Pobre pato Donald

Mira que pasan cosas sorprendentes en el mundo. Mira que uno tiende a creer ingenuamente que ya nada le puede sorprender. Mira que uno es idiota porque siempre hay algo que termina por romperle los esquemas, por quebrantar la lógica de las cosas, por hacer que las neuronas se rindan tras el terrible esfuerzo de comprender lo incomprensible. El asesino de mis neuronas tiene nombre, yo no lo voy a pronunciar. Sólo diré que es rubio y que odio sus morritos cuando habla. Sólo diré que viste con los colores de la bandera de su país, eso ya lo define, y que paso más vergüenza ajena que miedo cuando le oigo hablar. Llevo meses preguntándome cómo la mitad de un país puede apoyar a semejante engendro y cómo la otra mitad no se nacionaliza canadiense o mejicano.

Hay cosas que desafían las entendederas humanas, esta es una de ellas. Me da exactamente igual que los mejores analistas políticos del mundo me den mil y una razones para explicarme con todo lujo de detalles el porqué. Me da igual. Me da igual. Nada justifica que un ser en sus cabales, en pleno siglo veintiuno apoye al más zafio, hortera y ridículo de los humanos que pueblan este planeta. No hay justificación. La posibilidad de apoyarle repele a la inteligencia. Hasta un ladrillo puede verlo, hasta un colibrí entenderlo, por qué tú no votante ridículo, calzonazos, cerebro hueco, ser inmoral que juegas con el destino de tu especie por un simple plato de alubias y unas barras y estrellas.

Llevo días y días negándome a escribir sobre semejante cetrino. Pensaba que mi desprecio  aumentaría con el silencio. Pensaba también que ya se habían dicho demasiadas palabras sobre este muñeco rosa y amarillo. No quería colaborar a que fuera el centro del mundo.

Sus ideas son repugnantes. En un país medianamente democrático no podría haber sido tan siquiera candidato. Desayunar con sus propuestas día a día ha hecho que ahora me levante y me duche en silencio. Mis amaneceres ya son de por sí turbios como para que ese tupé con patas lo haga aún más oscuro. Mi biorritmo no me permite experiencias tan fuertes en las primeras horas del día. Según pasan las horas y la noche me acoge ya puedo incluso sonreír al imaginármelo leyendo un libro.

Es dura la vida que nos pone estas pruebas. El vaquero que gobernó el mundo me parece a su lado una hermanita de la caridad, un bienintencionado comedor de caramelos que buscaba indios donde no los había y que perdió el cerebro en el intento. También, el inventor de la guerra de Irak, que dios y alá me perdonen, se me antoja a su lado un lindo gatito.

Leo, hablo, discuto y rebato los argumentos que tratan de dotar de cierta lógica a los motivos que han traído esta catástrofe a nuestra vida. Me dan igual todas sus promesas, todo su dinero, la desesperación de los parados y el hartazgo de los ciudadanos con sus políticos. Trato de dar una oportunidad a los mejor informados que yo, a los más preparados que yo, a los más listos, a los más expertos. No y no. Me sigue pareciendo intelectualmente deleznable, moralmente reprobable, éticamente inicuo, racionalmente injustificable, personalmente odioso y despreciable. Llevo meses escuchando, viendo y leyendo y nadie ha hecho dudar a una sola de mis neuronas.

Lo que ahora me revuelve las tripas es ser testigo de la tibieza del resto del mundo. Una se aprovecha de la situación para salir de un mercado y entrar en otro. Otros quieren ser tajantes pero no se atreven, cobardes ellos, a hablar en alto. Los peores defienden la mesura. Hay momentos en los que no se pueden defender la firmeza y la mesura al mismo tiempo. Levantar la voz es necesario. Callar es ser un cobarde, negociar es ser mezquino y colaborar imperdonable. Mirar hacia otro lado todas las mañanas mientras el melifluo rubito juega al monopoli con el mundo es despreciable.

No siento especial desahogo después de estos exabruptos. No creo que sean salidas de tono, ojalá lo fueran, pienso más bien que son triste realidad, dura certeza cotidiana. Siento decirlo pero nunca pensé que caeríamos tan bajo.

O llamamos a las cosas por su nombre: idiota, impresentable, mastuerzo. O nos avergonzamos de semejantes compañeros de viaje: débiles, ineptos, cobardes, ignorantes. O mejor nos bajamos en la próxima, nos perdemos en la noche de los tiempos y nos pasamos la eternidad sabiéndonos unos miserables.

Pobre pato Donald, te han robado el nombre. Tranquilo, a ti al menos se te entiende cuando hablas.

Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, cierra la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

Ella, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

Sobre la libertad

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht me viene a la cabeza siempre que pienso en él, en Richard quiero decir.

Sé que free es una palabra engañosa en inglés. Es libre y es gratuito. Libre se ha de ser siempre por voluntad, gratuito uno lo es por decisión. Imagino que Richard defiende la gratuidad cuando esta es posible y que respeta que exista el precio si éste es necesario. Lo que sí sé es que es libre. Libre por definición. Pocos como él pueden alardear de ser consecuentes con lo que piensan. Pocos los que toman las riendas de su vida y la llevan por el camino de la ética. Ética entendida como el camino de la buena vida. Buena entendida como conveniente. Menos son aún los que viven con alegría. Richard vive con la alegría de los que saben que su camino está basado en la consecuencia y por ende en la libertad. Alegría de vivir consecuentemente. Libertad de hacer lo que uno piensa.

Una definición clásica de la ética es aquella que la relaciona con el estudio del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Richard no suele usar la palabra mal sino algo más suave: malévolo. Malévolo es quien tiene mala intención. Juzgar intenciones es muy complicado. Él lo hace y cuando uno le lee o lo escucha tiende a pensar que casi siempre tiene razón. El privilegio de la libertad le da una visión más certera de las intenciones ajenas. No está atado a nada. No gana ni pierde por decir lo que piensa. No hay intereses ni precio. Hechos. Todo lo demás sobra.

Defender el software libre les parecerá a muchos algo marginal que a casi nadie afecta. Ir por el mundo hablando sin descanso en favor de un uso adecuado de la informática no se tiene por algo elevado ni digno de mención. No hace falta un quijote para eso. Ya tuvimos uno y murió perdido en su locura. Si además, quien hace tal cosa lleva un gnu de peluche en sus manos, abraza su ordenador como su más preciado bien, se descalza antes de hablar en público  y se coloca sobre la cabeza un antiguo disco duro a manera de aureola de nuevo santo laico, entonces, los necios creerán tener todo a su favor para despreciar las palabras que no entienden. Allá ellos. No pueden y no quieren ver más allá de sus narices.

Richard Stallman es un luchador por la libertad y a esa lucha decidió entregar su vida. Renunció voluntariamente a lo que casi nadie es capaz de renunciar: dinero, reconocimiento, fama, prestigio. No quiso pagar el precio que casi todo el mundo paga por conseguir estas cosas. No se vendió él ni nada vendió. Abandonó la comodidad por los principios. La estética por la ética y decidió seguir el camino recto. La linea recta no existe, no está ahí fuera. Sólo cada uno de nosotros la puede ir trazando con sus actos. Richard la lleva trazando con pulso firme más de treinta años.

Richard Stallman defiende la libertad desde su campo, ahí le tocó estar y a ello se dedica. La informática como instrumento para defender algo más grande e inmutable. Richard creó un sistema operativo que se enfrentó a monstruos sagrados. Malévolos embaucadores de incautas y desprevenidas víctimas. Abandonó el camino de la gloria repitiendo una y otra vez, no es ético, no es ético. Ese ha sido su mantra desde entonces.

Richard Stallman afirma que el conocimiento está hecho para compartirse. Nadie puede apropiarse de él ni impedir que sus semejantes puedan acceder a él. El conocimiento no es un monopolio y por tanto nadie debe poner barreras de entrada. No es ético. Lo increíble es que surjan dudas ante algo tan evidente.

Las principios defendidos por el software libre hablan de  libertad (libertad de ejecutar un programa como se desea, con cualquier propósito), estudio (estudiar cómo funciona el programa y cambiarlo para que haga lo que uno quiera) y compartición (redistribuir copias para ayudar al prójimo). Los principios del software libre se refieren a la libertad y al conocimiento, nos enfrentan al problema ético del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Nos sitúan ante la evidencia de la existencia de la comunidad, del otro como parte de nosotros.  De la ética. Negar lo evidente y lanzarse al lado oscuro es tentador pero no es ético.

¿A que no Richard?

Richard Stallman no es un quijote loco y solitario. Es uno de los hombres más cuerdos que conozco. Cuerdo y libre, cuerdo y alegre. Contento simplemente por abrazar un pequeño gnu de peluche. Feliz por poder aprovechar el tiempo. Alegre por abrir en cualquier momento su viejo ordenador y escribir en él lo que sale de su cabeza y de sus dedos.

Richard Stallman comparte lo que conoce. Puedes copiarlo, modificarlo y distribuirlo libremente. Puedes incluso cobrar por ello, si te apetece.

El que tenga oídos que oiga. gnu

A palabras necias…

Pensaba, por parecerme obvio, no tratar de defender la entrega del premio nobel de literatura a un poeta. Me parecía inverosímil que alguien se rasgara las vestiduras al conocer al premiado de este año. Lo cierto es que lo inverosímil ha sido escuchar y leer la sarta de sandeces que muchos han dicho, et tu quoque Varguitas fili mi !

¿Por qué se creen dueños de las palabras? ¿Por qué si las palabras se cantan ya no sirven?

Me resisto a argumentar lo evidente. No quiero. Eso es lo que buscan. No hay que satisfacer su deseo. A palabras necias oídos sordos.

Otra cosa es que lo escrito, y luego cantado, por  Bob Dylan guste o no guste. A eso no tengo nada que decir. A mí me parece asombroso. ¿A ti no?

A mi tampoco me gusta José Echegaray y no me ha pasado nada.

Sin ánimo de ofender ni polemizar, os presento al próximo premio nobel:

Operator, number, please. It’s been so many years, will she remember my old voice while I fight the tears? Hello, hello there, is this Martha? This is old Tom Frost, and I am calling long distance, don’t worry ‘bout the cost. ‘Cause it’s been forty years or more. Now Martha, please, recall, meet me out for coffee where we’ll talk about it all.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

I feel so much older now, and you’re much older too. How’s your husband? And how’s the kids? You know that I got married too? Lucky that you found someone to make you feel secure, ‘Cause we were all so young and foolish, now we are mature.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day. I was always so impulsive, I guess that I still am, and all that really mattered then was that I was a man. I guess that our being together was never meant to be. And Martha, Martha, I love you, can’t you see?

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

And I remember quiet evenings
trembling close to you

La poesía está también en la música. ¿Alguien lo duda? Que no me entere yo.

La poesía también en la voz. El que tenga oídos, que oiga.

¡Pura literatura!

Paseando entre colores iguales

Paseando entre colores iguales, escuchando tu voz que penetra por todas las rendijas, al acecho como tú que te escondes de presencias no queridas, pisando la tierra seca y todavía caliente, abriendo los ojos para descubrir nuevas luces, cerrándolos para atrapar viejos colores, recorriendo caminos ya pisados, mirando árboles, flores, marrones, verdes y piedras blancas. Pintando, siempre pintando.

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