Las horas y los días

Hoy hay luna llena. Unas entrometidas nubes se empeñan en ocultármela de vez en cuando. Paseo un rato por el jardín nocturno y siento la brisa refrescante tras un día de calor. En un rincón hay un banco blanco. Me siento. Pienso en lo maravilloso que es vivir de espaldas al tiempo. En este mundo privado olvida  uno fácilmente el día que es. Mejor que eso, no es necesario saberlo. Los días se suceden y se van pareciendo unos a otros hasta el punto de confundirlos, de mezclarlos.

Me han regalado pepinos, tomates y calabacines. He leído un buen rato tumbado en una hamaca. He escuchado la conversación de unos labradores tras la siega. Yo apuraba una refrescante cerveza y dejaba llenar mi silencio con sus palabras. Uno contaba cómo su madre, cuando el era pequeño, le preparaba todos los días un vaso de leche con limón, azúcar y canela. Otro recordaba el requesón  y la nata de su infancia. Estaban sentados bajo un frondoso árbol en la terraza de un bar. Parecía gente satisfecha. El trabajo del día terminado. El reposo y la tertulia entre amigos.

Veo crecer el maíz día a día. Dicen que los jabalíes descienden de la montaña por las noches y se internan en los maizales en busca de comida. Yo nunca los he visto. Mientras paseaba pensaba en la aventura nocturna de estos escurridizos animales. Me he detenido a contemplar los girasoles. De lejos son  bonitos, de cerca no tanto. El trigo ya esta segado. Dos mariposas me han seguido un buen trecho del camino. Si me detengo se detienen. Cuando reanudo el camino me adelantan como para mostrármelo. Me he parado a descansar en el atrio de una iglesia vacía. Sombra y piedra desde donde la luz del sol se hace más evidente.

Después de comer lectura y siesta. He pasado de Pahor a Javier Marías. En las siestas los sueños se sienten más reales. Tal vez sea porque no estamos dormidos del todo o porque el tiempo de sueño es más breve y al despertar lo soñado parece más cercano. Sólo echo siestas en verano.  Me sientan bien. En invierno me descolocan y si alguna vez caigo en la tentación suelo despertar de un humor de perros. Casi nunca merece la pena.

Llevo unos días enlazando películas que me han gustado. Un largo domingo de noviazgo, The Town, This is England y Chocolat. En verano suelo anotar en un cuaderno las películas que veo. Cuando acaba me gusta recordarlas. Releo los títulos y la fechas en que las vi. Rememoro las historias y la sensación que me produjeron. Antes también hacia esto con los libros. Ahora ya no. Lo que si conservo es la costumbre de anotar la fecha del día en que acabé el libro y el lugar donde lo leí. De vez en cuando paso buenos ratos abriendo libros por la última página y viendo fechas escritas a lápiz. No sé por qué las escribo con lápiz. Eso hará que el tiempo se encargue de borrarlas. Lo sé pero no hago nada por impedirlo.

He sacado durante estos días en torno a ciento cincuenta fotografías. De ellas han pasado el primer corte unas ochenta. Otras muchas caerán en la segunda selección. La fotografía siempre sigue el mismo ritual. Cada día salgo al campo con la cámara y fotografío  piedras, caminos, flores, paisajes, puertas, nubes y luces. Por la noche las cargo en el ordenador y trato de ser inclemente. Muchas de ellas  las borro, otras pasan a la carpeta correspondiente y algunas las trabajo: las recorto, cambio los colores, las amplío o las transformo hasta llegar a ser irreconocibles. Cada una tiene su valor. Algunas son simples recuerdos, otras pasan a la categoría de luces atrapadas y las menos pasan por mis manos y juego con ellas hasta hacerlas otras.

En un pueblo vecino hay mercadillo los sábados por la mañana. Me gusta recorrerlo y observar los puestos de frutas, de artesanía, de dulces , de zapatos o de utensilios para la cocina. No suelo comprar casi nada pero me detengo en todos ellos, miro y escucho. Recorro luego las calles del pueblo y entro en algún bar de su calle mayor. Sentado en la terraza con un vino o una cerveza el tiempo transcurre contemplando a la gente pasar. Cada uno de ellos es una historia por contar. Todos tienen una vida absolutamente diferente de la mía. Sólo el azar les ha puesto en mi camino. Yo, sentado y en silencio, imagino cómo será cada una de sus vidas. Es un buen ejercicio y  me gusta practicarlo.

Comida en el comedor o en el jardín, depende de lo que apriete el calor, y cena en la pequeña mesa de la cocina. Lo mejor el pan de pueblo. Me sabe diferente. Me gusta el trigo por el color y también por su sabor. Me llena la vista  y el estómago. El vino comprado en una casa cercana es recio, casi morado de color. Puedo ver las viñas  donde nació, allá lejos, desde la ventana.

La casa y el jardín. El jardín y la casa. Territorio al que siempre quiero volver. Camas anchas, muebles de madera, chimenea para el invierno, libros sobre la mesa, penumbra en las horas de sol. Árboles bajo los que sentarse, césped sin cuidar, geranios, rosales y hormigas. Filadelfia, la gata que se ha instalado en él, me mira entrar y salir con sus ojos de un imposible amarillo.

La luna llena  tras el cristal. La mesa grande del comedor, un cuaderno abierto, dos carpetas azules  y un libro marcado en la página trescientas cincuenta y ocho reposan a mi lado.

¿Qué día es hoy? No lo sé ni me importa. La pantalla del ordenador se empeña en recordármelo. Acaba de empezar el sábado dieciséis de julio de dos mil once. Mañana  será jardín, desayuno, Filadelfia, mercadillo, vino, pan,  Marías, siesta, paseo, girasoles lejanos, trigo segado, cocina y mesa de comedor. Mañana será muchas cosas y para mi suerte yo ya habré olvidado que existe el calendario.