Los unos y los otros

Ser mentiroso puede, en ocasiones, llegar a ser práctico. No es muy recomendable pero hay situaciones en las que incluso mentimos honestamente. Ser cínico denota cierta inteligencia y puede aderezarse con sentido del humor. Ser hipócrita, por el contrario, es siempre perverso.

El comportamiento de los países occidentales cuando hablan del terrorismo yihadista, al que deberían dejar sólo en terrorismo, sin apellidos, es mentiroso, cínico pero sobre todo hipócrita.

Se oculta la verdad. Se presenta una situación en la que nosotros somos los buenos y ellos los malos. Ellos es una palabra muy genérica que deja que la imaginación se desboque y que incluya en el pronombre a todos los que consideramos diferentes.

Se insinúa insidiosamente que el enemigo siempre viene de fuera. Que nosotros, que hemos alcanzado las más altas cotas de desarrollo, bienestar y justicia social gracias a nuestro trabajo y sacrificio, les recibimos con los brazos abiertos, les damos lo que necesitan, compartimos lo que es nuestro y les tratamos como iguales. A cambio, ellos, los forasteros, nos chupan la sangre, se aprovechan de nosotros, de nuestros avances, de nuestras leyes magnánimamente igualitarias, de nuestra asistencia sanitaria universal, de nuestras escuelas. Si vamos a un hospital hemos de esperar pues allí están ellos, en los comedores de los colegios decenas de nuevas reglas modifican la alimentación de nuestros hijos, la navidad corre peligro de extinción, las viviendas públicas son para ellos y ninguno paga el alquiler correspondiente. En fin, ellos, los forasteros, muerden la mano que les da de comer. Hay quien llega al extremo de afirmar que el mal está en ellos, que ellos violan a nuestras mujeres y en último termino nos matan.

Dentro de ellos están incluidos musulmanes, mahometanos, yihadistas, árabes, terroristas. Así, todo mezclado, para que no quede nadie fuera. No son los únicos ellos pero sí los que nos han hecho recordar lo buenos que somos y lo malos que son ellos.

Los asesinos son asesinos, los terroristas, terroristas y los últimos acontecimientos han sido obra de repugnantes asesinos que buscan extender el terror y el miedo. Nos enfrentamos al peor enemigo posible: el miedo. Miedo concreto e irracional también, pues el miedo no es posible delimitarlo.

Para luchar contra ese miedo sí es necesaria la unión y la confianza en los otros. El miedo siempre es menor en compañía. El peligro que corremos es extender la culpa y la responsabilidad de los unos a los otros. De un diferente a todos los diferentes. De nosotros a ellos. De lo homogéneo a lo heterogéneo.

No es una guerra entre ellos y nosotros. No es una guerra entre oriente y occidente, no es una guerra entre religiones. Es una guerra entre civilizaciones, entre los que quieren que vivamos en la edad media y los que queremos vivir en el siglo veintiuno.

Si establecemos los bandos entre buenos y malos caemos en el peligro de las generalizaciones. Lo que no entiendo es diferente, me da miedo luego es malo.

La verdad de toda esta mentira es que todos somos buenos y malos. El que unos asesinos actúen les hace malos a ellos pero no necesariamente buenos a nosotros.

Surgen en estos días difíciles muchos conceptos esquivos: extranjero, forastero, diferente, fanático, terrorista… Surgen estos días foros, debates y discusiones en los que por ignorancia, mentira e hipocresía se cuenta la verdad de la peor manera posible: a medias. Surgen estos días patriotismos de pacotilla, uniones de los iguales, abominación de todo lo diferente y perdida total de conciencia.

No son los países de occidente los que han apretado el gatillo, los que han agarrado el cuchillo ni manejado el volante. Son, lo sabemos, repugnantes fanáticos que quieren imponer a la fuerza sus creencias.

Sí son los países de occidente los que hipócritamente hacen negocios con países que no respetan los derechos humanos que tanto defendemos, los que comparten mesa y mantel con líderes que financian fanatismos asesinos. Somos nosotros los que miramos para otro lado cuando a cambio de conseguir un negocio ofrecemos silencio. Ellos, nuestros líderes y países amigos, son también responsables de todo lo que está pasando. Nosotros, occidente, somos tan cínicos, mentirosos e hipócritas que no queremos reconocerlo, lo disfrazamos de intereses internacionales, dinero y diplomacia. Nosotros también somos responsables.

Echar siempre la culpa a los otros, es decir a todos menos nosotros, es una gran mentira. Como casi todas las mentiras es, además, muy peligrosa.

Yo no manejaba el volante, yo no blandía el cuchillo. Lo sé. Tú tampoco. Los que lo hicieron tienen nombres y apellidos y no merecen el más mínimo respeto. El fanatismo y su fanatismo en concreto es una de las mayores degradaciones humanas. Son completamente despreciables.

No caigamos en la tentación de echar la culpa a los otros. Es un concepto tan grande como peligroso. Donde hay otros empieza el fanatismo.

No seamos cínicos, hipócritas y mentirosos.

La duda perpetua

Tener certezas nos cuesta la vida.Vivir en la duda perpétua, en la indefinición y considerar que todo es relativo nos somete a una tensión intelectual que salvo inconscientes o ignorantes  es muy dificil de sobrellevar.La certeza ofrece seguridad y nos permite olvidar las inumerables cosas de las que no sabemos nada.Cuando no se puede argumentar una verdad se da un triple salto mortal para caer en la  más irracional de las certezas:la fe.Cuando no permitimos que esa fe sea cuestionada caemos en el fanatismo.La diferencia entre el fanático y el creyente es que el primero nos quiere imponer a todos los demás su creencia.El fanático no se cuestiona nada, da por hecho que se halla en posesión de la verdad y por eso nos la impone; si es necesario no duda en hacerlo por la fuerza.Es el grado más alto de paradoja intelectual que podemos llegar a conocer:el que no sabe, el ignorante, el fanático es el que cree conocer la verdad y la impone a sangre y fuego al que sabe mucho más que él.Sé que los creyentes en cualquier cosa negarán lo irracional de sus creencias.Es lógico, en ello les va la solidez de su existencia. Tener fe no expresa más que la voluntad de creer en algo sin tener que hacerse preguntas sobre ello.No es poco. Con los fanáticos no tengo que preocuparme, saben tanto que no les hará falta leer este estúpido texto para contradecirme o simplemente rebatirme.Los fanáticos repelen la razón de la misma manera  que la naturaleza repele la línea recta.Es una perdida de tiempo tratar de razonar con ellos.Sólo hay una cosa que no nos sobra,  y esa, es precisamente el tiempo.

La ciencia infusa no existe.Certeza y fe buscan el descanso y la seguridad.Queremos con ellas construir la casa empezando por los cimientos.La duda sin embargo se nos antoja como hacerlo desde el tejado.Si uno hiciera un análisis exhaustivo de cuáles son las  verdades a las que realmente se puede asir sin engañarse al menos un poco, tendría que reconocer que su terreno de juego es el subjetivo.Responder no sé  demuestra frecuentemente más sabiduría que asegurar categóricamente la verdad de algo de lo que desconocemos casi todo.

Casi siempre sucede que tenemos más claro aquello que no sabemos  que lo contrario.Cada vez que se declara categóricamente que algo es verdadero estamos mintiendo o exagerando deliberadamente y lo sabemos.A pesar de ello, da mucha seguridad tener esas certezas en la recámara.Nos da orden y sentido.Nos sentimos refugiados. Son como nuestra casa.Son la balsa en la que navegamos por el inmenso mar de la duda.Por eso, aunque no se admita, nos gusta tener todo clasificado y jerarquizado.Ser siempre consecuente puede que sea lo más adecuado pero nos impide  declarar a los cuatro vientos que determinada verdad  es irrefutable.En el fondo,tener algo pensado y decidido nos da la seguridad que nos quita el sempiterno y lógico depende.Vivir en la duda y en lo subjetivo se ransforma así en un árduo esfuerzo que nos cuesta la confianza y hasta el prestigio social e intelectual.La ciencia incluso se muestra más humilde en su interpretación del mundo que el común de los mortales que se declara a sí mismo seguro de algo.

Lo más sensato, al final, es agarrase al arte.Las únicas certezas que quedan ancladas en nosotros, son las que sentimos como tales a través de la emoción artística.La ciencia podrá explicar  cómo se mueven los electrones o por qué erupcionan los volcanes.Nadie pone en duda tales explicaciones pero poco nos importan.Sin embargo, cuando sentimos en las entrañas la iluminación de una metáfora o el dolor provocado por la música sabemos que no podemos explicarlo con razonamientos, que, tal vez, ni palabras haya para hacerlo, pero dentro de nosotros vive la certeza  de la comprensión, del descubrimiento y la ilumunación.Los electrones están por ahí danzando pero nosotros nunca los hemos visto ni sentido.Los átomos de que estamos compuestos  se volatilizarán cuando hayamos muerto, seguirán  uno a uno su camino pero ya no serán nosotros.Nuestras creencias y certezas no viajarán con ellos.¿Dónde quedarán?.

Al final no nos queda más remedio que vivir basados en el acuerdo.El impulso de conocer es imparable.La ignorancia sólo conduce al fanatismo y de este hay que huir como de la peste.La ciencia tratará siempre de dar una explicación de los hechos pero siempre habrá más cosas que no conoce de las que es capaz de explicar.El método científico es útil, nadie lo duda, pero nadie vive basando su existencia en la utilidad.Intuiciones, sentimientos y deslumbramientos que no pueden ser explicados son los que jalonan nuestro aprendizaje a lo largo de la vida.Cuando la tierra era plana, sus habitantes tenían las mismas dudas e incertidumbres que ahora que nos transportamos en una esfera por el espacio.

Tratar de agarrarnos a las certezas es comprensible.El ser humano se ha embarcado en un viaje muy  ambicioso, no es otro que el del conocimiento.En ese viaje a lo desconocido nos sentimos sólos y diminutos.Por eso la palabra verdad nos deslumbra.La verdad es el sol que nos da la vida y la duda y el azar nos hacen vivir en las sombras.Yo tengo por cierto que somos animales nocturnos.

Mentira y verdad

Tiene un libro Vargas Llosa,cuyo título siempre me ha gustado mucho.Se trata de “La Verdad de las Mentiras”. No sólo es bonito, sino que además nos da pie para reflexionar sobre un tema que, al menos a mí, me interesa sobremanera.Todos nos pasamos la vida hablando y opinando de cosas de las que nada o muy poco sabemos.Si hacemos un ejercicio de sinceridad tendremos que reconocer que en multitud de ocasiones aseguramos cosas que desconocemos, sólo con el propósito de quedar bien, vencer en una discusión o no admitir que de ese tema nada sabemos.Cuando la ignorancia y la vanidad se unen siempre vence esta última.Lo que más diferencia al hombre de los animales no es el lenguaje,el sentido del humor o la inteligencia, sino la vanidad y la mentira.Si nos ponemos a pensar cuáles son las convicciones más profundas de un ser humano nos damos cuenta de que en la mayoría de los casos no tienen ningún fundamento.Soy socialista,dice Pedro por ejemplo, pero cuando le pedimos que nos explique cómo ha llegado a esa conclusión, Pedro no saldrá de lugares comunes o bien repetirá de memoria lo que otros han dicho antes que él.Cuando alguien afirma que es católico normalmente no sabe ni lo que está diciendo.Al ser preguntado contestará que así fue educado o que eso no se puede explicar ni razonar.Qué decir del que desprecia todo aquello que no conoce.No hay mayor mentira que la de aquellos que sólo quieren conocer lo que les conviene ,lo que les deja tranquilos.El miedo a lo desconocido hace que nos aferremos a lo poco que conocemos como si de una verdad absoluta se tratase.De aquí al fanatismo hay un paso, y los fanáticos no son más que mentirosos ignorantes que de tanto repetir su mentira llegan a creer que es verdad.

Cuando la educación no es más que mera transmisión de conocimientos,la libertad un derecho adquirido,la democracia algo que nos han dado y la cultura unos cuantos libros leídos, tenemos necesidad de reafirmarnos y para ello la mente humana ha inventado su arma más poderosa:el autoengaño. El hombre es un animal de costumbres y cuando se acostumbra a mentir ya no miente, se lo cree.La ficción,entendida como mentira, nos debe ayudar a interpretar la realidad que nos rodea,no a inventarnos la realidad que nos conviene.Hemos transformado la realidad porque no la entendemos,hemos creado la ficción para entenderla y para reflexionarla pero nos hemos quedado en el camino,en esa mentira en la que todos somos altos, guapos y en la que siempre tenemos razón porque de todo sabemos y opinamos y no nos calla ni dios.

No somos lo que hemos conseguido ser sino que somos lo que nos conviene ser:vanidad de vanidades.

Calumnia que algo queda.