To do list

Podar los plátanos y los granados. Leer la segunda parte de La muerte del comendador de Murakami. Colocar las dos bombillas fundidas en el baño y en el pasillo. Escuchar a Holy Motors, el único grupo estonio que conozco. Comprar escuadras y tacos del número seis. Dejar de pensar en lo que tengo que hacer mañana. Preparar el viaje a Cracovia. Ir a ver el cuadro de J. antes de que termine la exposición. Dejar de lamentar que ya no hay entradas para el concierto. Preparar sushi, jazz y vino para el viernes por la noche. Volver a pasear al menos seis kilómetros por día. No pensar en mí más de diez minutos seguidos. Organizar las clases del lunes. Encender la chimenea antes de que llegue la primavera. Poner la lavadora. Elegir entre la quietud y el movimiento. Decidir si pongo las fotografías en la pared o la dejo blanca y desnuda. Acabar de leer a Philippe Sands. Poner pilas nuevas a la radio. Dormir más de seis horas. Escuchar Into my arms de Nick Cave. Decir bien alto que prefiero a José Mujica antes que a Trump y a Maduro. Borrar la lista de la compra de la pizarra de la cocina. Ver Los Durrells cada vez que el ánimo decaiga. Comer más mandarinas. Cambiar el fondo de pantalla del portátil. Comprar ya Solenoide de Mircea Cartarescu. Ir a ver El Marido Ideal de Oscar Wilde. Hablar más y callar menos. Ver más a menudo a mis amigos. Escribir tanto como antes. Ordenar de una vez las fotografías. No decidir nunca el color que prefiero. Ir a ver el partido de otra J. Pasear camino de la ermita. No dejar que el domingo por la tarde me hiera como el rayo. Colocar las baldas y el espejo. Ser indiscreto y mirar por la ventana. Espiar a otros y dejarme a mi tranquilo. Decir siempre lo que pienso o no hacerlo. No olvidar decidir esto. Hablar con S. Buscar un flexo para mi mesa blanca. Recordar que la música siempre está ahí para salvarme. Regalar al mundo una canción de Sufjan Stevens. Decir de nada, ha sido un placer. Permanecer callado en los ascensores. Comprarme calcetines. Decidir, sin falta, qué quiero ser de mayor. Ser siempre consecuente incluso con mis inconsecuencias. Preparar la cena. Poner la mesa. Esperar.

Vivir.

Tiempo de silencio

Tiempo de silencio. Tiempo de frío, escaso sol y mucha niebla. En los paseos solitarios, sin quererlo, recuento del año que se ha ido. A la cabeza llegan, no sé de dónde, más que personas, imágenes, libros y música. Hoy, contento, le he escuchado decir algo parecido a Murakami. Pensé escribir sobre ellos. Resumir en una lista los trescientos sesenta y cinco días que se han ido. Ya no me apetece. No estoy en el mood adecuado. Las listas se realizan al vuelo. Luego pierden su sentido.

Ha sido agradable vivir el momento. Dejar pasar las horas en un dulce retiro. Leer, pasear, hablar, pensar, contemplar y escuchar. Todo infinitivos. Ni presente, ni pasado ni futuro. Todo mi mundo en una taza de chocolate caliente. La luz entera en el fuego de la chimenea. Ha sido suave pero intenso.

Tiempo de silencio en el que mirar por la ventana es recibir el rayo de sol que la atraviesa y no el paisaje que se muestra. Tiempo de paz que se abre y se cierra como un paréntesis al que se quiere inagotable. Tiempo de descanso necesario. Tiempo de voluntad más que dormida, reposada. Tiempo de pasar las páginas lentamente. Tiempo de escuchar la música en silencio. Tiempo de hablar escogiendo las palabras. Tiempo de pensar en lo que permanece y dejar que escape lo inconsistente. Tiempo de olvido.

Aquí estoy de nuevo. Estoy aquí porque, sin remedio, siempre vuelvo. Poco a poco recupero la mirada. Las palabras, perezosas, se resisten a abandonar los dedos.

Tiempo de silencio. Tiempo de fuego. Tiempo roto.

Feliz año

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Uno de enero

He empezado el año con nocturnidad y alevosía. He estado esperando al alba para ver si un año y un día eran la misma cosa. Idéntico azul, idéntica ventana para mirar la misma luz del día. Desolado por la falta de sorpresa he posado mi cabeza en la almohada, he cerrado los ojos y el sueño de todos los días ha retrasado su llegada para que llenara de propósitos mi agenda vacía. Lo he intentado pero ha sido en vano. Ni nuevos propósitos ni propósito de enmienda. Este despropósito ha cerrado mis párpados y con él he dormido buena parte del primer día.

Al despertar, carretera y manta a la hora en que todos comían. Kilómetros de gris y blanco donde parecía ser yo el único habitante de un planeta perdido. Desiertos parajes, gasolineras fantasmas y un pájaro negro paseando al borde de la carretera.

Al llegar la casa estaba fría. Un poco de leña ha sido suficiente para que volviera a la vida. Mirando las llamas he pensado en ayer y mañana. El calor del fuego ha podido con el tiempo y me ha devuelto al presente, a esta tarde nublada, a este primero de enero en esta casa vieja rodeado de campos dormidos y árboles desnudos.

La oscuridad ha llegado temprano. He visto La llave de Sarah. De 2012 recién estrenado a 1942. De mi pequeña Toscana sublimada a la Francia ocupada. De mi plácida tarde de enero a los convulsos y trágicos años de una guerra despiadada. Siempre la misma pregunta. Qué habría hecho yo. Recuerdo inevitable de Sophie y Primo Levi. Nostalgia teñida de rabia y de pena.

He seguido sentado en mi sillón. He terminado de leer a Murakami. Me he quitado, una vez más, el sombrero. Qué lejos me resulta Tokio y qué cerca han quedado sus palabras. Superado el trance del fin, he estampado la fecha en la última página. Uno de enero de dos mil doce. Primer libro terminado este  año y que empecé el año pasado. Por sus páginas no deambularon ni la noche vieja ni el año nuevo. Me encuentro sentado en medio de la nada entre un nuevo calendario y su universo que escapa a las leyes del tiempo.

Tomate y queso en la mesa. La primera cena del año. Después he corrido las cortinas, he encendido la lámpara y he vestido de palabras una mañana dormido, un viaje solitario, una película, un libro, la leña y el fuego que ahora se apaga.

Llega ahora el punto final. Después llegará el silencio.

Feliz año.