Libertad de expresión

Sospecho de un país en el que una obra es eliminada de una exposición. Recelo de un país en el que un libro es secuestrado o un rapero condenado a más de tres años de cárcel por injurias a la corona y enaltecimiento del terrorismo.

Una obra, de arte o no, es una expresión de una opinión que puede incluso no ser respetable. Podemos o no estar de acuerdo. Nuestro falta de aprecio sería en tal caso el mejor desprecio.

Un libro relata unos hechos, ficticios o no, pero allí plasmados. Juzgar las intenciones del autor para castigarle o no escapa de nuestras posibilidades. Decidir si es pernicioso o recomendable va más allá de nuestras potestades. Dejémoslo estar. El tiempo lo pondrá en su sitio.

La letra de una canción, mala, buena o regular no es más que eso, una letra. La libertad de quien la escribe nunca puede estar por debajo del honor de un rey. Honor, rey y corona suenan además perfectamente simbólicos como para escapar de cualquier injuria. Calificar, por otro lado, como enaltecimiento del terrorismo la mera expresión de ficticias intenciones que no tienen posibilidad alguna de llevarse a cabo, no parece coherente en un estado de derecho.

La libertad de expresión y de opinión pueden hacernos sufrir, pueden descalificar a quien las manifiesta pero debemos evitar caer en la tentación de la censura. Son, en último término, la consecuencia de la inquebrantable libertad de pensamiento.

Vivir en el disenso es lo que nos aporta desarrollo. El consenso es la tentación de estar siempre satisfecho, acomodado, inalterable y peligrosamente contento con uno mismo.

Convivir aceptando ideas que no nos gustan, que desaprobamos o incluso nos ofenden es la tarea difícil que debemos imponernos. La vida en común necesita que toleremos ideas distintas de las nuestras. La vida en común solo será posible si también las nuestras son toleradas.

No defiendo que toda idea es respetable. Nunca lo he hecho. Las hay que son despreciables.

Buscar el límite de la tolerancia es ardua tarea. Es fácil hablar de tolerancia cero cuando todos coincidimos. La tolerancia, como tal, la que no tiene cifra a su lado, esa es la asignatura pendiente.

El error en el que caemos demasiado a menudo es el acabar con el disenso a través de la censura. Muerto el perro se acabó la rabia.

Buscar el límite de la libertad de expresión nos lleva ocupando siglos. Pensadores, legisladores, filósofos, constituciones, declaraciones han tratado de dejar negro sobre blanco algo inasible por naturaleza.  Tan complicado es que aún hoy seguimos discutiendo.

La tentación ha sido y sigue siendo  castigar obras de arte, tachar libros de la lista recomendable y mandar la cárcel a depredadores del honor sagrado de monarcas incomprensibles.

John Stuart Mill ya nos avisó hace tiempo de que debe existir la máxima libertad de profesar y discutir, como una cuestión de convicción ética, cualquier doctrina, por inmoral que pueda considerarse.

Seguiré pensando sobre esto, lo prometo. Aún no tengo respuesta. Cuando creo que sí, me contradigo, me callo y, a veces, hasta digo lo contrario.

Qué difícil es ser respetuoso.

Mientras decido, si es que algún día la luz viene a ayudarme, me quedo con la libertad. Asumo el riesgo.

Cadena perpetua

¿Son compatibles la justicia y la cadena perpetua? La justicia nos empuja a dar a cada uno lo que se merece. La cadena perpetua es, por definición, una condena de carácter indefinido. ¿Es posible condenar a alguien indefinidamente?

Si estamos de acuerdo en que dios no pierde su tiempo en inmiscuirse en nuestras rencillas. Si partimos de la base de que la justicia divina no es más que un consuelo de tontos, tenemos que concluir que somos nosotros los que debemos impartir justicia.

A ese  nosotros le llamamos tontamente estado como si al hacerlo nos despojáramos de responsabilidad, como si ese ente impersonal, que a todos nos representa cuando no queremos dar la cara, fuese, por el mero hecho de ser todos y nada al mismo tiempo, capaz de defender más justamente los valores esenciales sobre los que se asienta la sociedad de la que formamos parte. El estado es entonces quien condena, no nosotros. Pues bien, el estado no tiene derecho a quitar a nadie la totalidad de su libertad ni, ya puestos, su vida. La cadena perpetua elimina definitivamente la autonomía de la persona que la sufre. Una persona sin autonomía deja de ser persona y desde un punto de vista moral eso es lo mismo que matarlo. La pena de muerte y la cadena perpetua eliminan de raíz la característica principal de la vida: la autonomía.

La cadena perpetua ha tranquilizado las conciencias de los que no se atrevían a defender la pena de muerte. En el fondo no es más que un sustituto. El estado no puede matar de una vez pero sí puede hacerlo lentamente. A los que claman por la pena de muerte, se les ha dado este caramelo envenenado para hacerles sentir más sabios y, sobre todo, más justos.

Muchos a lo largo de la historia han puesto el origen de la justicia en manos de dios y él, como hacedor de todas las cosas, sí se nos figura capaz de quitar lo que nos ha dado: la vida. Eso ha hecho que siguiendo ese imposible ejemplo hayamos jugado a ser dioses, a dar y quitar lo que no podemos dar ni quitar. Desde la ilustración, gracias a dios, le hemos ido abandonado y poco a poco hemos ido separando la justicia del castigo.

Si aceptamos que no podemos quitar la vida pues eso va en contra de nuestro concepto de vida como un todo, deberíamos aceptar también que no podemos quitar la libertad totalmente puesto que sin libertad no hay vida. La cadena perpetua entra así en contradicción con la aspiración de impartir justicia.

La venganza no es justicia aunque es fácil hacer que lo parezca. La venganza puede, tal vez, reparar algo en la víctima de un mal causado. Saltar de una persona a todas las personas, al estado que ya hemos mencionado, y creer que el estado repara un mal con la venganza es personalizar lo que debe ser despersonalizado. La justicia es reparación y armonía. La justicia da no quita. La venganza es un desquite y aunque personalmente uno no pueda evitar comprenderla individualmente, es imposible pensar que todos a una, el estado que nos representa, base su justicia trasladando el daño a quien lo produjo.

La cadena perpetua o prisión perpetua o la reclusión por tiempo indeterminado o como queramos llamarle es cruel.  La justicia no puede serlo. Quien la defienda que defienda la justicia como castigo y venganza. Que diga alto y claro que el que la hace la paga y que todos, escudados en la ciega justicia y en el estado todopoderoso, podemos exigirle al culpable que sufra de la misma manera que él hizo sufrir a su víctima. Quien crea que la venganza es justa que lo diga sin reparos.

La justicia, creo yo, dejo de ser eso hace mucho tiempo. La dignidad del justo hace que estemos por encima del injusto. Hace que no hagamos lo que él nos hizo. Y, que no lo hagamos, no por miedo al castigo, sino por convicción y por que conservamos la esencial característica que nos define: la libertad. La libertad de no hacerlo.

Llamar a la cadena perpetua prisión permanente no le quita las cadenas. Añadirle el adjetivo revisable no la hace más justa ni deseable.

Inconsistencia de ser

Cada dulce hola es un amargo adiós. Cada noche es principio y fin. Cada palabra dicha escapa para no volver. Cada segundo es y no es. Todo es distinto cada vez.

Cuando pienso en todo lo que he dicho, cuando trato de recordar el tiempo que se fue, cuando casi nada puedo repetir, vuelvo aquí una y otra vez.

Todo se me hace inconsistente. Todo escapa y nada permanece. Todo deja de ser todo para ser cuatro letras perdidas en la nada. Todo fue. Nada es.

Sólo la música queda, llena el espacio infinito que crea el tiempo. Sólo la música hace soportable el silencio.

También estás tú, y tú, y tú. Uno a uno formáis un vosotros. Vosotros que deja de ser palabra, que ya no vuela. Vosotros que siempre vuelve y se queda.

Cada hola es dulce. Cada adiós amargo. Me niego siempre a pronunciarlo. Cuando pienso en todo lo que he dicho, todo se me hace inconsistente. Escucho entonces la música que hay detrás del silencio. Escucho, callo, pienso, siento y me quedo.

Primer viernes después de navidades

Primer viernes después de navidades. De vuelta ya en la casa sin luces. La página en blanco como el año que comienza. Los días cayendo uno tras otro sin descanso. Y yo como observando. Ensanchando los recuerdos. Añorando voces y presencias. Luces, sonidos, palabras y risas que sin remedio se van desvaneciendo. Horas y días vividos sin reloj ni calendario. Vivir tan solo viviendo.

Primer viernes después de navidades. La tarde se deshace en silencio. Despierto de la anestesia lentamente. Recupero palabras dormidas. Mis dedos se mueven, por fin, tras un tiempo de letargo. Enciendo la luz de mi mesa. Amarillo sobre blanco. La ventana, a mi derecha, me separa del mundo. Frente a mí, una pared desnuda e infinita. Suena ya la música. Tan necesaria como el aire. Vivir tan solo escuchando.

Primer viernes después de navidades. Enero lleno de agua. Invierno en mitad del invierno. Árboles sin hojas. El cielo gris. El mar gris. La tierra dormida. Siempre silencio cuando despierto de madrugada. Días iguales. Días sin nombre que me llevan, sin yo darme cuenta, a la apacible rutina, temida y deseada. Días y noches que sin ser nada me devuelven a la vida que creía perdida. Vivir tan solo estando.

Primer viernes después de navidades. La calle fría por la mañana. Las horas que siempre vienen despacio para irse corriendo. El trabajo, los libros, los papeles. Tantos ojos que me miran  esperando de mí una respuesta. Tantas palabras dichas. Tantos planes trazados. Tantos proyectos olvidados. Volver a casa y sentir lo grande y caliente que es el mundo entre cuatro paredes. Vivir tan solo mirando.

Primer viernes después de navidades. La tarde se convierte en noche. Escucho, escribo, leo y pienso. Cada cosa vuelve a ocupar su sitio. Tengo ante mi cientos de libros. Vidas que ya he vivido. Docenas de fotografías que encierran todo el universo que finalmente me importa. Miles de canciones que llenan de vida incluso mis silencios. Estar aquí sentado. Esperar que se abra la puerta. Vivir siendo.

Verdad y belleza

Hay canciones buenas, muy buenas, casi perfectas y, muy de vez en cuando, perfectas. Esta es uno de estos contados casos. Hay que hacer un gran esfuerzo para transformar en palabras la admiración. Uno se queda con la boca abierta y asiente conmocionado por la belleza. Llevo muchos, muchos años escuchando esta maravilla. Nunca me abandona la sensación de haber descubierto algo, de haber entrevisto la verdad durante unos instantes, de haber comprendido el porqué de las cosas.

La escucho ahora como la escuché aquella primera vez. Sentado ante una mesa. Quieto, atónito y distante. Consciente de que a veces creamos un antes y un después. Fuera del tiempo. Viendo sin ver lo que pasa a mi alrededor. Dulce olvido. Nubes, amor y vida vistos desde ambos lados. Desde aquel día en que vi un poco de luz y desde este aquí y ahora en el que la luz sigue iluminando, aunque sea tenuemente, la verdad y la belleza que se esconde todavía en este oscuro diciembre.

¿Tiene sentido la vida? Sí. ¿No es evidente?

Otra vez yo

Siempre que pruebo un lápiz, una pluma, un bolígrafo, siempre que relleno sin pensar un papel vacío, escribo, y no sé por qué, la verdad es que…

Cuando imagino un color, ni su mezcla ni su ausencia, cuando quiero que mi mente dispare uno automáticamente, nace un amarillo huevo, casi naranja.

Mis paisajes imaginarios siempre son llanos, inmensos, distantes. Sin árboles, sin montañas. Sin nada que se interponga entre mis ojos y el infinito. Caminos que no sé si van a ningún sitio. Creo que creo trayectos, no destinos.

Llevo toda una vida tratando de decidir cuál ha sido la más bella aportación del hombre al universo. Qué quedará cuando ya no estemos. Qué nos hace dignos de no desaparecer como motas de polvo en el tiempo y en el espacio. Sólo se me ocurre una cosa: la palabra.

La pregunta de las preguntas, la más inquietante de las dudas sigue siendo para mi, qué hay dentro de una casa vacía, qué queda cuando cerramos la puerta y nos vamos, saber si algo permanece cuando cerramos los ojos, morimos nosotros o es el mundo el que se desvanece y nos deja solos. Saber si la muerte es la soledad o nuestra ausencia.

No sé si prefiero escribir la más bella poesía o ponerle música. No sé si lo que nos transforma es la idea o la sensación. A pesar de amar las palabras sobre todas las cosas, llega la música y me deja mudo. La palabra me reafirma. La música creo que me lleva al centro de todas las cosas. Al lugar donde nada hay que explicar. Lo mismo da mirar que cerrar los ojos. Sabia quietud silenciosa.

Lo que más me cuesta es dejar de pensar, hacer que mi mente descanse un instante. Siento incluso que alguien dentro de mí me gobierna. Sus órdenes escapan a mi comprensión. Todo es actividad y yo busco paz. Calma en la que pueda escoger las palabras, palabras que pueda unir o desunir a mi antojo. No quiero que mis pensamientos escapen corriendo, no quiero sucumbir a su criterio.

Al despertar todo es oscuro. El mundo una enorme pendiente y la vida un saco enorme cargado a mi espalda. Sé que todo es mentira pero lo mismo sucede todos los días. Al acostarme, al final del día, trato de cerrar los ojos y no ver nada. Ahí está otra vez ese ser que me habita, me abre los párpados por dentro y me recuerda que los ojos cerrados nos muestran un mundo inimaginable. Casi siempre terrible.

Cada vez me gustan más las canciones tristes, los poemas oscuros, el gris, el blanco y el negro. Cada vez soy más melancolía. No es tristeza, tampoco amargura. Es sentirme bien y mal al mismo tiempo rodeado de añoranzas y decaimiento.

No puedo vivir el momento. Pesan siempre más el pasado y el futuro. Creo que soy cada vez menos real. No vivo lo que veo y respiro. Soy siempre ayer y, aveces, mañana.

Sigo leyendo todos los días, me gusta vivir otras vidas. Ver negro sobre blanco mundos llenos de colores diferentes. Ideas nunca por mí pensadas. Conocer personas que sólo se muestran, que se abren ante mi sin hablarme. Mundos que existen sólo cuando los miro.

De escoger un poder siempre escogería ser invisible. Estar sin que sepan que estoy. Escuchar sin ser escuchado. Ver sin ser visto. Entrar y salir sin tener que explicar por qué voy o por qué vengo.

Podría escribir los versos más tristes esta noche pero ya otros los han escrito. Podría pero no quiero. Soy todo lo que he dicho si me detengo a pensarlo. A veces no lo hago, no me detengo y me veo completamente diferente, simultáneo o complementario. No lo sé ni creo que nunca lo sepa.

Lo mismo que el blanco y el negro se encuentran en el gris, yo me encuentro a mí mismo entre alegrías y tristezas. En un punto medio indefinible, lleno de motivos para ser feliz pero estar triste. Hombre gris que aspira a la luz del horizonte.

La tragedia de mi vida es saber que sólo podemos hacernos preguntas, que esa es la más digna tarea humana, que es una vocación no elegida, que es mi imperativo categórico. La tragedia de mi vida es, decía, saber que casi todas las preguntas se quedarán sidaughtern respuestas. No las habrá pero no podré evitar enunciarlas una y otra vez sin descanso.

Soy, como ya se dijo, un mono gramático. Una conciencia filosófica que me obliga a indagar sin detenerme. Un preso de su propio pasado. Una mente capaz de discernir algunas verdades pero que siempre acaba cayendo en las trampas del tiempo. Un ser tendente a la tristeza acompañado siempre de motivos de alegría.

Soy yo. Tal vez sea el único caso en que la voluntad no cuenta para nada.

¿Es posible querer no ser uno mismo? ¿Tiene sentido plantearlo?

A veces pienso que me voy a volver loco. Cierro los ojos, trato de tranquilizarme. El problema es que así, con los ojos cerrados, ya no sé si existo fuera de mi mismo. No sé tan siquiera si hay algo allá donde ya no miro. No sé si existe la mesa que toco, el aire que respiro, la música que escucho.

Se está bien así, flotando en la duda. Dejando de esperar que lleguen las respuestas que flotan en el viento. Se está bien así, en silencio.

Días sin huella

Octubre se va como vino; despacio. Ni verano ni otoño. Ni frío ni calor. Un mes sin historia, sin memoria. Miro a los últimos treinta días y sólo veo hojas que van cayendo inertes en la nada. Noches que siguen a los días sin ganas, sin tan siquiera nostalgia.

Octubre se va sin hacer ruido, sin haber sido cosa alguna. Pasos perdidos en el tiempo oscuro que se diluyen en horas incompletas, en minutos vacíos de contenido.

Octubre como paréntesis entre ayer y mañana.

Días sin huella.

La dignidad

Tener derechos es lo que nos hace ser dignos. La dignidad viene de la mano de los derechos. Cuando hablamos de derechos nos referimos a educación, sanidad, trabajo, vivienda… Tener esos derechos satisfechos es lo que dota a un ser humano de dignidad.

Somos producto de la evolución. Somos, de hecho, los únicos seres  sobre la tierra capaces de cambiarla, de transformar no sólo el espacio físico en el que nos movemos sino la esencia que nos conforma. Damos el salto de animal a humano y transformamos nuestra identidad en otra. Eso nos hace diferentes, eso nos hace amos y señores del mundo. El problema de ser amo, el problema de discernir es que siempre hay dos caminos que podemos seguir: uno bueno y uno malo. Por eso nos imponemos deberes que cumplir, tratamos así de seguir la vía recta, de hacer lo que nos conviene, de vivir éticamente.  De esos deberes nacen nuestros derechos y de esos derechos que se han de ir cumpliendo nace la dignidad que nos define.

Cuando elegimos el lado oscuro siempre prevalece el fuerte sobre el débil. No importa que los fuertes sean minoría y los débiles inmensa mayoría. Si callamos, si una vez más el silencio de los corderos otorga, entonces, nunca conseguiremos nada.

Las leyes, los derechos, los deberes, las normas, las necesidades, las obligaciones son o pueden ser diferentes. Eso nos hace discrepar, pelear, discutir y tratar de imponer de cualquier modo, en demasiadas ocasiones, nuestro criterio. El ser humano parece ser incapaz de ponerse de acuerdo. Hablamos entonces de democracia, de mayorías y de  respeto a las minorías. Hablamos sí, pero no hacemos. Casi siempre callamos.

Sólo existe un momento en la historia en el que nos hemos sentido unidos, al menos sobre el papel, sólo una vez hemos estado de acuerdo.  El diez de diciembre de 1948 todos los países del mundo atisbaron cierta esperanza. La declaración universal de los derechos humanos es, tras miles y miles de años de historia, el único lugar, el único principio y final en el que todos convergemos. Esa debería ser la única bandera.

Los treinta artículos que la componen hacen más por nuestra dignidad como personas que todas las batallas ganadas y perdidas, que todas las revoluciones inacabadas, que toda lucha, que todo convencimiento. Nada ha sido tan universal ni tan humano. Están ahí aunque no se cumplan. Están ahí para que al mirarnos en ellos nos sintamos menos animales y más humanos.  Banderas así son las únicas que nos unen. Banderas así hacen que las partes se disuelvan y que la dignidad resplandezca.

La dignidad, como ya se nos ha dicho tantas veces, es el único motor de la lucha.

Hasta la victoria, siempre.

Para J.A. por ser tan digno.