Coherencia y consecuencia

¿Cuántos principios ha de tener una persona? ¿Existe alguno inamovible? ¿Cuántos son los mínimos que nos es posible cumplir sin caer en contradicción entre lo que pensamos, decimos y hacemos? ¿Es posible ser coherente? ¿De qué sirven las ideas si no se actúa en consecuencia? ¿Existen las ideas si no las expresamos? ¿Hay libertad sin coherencia? ¿Puede ser feliz el inconsecuente?

¿Tienen cohesión mis ideas y mis actos? ¿Hay relación entre lo que digo y lo que pienso? ¿Es coherente prometer lo que no podremos cumplir? ¿De qué sirven los deseos no conectados a los actos? ¿Puede la inconsecuencia ser lógica? ¿Son compatibles subjetividad y coherencia? ¿Por qué no damos respuesta coherente a las necesidades?

¿Por qué acabamos por acostumbrarnos a los principios sin actos? ¿Dónde queda la conexión entre las ideas y los hechos? ¿Es posible la tranquilidad sin fidelidad al pensamiento? ¿Cómo compatibilizar mentira y respeto? ¿Existe autoestima sin coherencia? ¿Dónde queda la verdad sin ella? ¿Cómo concebir la honestidad incoherente?

¿Por qué siempre justificamos nuestros actos? ¿Por qué no actuamos como pensamos? ¿Por qué finalmente acabamos por pensar cómo actuamos? ¿Por qué nos gusta celebrar la contradicción en vez de maldecir la incoherencia? ¿Por qué tanto empeño en justificar los hechos y olvidar el pensamiento?

¿Respuestas? ¿Las tienes? ¿Dónde buscar coherencia sin valentía? ¿Dónde se esconden los valientes?

Una sociedad coherente es moral, una persona consecuente es ética. Un mundo coherente es, por lo menos, un lugar un poco más feliz.

¿Qué es la ética? El arte de saber vivir (bien). Sólo viven bien los coherentes. Sólo aspiran a la felicidad los valientes.

Sólo ellos  merecen auténtico respeto.

Yo quisiera

Yo quisiera ser trompetista de jazz y tocar en locales llenos de humo. Quisiera abrir los ojos, entonces, y ver pequeñas mesas redondas, lámparas que apenas iluminan y unos ojos que me miran interrogantes.

Yo quisiera ser fotógrafo de cuadros de Hopper. Detenerme entre sus gentes quietas y sentarme a la luz de sus ventanas. Quisiera ver el sol que salió de sus pinceles.

Yo quisiera escribir por las noches, cuando todos duermen y se respira silencio. Liberar palabras de su cárcel de grafito y verlas adquirir sentido. Nombrar con ellas lo innombrable y tenerlas ante mí recién nacidas.

Yo quisiera vivir lejos del mar, pisar la tierra caliente y olvidar el monótono ruido de las olas. Ver el campo desde mi ventana, recorrer caminos y sentarme a la sombra del único árbol.

Yo quisiera leer una novela interminable, dejarme llevar por la vida de los otros. Verlos, conocerlos y amarlos. Cerrar el libro cada noche y saber que allí me esperan, dormidos, hasta que mi mano traiga a sus vidas un nuevo día.

Yo quisiera construir mi propia casa. Pintarla de blanco y contemplarla desnuda de todo recuerdo. Pisar descalzo la madera de su suelo y, poco  a poco, vaciar las cajas llenas de mi vida.

Yo quisiera vivir en una inmensa ciudad que a nadie conoce. Recorrer una tras otra todas sus calles. Mirar, oler, ver sin ser visto y perderme entre infinitos colores.

Yo quisiera escapar de la sombra que me ata y me persigue y, como Peter Pan, vivir sin ella, sin ese recuerdo constante que me dice que estoy aquí, que estoy ahora.

Yo quisiera ser yo con todas las consecuencias. Ser yo por la mañana, ser yo por la tarde y por las noches estar solo sin estarlo.

Yo quisiera  tocar la trompeta delicadamente ante un cuadro de Hopper en una noche oscura. Mirar después por la ventana los caminos quietos, las calles llenas de luz y movimiento.

Yo quisiera estar en mi casa blanca buscando entre los libros el libro de mi vida y escribirlo lentamente en un tiempo sin prisas.