Tiempo de examen

L. estudia con nosotros. Es musulmana. Un pañuelo negro le cubre la cabeza. Cuando le hablo me sonríe. Casi nunca me contesta. Si lo hace, es tan bajo que apenas puedo entenderle. Parece contenta. Lo imagino. No estoy seguro. Su pañuelo oculta su cabeza y sus sentimientos, me temo.

S. abandonó su país. Sufrió una agresión sexual y se marchó. A nadie parecía importarle. Lo dejó todo, huyó y se vino aquí porque aquí vivía su madre. Mientras escribo la veo a ella también escribir. Están haciendo un examen. Parece concentrada. No sabe que la  observo. Lleva más o menos un año en su nuevo país. Ahora su madre la rechaza. Su madre sólo vive para el alcohol. Cada vez es menos una persona y más un mamarracho. S. acaba de marcharse de casa. No puede más. Estudia, busca trabajo y busca también una casa. No tiene papeles. Hablo con ella pero ya se me han acabado las palabras. Sólo se me ocurre dar un puñetazo en la mesa.

M. vino del este. Su país es cada vez menos vivible, me dice. Vino con su madre. Aquí empezaron una nueva vida. La miro también ahora. Pensativa. El bolígrafo azul en sus manos. Piensa y escribe. Escribe y piensa. De vez en cuando su mirada parece perdida. Está preocupada. Hablé con ella el otro día y se derrumbó. Ya no pudo sonreír y decir que todo iba bien. No podía más. La nueva pareja de su madre es un malnacido. La maltrata y M. asiste impotente y llena de dolor y de rabia al sometimiento de su madre. No la reconoce. Se enfada con ella pero ella le pide que no haga nada. Todo pasará. No te preocupes. Ha empezado a faltar mucho a clase últimamente. No quiere dejar sola a su madre. Le da miedo. Quiere denunciar y no puede, quiere hacer algo y no sabe. Pide ayuda y yo sólo le doy palabras.

R. se rasca la cabeza. Suspira. Me llama para consultarme una duda. Se le ve con sueño. Trabaja por las noches para poder ganarse la vida. Por las mañanas viene a clase y a veces, aunque no lo quiera, se duerme, se le caen los ojos y la cabeza. Asisto impotente a su lucha por permanecer despierto. Está agotado. Necesita pagar una habitación donde vivir, comprar comida todos los días. Trabaja y estudia. De día y de noche. Sobrevive. Yo trato de ayudarle con más palabras y una palmada en la espalda. Trabaja, por supuesto, sin contrato. Así están las cosas, le dicen. Hijos de puta, pienso. A él le explico lo que puede hacer para denunciarlos. Sé que no va a hacerlo. Así están las cosas. Al menos soñamos con el momento en que pueda. Tan pronto como consiga un nuevo trabajo.

L, S, M, R y otros ocho alumnos más están ahora delante de mí. Todos en silencio. Escribiendo. Ninguno es de aquí. Cero por ciento. Todos han llegado de lejos. Todos han empezado una nueva vida llena de problemas, dolor, esperanza, nostalgia, alegrías, frustraciones y expectativas. Luchan como yo nunca he necesitado luchar. Han dejado atrás familias, amigos y también problemas.

Aprendo a diario con ellos. Ahora que los miro en silencio, cada uno concentrado en sus palabras que son sus sueños. Ahora que tengo tiempo para detenerme en sus caras, en sus miradas. Ahora, como casi siempre, me pregunto: qué mundo hemos hecho. Cómo nos gusta perder el tiempo hablando de derecho y democracia cuando la justicia no existe.

Levanto la cabeza del papel. Miro a L, se da cuenta, levanta también su cabeza envuelta en su pañuelo negro y me sonríe.

To do list

Podar los plátanos y los granados. Leer la segunda parte de La muerte del comendador de Murakami. Colocar las dos bombillas fundidas en el baño y en el pasillo. Escuchar a Holy Motors, el único grupo estonio que conozco. Comprar escuadras y tacos del número seis. Dejar de pensar en lo que tengo que hacer mañana. Preparar el viaje a Cracovia. Ir a ver el cuadro de J. antes de que termine la exposición. Dejar de lamentar que ya no hay entradas para el concierto. Preparar sushi, jazz y vino para el viernes por la noche. Volver a pasear al menos seis kilómetros por día. No pensar en mí más de diez minutos seguidos. Organizar las clases del lunes. Encender la chimenea antes de que llegue la primavera. Poner la lavadora. Elegir entre la quietud y el movimiento. Decidir si pongo las fotografías en la pared o la dejo blanca y desnuda. Acabar de leer a Philippe Sands. Poner pilas nuevas a la radio. Dormir más de seis horas. Escuchar Into my arms de Nick Cave. Decir bien alto que prefiero a José Mujica antes que a Trump y a Maduro. Borrar la lista de la compra de la pizarra de la cocina. Ver Los Durrells cada vez que el ánimo decaiga. Comer más mandarinas. Cambiar el fondo de pantalla del portátil. Comprar ya Solenoide de Mircea Cartarescu. Ir a ver El Marido Ideal de Oscar Wilde. Hablar más y callar menos. Ver más a menudo a mis amigos. Escribir tanto como antes. Ordenar de una vez las fotografías. No decidir nunca el color que prefiero. Ir a ver el partido de otra J. Pasear camino de la ermita. No dejar que el domingo por la tarde me hiera como el rayo. Colocar las baldas y el espejo. Ser indiscreto y mirar por la ventana. Espiar a otros y dejarme a mi tranquilo. Decir siempre lo que pienso o no hacerlo. No olvidar decidir esto. Hablar con S. Buscar un flexo para mi mesa blanca. Recordar que la música siempre está ahí para salvarme. Regalar al mundo una canción de Sufjan Stevens. Decir de nada, ha sido un placer. Permanecer callado en los ascensores. Comprarme calcetines. Decidir, sin falta, qué quiero ser de mayor. Ser siempre consecuente incluso con mis inconsecuencias. Preparar la cena. Poner la mesa. Esperar.

Vivir.

Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y de libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.

Merry Christmas (one more time)

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Luces, música y estrellas en una tarde buena. Nostalgia ya de luces y estrellas que empiezan a marchar. Poco a poco se alejan pero la estela de su luz permanece. Estrellas que yo querría quietas pero se mueven. Inevitablemente giran y giran sin parar. Esta noche negra de invierno será buena, seguro. Las estrellas se detienen en el cielo de mi casa. Hoy la luz no se apaga. Have yourself a merry little Christmas.

Mi hermano pequeño

Hoy te he visto como te llevo viendo estos últimos años; agarrado siempre a una botella de cerveza. Hoy te he visto pero esta vez te has parado a hablar conmigo de nuevo. Hacía mucho tiempo que no lo hacías. Eres más joven que yo pero estás mas viejo. Las arrugas ya pueblan tu cara y me ha impresionado ver tu boca sin apenas dientes. No sé lo que te pasó. No sé lo que te hizo dar la vuelta a la esquina de la vida. No sé por qué abandonaste el mundo de los vivos para vivir entre tinieblas. Hoy has venido a ver a tu hijo. Lo sé aunque no me los hayas dicho. Tal vez él sea lo único que te aferra aún al mundo. A mi mundo.  Eras amigo de mi hermano. Hoy me lo has vuelto a decir y te lo agradezco. Querías decirme que te acordabas de él, que te acordabas aunque hayan pasado ya tantos años. Tantos son que me da vértigo pensarlo. Increíble que en tu mente nublada aún tengas sitio para él. Increíble que me hayas repetido cómo antes hacías su nombre, sus dos apellidos y la forma en que los amigos le llamabais. Me has dicho que sabes que está ahí, en algún sitio. No buscabas de mí nada. Detesto los prejuicios que me han hecho  alejarme de ti siempre que te veo. Sólo querías que supiera lo mucho que le querías. De seguirte la corriente he pasado a tener vergüenza de mí mismo, de saber que, a pesar de todos los pesares, eres mejor que muchos de los que seguro te desprecian.

He querido preguntarte qué te ha pasado, qué ha sido de tu vida. Por qué deambulas siempre solo. Por qué te tiraste de cabeza a ese agujero negro en el que vives. Por qué has cambiado el sol, el aire. los caminos, el mar y la tierra por una cerveza. Por qué pierdes los dientes, el pelo y el último soplo de vida. He querido preguntarte todas estas cosas pero no me he atrevido. Qué puede pasar en nuestra cabeza, qué puede hacernos la vida para partirnos en dos y quedarnos en tierra de nadie.

Me contabas como de pequeño me veías muy mayor. Yo era cinco años mayor que mi hermano. Entonces, cuando todavía el tiempo parecía nuevo, eso era todo un mundo. Me has vuelto a repetir que tú y todos tus amigos queríais mucho a mi hermano. A pesar del tiempo aún lo tienes presente. Me has dicho que tú piensas mucho en los muertos. Que cada uno tiene los suyos. Los tuyos son tu perro, tu abuelo y mi hermano.

Me he quedado helado. No podía responderte. Te veía allí parado, sujetando la botella. Nada más. Yo con las bolsas de la compra me he sentido ridículo. No era  capaz de hablar, de pedirte perdón por escapar, por el silencio y la cobardía. Me avergüenzo ahora de al menos no haberte dado las gracias por tus palabras. Palabras con olor a cerveza. Palabras que nadie te había pedido y tú me has regalado.

Lo mismo que has venido a hablar conmigo, te has ido. Seguías recordando los muertos. Has pensado en alto. Si tu hermano siguiera vivo igual ya no sería su amigo, tal vez la vida nos habría llevado por caminos diferentes. De hecho yo estoy en otro mundo. Pero murió y permanece conmigo. Como era entonces. Tu hermano pequeño.

En fin, son cosas mías, me has dicho. Y te has ido.

Yo he venido a casa. He dejado las bolsas de la compra en la cocina. Me he sentado en el sofá rojo de todos los días. He pensado en ti, en tu vida. En cómo eras y en cómo te veo ahora. He lamentado tantas cosas. He pensado también en mi hermano. Ya no le llevo cinco años. Ya son cuarenta y dos.

Sería bueno pensar que él sigue igual en alguna parte.

Para P.

Mi patria

Nada mejor que llegar a casa después de un día de jodido trabajo y, solo como sólo se puede estar solo en una tarde de noviembre, renacer una vez más de las cenizas. La música, como casi siempre, es la responsable. En momentos así, qué sencillo es responder a preguntas como qué es la patria para ti. Cuántas palabras idiotas se dicen, cuánta perdida de tiempo. Está tan claro cuando uno lo sabe apreciar. La verdad es transparente. Sólo hay que tener ojos para sentirla. Las patrias, además, nunca tienen banderas.

Ahora mismo soy lo que quiero ser y no lo que otros han diseñado que sea. Todo es claro y distinto. Gracias Dan. Hoy te lo debo a ti.

P.S.: Sé en quién pensabas cuando escribías esto.

Oscuro silencio

Cada vez que pongo los dedos sobre las teclas me detengo. No sé lo que me pasa últimamente. Me quedo muchas veces enmimismado. No produzco. Las palabras se quedan atascadas en los huesos de los dedos. Hablo conmigo, hablo para adentro. Estoy espeso. Soy opaco. Nada fluye. Pero no estoy en silencio.

Cada día se hace de noche más temprano. Por las mañanas, cuando salgo de casa hacia el trabajo, todo está aún oscuro. Me cuesta dar los primeros pasos. Camino mirando siempre al suelo. El mundo no me interesa y avanzo deprisa escuchando sólo el sonido de mis pasos. Sé que el mar está a mi lado. Oscuro también, e inmenso.

Cada noche me agarro a la esperanza de mi casa. Luz eléctrica, música en vez de aire y libros prometiéndolo todo. Palabras que yo no digo, palabras que yo no escribo me hablan desde sus páginas blancas. Vidas de otros que hacen que deje de ser el centro. Historias y pensamientos que me sacan del torbellino en que mi cerebro se está convirtiendo. Ruido en vez de otro ruido.

Cada vez que cierro los ojos, la cabeza sobre la almohada, me da miedo quedarme ahí, quieto. Me muevo en un intento vano de espantar la falta de movimiento. Repaso entonces con obsesivo detalle todo lo dicho, lo visto y lo oído. Me clavo al tiempo, recorro la memoria con detenimiento y poco a poco caigo en el sueño de los recuerdos.

Cada sueño me lleva por caminos, noches, días y rostros conocidos y desconocidos al mimo tiempo. Cada imagen, cada paisaje, cada ciudad, cada casa la he recorrido cientos de veces y son, sin embargo, extrañamente nuevas. Todo lo he visto y nada he conocido. Sé que estoy viviendo pero cuando despierto, por un momento, me siento atrapado en un espacio fuera del tiempo.

Cada tarde como esta, perdida en medio de octubre, entrada ya en el otoño. Lejos del sol y lejos también de las luces blancas y negras del invierno. Cada tarde como esta, sentado como siempre a mi mesa blanca, escuchando como siempre la música que me alimenta pongo los dedos sobre las teclas y los veo detenerse. No quieren decir nada.

Cada palabra que queda escrita, abandonada a su suerte según es dicha, vuela, escapa de mi lado y se agarra con fuerza al papel blanco. Me detengo, las miro y me asombro al ver que mis dedos siguen estando quietos.

La carpeta azul

Yo escribía diarios. Yo escribía diarios cuando era adolescente. Cuando era adolescente y medio idiota como casi todos los adolescentes. Yo tiré mis diarios a la basura en un arrebato de pudor y cierta vergüenza hace ya muchos años. Han pasado décadas desde entonces.

Yo escribía poemas cuando era adolescente. Yo me creía poeta cuando pensaba que era artista sin ser adolescente. Yo tiré mis poemas a la basura cuando decidí que si no era Rimbaud prefería no ser artista ni poeta. Tiré todo lo escrito y seguí siendo un inadaptado adolescente. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía obras de teatro cuando era adolescente. Escondido en la oscuridad de la noche, robaba horas al sueño y poseído de un frenesí enfermizo llenaba de palabras hojas hasta entonces en blanco. Pensé en cambiar el mundo, estaba convencido de ello. Como casi todos los adolescentes. Pasado el furor del acto creativo, releía lo escrito y rompía los papeles en mil pedazos. Después de haber sufrido tanto pariendo las palabras, después de no sentir miedo a nada, me acobardaba. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía cuando era adolescente. Creé un mundo nocturno y escondido que nadie conocía. Almacenaba cuadernos. Diarios, poemas, pensamientos. Con seudónimo participaba en concursos literarios sin decírselo a nadie. Con seudónimo enviaba mis textos a un programa de radio. Cuando luego los oía, recitados por una voz que no era la mía, no sé bien lo que sentía. Miedo, orgullo, vergüenza, emoción, dentera. Todo cabía en el alma del adolescente que quería ser artista y no se atrevía a decirlo en voz alta.

Yo quería ser algo sin saber muy bien lo que quería. Como casi todos los adolescentes.

El otro día, escondida en el último rincón del último cajón del último cuarto de mi casa, encontré una carpeta azul de cartón. Estaba cubierta de polvo. No fui consciente de lo que tenía entre mis manos hasta que retiré las gomas rojas de las esquinas y vi que dentro sobrevivían poemas, textos y ocho cuadernos que nadie había visto hace cuarenta años. ¿Cómo sobrevivió esa carpeta a las iras de un Rimbaud frustrado, ¿cómo seguía allí después de varias mudanzas?, ¿cómo se libraron de las llamas a las que todas las demás carpetas fueron condenadas por un Dostoievski decepcionado? Son preguntas para las que no tengo respuesta. El hecho es que limpié el polvo, retire las gomas, abrí la carpeta, ordené los cuadernos numerados del uno al ocho. Dudé y para vencer la tentación caí en ella. Esos ocho cuadernos milagrosamente supervivientes narran casi dos años de mi vida adolescente. La narran enfermizamente al detalle. Abrí la primera hoja del primer cuaderno y no paré hasta apurar la última palabra del octavo.

Han pasado ya unos días de esta lectura inquietante. Se mezclan sensaciones. La más extraña de todas ha sido revivir cosas de las que yo no me acordaba. Volvían a nacer al ser leídas. Recuerdos que sí creía tener han sido cambiados por la realidad dormida hace cuarenta años. He vuelto a recorrer las calles de entonces, a hablar con mis amigos de entonces, he revivido con tanto detalle lo que viví entonces que ya no sé bien lo que es realidad, recuerdo o memoria. Esa sensación poderosa se ha impuesto a la dura verdad de verme tal y como era, al sonrojo que he sentido ante tanto sentimiento perdido, a la extraña sensación de que un mundo olvidado o deformado reaparece con todo detalle. No sólo había olvidado horas y días, había olvidado sentimientos, amigos, amores, deseos, anhelos de futuro, determinaciones. Había borrado de mi cabeza cobardías y amedrantamientos. Ingenuidades sonrojantes que me hacían entonces adaptar el mundo a lo que convenía a mis miedos y debilidades.

Han pasado ya unos días y se me hace extraño ahora poder recordar con todo detalle lo que viví entonces. Las personas con las que trataba entonces, algunas que no he  visto en años han vuelto a aparecer en mi vida y he recuperado el afecto que entonces sentía por ellas. Las palabras escritas por el artista que no quería ser adolescente han tenido la fuerza de un reencuentro, han roto el olvido, han reformado recuerdos, han aclarado dudas y han hecho despertar todo lo que yo creía olvidado y sólo estaba dormido.

Ha sido tan fuerte para mí la experiencia, he descubierto que me he leído a mí mismo con la misma pasión con que entonces escribía. Más allá del bien y del mal, más allá de sonrojos y vergüenzas, ha quedado ante mí la vida tal y como era, tal y como yo la viví. He sentido lo que sentía y he vuelto a soñar lo que soñaba.

Cuánto lamento ahora haber quemado mi vida en las llamas. Qué duro fue que tras el octavo cuaderno no hubiera un noveno. A partir de allí ya sólo me quedan recuerdos.

Vivo en el tiempo, no tengo otro remedio, él me contiene. Contiene también a mi realidad y mis recuerdos. Ha sido un shock intercalar un trozo de realidad entre tanto recuerdo. Ha sido inquietante viajar en el tiempo. Ha sido un placer después de tantos años querer al adolescente que nunca quise ser y fui. Como casi todos los adolescentes. Otros para su suerte o desgracia lo continúan siendo durante toda su vida.

En la carpeta azul, además de los ocho cuadernos, hay más cosas. Creo que textos y poemas. Aún no los he abierto. No sé si atreverme. Me da miedo que Rimbaud y Dostoievski se fueran de allí hace cuarenta años y ahora sólo quede el retrato de un idiota adolescente.

Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.