Julio Anguita

Ha muerto hoy y cuando me he enterado he dejado de hacer lo que estaba haciendo. Quieto y triste. Triste y silencioso he pensado en que ya no está. Se ha ido y se ha llevado con él su palabra. Quedan sus ideas y sobre todo su coherencia. No se me ocurre algo que lo defina mejor. Toda una vida luchando por la utopía y toda una vida sin traicionarse. Es fácil decirlo y terriblemente difícil hacerlo. Ser coherente le ha permitido ser libre. Ser consecuente con sus pensamientos le ha hecho tristemente diferente. He tratado de pensar en personas cómo él y la lista es dramáticamente escasa.

Ejemplo a seguir, espejo donde mirarse. Compañero, amigo. Valiente, sincero, amable. Insobornable. Vivir sin caer en el desaliento. Creer en la fuerza de la razón y utilizar la palabra para reflexionar, enseñar y convencer. Ennoblecer la política y hacerla ser lo que debe ser: acuerdo, diálogo y defensa, ante todo, de los desfavorecidos.

Libertad para decir lo que uno piensa y actuar en la manera en que se piensa. Igualdad entre seres humanos, entre hombres y mujeres, para ser todos sin dejar de ser uno. Fraternidad como cauce necesario en el que la vida discurra. Revolución como cambio social. Cambio completo que nos lleve de lo indigno a lo digno, de la muerte en vida, a la vida vivida sin la amenaza impuesta de la muerte.

Ha muerto hoy y todo se ha detenido un poco. Su vida y la nuestra, al menos por un momento. De eso sirvió la suya. Para detener la nuestra de vez en cuando y despertar conciencias dormidas, para rehacer sueños rotos y olvidados, para levantar el puño en alto sin odio pero con energía, para hablar alto, claro y fuerte.

Se me ha muerto como el rayo…

El hombre que vendía calcetines

Esta mañana he dado un largo paseo por un mundo desierto. El cielo estaba azul y el sol de invierno iluminaba el día con su luz transparente. He recorrido caminos solitarios. Sólo algunas flores blancas a los costados.

El campo estaba dormido, oscuro, ajado. Sólo algún verde aislado y el marrón de la tierra removida tenían cierta vida.

Árboles desnudos, sin sombra. Parecían tener frío.

He seguido mi camino escuchando el sonido de mis pasos sobre la tierra. He dejado que la luz y el frío me acompañaran. Invierno hecho día.

He llegado a un pueblo que parecía vacío. Las calles desiertas, las casas cerradas, chimeneas sin humo.

He buscado alguna señal de vida. Algún sonido perdido. Una voz, un ladrido. Nada. Todo era silencio. Las casas de piedra. Luces y sombras en las fachadas. Alguna flor olvidada.

Creo que he recorrido todas sus calles, he dado vuelta a todas sus esquinas  y no he visto ni un alma. Cuando ya me iba, rompiendo el sonoro silencio ha llegado un coche. Cuando me ha adelantado yo estaba detenido junto a una ventana cerrada.

Calle arriba he visto a un hombre descender del coche. Llevaba una bolsa en su mano. Ha mirado a su alrededor y no ha encontrado a nadie. Justo cuando parecía marcharse me ha oído llegar y se me ha acercado. Buen hombre, me ha dicho, pasaba por aquí, ha abierto su bolsa, y me ha ofrecido comprarle su mercancía. Ando por aquí, vendiendo calcetines. Torpe de mí, avergonzado de estar paseando, mirando paredes y flores, le he dicho que no. He musitado una excusa y me he ido deprisa. Sólo unos segundos más tarde le he visto alejarse en su coche.

Buen hombre, me ha dicho, y me ha impresionado. No se me iban las palabras de la cabeza. Sólo sentía arrepentimiento por haber escapado y no haberle comprado nada. He vuelto a recorrer las calles del pueblo y no le he encontrado. En los pueblos desiertos nadie compra calcetines. Aturdido he vuelto al camino y no he podido dejar de pensar en el hombre que me había llamado buen hombre.

Camino de casa, me he detenido en la ermita.

Paseando entre sus arcos de piedra he rogado al dios en que no creo que ayude a los hombres y mujeres que tienen que vender calcetines en pueblos perdidos para ganarse la vida. He pedido también perdón por huir a toda prisa de los problemas ajenos.

Cabizbajo he pasado un rato más tarde junto al árbol desde el que se divisa mi casa.

Ahora, ya caída la tarde, el cielo azul oscuro, casi negro, rememoro el paseo que hace sólo unas horas he dado. Se me han borrado las luces, el sol, los caminos, las casas y las ventanas. No recuerdo ya las pocas flores ni los árboles desnudos. Recuerdo, sin embargo, claramente, la cara del hombre que me ha llamado buen hombre y me ha ofrecido comprarle unos calcetines. Siento aún, cuando le miro, vergüenza y arrepentimiento.

La luna asoma y yo entro en casa.

Imagino que será la misma luna que mira el hombre que vende calcetines.

 

Siempre navidad

Cae la tarde. Fuera empieza a estar oscuro. Enciendo las luces. Escucho a Dexter tocar. La noche llega para quedarse. Espero que las palabras no basten para llenarla. Quisiera decir tantas cosas. Quisiera también callar. No hay nieve. No hace frío. No huele a invierno. A pesar de todo es navidad. Sin quererlo veo al niño que fui. Imposible evitarlo. La navidad siempre es pasado. Allí estaba yo. Aquí estoy ahora recordándome.

¡Feliz navidad!

Últimamente

Paseo mucho últimamente. Tanto que si no lo hago padezco síndrome de abstinencia. Necesito moverme y cada vez lo hago más rápido. Caminar, poner una pierna por delante de la otra ya no es suficiente. El movimiento me arrastra, me voy con él y me pierdo. A medida que avanzo todo lo demás parece detenerse y esa soledad acelerada me engulle. Devoro metros y me concentro sólo en el paso siguiente. Ejercicio para el cuerpo, descanso para la mente. La mente en blanco no está en la quietud sino en el movimiento.

Duermo mejor últimamente. Sé, por primera vez en mi vida, que no me va costar conciliar el sueño. Sé que no voy a ser presa de ideas, palabras y pensamientos obsesivos. Puedo cerrar los ojos y sentir como caigo sin remedio en el silencio. Ya no me persigue como perro adiestrado, ya no tiene poder sobre mí, ese que vive en mi interior y que se adueñaba sin piedad de mis ojos cerrados. Duermo mejor últimamente, pocas horas lo sé, pero cuando despierto abro los ojos, no los cierro.

Escucho mucha música últimamente. Pasea conmigo, escribe conmigo, vive conmigo. Me sigue enseñando cosas nuevas cada día. Después de tanta palabra me quedo mudo y asiento. La música es la verdad y la vida. Se siente y se sabe. No hace falta explicación alguna. Tanto defender la razón, tanto pensar sin remedio, tanto escribir, tanto hablar para al final atisbar la verdad sólo en la emoción y el sentimiento.

La política me interesa mucho últimamente. Me cuesta reconocerlo pero es cierto. Siempre he vivido en mí mismo. Nunca he podido pertenecer a un grupo. Huyo de manifestaciones conjuntas. No puedo ser simultáneo ni armónico. A pesar de ello, nunca es tarde, me interesa cada vez más el grupo. No como tal sino pensado en individuos que conviven. Las personas, tú y yo, nosotros, ellos, tenemos problemas y me gusta pensar en cómo resolverlos. Tratar de llegar a lo más justo merece todos los desvelos. Siempre he vivido más allá. Quiero también el ahora.

Leo mucho últimamente. Leo todas la noches y sigo quedándome boquiabierto ante lo que pueden hacer unas palabras tras otras. No importa que día haya pasado. Me da igual qué será de mí mañana. Meterme en la cama, apagar todas las luces menos esa que ilumina la página aún por leer, pasar las hojas sin darme cuenta, leer lo que sé que otros han escrito par mí y perderme entre ideas y vidas diferentes, quedarme absorto. Eso es vivir también, es otra forma de respirar.

Pienso mucho últimamente. Cada vez más en mi pasado y en el futuro de otros. Eso me da miedo. No quiero. Es como quedarse quieto. Tú eres hasta hoy  y ellos son a partir de mañana. Lucho denodádamente por no abandonarme y seguir hacia adelante. Vivir y pensar a pesar del tiempo. El pasado es refugio pero la nostalgia se esconde agazapada. El futuro da miedo pero es sólo para los valientes. Me gustaría ser un valiente sin nostalgia. Lo intento.

No salgo mucho últimamente. La rutina me ordena la mente. Mi casa, mi mesa, mis libros, mi música están siempre ahí, no tengo que ir a buscarlos. El bote redondo de los lápices, las tres cajas plateadas, el teléfono que ya no suena, los papeles que ordeno y desordeno constantemente, el mantel de la mesa, la mochila negra, las fotografías que me miran cuando yo no las miro, el sofá rojo, las paredes blancas, los recuerdos que llenan todos los silencios.

Me repito mucho últimamente. Pienso en las mismas cosas, recorro los mismos caminos, escribo las mismas palabras, veo las mismas caras, me siento a la misma mesa, duermo en la misma cama, añoro los mismos momentos, deseo lo mismo que ayer deseaba. Me repito mucho últimamente y no me importa. Es como si cada vez existieran menos cosas importantes.

Menos es más. Tanto tiempo para descubrir lo que ya estaba descubierto.

No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Cuando todo está oscuro

Cuando todo está oscuro, cuando todo está quieto, cuando ocultos en la noche cerramos los ojos y tratamos de no pensar en nada. Cuando entre las sábanas todo es difuso. Cuando se acaba hoy y no queremos mañana. Cuando tú y yo estamos juntos y a infinita distancia. Cuando el sueño trata de doblegar la consciencia. Cuando vemos bajo los párpados más nítidamente que a la luz del día. Cuando empezamos a sospechar qué puede ser la muerte. Cuando nos vamos, poco a poco, hundiendo en el dulce olvido de la nada. Cuando caemos, al fin, fuera del tiempo. Cuando sin luz ni consciencia creemos encontrar la paz del descanso. Surgen entonces imágenes, palabras, sonidos. recuerdos desfigurados, rostros ocultos, deseos desvelados. Todos mezclados, todos sin la estricta lógica del tiempo ordenado. Aparecen miedos que nos agitan, obsesiones disfrazadas para hacerse irreconocibles, palabras dichas entonces pero entendidas ahora. Nuestros ojos se mueven bajo los párpados, ven sin luz, no pueden detenerse. Nuestro cuerpo inconsciente se agita, se mueve, camina e incluso vuela sin dejar de estar completamente inmóvil. El descanso, la paz, la dulce muerte dejan paso a las inquietudes del alma. La vida continúa.

Al abrir los ojos, perdidos aún entre dos mundos, vamos lentamente recobrando una consciencia y perdiendo la otra. Aparecen de nuevo los objetos que nos devuelven al mundo mensurable. La lámpara, el cuadro en la pared, los libros en la mesilla y el reloj que incansable deja escapar los segundos. A mi lado sigues tú fuera aún de este mundo. Respiras tranquila, estás quieta. Transmites paz pero yo sé que allí adentro no corre el tiempo y mezclas en un presente continuo las calles de tu infancia, personas que no están, visitas inesperadas, caras desconocidas, miedos olvidados y mundos perdidos.

También tú despiertas. Abres los ojos, los vuelves a cerrar para permanecer allí donde estabas. También tú entre dos mundos que por un instante se mezclan. Al final la hiriente luz del día te saca del limbo buscado que habitabas. Ahora sí, el olvido se hace dueño y sólo ves ante ti el tiempo marcando las horas.

Me levanto. Te levantas. El mundo que hasta hace poco habitábamos se escurre como agua entre los dedos, se va, es imposible detenerlo. Humo desvanecido por el viento.

Miro la hora, miro a través de la ventana. El cielo está gris. La calle aún está vacía. Huele a café. El agua está caliente. La ropa en el armario. Ordeno mis papeles. Antes de irme miro la cama blanca. Aún conserva el contorno de los cuerpos. No puedo recordar el mundo del que vengo. Sé que está ahí. Sé que se escapa.

Abro la puerta. Doy un paso adelante. Me engulle el tiempo.

Auschwitz

Hace una semana estuve en Auschwitz. No pensaba escribir una sola palabra sobre ello. Cuando estuve allí lo que más recuerdo es el silencio. A él pensaba seguir anclado. Hoy al recordarlo me siento confundido. ¿Cómo se puede recordar con nostalgia la visita al centro del horror? No lo sé pero la siento. Siempre había imaginado Auschwitz bajo un cielo nublado. Todas las imágenes que de él tenía en mi cabeza eran en blanco y negro. Siempre inundado de frío. El día que yo fui el cielo estaba despejado y el sol daba color al blanco y al negro. Paseé por Auschwitz y por Birkenau. No vi fantasmas vagando por sus restos. Sentí paz y recogimiento. Vi barracones vacíos, patios de fusilamiento, horcas, celdas de castigo, letrinas, cámaras de gas, pelo humano, zapatos, utensilios de cocina amontonados, fotografías de hombres y mujeres que de allí nunca salieron. Compadecí el frío, el hambre y el miedo que todos ellos padecieron. Me sentí inmensamente unido a todas las personas que allí estuvieron. Nada de lo que vi tiene sentido. Auschwitz es precisamente un sinsentido. Es inútil tratar de entenderlo, de racionalizarlo. Me sentí como uno se puede sentir en un cementerio: silencioso y tranquilo. Pesa mucho el dolor, pesan demasiado la desesperanza y el olvido. Por eso cuando estuve allí, cuando recorrí por fin aquellos caminos hechos con tanto sufrimiento sentí la paz que solo da la compasión verdadera.

No quise sacar ninguna fotografía. Me daba vergüenza llevar una cámara a un lugar como aquel, mirar a través del objetivo. Justo cuando salí del campo el sol se estaba poniendo. Me di media vuelta y lo vi todo pintado de amarillo. Ese sol me pareció otra señal de paz, de belleza donde antes vivió el horror. Ahora sí. No pude evitarlo. Saqué el móvil y me despedí del campo llevándome esa luz conmigo.

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Ha pasado una semana. Estoy de nuevo en casa. Todos los días lo recuerdo y todos los días me sorprendo. No siento amargura, no siento pena ni dolor. Para mí es como un secreto. Me veo caminando entre los barracones vacíos, pensaba que el ruido del horror haría insoportables los recuerdos. Siento al contrario, aún todavía, la paz que da el hermanamiento. Siento que allí no había que hacer nada más que eso, sentir. Esto sucede pocas veces. Cuando sólo se siente, sobra todo lo demás. La vida es vida aún en medio de tanto sufrimiento. Soy egoísta, lo reconozco. Estoy sacando partido de lo que otros sufrieron. Me sentía en deuda. Fui para pagarla y me volví con su regalo. En vez de llevar yo más dolor, ellos me regalaron paz. La que no tuvieron.

Sé que es injusto. Sé que allí murieron centenares de miles pero, aquella tarde a mi me acompañó uno de los pocos supervivientes. Creo quP.Le he leído muchos libros en mi vida. Algunos los guardo para siempre conmigo. Me han marcado, me han cambiado, me han mejorado. Forman parte de mi. Son tesoros privados. Son como amigos íntimos que están siempre a mi lado. De entre todos ellos hay uno, sin embargo, que no me canso de mencionar, recomendar y empujar a su lectura. Está siempre al alcance de mi mano. Duerme a la izquierda de mi cama. Siempre está allí. Siempre lo veo. Primo Levi llegó para quedarse. Si esto es un hombre debería ser de obligada lectura. Primo Levi es mi amigo y mi maestro. Conmigo está todos los días, pero hace una semana caminó junto a mi bajo el extraño sol de tierras polacas.

Lo que se puede aprender de Primo Levi es terrible y aleccionador. Lo que yo aprendí paseando entre tanto dolor y sufrimiento es así mismo terrible porque terrible es el horror del que es capaz el ser humano y aleccionador porque la compasión es tal vez, la virtud que nos hace más humanos. Sí Primo, tu eras un hombre y todos los que contigo estaban eran hombres y mujeres.  Os hicieron dudar de vuestra humanidad pero nunca la perdisteis.  Yo también me hice más humano con tus palabras. Por eso fui a visitarte una soleada tarde de invierno. Auschwitz ya nunca será el horror que quisieron que fuera. Personas como tú lo convertisteis en un lugar lleno de vida en medio de la muerte. Personas como tú, consiguieron con su sufrimiento hacernos más humanos.

To do list

Podar los plátanos y los granados. Leer la segunda parte de La muerte del comendador de Murakami. Colocar las dos bombillas fundidas en el baño y en el pasillo. Escuchar a Holy Motors, el único grupo estonio que conozco. Comprar escuadras y tacos del número seis. Dejar de pensar en lo que tengo que hacer mañana. Preparar el viaje a Cracovia. Ir a ver el cuadro de J. antes de que termine la exposición. Dejar de lamentar que ya no hay entradas para el concierto. Preparar sushi, jazz y vino para el viernes por la noche. Volver a pasear al menos seis kilómetros por día. No pensar en mí más de diez minutos seguidos. Organizar las clases del lunes. Encender la chimenea antes de que llegue la primavera. Poner la lavadora. Elegir entre la quietud y el movimiento. Decidir si pongo las fotografías en la pared o la dejo blanca y desnuda. Acabar de leer a Philippe Sands. Poner pilas nuevas a la radio. Dormir más de seis horas. Escuchar Into my arms de Nick Cave. Decir bien alto que prefiero a José Mujica antes que a Trump y a Maduro. Borrar la lista de la compra de la pizarra de la cocina. Ver Los Durrells cada vez que el ánimo decaiga. Comer más mandarinas. Cambiar el fondo de pantalla del portátil. Comprar ya Solenoide de Mircea Cartarescu. Ir a ver El Marido Ideal de Oscar Wilde. Hablar más y callar menos. Ver más a menudo a mis amigos. Escribir tanto como antes. Ordenar de una vez las fotografías. No decidir nunca el color que prefiero. Ir a ver el partido de otra J. Pasear camino de la ermita. No dejar que el domingo por la tarde me hiera como el rayo. Colocar las baldas y el espejo. Ser indiscreto y mirar por la ventana. Espiar a otros y dejarme a mi tranquilo. Decir siempre lo que pienso o no hacerlo. No olvidar decidir esto. Hablar con S. Buscar un flexo para mi mesa blanca. Recordar que la música siempre está ahí para salvarme. Regalar al mundo una canción de Sufjan Stevens. Decir de nada, ha sido un placer. Permanecer callado en los ascensores. Comprarme calcetines. Decidir, sin falta, qué quiero ser de mayor. Ser siempre consecuente incluso con mis inconsecuencias. Preparar la cena. Poner la mesa. Esperar.

Vivir.

Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y de libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.