En el jardín

Mi antiguo jardín ocupó muchas horas de mis días y de mis noches. Pensé que aquel era mi lugar en la tierra, mi sitio en el mundo. Aún recuerdo sus colores, olores, luces y sabores. Siento nostalgia a veces. Lo siento tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Ahora vivo en otro jardín, no es igual pero cada día que pasa lo hago un poco más mío, más casa. Sus colores los asemejan. Aquel más verde, este más piedra. Aquel más sombra, este más luz. Aquel paisaje infinito, este paisaje cercano. Los dos, espero, lugares en el mundo que yo he escogido. Para estar, para vivir.

Estos días estoy solo y por las mañanas me siento a la mesa del porche y trabajo. Levanto la vista y observo con admiración la vida que silenciosa me acompaña. Un abeto azul al frente,  un olivo a mi derecha y dos granados creando la sombra que me cobijará cuando descanse. Al fondo una higuera casi llena. Lavanda, tomillo, lovelias, geranios. Orégano, hierbabuena y crasas. Todo me rodea. Vida y color que hacen que mi trabajo se aligere. Que mi despacho de verano sea, tal vez, el más hermoso del mundo.

Escribo esto sentado a mi mesa en la sombra. Ya se me ha echado la tarde. La luz es más dorada. El viento se ha levantado. Escribo y miro. Miro y escribo de lo único que ahora importa. Luces y colores que todo lo llenan. No hay sitio para más en mi cabeza. Sólo quiero ser ojos.

Paseando entre colores iguales

Paseando entre colores iguales, escuchando tu voz que penetra por todas las rendijas, al acecho como tú que te escondes de presencias no queridas, pisando la tierra seca y todavía caliente, abriendo los ojos para descubrir nuevas luces, cerrándolos para atrapar viejos colores, recorriendo caminos ya pisados, mirando árboles, flores, marrones, verdes y piedras blancas. Pintando, siempre pintando.

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El ojo y el tiempo

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De muchos cuadros me gusta que parezcan fotografías. Con las fotografías me suele suceder lo contrario: me gusta verlas como cuadros. En ambos casos me atrae tanto la quietud como el movimiento. Una fotografía o una pintura debe condensar en lo que muestra tanto lo que pasó antes como lo que sucederá después. El momento que vemos es tan irreal como lo es siempre el presente. Un engaño que dejó de ser pasado para ser futuro. Lo que hace sugerente a un cuadro o a una fotografía es que parece detener el presente. Esa es la ventaja de jugar fuera del tiempo. Las fotografías personales se transforman en recuerdos. Memorias que traemos de vez en cuando a la vida. El resto, debe transmitir esa ausencia de tiempo. Sólo colocados fuera de él podemos sentir. Es como parar la vida y observarla con detenimiento. Una fotografía o un cuadro es como un ojo que se apropia de momentos vividos por otros para luego redimensionarlos. Lo que nos sugiere está en nuestra forma de mirarlo. Somos ojo que ve lo visto por otro que lo ha robado al tiempo y a la vida. Se da la paradoja de que algo irreal se nos clava tan hondo. La vida en movimiento nos ofrece experiencias. La vida quieta, detenida en un click o en un brochazo nos sugiere sentimientos, requiere de imaginación para dar vida a lo que ya no lo tiene. Por eso la vida no queda más remedio que vivirla. Un cuadro o una fotografía, desde este punto de vista, una sola y misma cosa, permite la contemplación. La experiencia vivida nos curte y, a veces, nos enseña. La contemplación sólo es posible en la quietud. Por eso el tiempo no se contempla. Un segundo se va según empieza. Un cuadro o una fotografía, sustraídos del tiempo, está ahí para que lo contemplemos. Lo demás, lo que veamos, sintamos o imaginemos,  ya es cosa nuestra.