La intimidad

La intimidad es silencio, cuerpo desnudo, pedir sin saber que pedimos, dar sin ser consciente del regalo. La intimidad es saber lo que otro pensaría, callar cómodamente, dormir a su lado sin violencia. La intimidad es la falta de duda y de sospecha. La intimidad es certeza. Por eso asusta, sobrecoge y, a veces, aburre.

La intimidad es compartir palabras, crear vocabularios privados, nombrar a las cosas con palabras carentes de significado. La intimidad es compartir silencios, pensamientos, palabras y recuerdos. La intimidad no es sorpresa. Por eso sobrecoge, asusta y, a veces, aburre.

La intimidad es cercanía a pesar de la distancia y del tiempo. La intimidad es poner música, colores, palabras e imágenes en torno a otro. La intimidad es entrar en otra casa como si fuera la propia, decir adiós sin pensarlo y no sentir necesidad de decir hola. La intimidad es casi siempre par. Más allá se siente incómoda. La intimidad es no ver para creer, la intimidad es confianza. Por eso asusta, sobrecoge y, a veces, aburre.

La intimidad nunca es consenso. El acuerdo jamás es íntimo. El acuerdo es convivencia con recelo. Requiere una constante vigilancia. La intimidad, por el contrario, no se negocia, no admite claudicaciones, no puede ser libertad vigilada. Por eso, aveces, sobrecoge, asusta y aburre.

La intimidad es decir en alto lo que se siente. La intimidad también es poder callarlo. Lo íntimo no es necesario expresarlo. Por eso, a fin de cuentas, la intimidad es tan próxima al silencio. El silencio, de todos es sabido, asusta, sobrecoge y, a veces, aburre.