Yo (me) acuso

Qué hago aquí si este no es el lugar donde debería estar. Por qué no he cogido el tiempo de la mano y me he marchado. Qué absurda esta tarde de marzo, aquí sentado, escupiendo palabras de lamento, escuchando una y otra vez esa voz que desde dentro me exige coherencia. Esa voz que, por mucho que lo niegue, es más yo que yo mismo. Conciencia que se ríe de mi  inconsciencia. Absurdo de clamar en el desierto, considerarme único y ser más masa que uno. Qué hago aquí sabiendo que no es mi sitio.

Mesa blanca hoy te detesto. Plumas y lápices hoy sin veneno. Paredes que hacen de este espacio un lugar pequeño y oscuro.

No hay nada peor que saber lo que se ha de hacer y no hacerlo. Es lo más cercano que conozco a la falta de libertad, de dignidad y de asomo de felicidad.

Perdóname Glen por haberte fallado, por saber y no ver, por hablar y no hacer, por predicar y mirar para otro lado. Te dejo que me castigues con tu indiferencia.

El hombre que reparaba aspiradoras y la mujer que vendía flores

Recomiendo con años de retraso pero recomiendo. Entre recomendar y no recomendar, entre hablar y callar, entre opinar y no opinar me quedo siempre con recomendar, hablar y opinar. Dudo incluso de si no he hablado de él, de ella, de la película y de su música anteriormente, pero ante la duda y la pereza de buscar en el pasado decido seguir adelante.

El asunto es que hace unos días volví a ver la película. La conclusión fue la misma. Esto es cine y este es el cine que despierta en mi ganas de hacer cosas, de contarlas y de vivirlas. La película es Once y fue dirigida por John Carney en 2006. Es una pequeña y maravillosa película que demuestra lo que se puede hacer con inteligencia y sensibilidad. La película está protagonizada por dos músicos que no son actores, o por dos actores ocasionales que son músicos. Esta es la otra baza de la película: su música. No sé que decir excepto que no tiene desperdicio. Ella es la checa y desconocida para mí antes de la película Markéta Irglová, él es, otro irlandés y van…, Glen Hansard cantante del grupo The Frames y cantante también en solitario.
Música y cine unidos de la mano, mezclados, fundidos. Canciones que nos cuentan una bella historia de amistad entre dos personas queribles y amables. La película tiene la enorme virtud de no dejarse llevar por lo fácil, por el camino trillado, por el aplauso entusiasta o la lágrima demasiado oportuna. La película es real siendo poética. Es poesía en la vida real.

La música que llena la película es verdad cantada. Es estómago. No es una banda sonora, es la protagonista. Es el nexo que une a un hombre que repara aspiradores y a una mujer que vende flores.
John Carney, su director y guionista, ha puesto las palabras y las imágenes. Cada una en su sitio. Esto no es poco. Yo le odio también un poco por robarme un idea que debería haber sido mía.
Como no soy rencoroso y sé perdonar he decidido compartir con el mundo la película que yo debí escribir y dirigir y las canciones que debí componer y por supuesto cantar.

Por último y no menos importante, me falta por añadir que tratándose de una película irlandesa, de un director irlandés y de un músico irlandés no podían dejar de incluir música entre la música de mi irlandés imborrable.

Se apagan las luces, se hace el silencio. Ojos y oídos atentos. Comienza Once, otra vez.