Del dicho al hecho

Todas las personas tienen derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio y sin importar las fronteras. Esto es lo que dice el artículo 19 de la declaración universal de los derechos humanos.

Existe en España una corriente de opinión que aboga por establecer como delito la apología del franquismo. Bajo el argumento de que que no se puede homenajear a tiranos se defiende el castigo para quien los ensalce. No son las palabras las que delinquen sino los actos. Lo que se diga carece de importancia si no incita a poner en práctica actos de odio y violencia. Por muy repugnate que pueda resultarnos una idea al ser expresada no deja de ser una idea. Palabras que cualquiera puede lanzar al viento. Opiniones que quien quiera puede verter.

La libertad de expresión no debería tener límites. Definir la frontera entre palabra y acto es lo difícil. Demostrar que lo dicho ha provocado lo hecho es lo que debiera preocupar a los juristas. La justicia que castiga las palabras no es justicia.

Se está juzgando en España en estos días a un conocido actor por haber herido la sensibilidad de algunos creyentes católicos con unas palabras sobre dios y la virgen. Gracia, no para él, tendría que fuera condenado por decir palabras que no han desencadenado ningún acto. Ser condenado por hablar, ser castigado por decir en alto cualquier cosa es un absurdo. Alegar para ello que lo dicho ofende no se sostiene. La sensación de haber sido ofendido sí, por supuesto, todos somos libres de sentir lo que queramos, el castigo no. Las palabras se las lleva el viento. Los actos tienen consecuencias y estos sí, se quedan. Defender que las palabras son causa pero no mostrar más consecuencia que mi ofensa podrá servir para que yo no perdone pero nunca para defender una justicia punitiva que defienda a los ofendidos y castigue a los ofensores.

¿Cuáles han de ser los colectivos protegidos ante las ofensas verbales? ¿Los de género distinto, los niños, los de orientación sexual diferente, los de otro color, las víctimas de violencia física o política, los sin techo, los de países extraños, los creyentes en sea cual sea el credo, los otros?

Sentirse ofendido incluso odiado puede ser, dependiendo del caso, ridículo o terrible. En lo terrible no hay broma posible. Quien hablando provoca ofensa dolor y odio es despreciable. Quien se ofende es libre de hacerlo pero no siempre es respetable. Sería infinito hacer un catálogo de posibles ofendidos.

No hay mala voluntad en quien quiere prohibir o castigar ideas que nos resultan repugnantes. No hay maldad en el propósito de eliminar la posibilidad de expresarlas pero sí hay error porque confunde palabra y acción. Idea, causa y consecuencia.

La libertad de expresión nos condena a escuchar lo que no queremos escuchar, a apretar los dientes y tragarnos la rabia, a compadecer a los que en muchas ocasiones pueden sentirse de verdad ofendidos.

La libertad de expresión nos permite, también, contestar palabras con palabras, 0piniones con opiniones que nos hacen sentir más dignos, ideas con ideas que nos elevan por encima de la basura. La libertad de expresión nos permite, del mismo modo, reirnos, de los ridículamente ofendidos y sobre todo, no respetar las palabras, ideas u opiniones que no merecen nuestro respeto. Es siempre importante recordar que las  personas, aunque a veces nos cueste una úlcera, merecen respeto pero no sus opiniones y la libertad de expresión me permite despreciar las ideas y opiniones despreciables y también, evidentemente, las ofensas gazmoñas y ridículas .

Justicia, castiga, en todo caso, al que me haga daño, no al que se limite a querer hacerlo, diciéndolo. De ese, espero, poder defenderme yo solito.

Que los creyentes pidan a sus dioses que les defiendan de quienes les ofenden. Yo prefiero que la justicia ocupe su tiempo en actuar contra los que nos hacen víctimas de sus acciones.

Nos podemos reír de casi todo lo que un rubio presidente dice. Lo que nos debe preocupar es lo que hace. Nos podemos reír de todo lo que al actor español le dicen en el juicio por su ofensas sus ofendidos. Lo que nos debe preocupar es lo que la justicia haga contra él en defensa de los ofendidos. Nos podemos reír de todo lo que dicen y piensan los nostálgicos de dictadores trasnochados. Lo que nos debe preocupar es que haya gente que hace, votando a favor de partidos que defienden lo que los sátrapas defendieron.

Todas las personas tiene derecho decir libremente lo que piensan. Todas las personas deben responder por sus actos. Todas las personas tienen derecho a sentirse ofendidas porque, además, es inevitable. Nadie debe ser condenado por sus ideas. Lo debe ser por sus actos, relizados o incitados. Nadie puede perseguir ni castigar al que ofende porque en tal caso todos seríamos perseguidos y castigados. Todos ofendemos y todos nos podemos sentir ofendidos.

Tan lejos ha de llegar la libertad. Aunque a veces escuchar lo que se escucha nos haga cerrar los puños con rabia infinita.

Del dicho al hecho hay un trecho. Se llama libertad de expresión.

Historia de dos canciones

Bill publicó un par de discos en los años setenta. Casi nadie los recuerda. Tan pocas copias vendió que tuvo que decir adiós al sueño de vivir haciendo lo que le gustaba. Ha pasado cuarenta años cantando en el salón de su casa con un vecino y amigo como único testigo. Esas cuatro paredes guardan los sonidos y las palabras que han alimentado su alma y su vida en las últimas décadas.

El resto de su tiempo lo pasó trabajando en fábricas y tiendas para ganarse la vida.

Toda una vida después su música empieza a oírse otra vez. A Jeff, cantante del famoso grupo W.,siempre le gustaron las canciones olvidadas del viejo y olvidado Bill. En algún concierto incluía alguna de ellas. Con el tiempo llamó a su amigo y le hizo subirse al escenario de nuevo. Septuagenario ya, Bill ha vuelto a publicar un par de discos. Con muchos años a cuestas pero con más emoción si cabe, nos regala trozos de inspiración. Palabras vestidas de música. Sentido y sensibilidad.

Los magros beneficios que obtiene por su música los dona a Médicos sin Fronteras.

The never ending happening
Of what’s to be and what has been
Just to be a part of it
Is astonishing to me
The never ending happening
Of waves crashing against the cliffs
The falling seed the wind carries
The never ending happening
Souls arriving constantly
From the shores of eternity
Birds and bees and butterflies
Parade before my eyes
The never ending happening
Of the four winds changing direction
Nightfall stars sun rise again
Birdsong before the day begins
For some it’s like tight-rope walkin’
Blindfolded and shaking
On either side fear and pain
For some it’s like tight-rope walking
The never ending happening
Of war evermore and sore famine
Yearning for the day to be
When God will roll his stone away
The never ending happening
Of what ‘s to be and what has been
Just to be a part of it
Is astonishing to me

En el año 1993 Counting Crows publicó un disco extraordinario llamado August and everything after. En la portada del disco podíamos leer parte de la letra de una canción que misteriosamente no venía incluída en el disco. La canción, se supo más tarde, estaba inacabada y permaneció en un cajón durante más de veinte años. Hoy, Adam, una vida después, la ha terminado. Como un regalo inesperado la tenemos que acoger. Es difícil decir algo después de diez minutos de verdad y de vida.

La espera, es evidente, ha merecido la pena

They’re waking up Maria
because everybody else has got someplace to go
And she makes a little motion with her head, rolls over
And says she’s gonna sleep for a couple minutes more
I said “I’m sorry” to Maria for the coldhearted things that I have done
I’ve said I’m sorry, by now, at least once, to just about everyone
She says “I’ve forgotten what I’m supposed to do today,
It slips my mind what I’m supposed to say”
We’re getting older, and older,
And older
And always a little further out of the way
You look into her eyes
And it’s more than your heart will allow
In August and everything after
You get a little less than you expected, somehow.
Well I stumbled into Washington Square
Just as the sun began to rise
And I lay down on the lawn of the cathedral
Right there in the shadow of St. Mary’s in the sky
And I’m just one of these late-model children
Waiting for the King
Yeah, but there ain’t no sign of Elvis in San Francisco
It’s just me, and I’m playin’ this rock and roll thing
And she wants to be just like me
And I want every damn thing I can see
And one day
You’re daddy’s little angel
The next day you’re everything he wanted you to be
They dress you up in white satin
And they give you your very own pair of wings
In August and everything after
I’m after everything
Said la la la…
Well I got my reservations and I got myself a million-dollar home
Yeah and I got, I got the number of some girl in New York City
Who’s always wide awake so I never have to spend the night alone
I got this nasty little habit of peeking down the shirts
Of all the little girls as they pass me by
And I wonder, when it all catches up to me
Do you think they’ll take me down? Do you think I’m gonna cry?
Yeah, well I already got my disease
So take you fucking filthy hands off of me
Well I hope you weren’t expecting me to be crucified
The best that they can do is just to hang me from the nearest tree
It’s midnight in San Francisco and I am waiting here for Jesus on my knees
In August and everything after
I want somebody else to plead for me
I said, la la la…
Well I came down from North Dakota
Because I had confidence in the military mind
But now everyone I know is turning showgirl
Just dancin’ with their shirt off in some Las Vegas hotel line
So I’m goin’ to New York City because it got a little sleazy here for me
When I find myself alone, I know I’m never going home
I make the changes, the changes that I need
But I no longer know how to pray
Man, I live in dogtown and it’s a Dalmatian parade
I changed my spots over and over
But they never seem to fade
Away
Now I am the last remaining Indian
Lookin’ for the place where the buffalo roam
In August and everything after
Man, them buffalo ain’t never comin’ home
I said in August and everything after,
Man, them buffalo ain’t never comin’ home
So I said la la la…

El hombre que vendía calcetines

Esta mañana he dado un largo paseo por un mundo desierto. El cielo estaba azul y el sol de invierno iluminaba el día con su luz transparente. He recorrido caminos solitarios. Sólo algunas flores blancas a los costados.

El campo estaba dormido, oscuro, ajado. Sólo algún verde aislado y el marrón de la tierra removida tenían cierta vida.

Árboles desnudos, sin sombra. Parecían tener frío.

He seguido mi camino escuchando el sonido de mis pasos sobre la tierra. He dejado que la luz y el frío me acompañaran. Invierno hecho día.

He llegado a un pueblo que parecía vacío. Las calles desiertas, las casas cerradas, chimeneas sin humo.

He buscado alguna señal de vida. Algún sonido perdido. Una voz, un ladrido. Nada. Todo era silencio. Las casas de piedra. Luces y sombras en las fachadas. Alguna flor olvidada.

Creo que he recorrido todas sus calles, he dado vuelta a todas sus esquinas  y no he visto ni un alma. Cuando ya me iba, rompiendo el sonoro silencio ha llegado un coche. Cuando me ha adelantado yo estaba detenido junto a una ventana cerrada.

Calle arriba he visto a un hombre descender del coche. Llevaba una bolsa en su mano. Ha mirado a su alrededor y no ha encontrado a nadie. Justo cuando parecía marcharse me ha oído llegar y se me ha acercado. Buen hombre, me ha dicho, pasaba por aquí, ha abierto su bolsa, y me ha ofrecido comprarle su mercancía. Ando por aquí, vendiendo calcetines. Torpe de mí, avergonzado de estar paseando, mirando paredes y flores, le he dicho que no. He musitado una excusa y me he ido deprisa. Sólo unos segundos más tarde le he visto alejarse en su coche.

Buen hombre, me ha dicho, y me ha impresionado. No se me iban las palabras de la cabeza. Sólo sentía arrepentimiento por haber escapado y no haberle comprado nada. He vuelto a recorrer las calles del pueblo y no le he encontrado. En los pueblos desiertos nadie compra calcetines. Aturdido he vuelto al camino y no he podido dejar de pensar en el hombre que me había llamado buen hombre.

Camino de casa, me he detenido en la ermita.

Paseando entre sus arcos de piedra he rogado al dios en que no creo que ayude a los hombres y mujeres que tienen que vender calcetines en pueblos perdidos para ganarse la vida. He pedido también perdón por huir a toda prisa de los problemas ajenos.

Cabizbajo he pasado un rato más tarde junto al árbol desde el que se divisa mi casa.

Ahora, ya caída la tarde, el cielo azul oscuro, casi negro, rememoro el paseo que hace sólo unas horas he dado. Se me han borrado las luces, el sol, los caminos, las casas y las ventanas. No recuerdo ya las pocas flores ni los árboles desnudos. Recuerdo, sin embargo, claramente, la cara del hombre que me ha llamado buen hombre y me ha ofrecido comprarle unos calcetines. Siento aún, cuando le miro, vergüenza y arrepentimiento.

La luna asoma y yo entro en casa.

Imagino que será la misma luna que mira el hombre que vende calcetines.

 

Siempre navidad

Cae la tarde. Fuera empieza a estar oscuro. Enciendo las luces. Escucho a Dexter tocar. La noche llega para quedarse. Espero que las palabras no basten para llenarla. Quisiera decir tantas cosas. Quisiera también callar. No hay nieve. No hace frío. No huele a invierno. A pesar de todo es navidad. Sin quererlo veo al niño que fui. Imposible evitarlo. La navidad siempre es pasado. Allí estaba yo. Aquí estoy ahora recordándome.

¡Feliz navidad!

Últimamente

Paseo mucho últimamente. Tanto que si no lo hago padezco síndrome de abstinencia. Necesito moverme y cada vez lo hago más rápido. Caminar, poner una pierna por delante de la otra ya no es suficiente. El movimiento me arrastra, me voy con él y me pierdo. A medida que avanzo todo lo demás parece detenerse y esa soledad acelerada me engulle. Devoro metros y me concentro sólo en el paso siguiente. Ejercicio para el cuerpo, descanso para la mente. La mente en blanco no está en la quietud sino en el movimiento.

Duermo mejor últimamente. Sé, por primera vez en mi vida, que no me va costar conciliar el sueño. Sé que no voy a ser presa de ideas, palabras y pensamientos obsesivos. Puedo cerrar los ojos y sentir como caigo sin remedio en el silencio. Ya no me persigue como perro adiestrado, ya no tiene poder sobre mí, ese que vive en mi interior y que se adueñaba sin piedad de mis ojos cerrados. Duermo mejor últimamente, pocas horas lo sé, pero cuando despierto abro los ojos, no los cierro.

Escucho mucha música últimamente. Pasea conmigo, escribe conmigo, vive conmigo. Me sigue enseñando cosas nuevas cada día. Después de tanta palabra me quedo mudo y asiento. La música es la verdad y la vida. Se siente y se sabe. No hace falta explicación alguna. Tanto defender la razón, tanto pensar sin remedio, tanto escribir, tanto hablar para al final atisbar la verdad sólo en la emoción y el sentimiento.

La política me interesa mucho últimamente. Me cuesta reconocerlo pero es cierto. Siempre he vivido en mí mismo. Nunca he podido pertenecer a un grupo. Huyo de manifestaciones conjuntas. No puedo ser simultáneo ni armónico. A pesar de ello, nunca es tarde, me interesa cada vez más el grupo. No como tal sino pensado en individuos que conviven. Las personas, tú y yo, nosotros, ellos, tenemos problemas y me gusta pensar en cómo resolverlos. Tratar de llegar a lo más justo merece todos los desvelos. Siempre he vivido más allá. Quiero también el ahora.

Leo mucho últimamente. Leo todas la noches y sigo quedándome boquiabierto ante lo que pueden hacer unas palabras tras otras. No importa que día haya pasado. Me da igual qué será de mí mañana. Meterme en la cama, apagar todas las luces menos esa que ilumina la página aún por leer, pasar las hojas sin darme cuenta, leer lo que sé que otros han escrito par mí y perderme entre ideas y vidas diferentes, quedarme absorto. Eso es vivir también, es otra forma de respirar.

Pienso mucho últimamente. Cada vez más en mi pasado y en el futuro de otros. Eso me da miedo. No quiero. Es como quedarse quieto. Tú eres hasta hoy  y ellos son a partir de mañana. Lucho denodádamente por no abandonarme y seguir hacia adelante. Vivir y pensar a pesar del tiempo. El pasado es refugio pero la nostalgia se esconde agazapada. El futuro da miedo pero es sólo para los valientes. Me gustaría ser un valiente sin nostalgia. Lo intento.

No salgo mucho últimamente. La rutina me ordena la mente. Mi casa, mi mesa, mis libros, mi música están siempre ahí, no tengo que ir a buscarlos. El bote redondo de los lápices, las tres cajas plateadas, el teléfono que ya no suena, los papeles que ordeno y desordeno constantemente, el mantel de la mesa, la mochila negra, las fotografías que me miran cuando yo no las miro, el sofá rojo, las paredes blancas, los recuerdos que llenan todos los silencios.

Me repito mucho últimamente. Pienso en las mismas cosas, recorro los mismos caminos, escribo las mismas palabras, veo las mismas caras, me siento a la misma mesa, duermo en la misma cama, añoro los mismos momentos, deseo lo mismo que ayer deseaba. Me repito mucho últimamente y no me importa. Es como si cada vez existieran menos cosas importantes.

Menos es más. Tanto tiempo para descubrir lo que ya estaba descubierto.

Atrapado en el tiempo

Puedes tratar de sacar todo lo que quieras de tu mente. Puedes soñar con que el olvido se haga cargo de todo. Puedes vivir como si tus fantasmas ya no existen. Puedes repetirte una y mil veces que el pasado se ha convertido en presente. Puedes incluso fingir que sientes lo que no sientes. Puedes mirar atrás sin dolor de punzadas en la frente. Puedes, pero, cuando el tiempo del que huyes te alcanza, sabes que mientes.

Todo acaba por volver. Siempre que cierras los ojos te quedas completamente solo. Entonces, en ese silencio oscuro, la mentira se desvanece y agazapada la verdad se manifiesta indiferente. La ves y aceptas humildemente que estás atrapado en el tiempo. Cárcel sin la que no puedes vivir. Camino del que no puedes salir. No tiene límites ni abismos a su costado. No tiene principio ni fin. Tu vida sin él no es vida. Es nada o no es nada. Lo mismo da.

Sientes que cada vez el tiempo es más presente. Ahora que el pasado no se va, tienes que tratar de ser fuerte. No te dejes tentar por las caricias tramposas de la memoria. Los recuerdos te acompañan y a veces te hacen sonreír. Los recuerdos llegan para quedarse. Y lo hacen. Ganan siempre la batalla. Tú eres presa fácil. Los acoges y los guardas. Ten cuidado. Son afilados. Tienen dientes, tienes garras y hieren como amenazas.

No dejes de mirar al frente. Haz de tu vida un presente continuo que no te abandone. Tienes recuerdos, tienes sueños, de ambos estás hecho. Ahora es lo importante. Si no lo aceptas el abismo te espera. Caer es fácil. El ascenso te cuesta la vida. No te diluyas, permanece. No permitas que tu tiempo sea pasado, no lo conviertas en anhelos futuros. Pisa fuerte y mira la huella que dejas en cada instante.

La única solución que tienes es vivir en la mentira del presente. Sabes que no existe pero no importa, solo en él puedes quedarte. La verdad del pasado no puede devorarte. Miéntete, engáñate sabiendo que lo haces. Ser consciente te hará fuerte. Si vives en la mentira del tiempo por qué no vas a hacerlo en el presente.

Memoria, recuerdos, pasado, futuro y presente. Una y otra vez vuelves a lo mismo. No te quedan palabras para otras cosas. Es obsesivo. Pensamiento persistente. Latido constante en tu mente. Te lo dije, no puedes huir por mucho que lo intentes. Sueña si quieres con vaciarte, sueña con el olvido que nunca llega. Sueña, pero vive mientras tanto en el tiempo que no cesa.

Eres pasado que ya no existe. Tienes ante ti un futuro probable pero incierto. Sólo te queda agarrarte al presente que se desvanece a cada instante. Cuando cierres los ojos, duerme. No pienses, no sueñes. Simplemente duerme.

A las cinco de la tarde

Cinco de la tarde del sábado treinta de septiembre de dos mil diecinueve. En la casa de enfrente todas las ventanas están quietas. El cielo está azul pero la temperatura empieza a alejarse del verano. Dudo entre seguir en silencio o llenarlo de música. Tengo que trabajar pero no me siento con ganas. Estoy solo. Luego saldré, tal vez, a dar un largo paseo. Debería trabajar un par de horas. Mientras lo decido pulso al azar estas teclas, derramo palabras que juntas parecen cobrar vida. Al verlas, una tras otra, negro sobre blanco, vuelvo a estar seguro de que primero fue el lenguaje y luego el pensamiento.

Suena ya la música y me detengo. Los objetos que me rodeaban inertes hasta hace un momento cobran vida. Existen. Los papeles, las fotografías, los libros, los lápices y los bolígrafos tienen ahora un lugar en mi mundo. Sé que las cajas que tengo a mi derecha encierran en la oscuridad recuerdos que no veo. Sé que las fotografías y los dibujos me muestran tiempos pasados en los que yo estuve y a los que ahora puedo transportarme sin tan siquiera cerrar los ojos. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que el tiempo existe para que yo tenga recuerdos.

Miro por la ventana. La calle está desierta. Se oye el ladrido de un perro a lo lejos. Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo en dejarme solo. Nadie pasea, ningún coche rompe el silencio. Las ramas de los árboles se mecen suavemente. En los bancos al sol ningún abuelo se sienta. Todo esta quieto, todo es silencio y yo sé que no es cierto. Ellos están aunque no pueda verlos. Respiran como yo, ven lo mismo que yo y escuchan el lejano ladrido del perro. Sus cabezas no se asoman a las ventanas. Parecen agujeros negros. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que el espacio, quieto, es negrura y silencio.

Observo la habitación en la que me encuentro. Están todas las cosas que fuera de ella no tendrían sentido. La mesa de madera clara donde como, el sofá rojo en el que descanso, los libros llenan las paredes de colores, palabras y tiempo. Yo estoy en cada uno de ellos y ellos han ido, uno a uno, transformando lo que soy. Al mirarlos todos juntos dejan de ser uno a uno para ser parte del todo. Pienso en las horas que he pasado a la mesa conversando, me veo sentado en el sofá escuchando, soñando y durmiendo. Los libros han estado todos en mis manos. Al verlos, vuelvo a estar seguro de que leer es vivir dos veces.

Leo lo que he escrito. Son cuatrocientas cuarenta palabras nacidas la tarde de un sábado de otoño. No me interesa tanto si tienen sentido o no. Me maravilla el mero hecho de alumbrarlas. Qué sería de mí sin ellas. Probablemente nada. Lo que no tiene nombre no existe. Por eso el miedo, la tristeza, la soledad nacen en cuanto alguien las dice. Por eso también la alegría existe. Si no existieran palabras nadie estaría triste. Si no existieran las palabras nadie estaría. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que existo, de que es cierto todo lo que siento. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que he estado y si alguien las lee, se también que estaré mientras las pronuncie.

Aquí os quedáis ventanas, cielo, papeles, fotografías, lápices y libros. Aquí os dejo cajas plateadas, mesa de madera, sofá rojo y árboles tras los cristales. A permanecer aquí os condeno miedo, tristeza y soledad. Aquí se quedan también las palabras dichas. Un día os leeré y sabré quién era y quién soy. Me voy. Dejo de ser yo para ser sólo recuerdo. Al verme, vuelvo a estar seguro de que soy lenguaje, pensamiento, palabra y silencio.

Sólo la música permanece.

Señor presidente

Estoy hasta la coronilla, hasta los huevos, hasta los cojones de que sólo seas capaz de hacer mohínes. No soporto las estrategias ni a los estrategas cuando las decisiones son imperativos morales. Cuando uno tiene la obligación de hacer algo lo hace y basta. No importan las consecuencias. Es más, un imperativo moral no contempla consecuencias. La necesidad obliga a actuar. No se reflexiona, no se piensa, no se negocia, no se calcula no se pospone ni se procrastina. ¿Qué estás haciendo tú sino eso? Postergas la  decisión sobre algo que debe atenderse inmediatamente. Te contentas con sustituir decisiones por cínicas, egoístas y cómodas esperas. Calculas, taimado presidente, los momentos. Pones en la balanza cosas incomparables. No puedes tratar de equilibrar la desesperación, el sufrimiento, el dolor, la impotencia y la desgracia de muertos vivientes en medio del océano con tus intereses.

Me importa un carajo a qué país le corresponde tomar la iniciativa, me importa una mierda quién propone o quién dispone. Un imperativo categórico es aquel que declara una acción como necesaria. Que sea o no necesaria lo dispone la razón, la tuya, no la divina europa ni ninguna de sus divinas instituciones. El ejemplo clásico de imperativo categórico dice que si quiero el bien común no debo cometer un asesinato. ¿Se puede aplicar esto a los que como tú nada hacéis pudiéndolo hacer y además no dejáis a los demás hacer nada? Kant te lo explicó hace ya mucho tiempo: sólo tu voluntad de manera autónoma y basándose en la razón puede ser moral. Tu cobardía, tu dependencia de los demás te impiden ser libre. No actúas con autonomía y por tanto no eres libre. Sólo un ser autónomo y racional puede ser moral. Racional te lo concedo, autónomo te lo niego, no careces de moral, puedes juzgar perfectamente tus comportamientos, no eres amoral por tanto. Tus acciones o tus omisiones son inmorales, son la exacta definición de lo incorrecto y de lo malo.

Basta de imperativos morales y categóricos, basta de Kant, de autonomía, de libertad y de moral. Basta ya de actos y consecuencias. ¿Para qué perder tiempo con palabras que no entiendes?

No pueden hablar, no pueden expresarse, no pueden reunirse, son detenidos, extorsionados, chantajeados, disparados, apaleados, torturados, violados, esclavizados, asesinados. No tienen nadie que les ayude, no tienen futuro. Escapan como pueden. Es imparable. La muerte es mejor a quedarse.

¿Qué hacemos? ¿Qué haces señor presidente? No quiero disolver tu culpa en la nuestra. Yo puedo exigirte que actúes y no lo haces. Yo puedo exigirte que hables y callas. Yo puedo exigirte que me representes y te niegas a hacerlo. ¿Qué me queda sino arrepentirme de haber pensado bien de ti, de haber confiado en la regeneración que decías defender, de haberte considerado autónomo, racional libre y moral?

Llevo días sintiendo vergüenza. Sé que este barco en medio del mar es sólo un ejemplo. Sé que hay muchos barcos, muchos abandonados e ignorados. Sé que todos somos culpables, sé que todos somos inmorales, pero tú, señor presidente, lo eres un poco más por engañarnos.

Estoy avergonzado y pido perdón por haber tenido cierta esperanza.

Que te den, señor presidente.

Mi lucha

Va pasando el verano y aquí me encuentro, colgado en los últimos días de julio. No puedo quejarme. Estoy sentado en el jardín. El día es azul, la temperatura es suave. Tengo ante mí granados, olivos y la gran higuera que cada año me regala más sombra. Me estoy tomando un café y escucho a D. M. Estoy solo.

Cada vez me interesa escribir sobre menos cosas. Sólo yo soy el centro de mi atención, me doy miedo. Este verano estoy leyendo a Knausgard. Yo, como él, pienso en mi vida como medida de todas las cosas. Me interesa el mundo, observo todo lo que pasa, espío la vida de las personas. Es como si todo lo viera a través de la ventana. Soy James Stewart en La ventana indiscreta. Permanezco inmóvil, agazapado. Observo, pienso, fisgo, espío, imagino,especulo, invento. A pesar de todo, al final del día, me acuesto, cierro los ojos y allí estoy yo, esperándome. Diminuto universo que encierra todas las galaxias que me habitan. No puedo salir de mí, cada vez menos. Atrapado. Ya sólo me queda mi punto de vista.

Leo, miro, escucho, discuto y me apasiono con lo que digo. Pienso en ellos y ellas, los echo de menos. Hago planes. I look forward to. Al final, cuando me siento ante la página en blanco, sólo soy yo de quien hablo y de quien callo. Es como si las palabras sobre el papel tuvieran más peso, más importancia. No está el viento para llevárselas, no sé ni si el tiempo. Se me hace muy difícil hablar en tercera persona. Siento que finjo. No es que yo me considere el tema más importante. No es que nada me importe. Sucede que cuando escribo, como Knausgard, pienso en mí todo el tiempo. Yo soy mi lucha. Hay muchas cosas importantes pero mientras no gane, esa lucha se me impone. No son pequeñas batallas. No valen planes ni estrategias para derrotar al monstruo. No soy mi pesadilla . Soy, ya lo he dicho, mi lucha.

Canta S.M. a mi lado. Me detengo un instante. La música es la única que me saca de mí. No sé a dónde me lleva, pero me lleva. Con ella sí me disuelvo. En el mundo, en el paisaje o en el mismo aire que me rodea. Todo es diferente con ella. Me transporta, me recuerda, me pone en trance y mi mirada se pierde en un universo paralelo. Allí quiero quedarme pero siempre vuelvo a mí. A mis granados, a mi olivo, a mi higuera, a mi mesa de madera. A las palabras que quedaron quietas. Canta B.C. y callo. It’s my hope.

Mi familia, mi mujer, mis hijas son yo porque yo las pienso y las siento.Mis amigos, lo son porque yo los quiero. Mis libros y mis cosas son yo porque yo los leo y las veo. Mis palabras son yo porque yo las escribo y las digo. El tiempo soy yo porque yo lo vivo o lo pierdo. Yo, a pesar de mil circunstancias, soy yo. Todo en un instante y nada cuando desaparezca. O sí, tal vez unas cuantas palabras que alguien alguna vez diga, piense o calle.

Puedo contar mi vida hasta los detalles más íntimos, puedo contar mis días minuto a minuto, puedo decir lo que pienso sobre todos los temas que pasan por mi mente, puedo hablar sin callar, escribir sin parar pero nada de esto me interesa. Knausgard lo hace. Yo no, pero en el fondo hacemos lo mismo. Luchar.

Luchar es entenderse, explicarse. Cerrar los ojos y verse. Luchar es ver el mundo a través de uno. Luchar es ser consciente de lo que uno siente. Luchar es pensar y ser consecuente. Luchar es vivir. Esa es la única pelea que nos queda.

Escucho a M. Ya no lucho ni pienso. Sólo siento. That’s all.