Auschwitz

Hace una semana estuve en Auschwitz. No pensaba escribir una sola palabra sobre ello. Cuando estuve allí lo que más recuerdo es el silencio. A él pensaba seguir anclado. Hoy al recordarlo me siento confundido. ¿Cómo se puede recordar con nostalgia la visita al centro del horror? No lo sé pero la siento. Siempre había imaginado Auschwitz bajo un cielo nublado. Todas las imágenes que de él tenía en mi cabeza eran en blanco y negro. Siempre inundado de frío. El día que yo fui el cielo estaba despejado y el sol daba color al blanco y al negro. Paseé por Auschwitz y por Birkenau. No vi fantasmas vagando por sus restos. Sentí paz y recogimiento. Vi barracones vacíos, patios de fusilamiento, horcas, celdas de castigo, letrinas, cámaras de gas, pelo humano, zapatos, utensilios de cocina amontonados, fotografías de hombres y mujeres que de allí nunca salieron. Compadecí el frío, el hambre y el miedo que todos ellos padecieron. Me sentí inmensamente unido a todas las personas que allí estuvieron. Nada de lo que vi tiene sentido. Auschwitz es precisamente un sinsentido. Es inútil tratar de entenderlo, de racionalizarlo. Me sentí como uno se puede sentir en un cementerio: silencioso y tranquilo. Pesa mucho el dolor, pesan demasiado la desesperanza y el olvido. Por eso cuando estuve allí, cuando recorrí por fin aquellos caminos hechos con tanto sufrimiento sentí la paz que solo da la compasión verdadera.

No quise sacar ninguna fotografía. Me daba vergüenza llevar una cámara a un lugar como aquel, mirar a través del objetivo. Justo cuando salí del campo el sol se estaba poniendo. Me di media vuelta y lo vi todo pintado de amarillo. Ese sol me pareció otra señal de paz, de belleza donde antes vivió el horror. Ahora sí. No pude evitarlo. Saqué el móvil y me despedí del campo llevándome esa luz conmigo.

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Ha pasado una semana. Estoy de nuevo en casa. Todos los días lo recuerdo y todos los días me sorprendo. No siento amargura, no siento pena ni dolor. Para mí es como un secreto. Me veo caminando entre los barracones vacíos, pensaba que el ruido del horror haría insoportables los recuerdos. Siento al contrario, aún todavía, la paz que da el hermanamiento. Siento que allí no había que hacer nada más que eso, sentir. Esto sucede pocas veces. Cuando sólo se siente, sobra todo lo demás. La vida es vida aún en medio de tanto sufrimiento. Soy egoísta, lo reconozco. Estoy sacando partido de lo que otros sufrieron. Me sentía en deuda. Fui para pagarla y me volví con su regalo. En vez de llevar yo más dolor, ellos me regalaron paz. La que no tuvieron.

Sé que es injusto. Sé que allí murieron centenares de miles pero, aquella tarde a mi me acompañó uno de los pocos supervivientes. Creo quP.Le he leído muchos libros en mi vida. Algunos los guardo para siempre conmigo. Me han marcado, me han cambiado, me han mejorado. Forman parte de mi. Son tesoros privados. Son como amigos íntimos que están siempre a mi lado. De entre todos ellos hay uno, sin embargo, que no me canso de mencionar, recomendar y empujar a su lectura. Está siempre al alcance de mi mano. Duerme a la izquierda de mi cama. Siempre está allí. Siempre lo veo. Primo Levi llegó para quedarse. Si esto es un hombre debería ser de obligada lectura. Primo Levi es mi amigo y mi maestro. Conmigo está todos los días, pero hace una semana caminó junto a mi bajo el extraño sol de tierras polacas.

Lo que se puede aprender de Primo Levi es terrible y aleccionador. Lo que yo aprendí paseando entre tanto dolor y sufrimiento es así mismo terrible porque terrible es el horror del que es capaz el ser humano y aleccionador porque la compasión es tal vez, la virtud que nos hace más humanos. Sí Primo, tu eras un hombre y todos los que contigo estaban eran hombres y mujeres.  Os hicieron dudar de vuestra humanidad pero nunca la perdisteis.  Yo también me hice más humano con tus palabras. Por eso fui a visitarte una soleada tarde de invierno. Auschwitz ya nunca será el horror que quisieron que fuera. Personas como tú lo convertisteis en un lugar lleno de vida en medio de la muerte. Personas como tú, consiguieron con su sufrimiento hacernos más humanos.

Uno de enero

He empezado el año con nocturnidad y alevosía. He estado esperando al alba para ver si un año y un día eran la misma cosa. Idéntico azul, idéntica ventana para mirar la misma luz del día. Desolado por la falta de sorpresa he posado mi cabeza en la almohada, he cerrado los ojos y el sueño de todos los días ha retrasado su llegada para que llenara de propósitos mi agenda vacía. Lo he intentado pero ha sido en vano. Ni nuevos propósitos ni propósito de enmienda. Este despropósito ha cerrado mis párpados y con él he dormido buena parte del primer día.

Al despertar, carretera y manta a la hora en que todos comían. Kilómetros de gris y blanco donde parecía ser yo el único habitante de un planeta perdido. Desiertos parajes, gasolineras fantasmas y un pájaro negro paseando al borde de la carretera.

Al llegar la casa estaba fría. Un poco de leña ha sido suficiente para que volviera a la vida. Mirando las llamas he pensado en ayer y mañana. El calor del fuego ha podido con el tiempo y me ha devuelto al presente, a esta tarde nublada, a este primero de enero en esta casa vieja rodeado de campos dormidos y árboles desnudos.

La oscuridad ha llegado temprano. He visto La llave de Sarah. De 2012 recién estrenado a 1942. De mi pequeña Toscana sublimada a la Francia ocupada. De mi plácida tarde de enero a los convulsos y trágicos años de una guerra despiadada. Siempre la misma pregunta. Qué habría hecho yo. Recuerdo inevitable de Sophie y Primo Levi. Nostalgia teñida de rabia y de pena.

He seguido sentado en mi sillón. He terminado de leer a Murakami. Me he quitado, una vez más, el sombrero. Qué lejos me resulta Tokio y qué cerca han quedado sus palabras. Superado el trance del fin, he estampado la fecha en la última página. Uno de enero de dos mil doce. Primer libro terminado este  año y que empecé el año pasado. Por sus páginas no deambularon ni la noche vieja ni el año nuevo. Me encuentro sentado en medio de la nada entre un nuevo calendario y su universo que escapa a las leyes del tiempo.

Tomate y queso en la mesa. La primera cena del año. Después he corrido las cortinas, he encendido la lámpara y he vestido de palabras una mañana dormido, un viaje solitario, una película, un libro, la leña y el fuego que ahora se apaga.

Llega ahora el punto final. Después llegará el silencio.

Feliz año.