Crónica de noviembre

Trato de escribir con Max Richter de fondo. No es fácil. Escucharle me provoca quietud. Sus melodías se repiten y yo caigo en el círculo cerrado de la mente en blanco. No sé, no puedo y no quiero salir de ese sentimiento plano que me envuelve. La repetición como poderosa arma de concentración. La concentración como vía de escape. Allá lejos el vacío, la falta de todo. El cero.

Del cero hay un largo paso al infinito. Arthur Koestler lo recorre y nos describe la terrible transformación del ser humano en una entidad omnívora que nos engulle. El estado infinito que se apodera del individuo, de la huella dactilar que nos distingue a los unos de los otros. El Número Uno todo lo vigila y elimina cualquier vestigio de duda. Todo lo que sea individual ha de ser arrasado. Todo el que quiera serlo también. La sospecha es suficiente prueba. El deseo se evita con un disparo en la nuca. Cómo me gustaría creer que Iósif Stalin estaba loco. No lo estaba. Ese es el mayor de los problemas. No lo estaba como casi ninguno a los que nuestras ganas de consuelo se empeñan en llamar loco para explicar lo que sabemos que es mentira. No queremos ver el monstruo cuando despertamos. No queremos aceptar que sigue allí. Al acecho. Ya nos lo dijo Augusto Monterroso en siete palabras.

Tratar de cruzar las fronteras de la locura y del deseo, vivir más allá del mal, ser conscientes e inconscientes de los que somos y hacemos. En eso andan José Cuauhtémoc y Marina siempre con peligro de quemarse. Guillermo Arriaga defiende a los hombres y mujeres que no se detienen ante nada. Amor, esperanza y violencia servidos de uno en uno y también tomados de la mano. La lucha de clases contada de otra manera. Impresiona la difícil decisión de seguir siempre hacia delante.

Hacia delante siguió Pablo de Tarso después de caerse del caballo camino de Damasco. ¿Vio la luz o se volvió loco? Tuvo fe y se agarró a ella. Emmanuel Carrere también lo hizo por un tiempo y nos los cuenta sin pudor ni vergüenza. En el germen del cristianismo está el origen de dos mil años de historia que han conformado lo que somos. La fe por la que tantos han muerto y han matado. La contradicción de defender la verdad y la vida a través de la opresión y la violencia. Hay que ser valiente para desasirse del báculo que nos aferra al suelo. Hay que tener agallas para desprenderse de la resignación que todo lo justifica. Hay que vivir recordando la fe sin añorarla. Hay que vivir sabiendo que sin nosotros no hay mañana.

Sin nosotros no hay más que soledad y en ella vive Beth Harmon. Sola desde niña y condenada a hablar en silencio con peones, torres, alfiles y damas. El ajedrez como representación de lo universal y de lo particular. El éxito de una mente prodigiosa y el fracaso de tener cómo únicos amigos el alcohol y las drogas. Ser simplemente independiente. Ser acaso la mejor pero sola. Triste lección escrita primero por Walter Tevis contada después maravillosamente por Scott Frank.

Sigue sonando Max Richter y siguen las teclas y las letras repasando este mes que se va, estos días que han pasado como tantos otros entre libros, música, películas y largos paseos. Este mes que se llena de grandes palabras. Sin quererlo, han poblado estas líneas la concentración, el vacío, el infinito y el cero. La locura, el consuelo, la verdad y la mentira. El deseo, la violencia, la fe y la lucha de clases. La independencia, la soledad y la inteligencia.

Demasiado apabullante cuando lo único que quiero es leer un libro a la tenue luz de mi cuarto, ver una película a media tarde cuando ya no es de día y todavía no es de noche. Escuchar música mientras escribo o mientras paseo absorto en los miles de pasos que aún me quedan por delante.

Paradoja de la tecnología

Limpiar y ordenar mis espacios me ayuda a templar el ánimo y serenar mi mente.Una de las cosas más atractivas del ordenador es,para mi, la posibilidad que me brinda de tener todo en su sitio.La organización me procura concentración y dado que yo tengo la sensación de que mi cerebro constantemente se me desboca,la concentración que alcanzo ante la pantalla de mi ordenador me procura más relajación que repetir mantras durante horas.

A diario todos recibimos e-mails que ni nos molestamos en abrir.Al mirar nuestro correo realizamos un acto de purificación que consiste en mandar directamente a la papelera la bazofia que nos han enviado.Es un ejercicio que sienta bien.De la misma manera, un domingo lluvioso de invierno, es un buen momento para deshacernos de todo aquello que está de sobra en nuestras casas y nuestras vidas. La sensación que obtengo una vez que he depositado todo mi excedente en la basura y veo mi casa un poco más vacía es tremendamente satisfactoria. El minimalismo,la austeridad y los espacios vacíos son en esos momentos el feng shui que armoniza mi mente.Una mesa de trabajo ordenada es en mi vida una quimera,una vana ilusión que de vez en cuando intento conseguir.Sé que el resultado será efímero,que al día siguiente todos los objetos cobrarán vida y  se pondrán en movimiento y que yo no podré hacer nada por impedirlo, pero el mero hecho de intentarlo, de conseguirlo durante unos instantes es suficiente recompensa.Cada cierto tiempo sueño con reducir mis pertenencias a la mínima expresión y hago mentalmente el catálogo de objetos que salvaría de la quema.Hasta hace unos años pensar en desprenderme de mis discos,por ejemplo, me parecía un acto de cobardía.Hoy,por el contrario y gracias otra vez a la tecnología, me entusiasma tocar un disco duro y saber que allí dentro sin que nadie la vea, reposa toda mi discografía.Con los libros, me está costando más hacerme a la idea.Una pared repleta de libros sigue siendo más bella que cualquier acuarela.Con el tiempo ,sin embargo, creo que disfrutaré seleccionando lo imprescindible y reduciendo el resto a ceros y unos.La fotografía impresa es ya como una reliquia,esa que manoseo de tiempo en tiempo para que me lleve a lugares remotos, donde el cielo,el mar y la tierra  vestían sólo de blanco y negro.Sé que ahora me lo pierdo, pero la añoranza de espacio y orden hacen que prefiera las paredes vacías.

El budismo defiende que la felicidad se consigue eliminando necesidades de nuestra vida.Si prescindimos de todo aquello que nos sobra,si no necesitamos nada ,ya nada echaremos en falta.El minimalismo reduce la presencia de objetos a la mínima expresión.Las técnicas de concentración y meditación  pretenden eliminar todo pensamiento de nuestra mente.La tecnología,al contrario,acumula todo en el mínimo espacio,vacía nuestras estanterías pero llena de datos  el ciberespacio.Nos ofrece orden y acaba creando desorden.Nos regala tiempo libre pero al final nos esclaviza.Dependemos para todo de ella.¿Quén tiene  la fórmula mágica para conjugar zen y tecnología,datos y mentes vacías?

A mi me gustaban los domingos lluviosos para vaciar de objetos mi vida.Ahora, cuando llueve, en vez de eliminar, acumulo mucho más de lo que ya tenía.Paradojas de la tecnología.