Extraños en un tren

En el vagón estamos sólo cinco personas. Un hombre duerme y, así dormido, parece tremendamente vulnerable. Ver dormir a alguien es algo demasiado íntimo. Cuando alguien lo hace en público se expone demasiado. Puedo imaginar que descansa tras una larga jornada de trabajo. Aún nos quedan casi dos horas de trayecto. Tiene los brazos cruzados en su regazo. Parece más pequeño de lo que realmente es. Sólo sus sueños son privados. Su universo está ahora en su mente. Sus ojos cerrados lo destierran del mundo que yo veo.

Hay dos mujeres. Una habla constantemente por el móvil. La miro pero ella no me ve. Alguien, al otro lado, ocupa plenamente su atención. Para ella no hay paisaje ni sol entrando por la ventana. Todos los paréntesis, todas las pausas se llenan ahora de tecnología. No hacer nada, mirar o dejarse llevar son aventuras del pasado. En cuanto nos quedamos quietos el pulgar reclama su ración de botones. El pulgar que nos hizo humanos se ha rendido a las máquinas. Los niños nacen ya con el pulgar ultradesarrollado.

La segunda mujer está enfrascada en la lectura. No la veo bien desde mi asiento pero necesito saber qué esta leyendo. Ante la dificultad insoslayable me levanto, simulo buscar algo entre mis cosas, algo se me cae al suelo, me acerco y por fin lo consigo. Me quedo un momento observándola. Ella está concentrada. Sus ojos se mueven al ritmo de las líneas. La novela no la conozco pero las letras doradas y en relieve de la portada me dan mala espina. Lleva con ella un maletín de cuero, parece que dentro hay un portátil. ¿Qué guardará en su memoria dormida?

Mi cuarto acompañante es un hombre. También le miro y no me importa detenerme. Es ciego. Cierro los ojos y trato de imaginar su mundo. Ahora sólo siento el movimiento. Siento vértigo. Abro los ojos y miro ávido por la ventana.

Yo soy el quinto jinete de este vagón ambulante. Saco mi cuaderno, lo abro y la página en blanco sustituye al verde y al azul que hasta hace un momento desfilaban por la ventana. Me pongo los auriculares y mi pulgar desarrollado escoge hoy a John Martyn que suave y tranquilo me canta al oído Lay it all down.

Cinco personas muy juntas y cada una abandonada a sus asuntos. Cinco personas y cada una en un universo paralelo. Un libro, un teléfono, un cuaderno, un sueño, la oscuridad y el movimiento. Siento cierto miedo de tanto aislamiento.

Dejo de escribir, me arrellano en el asiento y hago que el mundo exterior se imponga. Dejo de mirar hacia adentro. Miro simplemente por la ventana.

John Martyn canta My creator. Veo al sol ocultándose perezosamente,  una fábrica vieja y medio derruida me oculta el resto del mundo. Dos personas caminando por un sendero de tierra, una casa perdida y de vuelta llegamos al campo. El verde se va oscureciendo. El cielo es menos azul y más blanco. El tren se detiene unos minutos en una pequeña estación. En un banco rojo hay sentado un hombre negro. Junto a él una mochila amarilla. Me da vergüenza sacarle una foto. Lo tengo ante mí, frente a la ventana. Espera. La gente que espera siempre está seria. Las pausas son serias. Cuando la actividad se detiene ni se ríe ni se llora. La vida puede que sea actividad entre dos pausas. Si fuera pintor, si fuera Hopper me gustaría pintar gente sentada en las estaciones.

Dejo el lápiz negro. Cierro las páginas blancas. Miro y mientras miro escucho a John Martyn cantando a propósito Walking home. Pasamos junto a un pueblo. La gente vuelve a casa.

Voy a hacer una pausa.