El perro que creía meditar bajo la mesa

Cosa es el nombre que damos a lo que no tiene nombre. No lo tiene, al menos, para nosotros. Más allá de nosotros no conocemos nada. La cosa cosifica, nunca mejor dicho. No diciendo nada decimos todo ya que con tan humilde apelativo damos vida, existencia. Somos pequeños dioses que creamos cosas de la nada.

El lenguaje da vida. Lo primero fue el verbo. Sin él todo es oscuridad y silencio. ¿Dónde está  lo que no tiene nombre? Pregunta inútil. Simplemente no está.

Nombramos incluso aquello que no entendemos. Preferimos eso a que se no escape entre los dedos, a que lo innombrado desaparezca en la nada.

Eternidad, infinito y por encima de todo, dios, que todo lo hizo para así dejarnos tranquilos. Él como principio y como responsable de nuestro desconocimiento.

El lenguaje crea, ilumina, define, delimita, explica y, por encima de todo, nombra.

Todos nombramos la eternidad pero somos incapaces de entenderla. Lo mismo sucede con el tiempo, la vida y la muerte.

¿Quién nos mandó alejarnos del aquí y del ahora? ¿Por qué inventamos las preguntas? ¿Cuándo surgió la consciencia? ¿Por qué no me limito a observar sin pensar en nada?

Misterio irresoluble: sin palabras no soy nada, tan solo un amasijo de huesos y carne. Ellas son mi esperanza y maldición, mi libertad y mi condena, alegría y agonía. Gracias a ellas me levanto y por ellas me pierdo en los abismos de la desesperanza.

¿Cuál fue la primera pregunta? La primera palabra fue yo, no me cabe la menor duda. El primer verbo soy y la primera duda: ¿quién soy yo? La más simple y la más compleja. Con ella nació la consciencia y con ella la evidencia de que en algún momento también dejamos de ser. A eso, también le pusimos nombre y la  muerte asomó sus garras por detrás de la puerta.

Poniendo nombres creamos nuestro entorno. Pasamos de la genérica cosa al lenguaje concreto: flor, montaña, piedra o azul. Primero la consciencia y con ella la capacidad de crear, nosotros eramos entonces los dioses, no nos hacía falta ya un creador de todas las cosas. El lenguaje es el dios que está dentro de nosotros. El mundo nace y se yergue a medida que lo nombramos. Hay mar y diferentes mares, seres humanos, hombres y mujeres, rosas, amapolas y también flores.

La realidad es una, la nombrada. Sospechamos que puede ser inventada, pero no hay más remedio que vivir con esa duda. ¿Dónde están las certezas?

Lenguaje único y diverso. Para mi un blanco, para el esquimal mil tonos diferentes. La poesía crea, la matemática explica, la física describe, la filosofía pregunta. Todos son lenguaje y nos abren el camino a la curiosidad y el conocimiento.

Todo empezó con quién soy yo. En ello seguimos.

Todo empezó con tres personas tomando café en torno a una mesa. A la sombra, guarecido del sol, bajo la mesa, un perro dormitaba. Parecía estar nada más que en el aquí y en el ahora. Parecía meditar. (No lo hacía por mucho que se empeñe buda).

Sin palabras previas no hay meditación futura. El perro que dormitaba bajo la mesa tiene nombre; nosotros lo sabemos, él ni lo sospecha.

Lo primero, en efecto, fue el verbo. Antes de ser, todo lo que hay simplemente estaba (o parecía). La acción vino después. La trajo el verbo. Y con ella la vida.

Después de un segundo café, de discutir apasionadamente, de hablar sin parar de escupir palabras, los tres nos levantamos de la mesa, miramos al cielo azul de agosto, tocamos la piedra caliente del pozo, pisamos la hierba casi seca, observamos las primeras granadas, nos sentamos bajo la higuera.

Allá, bajo la mesa, el perro que no sabe que tiene nombre, seguía meditando. Una mosca que revoloteaba en torno a su cabeza parecía preguntarle: quién soy yo, adónde voy, de dónde vengo.

Hogar, dulce hogar

He escrito muchas veces sobre la casa. He pensado muchas más sobre el concepto. Ahora estoy desbordado. No tengo una, tengo dos y no estoy preparado. La propiedad privada, tan difícil de asumir a veces, ahora me ataca por partida doble. Hasta ahora vivía en dos pero sólo una era mía. La otra, la del paisaje amarillo, la disfrutaba pero no la tenía. Usufructo. Renunciar a ella ha sido duro, más que a ella al paisaje que desde ella contemplaba. Lo cierto es que en los últimos años estaba decayendo. Era doloroso ver como se agrietaba, se descoloría y se hacía un poco más oscura y vieja. No era mía pero yo así lo sentía. Usucapión.

Esta primavera todo se ha precipitado, una casa cercana se vendía. Oportunidad. Sueño hecho realidad. Quimera. Como cualquier ser humano he pasado semanas haciendo cuentas, cálculos infinitos, visitas a bancos, cábalas, dudas, sentimiento de traición por abandonar a un ser querido, por dejarla allá abandonada sin nadie que la cuidara. Como cualquier ser humano, al final he mirado para otro lado y sin saber donde me metía he dicho sí. Realidad.

Ya tengo las llaves en mi mano, estoy sentado en mi nuevo jardín. El sol de la tarde me calienta y frente a mí se extiende amarillo el cereal. Paisaje preferido. Trigo. Todavía alto, sin cortar. Meciéndose suavemente con el viento de la tarde. Cuando casi estaba libre de los bancos, he vuelto a caer en sus garras. Preso pero contento. Propiedad (inesperada).

Es una sensación extraña. Me siento como un invitado. No asimilo que la mesa a la que me estoy sentado, que el jardín que me rodea, el pozo, los granados, los olivos y las acacias están ahí para que yo los cuide. No asimilo que estoy aquí para quedarme, que cuando me vaya volveré, que la puerta la cerraré para abrirla de nuevo cuando quiera. No me hago a la idea y como los niños, en su primer asomo de conciencia digo, mío, mío. Lo pienso y lo siento, pero lo pienso. Consciencia.

El otro día, bien de mañana, me acerqué a la antigua casa. Estaba justo amaneciendo. La observé desde la verja de entrada, tantas veces traspasada. La observé y me dio pena. Pena por unas paredes que van perdiendo el blanco poco a poco, pena por la hierba demasiado crecida, pena por un rama caída, pena por el abandono a la que es sometida. Tristeza al ver sus ventanas cerradas. Añoranza de los tiempos allí vividos, de los ecos que pueblan el jardín de palabras, pisadas y miradas. Dolor al saber que ya nunca me sentaré de noche en el jardín, que no veré la luna aparecer imponente, que no habrá más copas de vino bajo el almendro, que todos los recuerdos quedarán ahí encerrados, todas las palabras dichas, todos los pasos dados. Arrepentimiento.

Pena, tristeza, dolor y añoranza. Sentí también alegría al volver a mi nueva casa. Tan pérfida es la traición que en cuestión de minutos transforma lo que sentimos, olvida lo que recordábamos y nos permite presentes distintos de los pasados. Sentí la alegría de lo nuevo, de lo no conocido. Ilusión, otra vez, que tan cara se vende. Ganas de hacer cosas, de transformar, de construir, de crear, de no parar quieto y ver cómo todo se va transformando lentamente. La casa está y estará y yo estaré con ella. Adiós al trago amargo de cerrar la puerta y no saber hasta cuando, adiós a la casa vacía y desolada. Ahora, cuando yo no esté, la casa permanecerá viva, llena de mis cosas: mi ropa, mis libros, mis discos, mis fotografías. Mis nuevos pasos, mis nuevas palabras y recuerdos. Alegría.

Sólo me falta una cosa. Mejor dos: un cerezo y un almendro. Sé que no serán los que eran, pero mi casa, mi nueva casa, no estará terminada hasta que pueda sentarme de nuevo a leer bajo el almendro y hasta que temprano por la mañana me suba al cerezo y coma, escondido entre sus ramas, sus frutos amarillos y rojos. Esperanza.

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Treinta de junio

Revisando los archivos del blog, me he dado cuenta de que el año pasado rompí la tradición de casi todos los junios. Me gusta recrearme en este comienzo de verano que visto desde su inicio todo lo ilumina. Una semana ha pasado ya desde que la hoguera de San Juan incendiara la noche más corta del año. Una semana y siento ya nostalgia. Soy tan estúpido que siento que las cosas terminan cuando justo acaban de nacer. Escribo estas líneas ahora y pienso sin remedio en el lejano otoño que se esconde tras el verano. Sé que me espera agazapado. Sé que cuando llegue, esto me parecerá demasiado lejano. Lo leeré y pensaré que en este treinta de junio todo era diáfano y tranquilo. Sé que inventaré un pasado tal vez no vivido. Sé que entonces me acechará el negro invierno. Estúpido, digo. Aún me quedo corto.

Estoy solo en el trabajo. Estoy solo en el despacho en el que siempre estoy solo. He apartado por un rato los papeles, las actas, los informes y las memorias. He dejado de pensar en otros y me he concentrado en mí mismo. Pienso mejor con música, aunque sé que según cuál sea, pienso de manera diferente. En esta tarde tranquila y solitaria del último día de junio, donde las voces y las prisas de la mañana hace tiempo que han desaparecido, estoy escuchando a Daniel Waples. Su música hace que mis manos dejen de pulsar las teclas. Los ojos tienden a permanecer inmóviles y la cabeza a mecerse suavemente. Música para no pensar y dejarse llevar.

El curso termina y los recuerdos se amontonan tras la retina. Todo lejano y cercano al mismo tiempo. No es un juego de palabras. Cuantos más años pasan esta sensación ambivalente se me hace más presente. El tiempo es y será siempre lo único que nos contiene. Hace tiempo que sabemos que no es una línea recta y en ese continente que siempre tiende a deformarse debemos aprender a vivir. Sin él no hay nada. Paradoja asombrosa esa de vivir en un invento.

El curso termina y con la distancia todo se ve menos grave. Los días en que venía a trabajar en la negrura del día todavía sin nacer, con el frío en la cara y el sueño atrasado en el cuerpo. Las discusiones, las clases, el café de media mañana, las reuniones interminables donde uno empieza siendo muy duro y acaba cediendo a la evidencia que te da ponerte en la piel del otro. Las horas pasadas sentado a esta mesa, los papeles amontonados, los archivos, los libros, las conversaciones mantenidas con profesores y alumnos, las discrepancias, los acuerdos, las mañanas y las tardes consumidas pensando en ellos, ellos a los que a veces defiendes y otras atacas sin misericordia. Lápices moribundos, la agenda atestada de apuntes y recordatorios, carpetas llenas de folios escritos que no sé si alguien mirará algún día. Mi silla, mi mesa, el archivador a mi derecha, la pequeña mesa de reuniones, las estanterías y los armarios que guardan el tiempo consumido en este espacio.

A todos ellos les espera ahora un tiempo de silencio. Yo no estaré para verlos, leerlos o tocarlos. Ese es mi poder, si yo no estoy, ellos tampoco.

Suena Jan Garbareck y con él me quedo mirando la nada, absorto por un momento. Pienso ahora en los días que están por venir, en la luz que tanto añoro a pesar de ser más yo por la noche, cuando la luz es otra, inventada también como el tiempo. Pienso y anticipo paseos, libros y fotografías. Trigo amarillo, cereza roja y tierra marrón. Cielos azules, hierba verde y noches tan llenas de estrellas que en vez de negras parecen blancas. Puedo recordar lo que voy a vivir y eso me gusta. Lo hermoso de sentirse en casa. La aventura de vivir para adentro. Pienso en colores, sí, y me gusta imaginarlos como la paleta que llenará mis días. Repetir tiene la ventaja de luchar contra la nostalgia. Repetir es confirmar, asentir ante una buena vida.

Días que se acercan y que temo que corran veloces. No los primeros, esos engañan, crees que los tienes controlados, pero no, imperceptiblemente te atrapan y te arrastran hasta que uno pierde la noción del tiempo, y entonces, las horas y los días vuelan, te gustaría detenerlos pero eso no es posible. Es como cuando uno se concentra, el tiempo se va y tú ya no cuentas. No ser consciente del tiempo es la mejor señal de que de verdad estamos viviendo. La consciencia, sin embargo, siempre termina imponiéndose y las pequeñas agujas de un reloj nos acaban indefectiblemente atrapando.

Divagaciones sobre el tiempo en esta tarde de junio. Recuerdos y expectativas al mismo tiempo. Tiempo que se va y tiempo que viene. Tiempo pasado y futuro. Tiempo que cambia.

Como todos los últimos días de junio, recojo mis cosas, cierro los libros, guardo papeles y ordeno por última vez mi mesa. Me levanto, me voy, cierro la puerta y salgo a la calle. Hoy no quiero mirar atrás. Tiempo habrá  para hacerlo.

 

 

¡Viva la música, muera la industria!

1– De vez en cuando, sólo de vez en cuando, nos damos de bruces con la verdad. Sí, en ocasiones pensamos detenidamente sobre algo y tenemos incluso una clara opinión sobre un tema determinado pero, casualidad, alguien se nos adelanta y lo expresa mejor que nosotros. Nos enfrenta con la verdad que buscábamos. Uno lo escucha y asiente y sí, en estos casos, es mejor callar y asentir. No merece la pena darle más vueltas. Ahí está, frente a nosotros, bien expresado y perfectamente explicado. El orgullo un poco herido. Casi nunca somos únicos. Quisiéramos haber firmado nosotros esas palabras, nos gustaría haber puesto el punto final a un razonamiento que creíamos nuestro pero, maldición, no somos los únicos a los que un tema nos preocupa. Las palabras y los pensamientos que ellas crean pueden nacer aquí o en la otra punta del mundo.

Seamos humildes, disfrutemos del reconocimiento concedido a otros, admiremos lo que otros piensan y dicen. Asintamos contentos y celebremos el acuerdo.

El otro día la luz roja de mi móvil comenzó a parpadear mientras yo estaba preparando una clase en el trabajo. El teléfono, encima de la mesa, me hizo desviar la mirada de mis papeles  y pulse el icono del correo entrante. Una amiga del otro lado del mundo quería compartir conmigo un amigo. Alguien que habla de temas que a ambos nos interesan. Imagino que lo vio, lo escuchó y se acordó de mí. Hablamos muchas veces de música. Normalmente nos reunimos para ello en un club muy especial. Allí con el bueno de Jaime como testigo, discutimos, escuchamos y vemos grandes actuaciones. Jazz, daikiris y otras muchas cosas permanecen encerradas entre las paredes del club.

Esta vez el tema iba más allá de un músico, tema o canción concretos. Se trataba más bien de metamúsica. Una reflexión sobre la música, la música popular concretamente, la etiqueta siempre limita pero en este caso nos ayuda a centrar el tema. Bien, ella, mi amiga, había escuchado y había asentido, yo, interesado, dejé la clase, di al play, escuché y asentí. Creo que no puedo quitar ni una palabra de lo que nuestro nuevo amigo dice sobre el tema.

La industria de la música pop nos lava el cerebro y hace que nos gusten terribles (dice él), idiotas y ridículas (digo yo) canciones. Esa es la tesis fundamental. Yo la comparto. (Siento no haber encontrado el vídeo con subtítulos en español).

Paul Joseph Watson nos dice, no cabe duda, la verdad sobre la industria y la música popular. Tienes razón amigo. Verdad, triste pero cierta. Gracias por decirla. Gracias también a ti amiga de allende los mares por enviármelo, aunque ese día mis alumnos tuvieran que disfrutar de mi famosa capacidad de improvisación.

2– Volví de clase, contesté el correo que había recibido. Esto escribí y aquí lo transcribo: Gracias por el descubrimiento. A uno siempre le gusta ser original pero en este caso me limito a suscribir lo que dice. No se le puede quitar ni una coma. Debido a todo lo que nuestro nuevo amigo dice es cada vez más difícil pero más interesante bucear y descubrir lo que de verdad vale la pena. Yo me tengo por buen buceador y por eso me siento orgulloso de lo que voy descubriendo oculto entre tanta inmundicia. Son mis tesoros. Anima descubrir que hay gente que sigue haciendo cosas que merecen la pena. Están ahí. A pesar de todos y de todo. Sólo hay que saber buscarlos.

Comparto con Paul lo que dice pero siento que quiero añadir algo. Algo sencillo y complicado a la vez. Algo que parece contradecir lo que ya está escrito pero que no quiero que sea así. Nunca como ahora he visto tanta basura en la música, nunca como ahora he visto encumbrado a tanto idiota. Nunca como ahora he compadecido a muchos de mis semejantes, sobre todo jóvenes, por no ser conscientes de lo que hacen con ellos. (Perdón por mi arrogancia, pero si no lo digo reviento). Nunca como ahora me he sentido tan cerca de los profetas. Yo también quiero compartir la buena nueva: detrás de tanta mierda (perdón) hay esperanza.

Nunca como ahora he descubierto tantas ganas de hacer cosas. Ocultos tras la idiotez del escaparate, tras la banalidad que envenena nuestras vidas están ellos. Ajenos a modas, imposiciones y mercados encontramos almas puras, en el mejor sentido del término, haciendo lo que deben y quieren, siendo consecuentes y libres. Haciendo que yo, y espero que otros muchos, demos un corte de mangas a los concursos de televisión, a las listas de éxitos, a las radios venenosas, a la estulticia pontificada por necios popes.

Cada vez cuesta más encontrar lo bueno, en música y en cualquier otro tema, pero está ahí. Buscarlo es nuestro deber. El reto es no dar por bueno lo que nos dicen. Casi todo es mentira. La gran novedad es que no se pueden acallar todas la bocas. Exceso de información no quiere decir que todo sea mentira. Significa que la verdad está más oculta que nunca, pero está ahí. Es imperativo buscarla.

3– Como muestra un botón:

Allen StoneThe FrayBen HowardSokoJoshua JamesDeer TickKeaton HensonGood RiddanceBon IverMick FlanneryRay LamontagneMumford and sonsLa ModaJacqui NaylorFlorence and the machineDan ManganRadioheadRussian RedAnnenmaykantereitNoah GundersenThe tallest man on earthGotyeVikesh KapoorWilliam FitzsimmonsVetusta MorlaJames Vincent McmorrowDustin TebbuttWhitleyGeorge Ogilvie

4– De nada.

Las tres cajitas

Están ahí. Quietas. Frente a mí. Las miro y parece que también me miran. Son tres cajitas. Plateadas. Pasan sus horas y sus días a mi lado. No dicen nada. Son discretas. La misión de las cajas es callar y guardar secretos. Abro de vez en cuando sus tapas y veo lo que hay dentro. Todo lo conozco, yo lo he puesto ahí. Siempre hay algo que había olvidado. Papeles, libretas, cables, discos duros, hojas sueltas llenas de anotaciones, recordatorios, libros para comprar, canciones que escuchar, fotografías… Lápiz y papel en tiempos digitales. Pasado y futuro guardado en en el vientre también plateado de las cajas. Parece que no están pero ahí siguen en silencio. Siempre iguales mientras que yo avanzo a través del tiempo.

Ellas seguirán ahí cuando yo esté muerto. Ahí es un término metafórico que no me lo podré aplicar a mi mismo. Yo no estaré en ningún sitio. Ni tan siquiera seré. Triste destino el mío. Ellas, sin embargo, guardarán todavía secretos, los míos o los de otros y continuarán su existencia metálica.

Qué vanidad la de los humanos que se atribuyen la eternidad cuando no son más que seres efímeros. Somos mientras vivimos, luego, en el mejor de los casos somos tan sólo recuerdo, poso que  permanece durante algún tiempo en el corazón y la cabeza de sólo unos cuantos. El recuerdo se va diluyendo como sucede con los sueños y un día, más pronto que tarde, desaparecemos sin dejar rastro. Miento. Tal vez sí quede alguno, pero ese rastro permanecerá dormido en la cajita plateada hasta que otros ojos la miren y con cierta curiosidad la abran. Ahí estarán aún mis notas, cables, discos duros y recuerdos. Lo más probable es que quien abrió la caja estudie el contenido sin demasiado interés, sonría y los tire al viento. La cajita seguirá en la estantería y guardará los secretos de otro. Me imagino que mirará con cierto desdén a su nuevo dueño. Ella seguirá todavía ahí, cuando él o ella haya muerto.

Las tres cajitas, soberbias también como nosotros, no saben que sólo existen si las miramos, tocamos, abrimos y cerramos. Cuando nadie las ve no son nada. Ni tan siquiera están. Existen porque hay ojos que las miran. En la oscuridad no hay nada. Sólo negrura y silencio.

Antolín se va de compras

Antolín es feliz. Ahora que lo tiene todo no se acuerda de cuando no tenía nada. Qué rápido se olvidan las desdichas cuando en la cara se tiene un sonrisa. Ya no hay penas ni perezas. La vida le sonríe. No importa que sea lunes o viernes, que haga sol o esté lloviendo. Si por un momento algo se le hace cuesta arriba, no tiene más que cerrar los ojos, pensar en ella y recordarla. Antolín vive en un suspiro permanente. Ama y le aman.

Maripuri apareció en su vida para quedarse. La vio y se quedó boquiabierto, más aún cuando ella se acercó y le habló. En un primer momento no supo qué decir. Sobrecogido, epatado. Se sobrepuso, y galán entre galanes, le respondió y le ofreció su ayuda. La acompañó al despacho que ella buscaba y mientras permanecía dentro, él rondó por allá para volver a encontrarla. Nervioso y sudoroso se topó con ella cuando se dirigía más tarde a la salida. Salió con ella del edificio, le preguntó qué tal le había ido, le dio su opinión sobre el asunto que ella tenía entre manos. Palabras, sonrisas y la proeza de invitarla a un café para seguir hablando. Desde entonces uña y carne. Bebe y le beben los vientos.

Han pasado un par de meses. Para Antolín breves segundos. En ellos ambos han disfrutado de cada minuto. Antolín ha sido hombre y poeta. Amador y amado. Servidor feliz de la niña de sus ojos. Maripuri como horizonte. Noche y día. Sol, nube y estrella. Maripuri aquí y en la lontananza. Ayer, hoy y mañana.

Hoy van de compras. Maripuri quiere que le acompañe, que le oriente, que vea con sus ojos exigentes lo que los engañosos espejos de las tiendas mienten. Él, orgulloso por la confianza, por la intimidad que se desprende, está ya en la calle esperándola. Será su consejero, su espejo sincero. No solo su amor, también su amigo. Sonríe una vez más al verla doblar la esquina.

Tiene un secreto. Nunca se lo ha contado. Odia ir de tiendas. Lo odiaba, mejor dicho. Ahora con ella seguro que es diferente. Recuerda cómo de niño llegó a pensar que su madre era una mala persona cuando conchabada con la dependienta jugaba con él en la tiendas. Qué guapo estás Antolín, cuánto has crecido, cuando te vean con este pantalón las chicas…, qué bien te queda, date la vuelta, con esta camisa estarás de un guapo subido…Antolín por dentro ardía, por fuera la ropa le picaba, le agobiaba, le humillaba. La rebelión era imposible. Sus dos torturadoras no le escuchaban. Para rematar la angustia ya instalada en su cuerpo, su madre en vez de pagar y marcharse siempre pedía un pequeño descuento. Él miraba al suelo, apretaba los puños y gemía sólo de pensar en su nuevo pantalón azul azafata. Qué haría mañana en el colegio. Cómo escondería esos almidonados cuellos de la camisa nueva. Tierra trágame, pensaba. Pero no le tragaba.

Es sábado y es una pena. Las tiendas están llenas de gente. Estoico Antolín sujeta el abrigo, el paraguas y el bolso de Maripuri. Ella, con varias prendas, está en los probadores. Está atento a su llamada. Tiene que juzgar lo que vea. No hay problema, está seguro de la sentencia. La calefacción está quizás un poco alta. Empieza a sudar, no importa. Libidinoso imagina a Maripuri en el probador y no puede evitar sudar un poco más. Suda y sonríe. Frente a él hay otro hombre. Es un poco más mayor pero también espera. Está cargado de bolsas. Tiene cara de paisaje. Se le ve enfurruñado. Mira y mira el reloj pero nadie aparece.

Antolín se siente diferente. Para pasar el tiempo sin alejarse de los probadores echa un vistazo a las prendas. Quiere parecer desenvuelto. No quiere ser otro hombre paisaje. El problema es que justo ahí donde se encuentra está rodeado de bragas, tangas y sujetadores. Los mira pero no quiere demostrar demasiado ahínco. Saca su móvil, siente calor, mira por primera vez la hora. Por fin la voz de Maripuri le trae de nuevo al mundo. No puede creer lo que ve. Maripuri posa para él con un vestido dos o tres tallas menor de lo debido. Ella no es imperfecta. Es el vestido que por ser tan apretado inventa partes del cuerpo que ella, por supuesto, no tiene. Qué tal es la fatídica pregunta. Qué bien te queda la sincera respuesta. Seguro, insiste ella. Que sí, que sí, él se reafirma. Es un poco caro. No, no, está muy bien de precio. Además se ve que es de calidad. Al final lo caro resulta barato. Si tú lo dices suspira finalmente ella.

Maripuri entrega a Antolín tres pantalones, dos blusas y algo que él no sabe muy bien para qué sirve. Los puedes devolver mientras me pruebo un par de pantalones, le pide. Y cuando vuelvas tráeme por favor la blusa burdeos en una talla más grande.

Antolín  o lo que aún se puede ver de él no sabe dónde dejar la ropa, no sabe dónde buscar las blusas y lo más grave: cuál es el color burdeos. Preguntar es lo último, se dice y comienza a deambular por la tienda cargado con abrigo, bolso, paraguas, vestidos, pantalones, blusas y un sudor que ya le empapa las piernas. Una dependienta le ve y amable le ofrece su ayuda. Antolín, sin pensarlo ni una décima de segundo, la rechaza al instante.

Finalmente, y ya un poco desesperado, deja, sin que nadie le vea, la ropa que le sobra en un mostrador vacío y huye. Como dios aprieta pero no ahoga, en un golpe de suerte, Antolín ve las blusas que está buscando. No sabe cuál es el color burdeos y listo como el hambre, lleva una talla mayor de los dos colores posibles.

Horror. Allí frente a él esta su vecina. Antolín no es antipático pero no se desenvuelve bien en las distancias cortas. Menos aún si tiene que hablar del tiempo, de pantalones o blusas. Baja la mirada y como si se dirigiera a toda velocidad a una cita ineludible huye de allí. Busca el refugio de los probadores. Nuevo problema. No sabe en cuál está Maripuri.

Perdido en ese gineceo, no tiene más remedio que mirar por debajo de las puertas buscando los pies que tanto ama. Su imagen, desde luego, no es muy edificante. Allí está él agachándose de puerta en puerta como un merodeador. Qué haces aquí fisgando, se pregunta. Por fin descubre el bello tobillo de su amada, bello incluso con calcetines. Toca dulcemente a la puerta y ella en vez de sonreír le espeta el primer dóndenaricesestabas, llevo media hora esperando. Cuando le explica su epopeya, ella incrédula le mira y le dice: no sabes preguntar o qué.

Con el vestido defectuoso, unos vaqueros con tal vez demasiados agujeros y la blusa burdeos Antolín acompaña a Maripuri hacia la caja. En el camino ella se encuentra con una vieja amiga y como si él no existiera habla, habla y habla. Vete pagando, le dice. Sumiso se acerca a la caja y es entonces cuando, después de quince minutos de espera, la dependienta con su mejor sonrisa le susurra: son trescientos ochenta euros con veinte. Lívido, Antolín saca su tarjeta, calla y paga. Se despide del portátil que tanto deseaba. Se acuerda de su madre y en un intento desesperado por salvarse saca fuerzas de flaqueza y le dice tembloroso a la dependienta: ¿no me hará un pequeño descuento?

En la calle llueve. Antolín espera cargado con las bolsas. Maripuri sigue dentro hablando feliz con su amiga. Él la recuerda ahora en su ceñido vestido nuevo, la imagina con sus nuevos vaqueros agujereados. No puede olvidar sus pies enfundados en calcetines transparentes.

Maripuri sale de la tienda y cogiendo del brazo a Antolín le propone: ¿vamos ahora a ver zapatos?

Mimosa compartida

El ser humano ha llegado a dominar el mundo gracias a los mitos que él mismo ha creado. Esos mitos, sueños y creencias, han sido el cemento que ha unido a los hombres y ha hecho posible el desarrollo social de nuestra especie. Cemento o finos hilos, que más da, el hecho es que el artificio, una vez más, se revela clave para comprendernos. El grupo es grupo porque comparte. Comparte, sí, pero más importante que el alimento o el vestido ha sido y es compartir creencias y ensoñaciones. Esa endeble base ha sustentado a lo largo de los siglos nuestra evolución. La mentira creadora ha sido y es más poderosa que la ley del más fuerte. El hecho destacable, sin juzgar sus consecuencias, es que estamos unidos, en grupos cada vez más grandes, por la ilusión, a veces devastadora, de compartir mentiras que no consuelan pero que nos permiten permanecer unidos en la constante contradicción de avanzar juntos y acompañados por creencias compartidas. Me identifico contigo en lo que comparto contigo y admito a más y más compartidores si su quimera es la misma que la mía.

Más importante que compartir conocimiento ha sido y es compartir poesía.

También en un nivel más próximo, en el de nuestra vida cotidiana, sucede lo mismo. La cercanía no la siento con quien camina a mi lado sino con quien comparto recuerdos más que realidades. Esa capacidad poética de ver y sentir lo mismo ante algo determinado nos une a alguien de manera indeleble, no importa que los caminos personales se bifurquen y surjan las barreras de la distancia o el tiempo.

Cuando vivimos el  presente y somos testigos juntos de algún acontecimiento, cuando algo provoca en nosotros una reacción determinada no somos conscientes de lo que ha sucedido hasta que lo recordamos. Con el tiempo y la distancia comprobamos la huella que aquello dejó en nosotros. Nada une más que comprobar que al otro le sucedió lo mismo. Desde ese instante, un lugar, una palabra, una música, un árbol dejan de ser lo que simplemente eran para convertirse en lenguaje poético. Captar ese lenguaje y compartirlo es lo que nos ata al recuerdo y a quien recuerda lo mismo que nosotros. Con aquellos que son incapaces de evocar, de ver más allá de sus narices, preferimos mantenernos a distancia, aunque esta sea sólo poética.

Mimosa fina, mimosa, mimosa común, mimosa plateada, aromo francés, acacia dealbata.

Son sólo nombres para una misma cosa. Podría llamarse de mil maneras distintas y nada importaría. La poesía no está en que la palabra que designa el objeto sea más o menos bella. La poesía no está en el tronco ni en las ramas ni en su primaveral color amarillo. Lo que une, lo que ata es saber que al ver la primera mimosa del año alguien siente con certeza lo mismo. Ese sentimiento compartido es lo que dota al árbol de poesía. El árbol no sospecha lo que provoca. El árbol es y bastante tiene con eso. El que ha aprendido a mirarlo, el que ve lo que no hay pero lo crea y lo siente, ese es el poeta. El que capta esa poesía invisible es nuestro compañero del alma, compañero.

Los hombres se unieron gracias a creencias inventadas. Si hoy en día hablamos y pensamos, aunque sea para desmontar mitos pasados y crear otros nuevos, es gracias a ellas. Dejamos de ser supervivientes para tratar de vivir al menos de vez en cuando.

Hoy ellas, las observadoras de la primera mimosa, se sienten cerca porque saben que al mirarla ven lo mismo. Y por supuesto, lo que ven no es tronco, ramas u hojas amarillas.

Ven y no hay que explicar qué. Eso es poesía.

El que tenga ojos...

El renacido: aparición y fantasma

La flecha le atraviesa el corazón, la sangre fluye viscosa y caliente. Asistimos estupefactos a lo que parece una colección de hermosas fotografías. La imponente naturaleza por encima del diminuto ser humano que se pierde en ella. Pues no. Precisamente ese ser pequeño y oscuro, apenas un punto en medio de la inmensidad, es el terrible protagonista de esta terrible historia. No es la epopeya personal de un hombre que resiste los embates del frío, el hambre, el agua y el hielo. No, lo que hiela la sangre no son los sobrecogedores paisajes, no es la blancura inmaculada, fría y enorme que nos envuelve, lo que de verdad nos atraviesa como aquella flecha es contemplar cómo es el mundo cuando lo único que importa es sobrevivir, comprobar cómo se pudre el alma del homo sapiens, constatar la animalidad que todavía escondemos a pocos milímetros de la superficie en cuanto escarbamos bajo la piel de la civilización hace tan poco lograda, cuando contemplamos que sólo el odio y la sed de venganza son los motores que empujan a la vida, a la resistencia, a la supervivencia. Ser testigos de todo eso es lo que nos sacude por dentro.

Ayer, antes de salir de mi casa, apagué sus cálidas luces y programé la calefacción para que estuviera caliente a mi vuelta. Paseé luego por las calles de la ciudad civilizada, me detuve ante un semáforo en rojo y observé a otros ciudadanos que bien vestidos y peinados se dirigían pacíficamente a sus asuntos.

Abandoné la ciudad tranquilizadora y me introduje en una sala oscura donde sin opción a mentalizarme me vi en segundos perdido entre inmensas montañas heladas, sentí que el frío que desprendían las imágenes helaban poco a poco mi corazón. La majestuosidad del escenario, la naturaleza desprendida de adjetivos se adueñaba de mis ojos y de mi consciencia. No podemos culparla a ella, la naturaleza no es ni mala ni buena, áspera o suave, dura, terrible o miserable. La naturaleza es la casa en la que ellos viven y donde se muestran como lo que son: seres fríos, distantes, violentos; movidos sólo por el egoísmo. Sobrevivir a toda costa, por encima de todo y de todos. Cuando la misión del hombre es sobrevivir, y así ha sido durante casi toda su historia, no existe la esperanza. No hay opción alguna al sentimiento.

El personaje principal de la historia conserva algo que parece hacerlo humano: la paternidad entendida más allá de la procreación, la paternidad como sentimiento que nos saca de nosotros mismos y nos lleva al otro. Por un momento atisbamos en su mirada algo humano. Otra mentira. Sólo es la venganza la que hace que sus piernas se muevan, que sus pulmones respiren y que su corazón siga latiendo.

Una vez saciada la sed de venganza, en broche terrible y de oro, el protagonista queda solo y desnudo de toda esperanza, de toda posibilidad de vida. Cuando la pantalla se funde en negro, seguimos oyendo su respiración entrecortada pero sabemos que no sobrevivirá, que sólo se le concederá el consuelo de la muerte.

Historia que se envuelve de imponentes imágenes. Bellas y terribles. Son sólo el envoltorio de algo más terrible: el espectáculo del hombre al que únicamente le queda la supervivencia. El espectáculo de la vida donde las montañas, los ríos, el agua, la nieve y los árboles son mas amables que los fantasmas que por allí transitan.

Ciertas dudas (again)

Me asaltan las dudas. Están ahí, vigilantes, al acecho. Nunca duermen porque su existencia es movimiento. Detestan el silencio. Viven, como las olas, en un constante vaivén que recorre siempre en sentido contrario el camino andado. Me sobresaltan con sus interrogantes. Agitan la conciencia que creía tranquila y caigo inevitablemente en sus garras. Dónde quedó la ansiada certeza. Dónde el descanso de lo cierto. Cuándo empezó a moverse de nuevo el tiempo que creía detenido.

Asoman las dudas su cara borrosa, dejan su huella en la consciencia. Vuelven siempre y es un sueño creer que se han marchado definitivamente. La dudas nunca quedan solas. Viven acompañadas de zozobra. Nos habitan, nos llenan, nos ocupan con su alma gris y siempre opaca. Están tan dentro de mí que no se qué sería de mi sin ellas.

Las dudas me mueven, me agitan, me dan vida pero también me matan. Dudar es necesario. La verdad sin dudas siempre esconde un engaño. La certeza impuesta o regalada es perniciosa. No importa la intención con que nos fuera dada. La duda vive dentro de nosotros. Somos carne, hueso, sangre y duda.

La dudas como motor del pensamiento. Impulso hacia un horizonte cambiante. Alimento tóxico pero necesario. Desconfiad de quien no duda.

Pensaba que y ya no lo pienso. Creía que y ahora creo un cosa diferente. Creer, a pesar de lo que nos digan, es todo menos certeza. Es pura duda. Creo que, no es más que un intento de tener algo por cierto. Un intento, sí,  pero desesperado de ir más allá de la  simple opinión, del mero pensamiento.

Creer en algo o en alguien no pretende más que descansar de las dudas que provoca el más valiente yo pienso.

Después de tanto pensar, de tanto creer, de tantas dudas y opiniones es cruel ser consciente de que además de la muerte la duda es la otra certeza que nos queda.

Las dudas, en plural, son, pues, parte de nosotros. La duda, como concepto, es absolutamente humana. Componente, bastón, acicate, dolor. Compañera, enemiga, insomnio, motor. Movimiento, desazón y sobre todo tiempo. Sin tiempo no hay duda pero, creamos lo que creamos, tampoco vida.