Otro nuevo día

Te levantas como todos los días, con un ojo abierto y el otro todavía cerrado, reteniendo un mundo que se desvanece. El despertador ha sonado por segunda vez y no te concede más prórrogas. ¡Cuanto te cuesta aceptar que estás de nuevo en el mundo! Por las rendijas de la persiana asoma ya una tenue luz de casi primavera. ¡Qué drástico paso del plano horizontal al vertical, de los ojos cerrados a mantenerlos abiertos! Todavía tienes frío al levantarte, parece que todo tu calor se ha quedado en la cama.

Atraviesas el pasillo, el salón y llegas a la cocina. Todo está como lo dejaste ayer. Un pequeño mantel sobre la mesa, tres migas de pan, la taza en la fregadera. Parece una fotografía sin tiempo. Tal vez se quedó detenido cuando tú no lo veías.

Ruido cotidiano que te saca de tu ensimismamiento. El agua que cae, la caja de latón de las galletas, el horno microondas. Coges la radio pero no la enciendes. Todavía no. Eso sería aceptar que un nuevo día ha comenzado, que el mundo existe más allá de tus cuatro paredes, que el tiempo, otra vez, te alcanza inagotable.

Pan, aceite y sal despiertan tu estómago de un letargo asumido. El cacao después te calienta la vida. ¿Cuántos años desde la primera vez? Los mismos sabores, los mismos olores llenando el silencio que aún te rodea.

Ahora sí, la radio te conecta a un mundo que no es más que una realidad repetida. De dentro a afuera. Se disuelven en la nada sensaciones amortiguadas por el sopor y la noche. La mañana y sus sonidos te despiertan. El mundo entra en tu casa y tú, poco a poco, echas a andar de nuevo en él.

El tiempo, las carreteras, una guerra, un partido de fútbol que se jugó ayer. Elecciones en la otra punta del mundo, la visita de un alto dignatario, un nuevo caso de corrupción, declaraciones vacías.  Una encuesta, un ciclón con nombre de mujer, un asesinato, una violación. Porcentajes de exportaciones e importaciones, ha subido la bolsa. Un millón de nuevos contratos, todos temporales. Todo va bien, todo va mal. Otro partido de fútbol, este se juega hoy. El tiempo, una y otra vez el tiempo. Lluvia, sol, frío y calor. Un libro publicado, una obra de teatro estrenada y una película premiada. Hoy hace veinte años que. Un tercer partido  que se jugará mañana.

En la ducha, bajo el agua caliente, vuelves a cerrar los ojos en un último intento de olvidar que ya has dado un paso adelante. Jabón, champú, esponja, piedra pómez. Miras al  agua con los ojos cerrados. Una canción suena al fondo y piensas cuándo la escuchaste por primera vez. Música desde la mañana.

En tu cuarto, la cama revuelta, abres el armario y escoges la ropa que quieres ponerte. Siempre tiendes a lo oscuro. Negro, gris, azul y algún marrón. No sabes por qué pero no te sientes tú vestido de colores. Las botas nuevas o las viejas. ¡Qué duda¡  Al final siempre ganan las viejas. ya son parte de ti y dejarlas ahí tiradas, en lo oscuro, es como abandonarlas. Son más tú que las otras.

Ya sólo queda llenar tu mochila, negra también. Equipaje para un día. Un libro, un cuaderno, un lápiz, un bolígrafo. El pañuelo por si hace frío. La cajita roja donde guardas los auriculares, la funda de las gafas pues ellas cada día pasan más tiempo colgadas de tu cuello, tus chicles y la bolsita con el cepillo de dientes por si no comes en casa. Siempre hay hueco, además, para alguna que otra sorpresa.

Todo listo. Media vuelta y comprobar que todo está en su sitio. El piloto del ordenador parpadeando, el sofá rojo esperando, la mesa con las sillas vacías, tu cuarto al fondo desierto. Apagas las luces, abres la puerta, el ascensor (con suerte no aparece ningún vecino). La suerte está echada. Pisas la calle nuevamente.

Quiero

Los reyes magos se han marchado sigilosos. La navidad también se fue con ellos. Bing Crosby hace ya días que no canta y las lucecitas de colores ya no parpadean. Miro ahora el calendario y veo ante mi una estepa solitaria, fría y aburrida. Igual que cuando niño, me niego a aceptar  la vida normal. Detesto que me impongan lo cotidiano. No consigo desatar el nudo que atenaza mi estómago. Permanezco clavado en momentos que hace unos  días llegaron a ser lo rutinario.

No pido mucho: levantarme sin despertador, el más atroz y pérfido invento humano, pasear, comer sin prisa, ver una película a media tarde, escribir tranquilo por la noche y no en un autobús como ridículamente estoy haciendo ahora.

Quiero leer hasta que los ojos sean derrotados por los sueños. Necesito andar sin rumbo, quedarme quieto, pensar en cosas inauditas, olvidar que existen los minutos. Quiero mirar por la ventana y sentirme ajeno a la inercia que  gobierna el mundo y la vida. Quiero ser parásito, formar parte del excedente y alimentarme de sonrisas verdaderas. Quiero no sentir jamás pereza, hastío. Quiero hacer preguntas sin respuesta. Quiero ser caracol  y llevar mi casa a cuestas. Quiero hacer fotografías de paisajes en la niebla, de hombres y mujeres abstraídos, de paredes al sol del mediodía. Quiero pasar las horas mirando los colores y luego volver al blanco y negro que me calma. Quiero tomar un café con cafeína. Quiero que me señalen con el dedo, que me llamen raro y no serlo.

Quiero quedarme aquí sentado mirando mi mesa blanca, mi lámpara de colores, mis lápices y mis rotuladores. Quiero que el sonido de las teclas me acompañe. Quiero mirar a mi derecha y sonreír al veros. Quiero ser lobo solitario pero no solo.