No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Cuando todo está oscuro

Cuando todo está oscuro, cuando todo está quieto, cuando ocultos en la noche cerramos los ojos y tratamos de no pensar en nada. Cuando entre las sábanas todo es difuso. Cuando se acaba hoy y no queremos mañana. Cuando tú y yo estamos juntos y a infinita distancia. Cuando el sueño trata de doblegar la consciencia. Cuando vemos bajo los párpados más nítidamente que a la luz del día. Cuando empezamos a sospechar qué puede ser la muerte. Cuando nos vamos, poco a poco, hundiendo en el dulce olvido de la nada. Cuando caemos, al fin, fuera del tiempo. Cuando sin luz ni consciencia creemos encontrar la paz del descanso. Surgen entonces imágenes, palabras, sonidos. recuerdos desfigurados, rostros ocultos, deseos desvelados. Todos mezclados, todos sin la estricta lógica del tiempo ordenado. Aparecen miedos que nos agitan, obsesiones disfrazadas para hacerse irreconocibles, palabras dichas entonces pero entendidas ahora. Nuestros ojos se mueven bajo los párpados, ven sin luz, no pueden detenerse. Nuestro cuerpo inconsciente se agita, se mueve, camina e incluso vuela sin dejar de estar completamente inmóvil. El descanso, la paz, la dulce muerte dejan paso a las inquietudes del alma. La vida continúa.

Al abrir los ojos, perdidos aún entre dos mundos, vamos lentamente recobrando una consciencia y perdiendo la otra. Aparecen de nuevo los objetos que nos devuelven al mundo mensurable. La lámpara, el cuadro en la pared, los libros en la mesilla y el reloj que incansable deja escapar los segundos. A mi lado sigues tú fuera aún de este mundo. Respiras tranquila, estás quieta. Transmites paz pero yo sé que allí adentro no corre el tiempo y mezclas en un presente continuo las calles de tu infancia, personas que no están, visitas inesperadas, caras desconocidas, miedos olvidados y mundos perdidos.

También tú despiertas. Abres los ojos, los vuelves a cerrar para permanecer allí donde estabas. También tú entre dos mundos que por un instante se mezclan. Al final la hiriente luz del día te saca del limbo buscado que habitabas. Ahora sí, el olvido se hace dueño y sólo ves ante ti el tiempo marcando las horas.

Me levanto. Te levantas. El mundo que hasta hace poco habitábamos se escurre como agua entre los dedos, se va, es imposible detenerlo. Humo desvanecido por el viento.

Miro la hora, miro a través de la ventana. El cielo está gris. La calle aún está vacía. Huele a café. El agua está caliente. La ropa en el armario. Ordeno mis papeles. Antes de irme miro la cama blanca. Aún conserva el contorno de los cuerpos. No puedo recordar el mundo del que vengo. Sé que está ahí. Sé que se escapa.

Abro la puerta. Doy un paso adelante. Me engulle el tiempo.

Arde París

Ayer por la tarde me enteré, como se enteró todo el mundo, de que Notre Dame de París estaba ardiendo. Ayer por la noche vi en televisión, por las noticias, como vio todo el mundo, imágenes de Notre Dame de París ardiendo. Ayer me acosté y en la radio trataban de describir el horror de las llamas que devoraban Notre Dame de París. Esta mañana he visto en los periódicos, como todo el mundo,  imágenes de Notre Dame de París ardiendo. He visto también las caras de los testigos que asistían impotentes al poder del fuego destructor. Algunos lloraban, otros, de rodillas, imploraban por el milagro. La mayoría sacaba fotografías.

Todos los periódicos, todas las radios, todas las televisiones hablan de lo mismo. Repiten las mismas frases, muestran las mismas imágenes. Todos los teléfonos móviles envían los mismos mensajes. Todos los políticos muestran su solidaridad con el pueblo francés y compadecen su enorme tragedia.

Incluso yo, que siendo niño asistí a un impresionante incendio y todavía conservo grabadas las imágenes de las llamas asomando por las ventanas de aquel edificio. Incluso yo, que quedé marcado por aquel terrible espectáculo, no he podido permanecer impasible ante la caída de la aguja de Notre Dame. Incluso yo, que como toda Europa, al menos, he visitado ese edificio, no he podido dejar de sentirme impresionado.

La gran noticia de esta mañana, para compensar tanta tragedia, era que el pueblo francés, en un ejemplo de bondad sin parangón, había donado ya trescientos cincuenta millones de euros para la reconstrucción de la iglesia. No sólo eso, también los miembros del parlamento europeo han propuesto donar para la misma causa trescientos veinte euros cada uno. Cantidad que coincide con lo que cobran al día en concepto de dietas.

Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Yemen el setenta y cinco por ciento de la población depende de la ayuda humanitaria que prefiere apagar incendios. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Libia son víctimas de tortura, esclavitud, tráfico sexual y detenciones ilegales. El dinero de los europarlamentarios prefiere pagar a restauradores de lienzos y esculturas. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París más de seiscientos mil Rohingya han tenido que abandonar sus casas, son perseguidos, asesinadas y violadas pero los medios de comunicación nos muestran una y otra vez la terrible imagen del tejado de Notre Dame ardiendo. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París tres de cada cuatro sirios han tenido que abandonar sus casas a causa de los bombardeos pero los creyentes se arrodillan en las calles de París rezando por salvar al jorobado de Notre Dame. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París más de once millones de personas en Irak son perseguidas por el estado islámico. Nos duele más la incertidumbre de si las gárgolas de Notre Dame aguantarán los embates del fuego y del agua. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en la República Democrática del Congo se suceden incesantemente casos de abuso sexual contra mujeres y de robo de niños. Mientras tanto todos adoramos a los intrépidos bomberos que lanzan agua sobre el fuego parisino. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en la República Centroafricana miles de niños son obligados a trabajar, a convertirse en esclavos sexuales o a ser niños soldados. Europa y el mundo, prefiere rascarse el bolsillo para poner piedra sobre piedra lo que el fuego ha destruido. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Somalia y en Sudán del Sur se mueren de hambre, así de simple. Qué bonito celebrar simultáneamente la unión del mundo entero ante las desgracias verdaderas. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París miles de ancianos en Ucrania no tienen medicinas ni ningún combustible con el que calentarse. Hoy, sin embargo, dentro de la desgracia, entrevemos ya, y en no mucho tiempo, una Notre Dame reconstruida. Qué buenos somos y cómo olvidamos fronteras cuando una causa lo merece.

Notre Dame de París resurgirá de sus cenizas. Lo decimos, lo creemos y sonreímos.

Ojalá Notre Dame arda en los infiernos por los tiempos de los tiempos si ese fuera el precio a pagar por la vida de un solo ucraniano, somalí, sudanés, centroafricano, congolés, irakí, sirio, rohingya, libio o yemení.

Ojalá Notre Dame se consuma hasta los cimientos si a cambio la injusticia nos conmueve más que la desgracia.

Ojalá Notre Dame de París sea sólo un recuerdo si al mirarnos al espejo no nos avergonzamos.

Auschwitz

Hace una semana estuve en Auschwitz. No pensaba escribir una sola palabra sobre ello. Cuando estuve allí lo que más recuerdo es el silencio. A él pensaba seguir anclado. Hoy al recordarlo me siento confundido. ¿Cómo se puede recordar con nostalgia la visita al centro del horror? No lo sé pero la siento. Siempre había imaginado Auschwitz bajo un cielo nublado. Todas las imágenes que de él tenía en mi cabeza eran en blanco y negro. Siempre inundado de frío. El día que yo fui el cielo estaba despejado y el sol daba color al blanco y al negro. Paseé por Auschwitz y por Birkenau. No vi fantasmas vagando por sus restos. Sentí paz y recogimiento. Vi barracones vacíos, patios de fusilamiento, horcas, celdas de castigo, letrinas, cámaras de gas, pelo humano, zapatos, utensilios de cocina amontonados, fotografías de hombres y mujeres que de allí nunca salieron. Compadecí el frío, el hambre y el miedo que todos ellos padecieron. Me sentí inmensamente unido a todas las personas que allí estuvieron. Nada de lo que vi tiene sentido. Auschwitz es precisamente un sinsentido. Es inútil tratar de entenderlo, de racionalizarlo. Me sentí como uno se puede sentir en un cementerio: silencioso y tranquilo. Pesa mucho el dolor, pesan demasiado la desesperanza y el olvido. Por eso cuando estuve allí, cuando recorrí por fin aquellos caminos hechos con tanto sufrimiento sentí la paz que solo da la compasión verdadera.

No quise sacar ninguna fotografía. Me daba vergüenza llevar una cámara a un lugar como aquel, mirar a través del objetivo. Justo cuando salí del campo el sol se estaba poniendo. Me di media vuelta y lo vi todo pintado de amarillo. Ese sol me pareció otra señal de paz, de belleza donde antes vivió el horror. Ahora sí. No pude evitarlo. Saqué el móvil y me despedí del campo llevándome esa luz conmigo.

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Ha pasado una semana. Estoy de nuevo en casa. Todos los días lo recuerdo y todos los días me sorprendo. No siento amargura, no siento pena ni dolor. Para mí es como un secreto. Me veo caminando entre los barracones vacíos, pensaba que el ruido del horror haría insoportables los recuerdos. Siento al contrario, aún todavía, la paz que da el hermanamiento. Siento que allí no había que hacer nada más que eso, sentir. Esto sucede pocas veces. Cuando sólo se siente, sobra todo lo demás. La vida es vida aún en medio de tanto sufrimiento. Soy egoísta, lo reconozco. Estoy sacando partido de lo que otros sufrieron. Me sentía en deuda. Fui para pagarla y me volví con su regalo. En vez de llevar yo más dolor, ellos me regalaron paz. La que no tuvieron.

Sé que es injusto. Sé que allí murieron centenares de miles pero, aquella tarde a mi me acompañó uno de los pocos supervivientes. Creo quP.Le he leído muchos libros en mi vida. Algunos los guardo para siempre conmigo. Me han marcado, me han cambiado, me han mejorado. Forman parte de mi. Son tesoros privados. Son como amigos íntimos que están siempre a mi lado. De entre todos ellos hay uno, sin embargo, que no me canso de mencionar, recomendar y empujar a su lectura. Está siempre al alcance de mi mano. Duerme a la izquierda de mi cama. Siempre está allí. Siempre lo veo. Primo Levi llegó para quedarse. Si esto es un hombre debería ser de obligada lectura. Primo Levi es mi amigo y mi maestro. Conmigo está todos los días, pero hace una semana caminó junto a mi bajo el extraño sol de tierras polacas.

Lo que se puede aprender de Primo Levi es terrible y aleccionador. Lo que yo aprendí paseando entre tanto dolor y sufrimiento es así mismo terrible porque terrible es el horror del que es capaz el ser humano y aleccionador porque la compasión es tal vez, la virtud que nos hace más humanos. Sí Primo, tu eras un hombre y todos los que contigo estaban eran hombres y mujeres.  Os hicieron dudar de vuestra humanidad pero nunca la perdisteis.  Yo también me hice más humano con tus palabras. Por eso fui a visitarte una soleada tarde de invierno. Auschwitz ya nunca será el horror que quisieron que fuera. Personas como tú lo convertisteis en un lugar lleno de vida en medio de la muerte. Personas como tú, consiguieron con su sufrimiento hacernos más humanos.

Hoy hace un día precioso

Hoy hace un día precioso. Comienza la primavera y ya echo de menos el invierno. Es terrible estar esperando que algo termine para luego lamentar su ausencia. Disfrutar más de la espera que de la llegada. De la ficción que de la realidad. Con la ficción somos todopoderosos y la realidad se nos impone. Es más fácil modificar lo que no ha ocurrido que lo que está sucediendo.

Hoy es primavera y ya sueño con el verano. Llegará y parecerá que con su llegada ya termina. Imagino ahora los largos días a la sombra de la higuera, los caminos que me esperan, el sol de la mañana. Imagino ahora todo lo que podrá ser y me recreo. Llegará y tendré nostalgia de mi propio recuerdo. Estoy enfermo. El tiempo me atrapa con sus garras. Lo sé y me permito ser su prisionero.

Esta mañana he dado un paseo. Todo era luz. Todo era intenso. Cada paso era tiempo que se quedaba atrás en el camino. Un trocito de pasado abandonado en el asfalto. Un ayer ya sin mañana. Es imposible escapar de la senda que nosotros mismos vamos marcando. La quietud no para el tiempo, simplemente corre por dentro. Avanzamos con él. No hay voluntad que lo detenga.

Sentado a la mesa de un café tranquilo he sacado de mi mochila el cuaderno marrón. He abierto sus páginas y al azar he recorrido palabras y páginas escritas hace ya tiempo. Leer es recordar lo que fuimos y lo que quisimos ser. Lo que sentimos entonces y lo que sentimos ahora al recordarlo. Palabras como fotografías que se detienen en el tiempo pero que nos hacen vivirlo siempre de forma diferente.

Ya estoy de vuelta en casa. Cierro las ventanas que antes de irme había abierto. La recorro y en cada habitación, en cada rincón veo palabras e imágenes en el tiempo. Guardo la compra en la cocina. Los armarios y los cajones están vacíos pero yo los lleno de recuerdos. Entre ellos se hacen hueco el pan, las frutas, el te verde y las nueces. Guardo todo, lo ordeno todo, lo cierro todo. Ahí se quedan poblando oscuros lugares llenos de recuerdos.

Miro por la ventana. El cielo está azul y el aire transparente. Allá abajo en la calle los veo moverse. Me gusta imaginar hacia dónde se dirigen, quiénes son, qué hacen y en qué piensan cuando yo los estoy mirando. Que cada uno sea un mundo diferente al mío, ajeno completamente, con su tiempo, sus recuerdos y sus palabras, con su pasado clavado a su espalda y su futuro incierto me asombra y me hace sentir una pequeña isla perdida en la inmensidad del espacio y del tiempo.

Me siento a mi mesa. Escribo. Quiero hablar de tantas cosas. Quiero ordenar mis ideas. Quiero opinar, razonar, convencer, gritar, reclamar. Quiero y no quiero al mismo tiempo. Cuanto más me preocupo de las cosas todo se me hace más ajeno. En el fondo sé, como cuando hablamos el otro día en aquél café de Cracovia, que sólo la libertad, la felicidad y el tiempo me interesan. Quiero reflexionar sobre las tres pero no puedo separarlas. Son tres y son una. Son mi santísima trinidad. El dogma central sobre la naturaleza del dios que yo soy en la isla mínima de mi mundo.

Tras tanto pensar, tras tanta meditación profunda mis dedos solo escriben hoy hace un día precioso y se dejan llevar por el futuro incierto. Futuro que se dirige inexorablemente hacia un punto final. Yo, mientras pueda, seguiré utilizando el punto y seguido. Dejo de escribir y escucho.

Tiempo de examen

L. estudia con nosotros. Es musulmana. Un pañuelo negro le cubre la cabeza. Cuando le hablo me sonríe. Casi nunca me contesta. Si lo hace, es tan bajo que apenas puedo entenderle. Parece contenta. Lo imagino. No estoy seguro. Su pañuelo oculta su cabeza y sus sentimientos, me temo.

S. abandonó su país. Sufrió una agresión sexual y se marchó. A nadie parecía importarle. Lo dejó todo, huyó y se vino aquí porque aquí vivía su madre. Mientras escribo la veo a ella también escribir. Están haciendo un examen. Parece concentrada. No sabe que la  observo. Lleva más o menos un año en su nuevo país. Ahora su madre la rechaza. Su madre sólo vive para el alcohol. Cada vez es menos una persona y más un mamarracho. S. acaba de marcharse de casa. No puede más. Estudia, busca trabajo y busca también una casa. No tiene papeles. Hablo con ella pero ya se me han acabado las palabras. Sólo se me ocurre dar un puñetazo en la mesa.

M. vino del este. Su país es cada vez menos vivible, me dice. Vino con su madre. Aquí empezaron una nueva vida. La miro también ahora. Pensativa. El bolígrafo azul en sus manos. Piensa y escribe. Escribe y piensa. De vez en cuando su mirada parece perdida. Está preocupada. Hablé con ella el otro día y se derrumbó. Ya no pudo sonreír y decir que todo iba bien. No podía más. La nueva pareja de su madre es un malnacido. La maltrata y M. asiste impotente y llena de dolor y de rabia al sometimiento de su madre. No la reconoce. Se enfada con ella pero ella le pide que no haga nada. Todo pasará. No te preocupes. Ha empezado a faltar mucho a clase últimamente. No quiere dejar sola a su madre. Le da miedo. Quiere denunciar y no puede, quiere hacer algo y no sabe. Pide ayuda y yo sólo le doy palabras.

R. se rasca la cabeza. Suspira. Me llama para consultarme una duda. Se le ve con sueño. Trabaja por las noches para poder ganarse la vida. Por las mañanas viene a clase y a veces, aunque no lo quiera, se duerme, se le caen los ojos y la cabeza. Asisto impotente a su lucha por permanecer despierto. Está agotado. Necesita pagar una habitación donde vivir, comprar comida todos los días. Trabaja y estudia. De día y de noche. Sobrevive. Yo trato de ayudarle con más palabras y una palmada en la espalda. Trabaja, por supuesto, sin contrato. Así están las cosas, le dicen. Hijos de puta, pienso. A él le explico lo que puede hacer para denunciarlos. Sé que no va a hacerlo. Así están las cosas. Al menos soñamos con el momento en que pueda. Tan pronto como consiga un nuevo trabajo.

L, S, M, R y otros ocho alumnos más están ahora delante de mí. Todos en silencio. Escribiendo. Ninguno es de aquí. Cero por ciento. Todos han llegado de lejos. Todos han empezado una nueva vida llena de problemas, dolor, esperanza, nostalgia, alegrías, frustraciones y expectativas. Luchan como yo nunca he necesitado luchar. Han dejado atrás familias, amigos y también problemas.

Aprendo a diario con ellos. Ahora que los miro en silencio, cada uno concentrado en sus palabras que son sus sueños. Ahora que tengo tiempo para detenerme en sus caras, en sus miradas. Ahora, como casi siempre, me pregunto: qué mundo hemos hecho. Cómo nos gusta perder el tiempo hablando de derecho y democracia cuando la justicia no existe.

Levanto la cabeza del papel. Miro a L, se da cuenta, levanta también su cabeza envuelta en su pañuelo negro y me sonríe.

To do list

Podar los plátanos y los granados. Leer la segunda parte de La muerte del comendador de Murakami. Colocar las dos bombillas fundidas en el baño y en el pasillo. Escuchar a Holy Motors, el único grupo estonio que conozco. Comprar escuadras y tacos del número seis. Dejar de pensar en lo que tengo que hacer mañana. Preparar el viaje a Cracovia. Ir a ver el cuadro de J. antes de que termine la exposición. Dejar de lamentar que ya no hay entradas para el concierto. Preparar sushi, jazz y vino para el viernes por la noche. Volver a pasear al menos seis kilómetros por día. No pensar en mí más de diez minutos seguidos. Organizar las clases del lunes. Encender la chimenea antes de que llegue la primavera. Poner la lavadora. Elegir entre la quietud y el movimiento. Decidir si pongo las fotografías en la pared o la dejo blanca y desnuda. Acabar de leer a Philippe Sands. Poner pilas nuevas a la radio. Dormir más de seis horas. Escuchar Into my arms de Nick Cave. Decir bien alto que prefiero a José Mujica antes que a Trump y a Maduro. Borrar la lista de la compra de la pizarra de la cocina. Ver Los Durrells cada vez que el ánimo decaiga. Comer más mandarinas. Cambiar el fondo de pantalla del portátil. Comprar ya Solenoide de Mircea Cartarescu. Ir a ver El Marido Ideal de Oscar Wilde. Hablar más y callar menos. Ver más a menudo a mis amigos. Escribir tanto como antes. Ordenar de una vez las fotografías. No decidir nunca el color que prefiero. Ir a ver el partido de otra J. Pasear camino de la ermita. No dejar que el domingo por la tarde me hiera como el rayo. Colocar las baldas y el espejo. Ser indiscreto y mirar por la ventana. Espiar a otros y dejarme a mi tranquilo. Decir siempre lo que pienso o no hacerlo. No olvidar decidir esto. Hablar con S. Buscar un flexo para mi mesa blanca. Recordar que la música siempre está ahí para salvarme. Regalar al mundo una canción de Sufjan Stevens. Decir de nada, ha sido un placer. Permanecer callado en los ascensores. Comprarme calcetines. Decidir, sin falta, qué quiero ser de mayor. Ser siempre consecuente incluso con mis inconsecuencias. Preparar la cena. Poner la mesa. Esperar.

Vivir.

Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y de libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.

Merry Christmas (one more time)

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Luces, música y estrellas en una tarde buena. Nostalgia ya de luces y estrellas que empiezan a marchar. Poco a poco se alejan pero la estela de su luz permanece. Estrellas que yo querría quietas pero se mueven. Inevitablemente giran y giran sin parar. Esta noche negra de invierno será buena, seguro. Las estrellas se detienen en el cielo de mi casa. Hoy la luz no se apaga. Have yourself a merry little Christmas.