Ocho regalos para el día de reyes

Ocho descubrimientos, ocho recuerdos que siguen presentes. Me los he traído conmigo del año dos mil veinte. Compartirlos más que un placer es un deber. Los deberes se cumplen voluntaria o involuntariamente. En este caso no hay duda de que nadie ni nada me obliga. No es necesaria una ley para que quien quiera regale lo que considera importante. Enjoy yourselves, it’s later than you think.

Azar, decisión y probabilidades

Somos un aleatorio grupo de genes. Somos entes reconocibles por características personales que hacen que seamos apreciados por quienes nos quieren o despreciados por aquellos a quienes no gustamos. Entre los genes primigenios y las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida nos vamos formando como individuos. El azar juega un papel principal en el desarrollo de cada uno de nosotros. Desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Negar esto es negar la evidencia de que la mayor parte de las cosas que nos llevan en una dirección u otra son debidas a causas azarosas. No es menos cierto que nuestras decisiones hacen que aumenten las probabilidades de que algo suceda y de que este hecho, se parezca por tanto, en mayor medida, a la decisión que habíamos tomado.

Nacemos por azar, nos formamos tratando de doblegar la fuerza de ese azar que todo lo transforma a través de decisiones con las que intentamos que las probabilidades de que algo decidido suceda. Sin tomar decisiones no tenemos probabilidad alguna de no ser llevados de un lugar a otro por el azar sin conciencia que todo lo maneja. Querer no significa obligatoriamente poder pero si es condición sine qua nom para alcanzar un objetivo, o al menos de aumentar las probabilidades de que ese objetivo se cumpla.

La voluntad tiene siempre que luchar en contra del azar. El azar es el mar y la voluntad el barco que trata de sortear la marea que nos lleva. Izamos las velas con cada decisión que tomamos. Si así lo hacemos aumentaremos la probabilidad de llegar al puerto deseado.

En el camino, más allá de éxitos o fracasos, nos iremos haciendo individuos, seres diferenciables los unos de los otros, que gracias a sus particulares decisiones serán amados por unos e ignorados por otros.

El azar es el medio. Nuestras decisiones son el mensaje. Ellas son las probabilidades de construir caminos en ese medio sin leyes que nos permitan llegar allá donde queramos. Cuantos más caminos construyamos más yo seremos y menos genes. Más mensaje y menos medio.

El azar y los genes no son dignos de afecto. Los individuos sí. El azar no comete errores. Los individuos sí. El azar no quiere, los individuos sí. El azar todo lo envuelve pero no es nada. Los individuos somos infinitamente pequeños pero individuales, diferentes los unos de los otros. Únicos. Eso nos hace grandes, al menos a ojos de aquellos que nos quieren. Vivimos con la certidumbre, o aunque sea la esperanza, de que los afectos los logran los individuos y no los azares.

La probabilidad de que el próximo año sea mejor que este depende en buena parte del azar. Podemos incrementar dicha probabilidad si tenemos la firme voluntad de que nuestros deseos se cumplan. Los deseos se cumplen no confiando en el azar sino tomando decisiones.

¡Feliz año dos mil veintiuno! Que el azar, la probabilidad, la voluntad, el deseo y las decisiones que tomemos nos acompañen.

Vivir en círculos

La primera infancia se olvida. La otra, esa en la que tenemos entre siete y once años más o menos, permanece. Forma el primer círculo completo que dibujamos en nuestras vidas. Casa, padres, seguridad en un universo cerrado en el no puede entrar la duda, la inseguridad ni la muerte. Vivir sin miedo, con todas las respuestas al alcance de la mano. Seguros, sin sospechar siquiera que lo eterno no existe y que el dolor nos acecha. Infancia a la que el recuerdo se encarga de vestir de luces y de borrar las sombras. Aún no somos uno.

El segundo círculo completo llega cuando compartimos la vida con otro, cuando sabemos, por primera vez, que todo lo demás sobra. Dos es todo lo que necesitamos y si la condición se cumple ya nada echamos de menos. Días plenos donde ningún resquicio está vacío y dónde, de nuevo, el presente elimina la tentación del pasado y las amenazas del futuro incierto. No tiene edad este segundo ciclo, normalmente entre los veinte y los treinta. Lo que si tiene es duración. Es círculo, es completo pero no eterno. Siempre acaba por abrirse por algún lugar de su perímetro. Por ese hueco entra otra luz. Puede dar más brillo o más oscuridad pero transforma lo que parecía imperturbable. Dos se convierten en uno.

Quien es madre, quien es padre sabe que el tercer círculo se abre, sabe que ahora se vive para afuera. Dos ya no completan nada. La duda desaparece en cuanto llega el tres. Dar, compartir, admitir que otros nos definen  se hace claro y evidente. Al ampliar el horizonte, al llenar nuestro círculo de necesidades surgen también los miedos y la certidumbre de que nuestra felicidad depende de la existencia de otros. Cuando nosotros somos niños la sospecha del fin no existe. Cuando somos padres el terror nace con la conciencia del difícil equilibrio en el que tenemos que sostener la vida. Todo lo damos. No es generosidad. No tiene el menor mérito. Sin duda no hay esfuerzo. Eso está bien. Vivir fuera de toda duda. Me hago pequeño para que el otro se haga grande. Círculo lleno de vida y de temor. Lo que suceda a otros me sucede a mí. Circulo de hielo. Tres ya no son uno.

El cuarto círculo se abre cuando uno piensa que ya ha cumplido un ciclo, que su labor está hecha. El hijo crecido, el árbol plantado y el libro escrito. La salud es condición indispensable. Desde ella podemos observar con serenidad la vida que sucede y que ya nos es conocida. El tiempo es percibido de otra manera, sabes que se agota pero lo vivido frena la angustia de ver el horizonte más cercano. Uno imagina este tiempo lleno de sosiego, de aceptación y de paciencia. De conformidad. Resignación sí, ante una adversidad ya no temida. Es un tiempo extra en el que ya no toca decidir entre hacer o no hacer. Contemplar es lo más propio. Recordar es inevitable y peligroso al mismo tiempo. Contemplar el presente, recordar el pasado y aceptar un futuro que no existe. Ese es el perfecto equilibrio. Uno mirando al cero.

El quinto y último círculo debería durar solo un instante. Una muerte aceptada y tranquila. Una muerte en tu casa y en tu cama. Rodeado de los ojos a los que tu siempre has mirado. Rodeado de las cosas que han estado siempre a tu lado. Decir adiós nos cuesta la vida. Decir adiós a aquellos que no vienen conmigo, decírselo porque ellos continúan y tú no deseas que se paren. Cerrar los ojos y dormirte. Y no despertarte. Uno disolviéndose en el cero.

Cinco círculos que podemos tener o no tener, disfrutar o derrochar. Círculos que son por definición cerrados. En ellos estamos y al recordarlos los vemos completos, períodos redondos que rompen con la linealidad del tiempo. No es que demos un carácter cíclico al tiempo, es que el tiempo lineal no recorre una línea recta, está salpicada de círculos a los que entra y de los que sale para así continuar su camino. En esos lapsos redondos permanecen nuestros recuerdos más claros, en esos paréntesis casi cerrados conseguimos casi detener el tiempo y dar sentido a nuestras vidas. Del cero al infinito.

Crónica de noviembre

Trato de escribir con Max Richter de fondo. No es fácil. Escucharle me provoca quietud. Sus melodías se repiten y yo caigo en el círculo cerrado de la mente en blanco. No sé, no puedo y no quiero salir de ese sentimiento plano que me envuelve. La repetición como poderosa arma de concentración. La concentración como vía de escape. Allá lejos el vacío, la falta de todo. El cero.

Del cero hay un largo paso al infinito. Arthur Koestler lo recorre y nos describe la terrible transformación del ser humano en una entidad omnívora que nos engulle. El estado infinito que se apodera del individuo, de la huella dactilar que nos distingue a los unos de los otros. El Número Uno todo lo vigila y elimina cualquier vestigio de duda. Todo lo que sea individual ha de ser arrasado. Todo el que quiera serlo también. La sospecha es suficiente prueba. El deseo se evita con un disparo en la nuca. Cómo me gustaría creer que Iósif Stalin estaba loco. No lo estaba. Ese es el mayor de los problemas. No lo estaba como casi ninguno a los que nuestras ganas de consuelo se empeñan en llamar loco para explicar lo que sabemos que es mentira. No queremos ver el monstruo cuando despertamos. No queremos aceptar que sigue allí. Al acecho. Ya nos lo dijo Augusto Monterroso en siete palabras.

Tratar de cruzar las fronteras de la locura y del deseo, vivir más allá del mal, ser conscientes e inconscientes de los que somos y hacemos. En eso andan José Cuauhtémoc y Marina siempre con peligro de quemarse. Guillermo Arriaga defiende a los hombres y mujeres que no se detienen ante nada. Amor, esperanza y violencia servidos de uno en uno y también tomados de la mano. La lucha de clases contada de otra manera. Impresiona la difícil decisión de seguir siempre hacia delante.

Hacia delante siguió Pablo de Tarso después de caerse del caballo camino de Damasco. ¿Vio la luz o se volvió loco? Tuvo fe y se agarró a ella. Emmanuel Carrere también lo hizo por un tiempo y nos los cuenta sin pudor ni vergüenza. En el germen del cristianismo está el origen de dos mil años de historia que han conformado lo que somos. La fe por la que tantos han muerto y han matado. La contradicción de defender la verdad y la vida a través de la opresión y la violencia. Hay que ser valiente para desasirse del báculo que nos aferra al suelo. Hay que tener agallas para desprenderse de la resignación que todo lo justifica. Hay que vivir recordando la fe sin añorarla. Hay que vivir sabiendo que sin nosotros no hay mañana.

Sin nosotros no hay más que soledad y en ella vive Beth Harmon. Sola desde niña y condenada a hablar en silencio con peones, torres, alfiles y damas. El ajedrez como representación de lo universal y de lo particular. El éxito de una mente prodigiosa y el fracaso de tener cómo únicos amigos el alcohol y las drogas. Ser simplemente independiente. Ser acaso la mejor pero sola. Triste lección escrita primero por Walter Tevis contada después maravillosamente por Scott Frank.

Sigue sonando Max Richter y siguen las teclas y las letras repasando este mes que se va, estos días que han pasado como tantos otros entre libros, música, películas y largos paseos. Este mes que se llena de grandes palabras. Sin quererlo, han poblado estas líneas la concentración, el vacío, el infinito y el cero. La locura, el consuelo, la verdad y la mentira. El deseo, la violencia, la fe y la lucha de clases. La independencia, la soledad y la inteligencia.

Demasiado apabullante cuando lo único que quiero es leer un libro a la tenue luz de mi cuarto, ver una película a media tarde cuando ya no es de día y todavía no es de noche. Escuchar música mientras escribo o mientras paseo absorto en los miles de pasos que aún me quedan por delante.

Cinco nuevos amigos que ojalá no conozcas para así poder sorprenderte y darte un poco en las narices

Música para un otoño confinado en el que nos han tapado la boca pero no los oídos. Sed libres y escuchad. Llegará el invierno y pasará como si no hubiera venido y se asomará como siempre la primavera prometiendo un verano que jurará quedarse con nosotros para luego marcharse en cuanto los árboles dejen caer sus primeras hojas. Aquí seguiremos nosotros como estamos ahora; esperando. La música mientras tanto llena las rendijas del tiempo.

Quisiera

Quisiera haber sido actor de Dagoll Dagom y haber participado en la Nit de Sant Joan el veintitrés de junio de mil novecientos ochenta y tres en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. Quisiera haber escrito Sobre héroes y tumbas y haber sacado yo a Alejandra de los entresijos de mi cabeza. Quisiera haber estado aquel día de mayo de mil ochocientos noventa y siete en la puerta de la cárcel de Reading y haber hablado contigo, Oscar, y haberte recibido de nuevo al mundo del que tan injustamente te privaron. Quisiera haber compuesto Layla y haber sabido llorar como llora la guitarra que tanto lamenta tu ausencia. Quisiera haber estado alojado en aquel sanatorio en los Alpes suizos y haber conocido a Hans Castorp. Quisiera haber estado allí y así escuchar las palabras de que está llena la vida. Quisiera haber dado clases de filosofía en aquella universidad soñada y llenar la cabeza de alumnos y alumnas con preguntas que den sentido a sus vidas, con respuestas que esperan al final de caminos tal vez infinitos. Quisiera haberme comprado una casa en Hampstead y haber paseado por el Heath todas las mañanas entre tantos tonos de verde. Quisiera no haber regalado mi piano y haber improvisado un solo concierto en Colonia. Quisiera haber leído todas las noches de mi vida como leía de niño para ahuyentar el miedo de las sombras y perderme como me perdía en la vida de otros, que yo vivía como si fueran mi única vida. Quisiera haber tenido la oportunidad de haber dicho a mi abuelo que le debo media vida y que sus libros aún pueblan las paredes de mi casa. Quisiera comprar de nuevo Wish you were here, ir a mi vieja casa corriendo y escucharlo una y otra vez  pensando como pensaba con tan solo quince años que había llegado al final del camino. Sé que estaba equivocado pero por un momento viví en lo cierto.

Quisiera haber descubierto que la poesía era un arma cargada de futuro antes de lo que lo hice y haber podido besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte. Quisiera haberle dicho a mi madre que era yo quien la cuidaba y que sentía no haberlo hecho más a menudo. Quisiera pensar que se daba cuenta. Quisiera llegar a casa un viernes por la tarde, meterme en la bañera, y pensar feliz, como sólo un niño puede serlo, en el fin de semana que tenía por delante. Quisiera haber estado presente en The Troubadour de Los Ángeles, el Santa Monica Civic Auditorium y The Rainbow de Londres en el año de mil novecientos setenta y cuatro y poder haber gritado con el león herido de Belfast que era tarde para parar entonces, que las ganas siempre nos llevan hacia delante. Quisiera no haber recorrido sólo Manhattan y haber cruzado el puente hacia Brooklyn y tal vez encontrarte en el estanco de Auggie Wren confiándole tus problemas y hablando de tu próxima novela. Quisiera haber tenido una casa más grande y más mía donde saber desde el primer día que esa era, simplemente, mi casa. Quisiera haber visitado Jerusalén y también Buenos Aires y recorrer sus calles hasta cansarme y ver las luces, los rincones y las gentes que tantas veces he imaginado. Quisiera inventar la máquina del tiempo y recorrerlo y visitarlo como si ya no existiera. Quisiera poder detenerme. Quisiera hacer como tú, una película al año y olvidar cada una según la termino para empezar ya otra que me lleve sin parar a la siguiente. Quisiera ser pintor pero no puedo porque tú ya has pintado todos los cuadros que me gustaría haber pintado. Aún tengo grabada la luz que entra en la cafetería, la gente al sol y la soledad pintada que me estalla en la cara.

Quisiera jugar de nuevo en el pasillo de mi casa con mis primos y revivir las felices y eternas noches de navidades hace ya tanto tiempo pasadas. Quisiera decirle a mi hermano que aún sigue vivo y a mi padre que le recuerdo. Somos tan solo recuerdos. Todavía no ha llegado el olvido que todos seremos.

Quisiera mirar por la ventana y ver las vidas de otros. Quisiera escribir otra vez quisiera y llenarlo de nuevos recuerdos, nombres, lugares, libros, canciones, caras y paisajes. Quisiera morir en Venecia contemplando la belleza. Quisiera despertar de esa muerte fingida, soñada y estar aquí, como todos los días, con vosotras.

Setenta y cinco años ya

Formas parte de este blog desde su inicio, desde su durante y desde su todavía. Te he mencionado en repetidas ocasiones y he dejado escrito que ningún artista me ha impactado tanto como tú. Ningún escritor, pintor, cineasta o músico ha transformado mi forma de ver el mundo como tú lo has hecho. También confesé que uno de tus discos, que ese grupo de canciones, es el objeto que escogería para llevarme de mi casa si un  terrorífico incendio la devastara y yo pudiese salvar solo una cosa. Te escucho constantemente y te siento como alguien presente en mi vida.

Cumples setenta y cinco años, llevas medio siglo creando y emocionando. Ahora setenta y cinco irlandeses como tú te felicitan cantando cada uno de ellos y ellas una de tus canciones. Yo no soy irlandés pero también te felicito. Como regalo escojo dos de esas canciones que te han dado.

Gracias

Experiencia, olvido, memoria y magdalenas

Y la nave va. Ya no se detiene. Trato de provocar recuerdos y al contrario que Proust piso losetas desencajadas, humedezco el bollo en el té con toda conciencia. Quiero vivir de nuevo, consciente de hacerlo, recuerdos que cayeron por la borda. Son ellos los que, en el esplendor de su existencia, borran las fronteras que invariablemente trata de crear el tiempo.

Me niego a depender de una memoria involuntaria que sin contar conmigo me lleva por caminos recorridos, decidiendo por mí cuándo y dónde pero sin decirme nunca el porqué. Me niego a vivir al albur de una magdalena. No quiero que mi pasado quede en manos del azar y que el tiempo caprichoso determine cuándo termina el pasado y cuándo comienza el presente.

A medida que pasa el tiempo más me importa el tiempo. Podría decir que todo lo que vivo, que todo lo que pienso está completamente empapado por él. El tiempo es invariable, constante, flexible, subjetivo, objetivo, verdad, mentira, exacto, confuso, finito y eterno. La vida sólo cabe en el tiempo, por eso es absolutamente necesario. El tiempo hace todo posible incluso aquello que no es presente. El pasado debería estar fuera de nuestro alcance pero la memoria nos lo acerca, nos permite olerlo y tocarlo. La memoria llena nuestra vida de recuerdos. De ellos nos alimentamos.

Tiempo,  memoria y recuerdos. No puedo hablar ya de otra cosa. Presente, pasado y futuro en una línea que deja de ser recta para avanzar en círculos concéntricos. Vida  que avanza, retrocede y se detiene. Memoria que muere con la vida. ¿Qué es una persona sin memoria sino un muerto en vida? La muerte es sin duda la falta de memoria. Sin recuerdos no hay vida, sólo incomprensión y vacío.

Por eso, por el tiempo que quiere correr siempre hacia adelante, quiero ser dueño de la memoria que me llena. Sólo con ella puedo tratar de encerrar el tiempo en recuerdos, palabras, colores, olores, música o fotografías. Solo con ella puedo inventar el reloj que lo mide, que permite que transcurra, como si eso fuera posible. Voluntad y memoria para domeñar el tiempo. No se me puede ir de las manos, me quedaría vacío ya que sin él no hay memoria ni recuerdos y sin ellos no hay vida, no hay nada.

Cada palabra que decimos, cada palabra que escribimos es una huella que dejamos en el tiempo. El tiempo pasa de otro modo en silencio. Nuestra obligación como seres voluntariosos es dotarlo de sentido llenándolo de memorias y recuerdos.

Evocar algo involuntariamente, alejar el recuerdo de la inteligencia es frecuentemente hermoso pero no siempre nos conviene. Hacer lo que nos conviene es el único objetivo que los seres humanos pueden plantearse. Eso es vivir bien. Lo demás son magdalenas, por muy sabrosas que sean.