Últimamente

Paseo mucho últimamente. Tanto que si no lo hago padezco síndrome de abstinencia. Necesito moverme y cada vez lo hago más rápido. Caminar, poner una pierna por delante de la otra ya no es suficiente. El movimiento me arrastra, me voy con él y me pierdo. A medida que avanzo todo lo demás parece detenerse y esa soledad acelerada me engulle. Devoro metros y me concentro sólo en el paso siguiente. Ejercicio para el cuerpo, descanso para la mente. La mente en blanco no está en la quietud sino en el movimiento.

Duermo mejor últimamente. Sé, por primera vez en mi vida, que no me va costar conciliar el sueño. Sé que no voy a ser presa de ideas, palabras y pensamientos obsesivos. Puedo cerrar los ojos y sentir como caigo sin remedio en el silencio. Ya no me persigue como perro adiestrado, ya no tiene poder sobre mí, ese que vive en mi interior y que se adueñaba sin piedad de mis ojos cerrados. Duermo mejor últimamente, pocas horas lo sé, pero cuando despierto abro los ojos, no los cierro.

Escucho mucha música últimamente. Pasea conmigo, escribe conmigo, vive conmigo. Me sigue enseñando cosas nuevas cada día. Después de tanta palabra me quedo mudo y asiento. La música es la verdad y la vida. Se siente y se sabe. No hace falta explicación alguna. Tanto defender la razón, tanto pensar sin remedio, tanto escribir, tanto hablar para al final atisbar la verdad sólo en la emoción y el sentimiento.

La política me interesa mucho últimamente. Me cuesta reconocerlo pero es cierto. Siempre he vivido en mí mismo. Nunca he podido pertenecer a un grupo. Huyo de manifestaciones conjuntas. No puedo ser simultáneo ni armónico. A pesar de ello, nunca es tarde, me interesa cada vez más el grupo. No como tal sino pensado en individuos que conviven. Las personas, tú y yo, nosotros, ellos, tenemos problemas y me gusta pensar en cómo resolverlos. Tratar de llegar a lo más justo merece todos los desvelos. Siempre he vivido más allá. Quiero también el ahora.

Leo mucho últimamente. Leo todas la noches y sigo quedándome boquiabierto ante lo que pueden hacer unas palabras tras otras. No importa que día haya pasado. Me da igual qué será de mí mañana. Meterme en la cama, apagar todas las luces menos esa que ilumina la página aún por leer, pasar las hojas sin darme cuenta, leer lo que sé que otros han escrito par mí y perderme entre ideas y vidas diferentes, quedarme absorto. Eso es vivir también, es otra forma de respirar.

Pienso mucho últimamente. Cada vez más en mi pasado y en el futuro de otros. Eso me da miedo. No quiero. Es como quedarse quieto. Tú eres hasta hoy  y ellos son a partir de mañana. Lucho denodádamente por no abandonarme y seguir hacia adelante. Vivir y pensar a pesar del tiempo. El pasado es refugio pero la nostalgia se esconde agazapada. El futuro da miedo pero es sólo para los valientes. Me gustaría ser un valiente sin nostalgia. Lo intento.

No salgo mucho últimamente. La rutina me ordena la mente. Mi casa, mi mesa, mis libros, mi música están siempre ahí, no tengo que ir a buscarlos. El bote redondo de los lápices, las tres cajas plateadas, el teléfono que ya no suena, los papeles que ordeno y desordeno constantemente, el mantel de la mesa, la mochila negra, las fotografías que me miran cuando yo no las miro, el sofá rojo, las paredes blancas, los recuerdos que llenan todos los silencios.

Me repito mucho últimamente. Pienso en las mismas cosas, recorro los mismos caminos, escribo las mismas palabras, veo las mismas caras, me siento a la misma mesa, duermo en la misma cama, añoro los mismos momentos, deseo lo mismo que ayer deseaba. Me repito mucho últimamente y no me importa. Es como si cada vez existieran menos cosas importantes.

Menos es más. Tanto tiempo para descubrir lo que ya estaba descubierto.

No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Cuando todo está oscuro

Cuando todo está oscuro, cuando todo está quieto, cuando ocultos en la noche cerramos los ojos y tratamos de no pensar en nada. Cuando entre las sábanas todo es difuso. Cuando se acaba hoy y no queremos mañana. Cuando tú y yo estamos juntos y a infinita distancia. Cuando el sueño trata de doblegar la consciencia. Cuando vemos bajo los párpados más nítidamente que a la luz del día. Cuando empezamos a sospechar qué puede ser la muerte. Cuando nos vamos, poco a poco, hundiendo en el dulce olvido de la nada. Cuando caemos, al fin, fuera del tiempo. Cuando sin luz ni consciencia creemos encontrar la paz del descanso. Surgen entonces imágenes, palabras, sonidos. recuerdos desfigurados, rostros ocultos, deseos desvelados. Todos mezclados, todos sin la estricta lógica del tiempo ordenado. Aparecen miedos que nos agitan, obsesiones disfrazadas para hacerse irreconocibles, palabras dichas entonces pero entendidas ahora. Nuestros ojos se mueven bajo los párpados, ven sin luz, no pueden detenerse. Nuestro cuerpo inconsciente se agita, se mueve, camina e incluso vuela sin dejar de estar completamente inmóvil. El descanso, la paz, la dulce muerte dejan paso a las inquietudes del alma. La vida continúa.

Al abrir los ojos, perdidos aún entre dos mundos, vamos lentamente recobrando una consciencia y perdiendo la otra. Aparecen de nuevo los objetos que nos devuelven al mundo mensurable. La lámpara, el cuadro en la pared, los libros en la mesilla y el reloj que incansable deja escapar los segundos. A mi lado sigues tú fuera aún de este mundo. Respiras tranquila, estás quieta. Transmites paz pero yo sé que allí adentro no corre el tiempo y mezclas en un presente continuo las calles de tu infancia, personas que no están, visitas inesperadas, caras desconocidas, miedos olvidados y mundos perdidos.

También tú despiertas. Abres los ojos, los vuelves a cerrar para permanecer allí donde estabas. También tú entre dos mundos que por un instante se mezclan. Al final la hiriente luz del día te saca del limbo buscado que habitabas. Ahora sí, el olvido se hace dueño y sólo ves ante ti el tiempo marcando las horas.

Me levanto. Te levantas. El mundo que hasta hace poco habitábamos se escurre como agua entre los dedos, se va, es imposible detenerlo. Humo desvanecido por el viento.

Miro la hora, miro a través de la ventana. El cielo está gris. La calle aún está vacía. Huele a café. El agua está caliente. La ropa en el armario. Ordeno mis papeles. Antes de irme miro la cama blanca. Aún conserva el contorno de los cuerpos. No puedo recordar el mundo del que vengo. Sé que está ahí. Sé que se escapa.

Abro la puerta. Doy un paso adelante. Me engulle el tiempo.

Auschwitz

Hace una semana estuve en Auschwitz. No pensaba escribir una sola palabra sobre ello. Cuando estuve allí lo que más recuerdo es el silencio. A él pensaba seguir anclado. Hoy al recordarlo me siento confundido. ¿Cómo se puede recordar con nostalgia la visita al centro del horror? No lo sé pero la siento. Siempre había imaginado Auschwitz bajo un cielo nublado. Todas las imágenes que de él tenía en mi cabeza eran en blanco y negro. Siempre inundado de frío. El día que yo fui el cielo estaba despejado y el sol daba color al blanco y al negro. Paseé por Auschwitz y por Birkenau. No vi fantasmas vagando por sus restos. Sentí paz y recogimiento. Vi barracones vacíos, patios de fusilamiento, horcas, celdas de castigo, letrinas, cámaras de gas, pelo humano, zapatos, utensilios de cocina amontonados, fotografías de hombres y mujeres que de allí nunca salieron. Compadecí el frío, el hambre y el miedo que todos ellos padecieron. Me sentí inmensamente unido a todas las personas que allí estuvieron. Nada de lo que vi tiene sentido. Auschwitz es precisamente un sinsentido. Es inútil tratar de entenderlo, de racionalizarlo. Me sentí como uno se puede sentir en un cementerio: silencioso y tranquilo. Pesa mucho el dolor, pesan demasiado la desesperanza y el olvido. Por eso cuando estuve allí, cuando recorrí por fin aquellos caminos hechos con tanto sufrimiento sentí la paz que solo da la compasión verdadera.

No quise sacar ninguna fotografía. Me daba vergüenza llevar una cámara a un lugar como aquel, mirar a través del objetivo. Justo cuando salí del campo el sol se estaba poniendo. Me di media vuelta y lo vi todo pintado de amarillo. Ese sol me pareció otra señal de paz, de belleza donde antes vivió el horror. Ahora sí. No pude evitarlo. Saqué el móvil y me despedí del campo llevándome esa luz conmigo.

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Ha pasado una semana. Estoy de nuevo en casa. Todos los días lo recuerdo y todos los días me sorprendo. No siento amargura, no siento pena ni dolor. Para mí es como un secreto. Me veo caminando entre los barracones vacíos, pensaba que el ruido del horror haría insoportables los recuerdos. Siento al contrario, aún todavía, la paz que da el hermanamiento. Siento que allí no había que hacer nada más que eso, sentir. Esto sucede pocas veces. Cuando sólo se siente, sobra todo lo demás. La vida es vida aún en medio de tanto sufrimiento. Soy egoísta, lo reconozco. Estoy sacando partido de lo que otros sufrieron. Me sentía en deuda. Fui para pagarla y me volví con su regalo. En vez de llevar yo más dolor, ellos me regalaron paz. La que no tuvieron.

Sé que es injusto. Sé que allí murieron centenares de miles pero, aquella tarde a mi me acompañó uno de los pocos supervivientes. Creo quP.Le he leído muchos libros en mi vida. Algunos los guardo para siempre conmigo. Me han marcado, me han cambiado, me han mejorado. Forman parte de mi. Son tesoros privados. Son como amigos íntimos que están siempre a mi lado. De entre todos ellos hay uno, sin embargo, que no me canso de mencionar, recomendar y empujar a su lectura. Está siempre al alcance de mi mano. Duerme a la izquierda de mi cama. Siempre está allí. Siempre lo veo. Primo Levi llegó para quedarse. Si esto es un hombre debería ser de obligada lectura. Primo Levi es mi amigo y mi maestro. Conmigo está todos los días, pero hace una semana caminó junto a mi bajo el extraño sol de tierras polacas.

Lo que se puede aprender de Primo Levi es terrible y aleccionador. Lo que yo aprendí paseando entre tanto dolor y sufrimiento es así mismo terrible porque terrible es el horror del que es capaz el ser humano y aleccionador porque la compasión es tal vez, la virtud que nos hace más humanos. Sí Primo, tu eras un hombre y todos los que contigo estaban eran hombres y mujeres.  Os hicieron dudar de vuestra humanidad pero nunca la perdisteis.  Yo también me hice más humano con tus palabras. Por eso fui a visitarte una soleada tarde de invierno. Auschwitz ya nunca será el horror que quisieron que fuera. Personas como tú lo convertisteis en un lugar lleno de vida en medio de la muerte. Personas como tú, consiguieron con su sufrimiento hacernos más humanos.

To do list

Podar los plátanos y los granados. Leer la segunda parte de La muerte del comendador de Murakami. Colocar las dos bombillas fundidas en el baño y en el pasillo. Escuchar a Holy Motors, el único grupo estonio que conozco. Comprar escuadras y tacos del número seis. Dejar de pensar en lo que tengo que hacer mañana. Preparar el viaje a Cracovia. Ir a ver el cuadro de J. antes de que termine la exposición. Dejar de lamentar que ya no hay entradas para el concierto. Preparar sushi, jazz y vino para el viernes por la noche. Volver a pasear al menos seis kilómetros por día. No pensar en mí más de diez minutos seguidos. Organizar las clases del lunes. Encender la chimenea antes de que llegue la primavera. Poner la lavadora. Elegir entre la quietud y el movimiento. Decidir si pongo las fotografías en la pared o la dejo blanca y desnuda. Acabar de leer a Philippe Sands. Poner pilas nuevas a la radio. Dormir más de seis horas. Escuchar Into my arms de Nick Cave. Decir bien alto que prefiero a José Mujica antes que a Trump y a Maduro. Borrar la lista de la compra de la pizarra de la cocina. Ver Los Durrells cada vez que el ánimo decaiga. Comer más mandarinas. Cambiar el fondo de pantalla del portátil. Comprar ya Solenoide de Mircea Cartarescu. Ir a ver El Marido Ideal de Oscar Wilde. Hablar más y callar menos. Ver más a menudo a mis amigos. Escribir tanto como antes. Ordenar de una vez las fotografías. No decidir nunca el color que prefiero. Ir a ver el partido de otra J. Pasear camino de la ermita. No dejar que el domingo por la tarde me hiera como el rayo. Colocar las baldas y el espejo. Ser indiscreto y mirar por la ventana. Espiar a otros y dejarme a mi tranquilo. Decir siempre lo que pienso o no hacerlo. No olvidar decidir esto. Hablar con S. Buscar un flexo para mi mesa blanca. Recordar que la música siempre está ahí para salvarme. Regalar al mundo una canción de Sufjan Stevens. Decir de nada, ha sido un placer. Permanecer callado en los ascensores. Comprarme calcetines. Decidir, sin falta, qué quiero ser de mayor. Ser siempre consecuente incluso con mis inconsecuencias. Preparar la cena. Poner la mesa. Esperar.

Vivir.

Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y de libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.

Mi hermano pequeño

Hoy te he visto como te llevo viendo estos últimos años; agarrado siempre a una botella de cerveza. Hoy te he visto pero esta vez te has parado a hablar conmigo de nuevo. Hacía mucho tiempo que no lo hacías. Eres más joven que yo pero estás mas viejo. Las arrugas ya pueblan tu cara y me ha impresionado ver tu boca sin apenas dientes. No sé lo que te pasó. No sé lo que te hizo dar la vuelta a la esquina de la vida. No sé por qué abandonaste el mundo de los vivos para vivir entre tinieblas. Hoy has venido a ver a tu hijo. Lo sé aunque no me los hayas dicho. Tal vez él sea lo único que te aferra aún al mundo. A mi mundo.  Eras amigo de mi hermano. Hoy me lo has vuelto a decir y te lo agradezco. Querías decirme que te acordabas de él, que te acordabas aunque hayan pasado ya tantos años. Tantos son que me da vértigo pensarlo. Increíble que en tu mente nublada aún tengas sitio para él. Increíble que me hayas repetido cómo antes hacías su nombre, sus dos apellidos y la forma en que los amigos le llamabais. Me has dicho que sabes que está ahí, en algún sitio. No buscabas de mí nada. Detesto los prejuicios que me han hecho  alejarme de ti siempre que te veo. Sólo querías que supiera lo mucho que le querías. De seguirte la corriente he pasado a tener vergüenza de mí mismo, de saber que, a pesar de todos los pesares, eres mejor que muchos de los que seguro te desprecian.

He querido preguntarte qué te ha pasado, qué ha sido de tu vida. Por qué deambulas siempre solo. Por qué te tiraste de cabeza a ese agujero negro en el que vives. Por qué has cambiado el sol, el aire. los caminos, el mar y la tierra por una cerveza. Por qué pierdes los dientes, el pelo y el último soplo de vida. He querido preguntarte todas estas cosas pero no me he atrevido. Qué puede pasar en nuestra cabeza, qué puede hacernos la vida para partirnos en dos y quedarnos en tierra de nadie.

Me contabas como de pequeño me veías muy mayor. Yo era cinco años mayor que mi hermano. Entonces, cuando todavía el tiempo parecía nuevo, eso era todo un mundo. Me has vuelto a repetir que tú y todos tus amigos queríais mucho a mi hermano. A pesar del tiempo aún lo tienes presente. Me has dicho que tú piensas mucho en los muertos. Que cada uno tiene los suyos. Los tuyos son tu perro, tu abuelo y mi hermano.

Me he quedado helado. No podía responderte. Te veía allí parado, sujetando la botella. Nada más. Yo con las bolsas de la compra me he sentido ridículo. No era  capaz de hablar, de pedirte perdón por escapar, por el silencio y la cobardía. Me avergüenzo ahora de al menos no haberte dado las gracias por tus palabras. Palabras con olor a cerveza. Palabras que nadie te había pedido y tú me has regalado.

Lo mismo que has venido a hablar conmigo, te has ido. Seguías recordando los muertos. Has pensado en alto. Si tu hermano siguiera vivo igual ya no sería su amigo, tal vez la vida nos habría llevado por caminos diferentes. De hecho yo estoy en otro mundo. Pero murió y permanece conmigo. Como era entonces. Tu hermano pequeño.

En fin, son cosas mías, me has dicho. Y te has ido.

Yo he venido a casa. He dejado las bolsas de la compra en la cocina. Me he sentado en el sofá rojo de todos los días. He pensado en ti, en tu vida. En cómo eras y en cómo te veo ahora. He lamentado tantas cosas. He pensado también en mi hermano. Ya no le llevo cinco años. Ya son cuarenta y dos.

Sería bueno pensar que él sigue igual en alguna parte.

Para P.

La carpeta azul

Yo escribía diarios. Yo escribía diarios cuando era adolescente. Cuando era adolescente y medio idiota como casi todos los adolescentes. Yo tiré mis diarios a la basura en un arrebato de pudor y cierta vergüenza hace ya muchos años. Han pasado décadas desde entonces.

Yo escribía poemas cuando era adolescente. Yo me creía poeta cuando pensaba que era artista sin ser adolescente. Yo tiré mis poemas a la basura cuando decidí que si no era Rimbaud prefería no ser artista ni poeta. Tiré todo lo escrito y seguí siendo un inadaptado adolescente. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía obras de teatro cuando era adolescente. Escondido en la oscuridad de la noche, robaba horas al sueño y poseído de un frenesí enfermizo llenaba de palabras hojas hasta entonces en blanco. Pensé en cambiar el mundo, estaba convencido de ello. Como casi todos los adolescentes. Pasado el furor del acto creativo, releía lo escrito y rompía los papeles en mil pedazos. Después de haber sufrido tanto pariendo las palabras, después de no sentir miedo a nada, me acobardaba. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía cuando era adolescente. Creé un mundo nocturno y escondido que nadie conocía. Almacenaba cuadernos. Diarios, poemas, pensamientos. Con seudónimo participaba en concursos literarios sin decírselo a nadie. Con seudónimo enviaba mis textos a un programa de radio. Cuando luego los oía, recitados por una voz que no era la mía, no sé bien lo que sentía. Miedo, orgullo, vergüenza, emoción, dentera. Todo cabía en el alma del adolescente que quería ser artista y no se atrevía a decirlo en voz alta.

Yo quería ser algo sin saber muy bien lo que quería. Como casi todos los adolescentes.

El otro día, escondida en el último rincón del último cajón del último cuarto de mi casa, encontré una carpeta azul de cartón. Estaba cubierta de polvo. No fui consciente de lo que tenía entre mis manos hasta que retiré las gomas rojas de las esquinas y vi que dentro sobrevivían poemas, textos y ocho cuadernos que nadie había visto hace cuarenta años. ¿Cómo sobrevivió esa carpeta a las iras de un Rimbaud frustrado, ¿cómo seguía allí después de varias mudanzas?, ¿cómo se libraron de las llamas a las que todas las demás carpetas fueron condenadas por un Dostoievski decepcionado? Son preguntas para las que no tengo respuesta. El hecho es que limpié el polvo, retire las gomas, abrí la carpeta, ordené los cuadernos numerados del uno al ocho. Dudé y para vencer la tentación caí en ella. Esos ocho cuadernos milagrosamente supervivientes narran casi dos años de mi vida adolescente. La narran enfermizamente al detalle. Abrí la primera hoja del primer cuaderno y no paré hasta apurar la última palabra del octavo.

Han pasado ya unos días de esta lectura inquietante. Se mezclan sensaciones. La más extraña de todas ha sido revivir cosas de las que yo no me acordaba. Volvían a nacer al ser leídas. Recuerdos que sí creía tener han sido cambiados por la realidad dormida hace cuarenta años. He vuelto a recorrer las calles de entonces, a hablar con mis amigos de entonces, he revivido con tanto detalle lo que viví entonces que ya no sé bien lo que es realidad, recuerdo o memoria. Esa sensación poderosa se ha impuesto a la dura verdad de verme tal y como era, al sonrojo que he sentido ante tanto sentimiento perdido, a la extraña sensación de que un mundo olvidado o deformado reaparece con todo detalle. No sólo había olvidado horas y días, había olvidado sentimientos, amigos, amores, deseos, anhelos de futuro, determinaciones. Había borrado de mi cabeza cobardías y amedrantamientos. Ingenuidades sonrojantes que me hacían entonces adaptar el mundo a lo que convenía a mis miedos y debilidades.

Han pasado ya unos días y se me hace extraño ahora poder recordar con todo detalle lo que viví entonces. Las personas con las que trataba entonces, algunas que no he  visto en años han vuelto a aparecer en mi vida y he recuperado el afecto que entonces sentía por ellas. Las palabras escritas por el artista que no quería ser adolescente han tenido la fuerza de un reencuentro, han roto el olvido, han reformado recuerdos, han aclarado dudas y han hecho despertar todo lo que yo creía olvidado y sólo estaba dormido.

Ha sido tan fuerte para mí la experiencia, he descubierto que me he leído a mí mismo con la misma pasión con que entonces escribía. Más allá del bien y del mal, más allá de sonrojos y vergüenzas, ha quedado ante mí la vida tal y como era, tal y como yo la viví. He sentido lo que sentía y he vuelto a soñar lo que soñaba.

Cuánto lamento ahora haber quemado mi vida en las llamas. Qué duro fue que tras el octavo cuaderno no hubiera un noveno. A partir de allí ya sólo me quedan recuerdos.

Vivo en el tiempo, no tengo otro remedio, él me contiene. Contiene también a mi realidad y mis recuerdos. Ha sido un shock intercalar un trozo de realidad entre tanto recuerdo. Ha sido inquietante viajar en el tiempo. Ha sido un placer después de tantos años querer al adolescente que nunca quise ser y fui. Como casi todos los adolescentes. Otros para su suerte o desgracia lo continúan siendo durante toda su vida.

En la carpeta azul, además de los ocho cuadernos, hay más cosas. Creo que textos y poemas. Aún no los he abierto. No sé si atreverme. Me da miedo que Rimbaud y Dostoievski se fueran de allí hace cuarenta años y ahora sólo quede el retrato de un idiota adolescente.

Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.