El impermeable azul

Son las once de la noche, final de septiembre, te escribo para decirte que ayer estuve allí, sentado entre tantos, escuchando tu voz profunda, cargada de palabras y de años.

Hace frío, está lloviendo, pero me gusta dónde estoy ahora. Tu música llena esta desapacible noche.

He oído que te estás construyendo una casa perdida en las montañas para buscar dentro de ti lo que no encontraste fuera. He oído también que alguien te ha estafado, que te has visto obligado a volver al mundo, que vives de nuevo en la carretera, en todos los lugares y en ninguno, que has tenido que dejar tu retiro de silencio y sosiego. Siento la causa pero no el efecto. Aún conservo la impresión de verte con tu traje y tu sombrero negro, tu pelo ya blanco y tus movimientos plagados de años y elegancia.

La última vez que te vi parecías tan viejo, tu cabeza rapada, tus ojos cansados. Tu aspecto de dandy olvidado en el tiempo. Vivías de espaldas al mundo, meditando, buscando la paz que a mi me procuran tus canciones. Has estado en todas las estaciones, has probado todas las respuestas pero la eterna pregunta permanece.

Bien, ahora te veo y me alegro. Reconozco vida en tu mirada, pasión en tu voz y futuro en la poesía que derramas.

Te envío saludos. Quiero que sepas que todo lo que vi, todo lo que escuché y sentí no escapará nunca de mí. Qué te puedo decir hermano, ángel y asesino ¿Qué más puedo añadir?

Te echo ya de menos. Me apena pensar que quizás ya no haya próxima vez. Me alegro de que te hayas cruzado en mi camino.

Si alguna vez pasas por aquí, quiero que estas palabras conserven el impulso que me ayudó a escribir, que aprecies el calor que quieren desprender.

Gracias por los problemas que has borrado de mis ojos. Pensaba que estaban allí como parte de mi, por eso nunca lo intenté.

Volví a casa con tu música en mi mente, tu voz viajaba en el aire y el mundo era un poco mejor que antes de verte.

Sinceramente,

J.