Trece de enero

Siempre que recuerdo aquel día suena Para Elisa. Me veo a mí mismo sentado al piano practicando monótonas escalas. Estudiar música es aburrido. Más aún para un principiante. Para Elisa era mi máxima proeza. Mis dedos luchaban con las teclas cuando, molesto como siempre, sonó el teléfono. Una voz, seca y contundente, me comunicó que mi hermano había tenido un accidente. La partitura quedó muda en el piano y yo salí corriendo hacia el hospital. En el camino, mi padre a mi lado, no hablamos. ¿Qué decir cuando todo se agolpa en la cabeza? Verborrea o silencio. Los dos optamos por lo segundo.Y por el miedo.

Lo encontramos en una pequeña sala, tumbado en una camilla. Los médicos lo examinaban y él, nervioso, sonrió levemente al vernos. Quiero dormir, quiero cerrar los ojos, decía. Un médico nos explicó que al caer de la moto se había golpeado la cabeza. Le habían suministrado un tranquilizante y al tratarse de la cabeza quedaría en observación. La buena noticia era que no le habían encontrado nada preocupante. Se trataba, simplemente, de una cuestión de precaución. Aliviados nos acercamos a él y le tranquilizamos. Yo decidí pasar la noche a su lado. Mi padre volvió a casa junto a mi madre. Lo llevaron a una habitación, estaba solo. Me senté junto a la cama y lo observé dormir durante un rato. ¡Qué indefensa parece la gente cuando duerme! ¡Qué rato me has hecho pasar hermano! Míranos. Tú tan tranquilo durmiendo y yo aquí, sentado, con toda la noche por delante. No tenía más que mis pensamientos para pasar el tiempo. Pensé y recordé las recién terminadas navidades. En aquellos días de vacaciones habíamos dejado de ser hermanos para ser amigos. Pasamos largas horas hablando de muchas cosas de las que nunca antes habíamos hablado, y yo sentí, por primera vez, que ya no sólo era mi hermano pequeño. ¿Dónde estuvo la frontera? ¿Qué pasó que los dos lo vimos tan claro? No lo sé, no tengo la respuesta. El hecho es que entre los dos se abrió un camino nuevo. Recuerdo que me habló de sus amigos, de sus dudas y de lo que imaginaba sería su futuro. Sé, también, aunque no me lo dijera, que estaba orgulloso de estar así conmigo.

Lo miré, dormía plácidamente. Nunca le había observado tan detenidamente. Pude ver en él los rasgos de mi padre. Olvidado el susto inicial, me encontraba bien allí. Era una noche extraña. Fuera del tiempo ordinario. Solos sus sueños y mis pensamientos. Lo sentí cercano. Pasé varias horas en este paréntesis de la vida real. Estaba en otra parte. En una burbuja en la que no contaba el día de ayer ni el día de mañana.

Creo que había cerrado un momento los ojos cuando sentí un ruido. Noté que todo su cuerpo se movía. Una extraña convulsión lo recorría. Me acerqué, tenía los ojos cerrados y como un terrible presagio una espuma rosácea comenzó a salir por su nariz. La burbuja estalló, salí corriendo en busca de ayuda y ya nada volvió a ser como antes. Sí recuerdo lo que paso a continuación, veo una sucesión de rápidas imágenes superpuestas: gritos, médicos, carreras, monitores, caras serias…yo allí en el fondo, olvidado, mudo de asombro, incrédulo, lívido de miedo ante lo inesperado. Percibí tensión, urgencia y una voz me pidió que me fuera de allí, que saliera de la habitación. Yo, convertido en un autómata obedecí lentamente y al salir, oí a alguien decir que había que operar a vida o muerte. ¿Qué delgada línea separa la vida de la muerte? ¿Como pueden los ojos perder la luz en un segundo?

Minutos después, aún tengo grabada la imagen en mi mente, vi como se lo llevaban. Iban deprisa, allí estaba él, inconsciente, le habían rapado la cabeza. Ese cráneo desnudo que le hacía viejo en un instante, se quedó en mí para siempre. Algo había pasado. Una hemorragia inesperada. Sólo quedaba operar y esperar. Detesto esperar. Desde aquel día lo detesto aún más.

Solo en el hospital, perdido y mudo, deambulando por los pasillos, esperando impaciente algo. Avisé a mis padres. Fue terrible ver sus ojos pasmados. Los años echados encima de repente. Ellos lamentando no haber estado presentes, yo consolando lo inconsolable y el tiempo otra vez más detenido, alargando la terrible espera. Oscuras horas en el silencio de la noche, solos en la madrugada de un día de enero. Con el alba llegaron las noticias, la operación había terminado, tenía una inflamación en alguna parte del cerebro, si remitía se salvaría. Nada más podía hacerse. Lo dejaron en cuidados intensivos. Pudimos verle a través de un cristal.Ya no parecía humano.Tubos y más tubos lo conectaban a máquinas parpadeantes. Su cabeza vendada y sus ojos cerrados. Ya no parecía dormido. Parecía más bien un espectro. El cristal que nos separaba dividía el mundo en dos mitades. En una comenzaban  los ruidos y las luces, en la otra, oscuridad y silencio.

En esos momentos uno no sabe qué hacer con las palabras. Suenan huecas, inexpresivas. Tal vez sólo se siente. Se percibe claramente la fragilidad del edificio al que llamamos vida. Todo en un momento desaparece, tragado por el agujero negro  de la muerte. La niebla de las horas que siguieron, el aturdimiento de la mente, el espesor del tiempo que inmóvil mostraba su cara más siniestra y las palabras que traidoras escapaban llenaron el entorno de dolor y negrura. Uno se quiere agarrar a lo inasible y al mismo tiempo siente que se cae por la pendiente terrible del sinsentido y de la nada. No es posible no hacerse preguntas que sabemos sin respuesta, rogar a un dios desconocido, clamar contra la injusticia y llorar no sólo de dolor sino de rabia. Rabia infinita contra un mundo tenebroso. Venderíamos nuestra alma al diablo por volver el tiempo atrás y desandar lo andado. La vida, en fin, ya no nos merece ningún respeto.

Lo vi por última vez a través del cristal. Traté de ver vida en su cuerpo pero sé que la muerte ya acechaba. Imaginé como sería su vida si ganaba la batalla, pero no vi nada.

Cuando un rato después  un médico enfundado en su bata blanca apareció tras una puerta, no me hizo falta escuchar sus palabras para comprender lo que decía. Lo que no pude hacer fue mirar a mis padres a la cara.