Está y no está. Se fue y se quedó. Es y no es. Ya no canta y su música no deja de sonar. Lo vi y ya no puedo verlo. Lo sentí y lo siento. Lo escuché y lo escucho. Vivió y ya no vive. Se acaba de ir y ya lo echo de menos. Lo creo y no puedo creerlo. Hace casi dos meses, tan lleno de vida y apenas hace unas horas tirado en el asfalto, solo y con la vida escapándose de las manos. Cuál sería su última visión, su último pensamiento.

Estás y no estás. Te fuiste y te quedas. Eres y no eres. Ya no cantas y tu música no deja de sonar en mi cabeza. Te vi y sé que ya no podré verte. Te sentí y te siento. Te escuché y nunca dejaré de hacerlo. Viviste y ya no vives. Te acabas de ir y ya te echo de menos. No puedo creerlo. Te recuerdo tan lleno de vida hace tan solo dos meses. Te veo ahora tirado en el asfalto, abriendo por última vez tus grandes ojos azules. Sé seguro cuál fue tu último pensamiento.

El único consuelo que nos queda es que solo abandonaste tu cuerpo. Tu espíritu, tu música permanecen para siempre.

Lo bueno, lo grande que me quedo es tu música, que un día apareció para quedarse. Hace ya tanto que no puedo acordarme.

Gracias por tu vida, por tu energía, por tu bondad, por tus palabras y por el estómago y el alma que les ponías al decirlas, al cantarlas.

El día que murió Glen Hansard, el mundo se hizo más feo.

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