Mi lucha

Va pasando el verano y aquí me encuentro, colgado en los últimos días de julio. No puedo quejarme. Estoy sentado en el jardín. El día es azul, la temperatura es suave. Tengo ante mí granados, olivos y la gran higuera que cada año me regala más sombra. Me estoy tomando un café y escucho a D. M. Estoy solo.

Cada vez me interesa escribir sobre menos cosas. Sólo yo soy el centro de mi atención, me doy miedo. Este verano estoy leyendo a Knausgard. Yo, como él, pienso en mi vida como medida de todas las cosas. Me interesa el mundo, observo todo lo que pasa, espío la vida de las personas. Es como si todo lo viera a través de la ventana. Soy James Stewart en La ventana indiscreta. Permanezco inmóvil, agazapado. Observo, pienso, fisgo, espío, imagino,especulo, invento. A pesar de todo, al final del día, me acuesto, cierro los ojos y allí estoy yo, esperándome. Diminuto universo que encierra todas las galaxias que me habitan. No puedo salir de mí, cada vez menos. Atrapado. Ya sólo me queda mi punto de vista.

Leo, miro, escucho, discuto y me apasiono con lo que digo. Pienso en ellos y ellas, los echo de menos. Hago planes. I look forward to. Al final, cuando me siento ante la página en blanco, sólo soy yo de quien hablo y de quien callo. Es como si las palabras sobre el papel tuvieran más peso, más importancia. No está el viento para llevárselas, no sé ni si el tiempo. Se me hace muy difícil hablar en tercera persona. Siento que finjo. No es que yo me considere el tema más importante. No es que nada me importe. Sucede que cuando escribo, como Knausgard, pienso en mí todo el tiempo. Yo soy mi lucha. Hay muchas cosas importantes pero mientras no gane, esa lucha se me impone. No son pequeñas batallas. No valen planes ni estrategias para derrotar al monstruo. No soy mi pesadilla . Soy, ya lo he dicho, mi lucha.

Canta S.M. a mi lado. Me detengo un instante. La música es la única que me saca de mí. No sé a dónde me lleva, pero me lleva. Con ella sí me disuelvo. En el mundo, en el paisaje o en el mismo aire que me rodea. Todo es diferente con ella. Me transporta, me recuerda, me pone en trance y mi mirada se pierde en un universo paralelo. Allí quiero quedarme pero siempre vuelvo a mí. A mis granados, a mi olivo, a mi higuera, a mi mesa de madera. A las palabras que quedaron quietas. Canta B.C. y callo. It’s my hope.

Mi familia, mi mujer, mis hijas son yo porque yo las pienso y las siento.Mis amigos, lo son porque yo los quiero. Mis libros y mis cosas son yo porque yo los leo y las veo. Mis palabras son yo porque yo las escribo y las digo. El tiempo soy yo porque yo lo vivo o lo pierdo. Yo, a pesar de mil circunstancias, soy yo. Todo en un instante y nada cuando desaparezca. O sí, tal vez unas cuantas palabras que alguien alguna vez diga, piense o calle.

Puedo contar mi vida hasta los detalles más íntimos, puedo contar mis días minuto a minuto, puedo decir lo que pienso sobre todos los temas que pasan por mi mente, puedo hablar sin callar, escribir sin parar pero nada de esto me interesa. Knausgard lo hace. Yo no, pero en el fondo hacemos lo mismo. Luchar.

Luchar es entenderse, explicarse. Cerrar los ojos y verse. Luchar es ver el mundo a través de uno. Luchar es ser consciente de lo que uno siente. Luchar es pensar y ser consecuente. Luchar es vivir. Esa es la única pelea que nos queda.

Escucho a M. Ya no lucho ni pienso. Sólo siento. That’s all.

Palabras para julio

El mes de julio se me ha ido como el rayo. Me ha dejado sin palabras. He leído, he paseado, he descansado bajo el granado y bajo la higuera. He visto crecer las fresas, he probado las primeras cerezas de mi cerezo, los higos maduran poco a poco y los olivos, impertérritos, permanecen. Ese parece su destino.

La sombra de los plátanos ha crecido y allí me he refugiado bajo el sol de mediodía.

Por las tardes libros y siesta en la penumbra buscada de la casa, lejos del sol y de las horas en que quema inclemente. Después, con la llegada de la brisa, el jardín vuelve a ser amable. Es hora del trabajo con las manos: regar, cortar, sembrar. Clavar, pintar, serrar. Cambiar las piedras de sitio, tender luz donde no la había.

Fatiga, sudor y cansancio bienvenidos, dolor en las manos y en la espalda por la falta de costumbre. Satisfacción por ver lo que uno ha hecho.

Cae la tarde, la temperatura cae también casi sin darnos cuenta. El cielo deja el azul por el amarillo, pasa después a naranja casi rojo.

Sentado en un rincón del jardín, con un vaso de vino blanco en la mano, observo los colores cambiar, los campos de trigo ya cosechados, los pájaros volar, saltando de árbol en árbol, como jugando. Te sientes diluido en el todo y comprendes sin pensarlo el poder de la naturaleza.

Viento, luz, quietud y movimiento a espaldas del tiempo.

Se hace de noche y el cielo azul y negro se llena de estrellas. Levantas la cabeza y contemplas la inmensidad de lo inmenso. Tú eres el diminuto punto. No ellas. Ayer, sin ir más lejos, la luna se volvió roja, como llena de sangre.

Leer un buen rato en la cama. Sentir el sueño cuando llega, apagar la luz y caer dormido casi sin quererlo. Deseando alargar esos momentos previos al sueño en el que uno se siente desaparecer en la nada.

Soñar, despertar, abrir la ventana para que el sol llene hasta el último rincón que quedaba todavía de noche.

Salir, una vez más, al jardín y contemplar. Tal vez sea nuestro único destino.

El mes de julio se va y con él todas las palabras.

Agosto que acechas, no me gusta tu nombre.