menos dotados o los más desafortunados van quedando por el camino. Es entonces cuando papá estado tiene que intervenir y acoger en sus brazos a esos necesitados. Son víctimas y así nos los presentan. Nosotros, cariacontecidos, exclamamos: pobrecillos y seguimos comiendo cerezas. El estado somos todos. Esto ya nadie lo entiende. Eso nos obligaría a ser todos los que compartimos y ayudamos. Pero no, hoy el concepto estado se ha convertido en algo abstracto e impersonal que a nada ni a nadie representa concretamente.

La globalización, pese a quién pese y a pesar de todas las dificultades puede abrir una pequeña puerta a la esperanza. Ahora es imposible fingir que no sabemos lo que pasa en el mundo. Nada está tan lejos como para que no nos afecte. Los problemas son, cada vez más, globales. Las soluciones también. Compartamos problemas y compartiremos soluciones.

P.D.: ¡Dios, que mal me han sentado las cerezas!