Ejercicios de estilo

Hay un libro muy interesante, con este mismo título, de Raymond Queneau, en el que se puede leer un mismo texto escrito de muchas maneras diferentes. Así contado, no parece que de para mucho. Pues da. Es increible como la misma idea se puede expresar de formas tan dispares. El libro, en parte, no es más que un juego, un ejercicio del autor. Sin embargo cada lector, aun siendo siempre el mismo mensaje, escogerá un tipo de texto distinto. No sólo eso, sino que probablemente se identificará con algunos de los textos y rechazará otros. La comunicación por tanto no es simplemente hablar y escuchar, escribir y leer. Hay algo más; la forma y el estilo en que decimos y nos comunicamos pasa a ser parte esencial en el proceso de comunicación. Una ecuación podrá ser bella, no lo niego, pero la forma en que la apreciamos un científico y yo dista mucho de ser la misma. Del mismo modo hay palabras o formas de habar que uno no puede usar. No se siente él. Yo por ejemplo me siento falso, incluso cursi si utilizo diminutivos. Cuando otro los usa puede ser cautivador y de lo más expresivo. ¿Por qué? Vaya usted a saber. Las palabras que utilizamos dicen mucho de nosotros. ¿Más que el mensaje? Muchas veces sí. Hay muy pocas ideas nuevas. No quedan casi  historias por contar. Lo que si hay son infinitas formas de contarlas y explicarlas. La comunicación no sólo se da cuando nos llega el mensaje sino cuando nos identificamos con la forma. Contar bien es comunicarse. El bien no lo decido yo sino el escuchante o el lector. No hay comunicación si el otro no quiere o no puede. Cuando yo actúo genuinamente, cuando digo lo que pienso y como lo pienso, sin imposturas, sin artificios y eso le llega a otra persona, entonces se produce el fenómeno, el chasquido mágico que hace que la sienta cercana. ¿Tengo que estar de acuerdo con lo que dice? No. Lo que me gusta es cómo lo dice. La forma, el estilo nos comunica. El fondo no siempre. La publicidad, por ejemplo, es artificio. Su intención es seducirnos. Estudia cómo transmitir un mensaje para que caigamos en sus redes. Por eso en ocasiones nos sentimos engañados. Son los peligros de la seducción. Lo mismo pasa con las personas; es muy dificil comunicarse con un seductor, más bien quedamos embobados. No importa lo bien que nos sintamos. Pensemos por ejemplo en líderes políticos de los que se dice que tienen carisma. Normalmente son seres seductores. Nos embaucan y estamos dispuestos a creer y a apoyar lo que nos digan. Eso no es comunicación. Es otra cosa. De la misma manera que no puedo estar eternamente perdido en la mirada de mi amada, tampoco podemos ser eternamente gobernados por embaucadores o seductores(para que no suene tan mal). La comunicación, por tanto, requiere que digamos algo, que lo digamos bien, en la forma adecuada y, a poder ser,de manera sincera. ¿La comunicación es democrática? Evidentemente no. No se trata de convencer a mayorías. No se trata de gustar ni de vender. Es un acto  privado, entre quien quiera y yo. Si hablamos o escribimos pensando en mayorías es mejor dedicarnos a otra cosa.

El lenguaje es tal vez nuestra mejor herramienta de comunicación. Pero no la única. En otros campos pasa exactamente lo mismo. Tal vez un ejemplo muy claro sea el de la música. ¿Por qué una música o una canción transmite sesaciones tan diferentes a cada oyente? Entran en juego muchos factores. La educación, la sensibilidad, la biografía personal…pero no cabe duda de que la forma y el estilo son también aquí determinantes. ¿Por qué yo no me creo una historia de amor si la interpretan un tenor y una soprano?, ¿por qué un blues que no es más que cuatro acordes, una guitarra y una voz rota me llega más que Verdi o Puccini? No lo sé, pero así es. La misma historia, los mismos sentimientos pero diferentes intérpretes. Forma y estilo. Raymond Queneau en su historia trivial contada de noventa y nueve formas diferentes creo que nos viene a decir lo mismo. Son ejercicios de estilo. Cada uno tenemos el nuestro. Seámosle fiel.  Seduzcamos de vez en cuando, comuniquemos siempre. Ese es el sentido de todos los lenguajes.