Primer viernes después de navidades

Primer viernes después de navidades. De vuelta ya en la casa sin luces. La página en blanco como el año que comienza. Los días cayendo uno tras otro sin descanso. Y yo como observando. Ensanchando los recuerdos. Añorando voces y presencias. Luces, sonidos, palabras y risas que sin remedio se van desvaneciendo. Horas y días vividos sin reloj ni calendario. Vivir tan solo viviendo.

Primer viernes después de navidades. La tarde se deshace en silencio. Despierto de la anestesia lentamente. Recupero palabras dormidas. Mis dedos se mueven, por fin, tras un tiempo de letargo. Enciendo la luz de mi mesa. Amarillo sobre blanco. La ventana, a mi derecha, me separa del mundo. Frente a mí, una pared desnuda e infinita. Suena ya la música. Tan necesaria como el aire. Vivir tan solo escuchando.

Primer viernes después de navidades. Enero lleno de agua. Invierno en mitad del invierno. Árboles sin hojas. El cielo gris. El mar gris. La tierra dormida. Siempre silencio cuando despierto de madrugada. Días iguales. Días sin nombre que me llevan, sin yo darme cuenta, a la apacible rutina, temida y deseada. Días y noches que sin ser nada me devuelven a la vida que creía perdida. Vivir tan solo estando.

Primer viernes después de navidades. La calle fría por la mañana. Las horas que siempre vienen despacio para irse corriendo. El trabajo, los libros, los papeles. Tantos ojos que me miran  esperando de mí una respuesta. Tantas palabras dichas. Tantos planes trazados. Tantos proyectos olvidados. Volver a casa y sentir lo grande y caliente que es el mundo entre cuatro paredes. Vivir tan solo mirando.

Primer viernes después de navidades. La tarde se convierte en noche. Escucho, escribo, leo y pienso. Cada cosa vuelve a ocupar su sitio. Tengo ante mi cientos de libros. Vidas que ya he vivido. Docenas de fotografías que encierran todo el universo que finalmente me importa. Miles de canciones que llenan de vida incluso mis silencios. Estar aquí sentado. Esperar que se abra la puerta. Vivir siendo.

Verdad y belleza

Hay canciones buenas, muy buenas, casi perfectas y, muy de vez en cuando, perfectas. Esta es uno de estos contados casos. Hay que hacer un gran esfuerzo para transformar en palabras la admiración. Uno se queda con la boca abierta y asiente conmocionado por la belleza. Llevo muchos, muchos años escuchando esta maravilla. Nunca me abandona la sensación de haber descubierto algo, de haber entrevisto la verdad durante unos instantes, de haber comprendido el porqué de las cosas.

La escucho ahora como la escuché aquella primera vez. Sentado ante una mesa. Quieto, atónito y distante. Consciente de que a veces creamos un antes y un después. Fuera del tiempo. Viendo sin ver lo que pasa a mi alrededor. Dulce olvido. Nubes, amor y vida vistos desde ambos lados. Desde aquel día en que vi un poco de luz y desde este aquí y ahora en el que la luz sigue iluminando, aunque sea tenuemente, la verdad y la belleza que se esconde todavía en este oscuro diciembre.

¿Tiene sentido la vida? Sí. ¿No es evidente?

Otra vez yo

Siempre que pruebo un lápiz, una pluma, un bolígrafo, siempre que relleno sin pensar un papel vacío, escribo, y no sé por qué, la verdad es que…

Cuando imagino un color, ni su mezcla ni su ausencia, cuando quiero que mi mente dispare uno automáticamente, nace un amarillo huevo, casi naranja.

Mis paisajes imaginarios siempre son llanos, inmensos, distantes. Sin árboles, sin montañas. Sin nada que se interponga entre mis ojos y el infinito. Caminos que no sé si van a ningún sitio. Creo que creo trayectos, no destinos.

Llevo toda una vida tratando de decidir cuál ha sido la más bella aportación del hombre al universo. Qué quedará cuando ya no estemos. Qué nos hace dignos de no desaparecer como motas de polvo en el tiempo y en el espacio. Sólo se me ocurre una cosa: la palabra.

La pregunta de las preguntas, la más inquietante de las dudas sigue siendo para mi, qué hay dentro de una casa vacía, qué queda cuando cerramos la puerta y nos vamos, saber si algo permanece cuando cerramos los ojos, morimos nosotros o es el mundo el que se desvanece y nos deja solos. Saber si la muerte es la soledad o nuestra ausencia.

No sé si prefiero escribir la más bella poesía o ponerle música. No sé si lo que nos transforma es la idea o la sensación. A pesar de amar las palabras sobre todas las cosas, llega la música y me deja mudo. La palabra me reafirma. La música creo que me lleva al centro de todas las cosas. Al lugar donde nada hay que explicar. Lo mismo da mirar que cerrar los ojos. Sabia quietud silenciosa.

Lo que más me cuesta es dejar de pensar, hacer que mi mente descanse un instante. Siento incluso que alguien dentro de mí me gobierna. Sus órdenes escapan a mi comprensión. Todo es actividad y yo busco paz. Calma en la que pueda escoger las palabras, palabras que pueda unir o desunir a mi antojo. No quiero que mis pensamientos escapen corriendo, no quiero sucumbir a su criterio.

Al despertar todo es oscuro. El mundo una enorme pendiente y la vida un saco enorme cargado a mi espalda. Sé que todo es mentira pero lo mismo sucede todos los días. Al acostarme, al final del día, trato de cerrar los ojos y no ver nada. Ahí está otra vez ese ser que me habita, me abre los párpados por dentro y me recuerda que los ojos cerrados nos muestran un mundo inimaginable. Casi siempre terrible.

Cada vez me gustan más las canciones tristes, los poemas oscuros, el gris, el blanco y el negro. Cada vez soy más melancolía. No es tristeza, tampoco amargura. Es sentirme bien y mal al mismo tiempo rodeado de añoranzas y decaimiento.

No puedo vivir el momento. Pesan siempre más el pasado y el futuro. Creo que soy cada vez menos real. No vivo lo que veo y respiro. Soy siempre ayer y, aveces, mañana.

Sigo leyendo todos los días, me gusta vivir otras vidas. Ver negro sobre blanco mundos llenos de colores diferentes. Ideas nunca por mí pensadas. Conocer personas que sólo se muestran, que se abren ante mi sin hablarme. Mundos que existen sólo cuando los miro.

De escoger un poder siempre escogería ser invisible. Estar sin que sepan que estoy. Escuchar sin ser escuchado. Ver sin ser visto. Entrar y salir sin tener que explicar por qué voy o por qué vengo.

Podría escribir los versos más tristes esta noche pero ya otros los han escrito. Podría pero no quiero. Soy todo lo que he dicho si me detengo a pensarlo. A veces no lo hago, no me detengo y me veo completamente diferente, simultáneo o complementario. No lo sé ni creo que nunca lo sepa.

Lo mismo que el blanco y el negro se encuentran en el gris, yo me encuentro a mí mismo entre alegrías y tristezas. En un punto medio indefinible, lleno de motivos para ser feliz pero estar triste. Hombre gris que aspira a la luz del horizonte.

La tragedia de mi vida es saber que sólo podemos hacernos preguntas, que esa es la más digna tarea humana, que es una vocación no elegida, que es mi imperativo categórico. La tragedia de mi vida es, decía, saber que casi todas las preguntas se quedarán sidaughtern respuestas. No las habrá pero no podré evitar enunciarlas una y otra vez sin descanso.

Soy, como ya se dijo, un mono gramático. Una conciencia filosófica que me obliga a indagar sin detenerme. Un preso de su propio pasado. Una mente capaz de discernir algunas verdades pero que siempre acaba cayendo en las trampas del tiempo. Un ser tendente a la tristeza acompañado siempre de motivos de alegría.

Soy yo. Tal vez sea el único caso en que la voluntad no cuenta para nada.

¿Es posible querer no ser uno mismo? ¿Tiene sentido plantearlo?

A veces pienso que me voy a volver loco. Cierro los ojos, trato de tranquilizarme. El problema es que así, con los ojos cerrados, ya no sé si existo fuera de mi mismo. No sé tan siquiera si hay algo allá donde ya no miro. No sé si existe la mesa que toco, el aire que respiro, la música que escucho.

Se está bien así, flotando en la duda. Dejando de esperar que lleguen las respuestas que flotan en el viento. Se está bien así, en silencio.

Días sin huella

Octubre se va como vino; despacio. Ni verano ni otoño. Ni frío ni calor. Un mes sin historia, sin memoria. Miro a los últimos treinta días y sólo veo hojas que van cayendo inertes en la nada. Noches que siguen a los días sin ganas, sin tan siquiera nostalgia.

Octubre se va sin hacer ruido, sin haber sido cosa alguna. Pasos perdidos en el tiempo oscuro que se diluyen en horas incompletas, en minutos vacíos de contenido.

Octubre como paréntesis entre ayer y mañana.

Días sin huella.

La dignidad

Tener derechos es lo que nos hace ser dignos. La dignidad viene de la mano de los derechos. Cuando hablamos de derechos nos referimos a educación, sanidad, trabajo, vivienda… Tener esos derechos satisfechos es lo que dota a un ser humano de dignidad.

Somos producto de la evolución. Somos, de hecho, los únicos seres  sobre la tierra capaces de cambiarla, de transformar no sólo el espacio físico en el que nos movemos sino la esencia que nos conforma. Damos el salto de animal a humano y transformamos nuestra identidad en otra. Eso nos hace diferentes, eso nos hace amos y señores del mundo. El problema de ser amo, el problema de discernir es que siempre hay dos caminos que podemos seguir: uno bueno y uno malo. Por eso nos imponemos deberes que cumplir, tratamos así de seguir la vía recta, de hacer lo que nos conviene, de vivir éticamente.  De esos deberes nacen nuestros derechos y de esos derechos que se han de ir cumpliendo nace la dignidad que nos define.

Cuando elegimos el lado oscuro siempre prevalece el fuerte sobre el débil. No importa que los fuertes sean minoría y los débiles inmensa mayoría. Si callamos, si una vez más el silencio de los corderos otorga, entonces, nunca conseguiremos nada.

Las leyes, los derechos, los deberes, las normas, las necesidades, las obligaciones son o pueden ser diferentes. Eso nos hace discrepar, pelear, discutir y tratar de imponer de cualquier modo, en demasiadas ocasiones, nuestro criterio. El ser humano parece ser incapaz de ponerse de acuerdo. Hablamos entonces de democracia, de mayorías y de  respeto a las minorías. Hablamos sí, pero no hacemos. Casi siempre callamos.

Sólo existe un momento en la historia en el que nos hemos sentido unidos, al menos sobre el papel, sólo una vez hemos estado de acuerdo.  El diez de diciembre de 1948 todos los países del mundo atisbaron cierta esperanza. La declaración universal de los derechos humanos es, tras miles y miles de años de historia, el único lugar, el único principio y final en el que todos convergemos. Esa debería ser la única bandera.

Los treinta artículos que la componen hacen más por nuestra dignidad como personas que todas las batallas ganadas y perdidas, que todas las revoluciones inacabadas, que toda lucha, que todo convencimiento. Nada ha sido tan universal ni tan humano. Están ahí aunque no se cumplan. Están ahí para que al mirarnos en ellos nos sintamos menos animales y más humanos.  Banderas así son las únicas que nos unen. Banderas así hacen que las partes se disuelvan y que la dignidad resplandezca.

La dignidad, como ya se nos ha dicho tantas veces, es el único motor de la lucha.

Hasta la victoria, siempre.

Para J.A. por ser tan digno.

Los unos y los otros

Ser mentiroso puede, en ocasiones, llegar a ser práctico. No es muy recomendable pero hay situaciones en las que incluso mentimos honestamente. Ser cínico denota cierta inteligencia y puede aderezarse con sentido del humor. Ser hipócrita, por el contrario, es siempre perverso.

El comportamiento de los países occidentales cuando hablan del terrorismo yihadista, al que deberían dejar sólo en terrorismo, sin apellidos, es mentiroso, cínico pero sobre todo hipócrita.

Se oculta la verdad. Se presenta una situación en la que nosotros somos los buenos y ellos los malos. Ellos es una palabra muy genérica que deja que la imaginación se desboque y que incluya en el pronombre a todos los que consideramos diferentes.

Se insinúa insidiosamente que el enemigo siempre viene de fuera. Que nosotros, que hemos alcanzado las más altas cotas de desarrollo, bienestar y justicia social gracias a nuestro trabajo y sacrificio, les recibimos con los brazos abiertos, les damos lo que necesitan, compartimos lo que es nuestro y les tratamos como iguales. A cambio, ellos, los forasteros, nos chupan la sangre, se aprovechan de nosotros, de nuestros avances, de nuestras leyes magnánimamente igualitarias, de nuestra asistencia sanitaria universal, de nuestras escuelas. Si vamos a un hospital hemos de esperar pues allí están ellos, en los comedores de los colegios decenas de nuevas reglas modifican la alimentación de nuestros hijos, la navidad corre peligro de extinción, las viviendas públicas son para ellos y ninguno paga el alquiler correspondiente. En fin, ellos, los forasteros, muerden la mano que les da de comer. Hay quien llega al extremo de afirmar que el mal está en ellos, que ellos violan a nuestras mujeres y en último término nos matan.

Dentro de ellos están incluidos musulmanes, mahometanos, yihadistas, árabes, terroristas. Así, todo mezclado, para que no quede nadie fuera. No son los únicos ellos pero sí los que nos han hecho recordar lo buenos que somos y lo malos que son ellos.

Los asesinos son asesinos, los terroristas, terroristas y los últimos acontecimientos han sido obra de repugnantes asesinos que buscan extender el terror y el miedo. Nos enfrentamos al peor enemigo posible: el miedo. Miedo concreto e irracional también, pues el miedo no es posible delimitarlo.

Para luchar contra ese miedo sí es necesaria la unión y la confianza en los otros. El miedo siempre es menor en compañía. El peligro que corremos es extender la culpa y la responsabilidad de los unos a los otros. De un diferente a todos los diferentes. De nosotros a ellos. De lo homogéneo a lo heterogéneo.

No es una guerra entre ellos y nosotros. No es una guerra entre oriente y occidente, no es una guerra entre religiones. Es una guerra entre civilizaciones, entre los que quieren que vivamos en la edad media y los que queremos vivir en el siglo veintiuno.

Si establecemos los bandos entre buenos y malos caemos en el peligro de las generalizaciones. Lo que no entiendo es diferente, me da miedo luego es malo.

La verdad de toda esta mentira es que todos somos buenos y malos. El que unos asesinos actúen les hace malos a ellos pero no necesariamente buenos a nosotros.

Surgen en estos días difíciles muchos conceptos esquivos: extranjero, forastero, diferente, fanático, terrorista… Surgen estos días foros, debates y discusiones en los que por ignorancia, mentira e hipocresía se cuenta la verdad de la peor manera posible: a medias. Surgen estos días patriotismos de pacotilla, uniones de los iguales, abominación de todo lo diferente y perdida total de conciencia.

No son los países de occidente los que han apretado el gatillo, los que han agarrado el cuchillo ni manejado el volante. Son, lo sabemos, repugnantes fanáticos que quieren imponer a la fuerza sus creencias.

Sí son los países de occidente los que hipócritamente hacen negocios con países que no respetan los derechos humanos que tanto defendemos, los que comparten mesa y mantel con líderes que financian fanatismos asesinos. Somos nosotros los que miramos para otro lado cuando a cambio de conseguir un negocio ofrecemos silencio. Ellos, nuestros líderes y países amigos, son también responsables de todo lo que está pasando. Nosotros, occidente, somos tan cínicos, mentirosos e hipócritas que no queremos reconocerlo, lo disfrazamos de intereses internacionales, dinero y diplomacia. Nosotros también somos responsables.

Echar siempre la culpa a los otros, es decir a todos menos nosotros, es una gran mentira. Como casi todas las mentiras es, además, muy peligrosa.

Yo no manejaba el volante, yo no blandía el cuchillo. Lo sé. Tú tampoco. Los que lo hicieron tienen nombres y apellidos y no merecen el más mínimo respeto. El fanatismo y su fanatismo en concreto es una de las mayores degradaciones humanas. Son completamente despreciables.

No caigamos en la tentación de echar la culpa a los otros. Es un concepto tan grande como peligroso. Donde hay otros empieza el fanatismo.

No seamos cínicos, hipócritas y mentirosos.

El abuelo que perdió el tiempo

Sentado a la sombra de un árbol tararea suavemente canciones de ayer. El abuelo viene todos los días a un pequeño parque cercano a mi casa. Siempre solo. Siempre se sienta en el mismo lugar. Llega, se sienta y canta. No se entiende lo que dice, sólo se intuyen melodías antiguas que él interpreta para un público inexistente. Si pasas a su lado parece no verte. Mira con sus ojos abiertos un pasado que se fue y que ya no volverá. Todas las mañanas, cuando termina de cantar, se levanta y se va. Sé que vive en una residencia de ancianos rodeado de abuelos como él. Sé que le cuidan bien y que le atienden con cariño.  Su vida presente no le interesa. Por eso, todos los días, escapa durante un rato a su pasado. Por eso viene solo, para que nada ni nadie le recuerde sus días y sus noches sin futuro. Solo, rememora la vida que vivió. Vida que le trajo hasta aquí sin su permiso. Recuerda la música que le acompañó, la música que formó parte de su historia, de sus pasos y de sus amores. Recuerda aquellos bailes que aún hoy, si cierra los ojos, le hacen girar por la plaza de un pueblo perdido. Le hacen sentir otra mano agarrada a la suya. Le hacen sentir de nuevo la vida.

Cuando se levanta y se va se hace el silencio. El sonido de su bastón se va alejando poco a poco. El parque queda vacío. Silencioso. Solo. A veces, me acerco a su banco y me siento. Si cierro los ojos y escucho atentamente llegan de lo lejos  canciones que yo nunca escuché, melodías que llenaron de vida y sentido otras vidas. Sonidos que poblaron otros tiempos y que vagan dolorosos en busca de recuerdos.

Sé que el abuelo dejó sus emociones enterradas en el tiempo. Me gustaría que supiera que yo todavía me emociono al verlo.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya sólo somos pasado?

Viejas canciones se pierden en el tiempo y en el espacio. ¿Qué será de ellas cuando nadie las recuerde?

Cuando el abuelo ya no cante se llevará con él el tiempo. Entonces, aunque me siente en su banco, aunque cierre los ojos y con todas mis fuerzas lo intente, nada escucharé. Sólo habrá silencio.

En el jardín

Mi antiguo jardín ocupó muchas horas de mis días y de mis noches. Pensé que aquel era mi lugar en la tierra, mi sitio en el mundo. Aún recuerdo sus colores, olores, luces y sabores. Siento nostalgia a veces. Lo siento tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Ahora vivo en otro jardín, no es igual pero cada día que pasa lo hago un poco más mío, más casa. Sus colores los asemejan. Aquel más verde, este más piedra. Aquel más sombra, este más luz. Aquel paisaje infinito, este paisaje cercano. Los dos, espero, lugares en el mundo que yo he escogido. Para estar, para vivir.

Estos días estoy solo y por las mañanas me siento a la mesa del porche y trabajo. Levanto la vista y observo con admiración la vida que silenciosa me acompaña. Un abeto azul al frente,  un olivo a mi derecha y dos granados creando la sombra que me cobijará cuando descanse. Al fondo una higuera casi llena. Lavanda, tomillo, lovelias, geranios. Orégano, hierbabuena y crasas. Todo me rodea. Vida y color que hacen que mi trabajo se aligere. Que mi despacho de verano sea, tal vez, el más hermoso del mundo.

Escribo esto sentado a mi mesa en la sombra. Ya se me ha echado la tarde. La luz es más dorada. El viento se ha levantado. Escribo y miro. Miro y escribo de lo único que ahora importa. Luces y colores que todo lo llenan. No hay sitio para más en mi cabeza. Sólo quiero ser ojos.