Hoy se me antojaba un tedioso lunes. Trabajo, lluvia y poco más.
Cuando el niño Brian Eno vio a su padre cartero llegar a casa una tarde de invierno, cansado, congelado tras doce horas de trabajo desde las cuatro de la mañana y le vio tirarse en un sillón incapaz siquiera de llevarse el tenedor a la boca se dijo a sí mismo que él nunca llevaría una vida así y que siempre procuraría tener un trabajo que le permitiese vivir si no bien sí al menos de forma diferente. Él, evidentemente, lo ha conseguido. Yo no soy cartero pero tampoco soy Brian Eno.
Decía, pues, que en esta tarde de lunes todo invitaba a correr la cortina y mirar la pared blanca de mi casa. Debía trabajar pero la cabeza y las manos se negaban a hacerlo. Ante semejante rebelión he buscado mi carpeta de pendientes. Fotografías por clasificar, textos que guardar, archivos que ordenar y música por escuchar. No he hecho absolutamente nada en la última hora excepto quedarme ensimismado con la voz de esta mujer que se ha presentado hoy ante mi. ¿Por qué he llegado hoy hasta ella? ¿Por qué había permanecido agazapada tanto tiempo en las entrañas de la última carpeta de mi ordenador? Inútil preguntárselo pero también inevitable. Queremos siempre que las cosas ocurran por algo. A veces, me temo, simplemente ocurren. Las razones se han escapado para cuando llegamos a buscarlas.
Escuchar a esta mujer mientras hacemos otra cosa se me antoja un sacrilegio. Su música es para quedarnos quietos, para conocer lo que significa la palabra sedante, para olvidar una tarde lluviosa de febrero, para olvidar las fotografías, los textos y los archivos y escuchar, sentir y dejar pasar los minutos, las horas y los días.
Su música, lo siento, creo que es para mí.
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