La gran evasión (I)

El autobús arrancó temprano aquella mañana de julio. Iba lleno de niños entusiasmados ante la perspectiva de pasar unos días de campamento. Para muchos de ellos era la primera vez que se marchaban solos de casa. A esas horas del día eso todavía no importaba. Las sombras de la noche quedaban todavía muy lejanas.

Yo era, inevitablemente, uno esos niños que se veían a sí mismos como aguerridos exploradores que se enfrentarían en los próximos días a inimaginables aventuras. De momento, bastante tenía yo con no marearme. El mero olor del autobús hacía estragos en mi estómago. Ese olor de asientos de plástico recalentado mezclado con cantimploras llenas de fanta de naranja y de bocadillos de filete empanado hacía de la experiencia una ordalía.

Superé ese tránsito a la edad adulta vomitando sólo dos o tres veces. Conseguí llegar finalmente salvo y casi sano a mi destino.

Si yo tuviera que describir la decepción no necesitaría usar palabras, me bastaría con mostrar mi cara al bajar del nauseabundo autocar y ver el campamento al que con el más vil de los engaños nos habían llevado. No quiero faltar al respeto a nadie pero sólo le faltaba un letrero a la entrada que dijese: El trabajo dignifica. En lugar de simpáticos monitores prestos a organizar  mil y una actividades para nuestro disfrute, nos encontramos con un repugnante hombrecillo que no paraba de dar órdenes, que nos hacía formar en filas y que después de arengarnos con palabras incomprensibles, nos entregó lo que el llamó ” nuestro uniforme”: un ridículo pantalón corto azul y una camiseta tristemente beige.

Quise escapar desde el primer momento. Sentí un impulso natural por rebelarme ante lo que consideraba una cruel estafa. Recordaba mientras desfilábamos por la plaza del campamento las palabras con las que nos describieron días atrás en el colegio nuestro idílico destino. Río,montañas, excursiones, juegos,amigos y aventura. Cegado por el deslumbramiento de semejante perspectiva convencí a mis padres para que me dejasen ir al paraíso sobre la tierra.

Llevaba un minuto en el campo de concentración y ya añoraba mi casa, mi cuarto y mi familia como si hubiese estado preso durante treinta años.

Nos asignaron las tiendas, nos ordenaron ponernos los uniformes y formar en cinco minutos junto a la bandera. Con once años las banderas no representan nada, da igual si son rojas, verdes o rosas con pompones. Yo no soporto desde entonces ninguna bandera ni  los tragicómicos rituales que ante esos trozos de tela se  perpetran.

Allí estábamos todos, uniformados y en formación. Ante nosotros, ridículos imitadores de trasnochados generales  daban la bienvenida a los niños que acababan de llegar y que dentro de quince días saldrían hechos unos hombres. Todos nos mirábamos sabiendo ya que todo aquello no era una broma. Lo corroboramos cuando un compañero tuvo la osadía de hablar con el que tenía a su espalda y fue conminado a dar cinco vueltas corriendo alrededor del campamento.

En aquella primera charla se limitaron a darnos las reglas fundamentales de convivencia, nos informaron de lo que podíamos (nada) y no podíamos hacer (todo) y con la idea de levantar nuestros aturdidos ánimos nos informaron del menú: ensalada primorosa y filetes a la imperial. Para terminar esa agradable reunión nos hicieron levantar la vista hacia la gloriosa bandera y entonar con entusiasmo el cara al sol que ninguno de nosotros se sabía.

Sé que es injusto lo que voy a decir pero yo me sentí en aquel momento el más desdichado de los seres humanos sobre la faz de la tierra. Era incapaz de concebir una desgracia mayor que la que yo padecía.Aún no había visto La Gran Evasión ni Papillón pero entendí sin lugar a duda  que la primera obligación de un preso era tratar de fugarse.

La tarde pasó como suelen pasar las tardes detenidas pero al fin llegó la noche y el fin de aquella desgraciada jornada. Tras una pomposa cena y un fuego de campamento digno de Pol Pot nos permitieron retirarnos a nuestras tiendas. Estaba terminantemente prohibido  salir de ellas bajo amenaza de pasar la noche junto al palo de la bandera.

Allí estaba yo, embutido en mi saco, tratando de conciliar un sueño imposible y conteniendo las lágrimas que rugían por salir. Mi cama, mi cuarto y las voces de mis padres hablando en la biblioteca de mi casa se me antojaban la felicidad en la tierra. Pensar en ello me desgarraba por dentro  y me impedía cerrar los ojos. Quince días en aquel infierno no se me hacían diferentes a una cadena perpetua.

Despertar al toque de corneta, correr a las repugnantes letrinas y correr también al río para lavarnos eran las primeras obligaciones del día antes de sentarnos ante el desayuno. Ordenar  y limpiar la tienda  y prepararnos no para una excursión sino para una marcha en fila de a dos eran las segundas.

Transcurrieron así los primeros días: dianas, himnos, ensaladas primorosas, marchas, cánticos de legionarios, adoctrinamiento, disciplina fuegos de campamento y noches en vela. La fuga se convirtió en obsesión y planificarla ocupaba toda mi atención. Sopesé todas las posibilidades, analicé cuál sería el mejor momento y al final tomé la decisión. A la entrada del campamento había  una tienda en la que cada día un grupo tenía que hacer guardia. A mi me tocaría dentro de dos días. Decidí que sería el momento ideal. Estaría durante horas a sólo unos metros de la libertad. Si me escabullía pasarían horas antes de que descubrieran mi ausencia.

Pasé los dos siguientes días preparándolo todo.Decidí no contar mis planes a nadie. Me hice ,robándolas, lo confieso, con algunas provisiones: una lata de atún, una de anchoas y un bote de leche condensada que no me gustaba. Para ocultarlas hice un agujero en el forro de mi anorak. Observé en la distancia la tienda de guardia y vi que los niños que pasaban allí el día se limitaban a estar. Nadie los vigilaba. El plan era sencillo: estaba a unos trescientos kilómetros de mi casa. Eso para mi  significaba  una terrible distancia entonces. Un  mundo. Escaparía con mi anorak repleto de víveres en un momento de descuido de mis compañeros de guardia e iría al pueblo más cercano. Allí estaba seguro de que habría algún autobús que me llevaría de vuelta a casa. No tenía dinero para comprar un billete. Eso ya lo resolvería más adelante. Lo primordial era huir de Treblinka.

Llegó el día.

Reflexiones sobre la educación

El hombre no llega a ser hombre más que por la educación. No es más que lo que la educación hace de él. Es importante subrayar que el hombre siempre es educado por otros hombres y por otros hombres que también fueron educados. Inmanuel Kant

El tema de la educación es un tema complejo. En algunos países del mundo se han hecho grandes avances. El primero, considerar la educación como una necesidad. El segundo, y más importante, considerarla una necesidad de todas las personas, no sólo de una parte. La consecuencia de esto es que el estado ha de hacer suya la obligación de ofrecer un servicio público y gratuito para que todos los ciudadanos, sin excepción, puedan acceder a él. Hasta aquí creo que no debería haber  problema en ponerse de acuerdo. No pequemos de ingenuos. El problema persiste. La educación es todavía el derecho de unos pocos en muchos lugares de este planeta. No es la falta de medios el mayor problema sino la terquedad, el fanatismo, la repugnante creencia de que no todos somos iguales, el desprecio de parte de los otros, la diferencia entre puros e impuros, dignos e indignos, ricos y pobres, hombres y mujeres como sujetos de derecho. No nos podemos refugiar en que las culturas son diferentes y que todas son respetables. Las culturas, obvio es decirlo, no son, por sí mismas, merecedoras de respeto.

Los países del mundo no se diferencian por la cantidad de habitantes que tienen sino por lo que se ha dado en llamar su capital humano. La cultura, la costumbre de aprender, la capacidad de discernir la correcta información en las fuentes adecuadas, el fomento de la curiosidad, el  grado de preparación y la cualificación profesional son los aspectos que marcan las diferencias entre unos países y otros. La autonomía personal debería  ser el principal objetivo de cualquier sistema educativo. El estado debe dejar de ser papá o mamá para ser nosotros. El estado no tiene la misión de adoctrinar sino de dar la oportunidad a los ciudadanos de alcanzar la libertad. La ignorancia y el adoctrinamiento conducen por diferentes caminos al mismo lugar: la tiranía.

Lo que no podemos evitar es que cada época tenga unos valores predominantes y que estos sean transmitidos a los que serán los ciudadanos de mañana. El único argumento que podemos esgrimir para actuar de esta manera es el consenso. No hay otro posible. La clave está en que enseñemos que eso que transmitimos ha sido alcanzado mediante el acuerdo y que de la misma manera podrá ser cambiado. Esa es la diferencia fundamental con el adoctrinamiento. Quien adoctrina no abre puerta alguna al cambio. La ética, entendamos bien el término, está basada en el egoísmo, todos queremos estar y sentirnos bien. Si conseguimos que el bienestar se extienda entre los demás  estamos garantizando  el propio.

La ilustración sostenía que sólo la razón podía conseguir un verdadero desarrollo de la humanidad. El desarrollo intelectual parece ser el único medio de hacer desaparecer la ignorancia y el oscurantismo. Para que uno sea dueño de su propio destino ha de ser capaz de tomar decisiones. Las decisiones se toman sólo en libertad. En último término es la razón quien nos puede librar de la tiranía y por tanto la que que nos puede hacer conseguir la libertad.

Las élites intelectuales han ido marcando los cambios históricos que, mal que bien y  poco a poco, nos han ido conduciendo a un mundo, no sé si mejor pero al menos con más oportunidades de extender la justicia. Durante la mayor parte de la historia las élites se formaban, no por los más dotados intelectualmente, los más preparados o los más esforzados sino por aquellos que ya habían nacido dentro de ella. Era un club privado al que no se podía acceder. La puerta estaba cerrada desde el mismo día de su fundación. La extensión de la educación es el único medio no de entrar sino de conseguir que tales clubs desaparezcan. Las élites, en cualquier campo, siempre existirán. La diferencia debe estribar en que las puertas estén siempre abiertas y  que el acceso esté permitido sin excepción. Siempre habrá mejores matemáticos, físicos, arquitectos, escritores, filósofos y políticos. Esto es cierto  como lo es que nuestra misión es que todos tengamos las mismas oportunidades de serlo si nos interesa.

La educación es, vistas así las cosas, el derecho más elemental, más allá de los considerados básicos para sobrevivir. La mera supervivencia no nos concede dignidad alguna. La dignidad humana se alcanza gracias a la razón. La libertad y la igualdad no tendrían que suponer esfuerzo alguno para nadie. Al ser humano se le deberían suponer como al soldado la valentía. La educación, el acceso a la cultura, el desarrollo de la razón, sin embargo, requieren esfuerzo. Es el derecho que más trabajo requiere. El acceso a ella tiene que estar garantizado. Hasta dónde llegue cada uno es algo que no se puede saber, medir ni controlar. En una sociedad justa debería estar sólo en nuestras manos.

La gente muere de hambre, las guerras y la violencia acaban con la vida de incontables seres humanos, las epidemias diezman la población en los países más pobres. Las injusticias, las desigualdades y la falta de libertad son el pan de cada día. La razón fundamental de que todo esto suceda es la ignorancia. La ignorancia nos es útil para imponer nuestras ideas y nuestras creencias. Moldeamos gracias a ella el mundo a nuestro antojo. Mantener conscientemente y pudiendo evitarlo a los demás en la ignorancia es el mayor de los pecados. Las élites que surgen naturalmente son inevitables aunque no sean lo deseable, las élites conseguidas a hierro y fuego y mantenidas con el  engaño son el más evidente síntoma de que el mundo está enfermo.

La educación, en estas condiciones, adquiere un papel vital si queremos que el estado de las cosas cambie. Decir esto no va mucho más allá de decir una obviedad. El verdadero problema, el más  difícil de resolver  es cómo educar. El más difícil todavía es educar a quien no quiere ser educado. Nadie rechaza para sí mismo comida, ropa y refugio, pocos se oponen a la libertad y a la igualdad  pero muchos no llegan a comprender el alcance de la educación. No hablo de la mera transmisión de conocimientos y valores. Voy más allá. Hablo de conseguir que cada uno de nosotros se considere un ser humano autónomo, libre y por tanto valiente.

Los derechos humanos están muy bien. Tal vez nunca en la historia ha habido un mejor conjunto de buenas intenciones. De poco sirven mientras la mitad de la humanidad no sabe tan siquiera leerlos. (Y la otra mitad los utiliza sólamente en discursos solemnes).