Pereza gris

Me gusta el color gris cuando tengo luz a mi alrededor. El otoño ha llegado vestido de tristeza y con la amenaza de un gris taciturno. La ventana me muestra un mundo mortecino donde la rutina pasea solitaria. Me encuentro cansado, sin fuerzas. Todo parece inmutable. El tiempo ha lanzado el ancla para quedarse. La lluvia amenaza, el agua sabe ser desagradable. La luz se esconde y no puedo ver a través de esta niebla insoportable. Espero la noche para que me acompañe, suena una música antigua en mi cabeza. Paseo y me canso. Cierro los ojos y duermo.

Pereza de levantarme y pisar un nuevo día. Trabajos de Hércules. Que pase el tiempo y se vaya la vida. Pereza de hacer, de decir, de decidir. Sueños escondidos. Qué difícil es ocultar la mirada. Pereza perpetua que anida en mi alma. Ayer más que mañana. Qué fácil perderse en la melancolía. Pereza que todo lo llena disfrazada de noche y de día. Suspendido en la nada. Qué esfuerzo transformar en palabras pensamientos inmóviles.

Me miro la mano y la veo sin vida. Los ojos se abren sin ver nada. Recorro caminos estériles. Mi cerebro es espeso y los pensamientos duelen como amenazas. El cansancio me lleva de la mano y yo, dócil, lo sigo en silencio buscando descanso y no pensar en nada. Me siento, me callo y el gris de la vida me arrastra.

La noche cae y me quedo con ella. La miro, le hablo y no recibo respuesta. Pereza que me impide hacer  nada. Silencio, oscuridad y cansancio. Adiós a los días azules.

Pereza extenuante. Pereza, espero, pasajera.

Un nuevo día

El despertador me ha sacado de mis sueños a las 6 y 23.He abierto un ojo y lo primero que he visto ha sido el techo blanco sobre mi cabeza.En esos momentos la vida pierde todo sentido.No entiendo cómo hay gente que es capaz de levantarse con una sonrisa.Los odio a todos.
Con el andar de un fantasma me he dirigido a oscuras hacia la cocina.Allí mi brazo, autónomo,desconectado de mi brumosa mente,se ha extendido y los dedos de la mano han atrapado un plátano.Me he preaparado un vaso de cacao y he robado un trozo de bizcocho que dormía sobre la mesa.Imagen grotesca la mía. Sentado a oscuras en la cocina, mirando a la nada y comiéndome el postre de mis hijas.
Con gran esfuerzo y el ánimo arrastrándose por el suelo he mirado el pronóstico del tiempo en el ordenador.Me gusta más mirar por esta ventana que por la real que da a la calle.Vanas esperanzas. LLuvia ,lluvia, lluvia.El país del agua.
Cabizbajo y pesaroso he encaminado mis pasos hacia el baño.Allí, inmóvil y con la mirada fija en una baldosa gris perla he dejado que el agua caliente me resbalara de la cabeza a los pies. Tan falto de energía estoy por las mañanas que por ahorrar tiempo y esfuerzo me lavo los dientes bajo la ducha,con agua caliente.
Vestirme no ha sido fácil pero lo he conseguido.La casa en silencio.Hasta el aire dormía.Me he sentido víctima y verdugo.Víctima por lo que me hace la vida, verdugo por lo que  yo mismo me hago.
Salgo a la calle.Llovizna. En el bar tres o cuatro zombies untan croissant en cafés con leche.Paso de largo.Empieza la caminata.
Detesto los paraguas,así que me resisto a llevarlo.Me coloco los auriculares de mi Creative Zen negro y ,tras darle al play, comienza la banda sonora de mi mañana.What a difference a day make me canta Dinah Washington al oído.Arrebujado en mi abrigo recorro calles vacías bajo la luz de las farolas.Juego a imaginar que estoy volviendo a casa tras una intensa noche en un recóndito Jazz Club.Quiero pensar que mi boca está pastosa por el exceso de whisky y me coloco bien el sombrero que no llevo.Un camión de la basura me saca de mi ensoñación y me transporta de nuevo a las calles de siempre, los sonidos y las luces de siempre. Dejo a Humphrey a un lado y Felipe, el mejor amigo de Mafalda, se apodera de mí. Mirando al suelo, como él, arrastro los pies por el gris asfalto.
Blossom Deary me lanza el salvavidas y al compás de su voz de niña mala mi ánimo se levanta del suelo.Aprovechando esa repentina energía hago un repaso mental de lo que me deparará la mañana que aún no llega.Tres clases con alumnos aturdidos,con la navidad todavía colgando de sus mentes,la redacción de una memoria plagada de mentiras y exageraciones con el noble fin de conseguir una subvención,una reunión con una madre indeseable que hace que ame locamente a su indeseable hija, la lectura del correo y un claustro con todos los profesores mirando el reloj como si les esperase la cita de sus vidas.Qué lejos queda el mediodía en el que al fin me quedaré solo y podré sentarme en mi mesa y mirar al vacío antes de ponerme de nuevo mi abrigo,el sombrero imagiario y cerrar la puerta de una triste mañana de enero.
Estoy a mitad de camino.Ha parado la lluvia. A mi izquierda el mar y a mi derecha los coches que vierten su vómito de humo.Suena Sabina,mi vecino de la calle Melancolía.Miro al mar y veo a un abuelo vestido de neopreno que, enajenado, trata de meterse en el agua.Cree, seguro, que un baño de madrugada se llevará con él los años que le aprisionan el alma.Hoy es trece de enero.Cuento los pasos que voy dando para tratar de quitar los pensamientos venenosos que luchan por apoderarse de mi apaleado cerebro.
Una ventana encendida en una casa a oscuras llama mi atención. Me gusta el refugio que proclama.Me detengo, saco la cámara y click, me guardo la ventana en el bolsillo. Me encanta imaginar las casas por dentro, me gustaría entrar a escondidas y espiar cómo son, cómo es la luz que las ilumina, qué libros duermen en sus baldas, cómo se ve la calle desde su altura.
Pasan dos mujeres corriendo.No sé si me dan envidia pero sí echo de menos el impulso que las lleva.Esto es duro, Chet Baker toca la trompeta y me destroza, lo imagino tirado en el asfalto,caído o tirado desde aquella ventana de Amsterdam.Almost blue.Me quito la idea de la cabeza y sigo andando.Hoy es miércoles.¿Qué sentido tienen los miércoles?Siempre habrá preguntas sin respuesta.
Maldición. Conocido a la vista.Soy como un buho, detecto cualquier cosa en la oscuridad de la noche.Le veo venir, allá a lo lejos,sé que se parará y me hará hacer y contestar preguntas absurdas,indecentes a estas horas del día.Saco un libro de mi mochila y aunque es ridícula mi imagen de lector a la luz de las farolas, camino leyendo concentrado, como si mi vida me fuera en ello.No aparto la vista de las hojas cuando siento su sombra pasar a  mi lado. No le doy opción. Continúo mi camino, no me paro y sonrío.Soy un maestro.
Coleman Hawkins me acompaña en el último trecho.El horizonte clarea y los barcos del muelle dejan ver ya sus colores.Un último intento de escapar,dar media vuelta y largarme,recorrer el camino andado y volver a casa, esconderme entre sus paredes y olvidar el tiempo, las clases,las memorias y las reuniones.
Soy cobarde y no lo hago.Siempre acabo traicionándome.En vez de eso, pongo mi mejor sonrisa en mi cara y, al llegar a la puerta del colegio, me acerco vigoroso a los alumnos que esperan resignados la hora de entrada.Con ademán de hombre despierto,me detengo un momento, les saludo y ellos atónitos me preguntan: ¿cómo puedes estar tan animado a estas horas?
Entro y pienso que tal vez el mundo perdió un actor como la copa de un pino.

Miro el reloj.Son las ocho de la mañana de un miércoles trece de enero.