Del dicho al hecho

Todas las personas tienen derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio y sin importar las fronteras. Esto es lo que dice el artículo 19 de la declaración universal de los derechos humanos.

Existe en España una corriente de opinión que aboga por establecer como delito la apología del franquismo. Bajo el argumento de que que no se puede homenajear a tiranos se defiende el castigo para quien los ensalce. No son las palabras las que delinquen sino los actos. Lo que se diga carece de importancia si no incita a poner en práctica actos de odio y violencia. Por muy repugnate que pueda resultarnos una idea al ser expresada no deja de ser una idea. Palabras que cualquiera puede lanzar al viento. Opiniones que quien quiera puede verter.

La libertad de expresión no debería tener límites. Definir la frontera entre palabra y acto es lo difícil. Demostrar que lo dicho ha provocado lo hecho es lo que debiera preocupar a los juristas. La justicia que castiga las palabras no es justicia.

Se está juzgando en España en estos días a un conocido actor por haber herido la sensibilidad de algunos creyentes católicos con unas palabras sobre dios y la virgen. Gracia, no para él, tendría que fuera condenado por decir palabras que no han desencadenado ningún acto. Ser condenado por hablar, ser castigado por decir en alto cualquier cosa es un absurdo. Alegar para ello que lo dicho ofende no se sostiene. La sensación de haber sido ofendido sí, por supuesto, todos somos libres de sentir lo que queramos, el castigo no. Las palabras se las lleva el viento. Los actos tienen consecuencias y estos sí, se quedan. Defender que las palabras son causa pero no mostrar más consecuencia que mi ofensa podrá servir para que yo no perdone pero nunca para defender una justicia punitiva que defienda a los ofendidos y castigue a los ofensores.

¿Cuáles han de ser los colectivos protegidos ante las ofensas verbales? ¿Los de género distinto, los niños, los de orientación sexual diferente, los de otro color, las víctimas de violencia física o política, los sin techo, los de países extraños, los creyentes en sea cual sea el credo, los otros?

Sentirse ofendido incluso odiado puede ser, dependiendo del caso, ridículo o terrible. En lo terrible no hay broma posible. Quien hablando provoca ofensa dolor y odio es despreciable. Quien se ofende es libre de hacerlo pero no siempre es respetable. Sería infinito hacer un catálogo de posibles ofendidos.

No hay mala voluntad en quien quiere prohibir o castigar ideas que nos resultan repugnantes. No hay maldad en el propósito de eliminar la posibilidad de expresarlas pero sí hay error porque confunde palabra y acción. Idea, causa y consecuencia.

La libertad de expresión nos condena a escuchar lo que no queremos escuchar, a apretar los dientes y tragarnos la rabia, a compadecer a los que en muchas ocasiones pueden sentirse de verdad ofendidos.

La libertad de expresión nos permite, también, contestar palabras con palabras, opiniones con opiniones que nos hacen sentir más dignos, ideas con ideas que nos elevan por encima de la basura. La libertad de expresión nos permite, del mismo modo, reirnos, de los ridículamente ofendidos y sobre todo, no respetar las palabras, ideas u opiniones que no merecen nuestro respeto. Es siempre importante recordar que las  personas, aunque a veces nos cueste una úlcera, merecen respeto pero no sus opiniones y la libertad de expresión me permite despreciar las ideas y opiniones despreciables y también, evidentemente, las ofensas gazmoñas y ridículas .

Justicia, castiga, en todo caso, al que me haga daño, no al que se limite a querer hacerlo, diciéndolo. De ese, espero, poder defenderme yo solito.

Que los creyentes pidan a sus dioses que les defiendan de quienes les ofenden. Yo prefiero que la justicia ocupe su tiempo en actuar contra los que nos hacen víctimas de sus acciones.

Nos podemos reír de casi todo lo que un rubio presidente dice. Lo que nos debe preocupar es lo que hace. Nos podemos reír de todo lo que al actor español le dicen en el juicio por su ofensas sus ofendidos. Lo que nos debe preocupar es lo que la justicia haga contra él en defensa de los ofendidos. Nos podemos reír de todo lo que dicen y piensan los nostálgicos de dictadores trasnochados. Lo que nos debe preocupar es que haya gente que hace, votando a favor de partidos que defienden lo que los sátrapas defendieron.

Todas las personas tiene derecho decir libremente lo que piensan. Todas las personas deben responder por sus actos. Todas las personas tienen derecho a sentirse ofendidas porque, además, es inevitable. Nadie debe ser condenado por sus ideas. Lo debe ser por sus actos, relizados o incitados. Nadie puede perseguir ni castigar al que ofende porque en tal caso todos seríamos perseguidos y castigados. Todos ofendemos y todos nos podemos sentir ofendidos.

Tan lejos ha de llegar la libertad. Aunque a veces escuchar lo que se escucha nos haga cerrar los puños con rabia infinita.

Del dicho al hecho hay un trecho. Se llama libertad de expresión.

Democracia light

Una imagen que siempre me ha gustado es la de la botella medio llena o medio vacía. Me gusta porque no hay verdad ni mentira en ella. Las dos son ciertas. El optimismo y el pesimismo no son opuestos al realismo. El que ve la botella medio vacía ve una realidad y el que la ve medio llena, también. El optimista no cree que adultera una realidad más siniestra y el pesimista en ningún momento considera que su juicio está ensombrecido por su alicaído estado de ánimo. La botella es real, como también es real que nos hemos bebido ya la mitad y que todavía nos queda la otra mitad. Tanto el optimista como el pesimista se tienen a ellos mismos como realistas. Ninguno miente.

Hoy me he visto envuelto en una discusión de mi hija mayor y sus amigos. Pasaba por donde ellos se encontraban y me han asaltado con la siguiente pregunta: ¿cómo se puede cambiar una ley?

He tratado de responderles pero creo que tras escuchar mis palabras lo único que quedaba era desconfianza. Todo les sonaba a  cuento chino. Aprovechándome de su inesperado interés por estas cuestiones he tratado de indagar por qué habían hecho esa pregunta. Me lo han contado y yo he tratado de aclararles algunos conceptos. La conversación no es como la transcribo pero en resumen esto es lo que he tratado de decirles:

La legislación debería cubrir todos los aspectos que afectan la convivencia humana. Las leyes deberían marcar las reglas del juego que todos tenemos que seguir. La educación nos debe hacer entender no que las leyes que nos hemos dado son las mejores sino que las leyes son necesarias. La opción que todos podemos ejercer es la de intentar cambiar las que existen tratando siempre de mejorarlas.

Muchas leyes cuando son esbozadas genéricamente no suelen ser discutidas. Las constituciones son el marco donde estas leyes generales se encuentran. Es difícil oponerse a la no discriminación por razón de sexo, raza o religión. Parece obvio que todo el mundo tiene derecho a la educación o a la asistencia sanitaria o a tener una vivienda digna o un puesto de trabajo.

La constitución como fuente del derecho necesita el máximo consenso, por eso esta ley es una ley que requiere el refrendo de la mayor parte de la población. Del desarrollo de lo que la constitución dicta, deben surgir el resto de las leyes y todas ellas deben respetar los principios básicos propiciados en ella.

Las constituciones suelen decir cosas muy bellas que desafortunadamente no siempre se cumplen o no se cumplen del todo. Esto es frustrante pues llegado ese caso la norma máxima deja de ser ley para convertirse, en el mejor de los casos, en un mero deseo, en una declaración de buenas intenciones.

Los cambios en la sociedad en la que vivimos va planteando constantemente la necesidad de creación de nuevas leyes que regulen aspectos de nuestra vida en común que hasta ahora eran inimaginables. El surgimiento de internet o el desarrollo de la biotecnología son dos buenos ejemplos de ello. Si no hay leyes que regulen estos nuevos campos, nos encontraríamos en medio de un vacío legal en el cual tomar una decisión sobre lo que es legal y lo que no llegaría a ser imposible.

Hasta aquí creo que todo está claro: los ciudadanos necesitan un marco legal que empezando por una ley máxima, la constitución, vaya luego desarrollando en jerarquía descendente un sinfín de normas que regulen todas las fuentes posibles de conflicto que la vida en común puede traer consigo.

Es comprensible que el legislador se vea, a veces, sorprendido por nuevas realidades que exijan normativas y que se vea en la necesidad de ir creando leyes que resuelvan las dudas que esas nuevas realidades plantean.

Lo ideal sería que todas y cada una de las leyes nacieran fruto de un consenso total de todos los ciudadanos a los que tales leyes afectan. Esto no deja de ser un ingenuo deseo. En la realidad, sólo en contadas ocasiones se convoca a toda la población para aprobar o no una norma. Se hace a través de referéndum. En el resto de las ocasiones nos tenemos que conformar con que los representantes que hemos elegido en las elecciones lo hagan por nosotros. Ese es precisamente su trabajo: crear leyes. Si no nos gusta lo que hacen o si no cumplen lo que prometieron nuestro único castigo posible consiste en no volver a votarles.

Hasta el momento parece que los seres humanos no han inventado un sistema mejor para organizar la convivencia. La democracia, surgida hace ya milenios en Grecia, nos ha llevado hasta la situación actual en la que, en los países más afortunados, existe la libertad indispensable para poder ir modificando las normas y para poder manifestar nuestra opinión o bien directamente o bien a través de representantes previamente elegidos para ello.

Todavía esto es, en muchos países, algo inimaginable. La libertad de expresión, el derecho al voto, la separación de poderes no son más que quimeras.Hay que luchar para que en todos los países exista la libertad necesaria que posibilite llevar a cabo todo este proceso. La tarea es todavía ardua.

Este es el discurso de la botella medio llena. Da igual las palabras que se utilicen. Yo no he utilizado estas pero el sentido del mensaje era este. Si pongo punto final aquí me sentiría un idiota redomado.

¿No está la botella también medio vacía?

  • La constituciones aprobadas en muchos países son un insulto para la mayor parte de sus ciudadanos que ven que lo que en ella se ve reflejado no se cumple en casi ningún caso.
  • Los partidos políticos han puesto coto al poder e impiden, en la práctica, el acceso a él por parte de la mayoría de la sociedad.
  • Muchos electores parece que no han alcanzado el mínimo grado de madurez pues se pasan la vida criticando lo que los políticos hacen y luego vuelven a votarles sin el más mínimo titubeo.
  • La injerencia del poder económico en el poder político es cada vez mayor.
  • El poder político interfiere en el poder judicial e impide la independencia necesaria.
  • Los políticos se han convertido,  en muchos casos, en una casta de profesionales funcionarizados a los que nadie osa pedir cuentas.
  • Las campañas electorales provocan sonrojo en cualquier ser que tenga dos dedos de frente.
  • Los medios de comunicación son plataformas de apoyo de ideologías que desinforman a la población y cuya única misión parece ser el respaldo de una opción política.
  • Un ciudadano medio tiene un total desconocimiento del funcionamiento de las instituciones y de la organización política y administrativa de su país.
  • Los partidos políticos, con el objetivo único de mantenerse en el poder, abandonan cualquier política a medio o largo plazo y se dedican exclusivamente al cultivo de los votos.
  • Todos, ciudadanos de a pie y partidos políticos, son perfectamente conscientes de la necesidad de colaboración y ayuda internacional y sin embargo anteponen siempre los problemas domésticos por nimios que estos sean.

Es triste que no haya libertad y justicia. Es horrible que la paz nunca llegue. Es vergonzoso que se nos llene la boca hablando de democracia y que demos lecciones a lo que llamamos mundo subdesarrollado o, eufemísticamente, en vías de desarrollo, cuando en nuestra propia casa no cumplimos con la mínima parte de lo que decimos.

Que la botella esté llena o vacía no es más que una forma de ver las cosas. Lo cierto es que no debemos olvidar que las dos opciones son pura y absoluta verdad.