Mirar por la ventana

Me gusta el suspenso del trayecto. Ese punto vacío entre el principio y el fin. Momento sin ahora que se extiende desde el antes al después. Trayecto que permite suspender el pensamiento, posponer decisiones y acciones hasta un luego situado en la llegada. Trayecto para mirar con los ojos quietos, ver pasar imágenes, sentirlas como ausentes y abandonarse a esa suerte de bendición que consiste en respirar y no hacer nada. Origen y destino desaparecidos por arte de magia. Recuerdos y proyectos postergados. Pausa, recreo, descanso. Tan sólo mirar por la ventana.

Me gusta que la acción no sea necesaria. Sentir el tiempo, una vez más, detenido. Quietud en movimiento. Mirar y no ver nada.

Me gusta, en el trayecto, observar las caras de la gente. Muñecos de cera que ni sienten ni padecen. Juego con ellos a mi antojo. Les hago ser lo que yo quiero que sean. Invento expresiones, dudas, interiores. No hablo. Más que ausente, invisible.

Me gusta el trayecto, olvidarme de mí y ser asiento, pasillo y ventana.

Me gusta, en el trayecto, mirar por el cristal, ver pasar la vida corriendo. Árboles en movimiento. Cápsula en el tiempo que atraviesa sigilosa toda la prisa del mundo.

Me gusta el trayecto porque en él no hay acontecimientos. Nada sucede donde no existe el tiempo.

Me gustan los entreactos cotidianos, el intermedio vacío. Estar sin ser de vez en cuando.

Me gusta el viaje hacia ninguna parte. El trayecto sin destino. El camino.

Duración y tiempo

Todo lo queremos medir. No paramos de inventar magnitudes que nos permitan cuantificar y explicar lo que sucede. Hemos recorrido 20 kilómetros, han pasado dos horas, estamos a 26 grados, el producto interior bruto es de 160 billones de euros. Así hasta el infinito. Estas magnitudes nos permiten transmitir información. En el mejor de los casos ayudan a comunicarnos. No siempre, ya que la barrera entre lo objetivo y subjetivo es muchas veces infranqueable.

El concepto que ha determinado el desarrollo humano, el que más empeñados estamos en medir y cuantificar es el concepto de tiempo. Con él surge la duración y con ella la conciencia.

Es imposible comprender el tiempo. La idea de algo que nunca empezó y nunca terminará escapa a nuestras pobres entendederas. A pesar de ello hemos imaginado el tiempo como una línea infinita que no tiene principio ni fin. En otra versión, para tratar de agarrar con las manos lo que se nos escapa, hemos abandonado la línea recta y la hemos transformado en un círculo. Pensamos así que no hay principio ni final, que todo vuelve a suceder. La idea del círculo es cerrada, todo vuelve a empezar. Es el mito del eterno retorno. Un círculo es cerrado, todo es principio y fin. Tiempo lineal o tiempo circular. Lo acabo de expresar. ¿Alguien lo entiende?

Tener conciencia de que el tiempo pasa es tener conciencia de que existimos, de que somos y, trágicamente, de que tenemos un principio y un final. Bergson se negaba a aceptar el tiempo como una recta que viene desde el infinito y va hacia el infinito. Si esto fuera así ya todo habría sucedido. Si algo nunca empezó, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

La conclusión lógica es que es un error plantearse el tiempo espacialmente. El tiempo no es ni línea recta ni es un círculo. Todo lo más es una percepción de que las cosas ocurren, de que los objetos se mueven. Bergson por eso no habla de tiempo sino de duración. Quien no tiene la capacidad de captar la duración de los fenómenos no puede tener conciencia. La conciencia existe gracias a la duración. La conciencia surge en el momento en el que percibimos que nuestra vida tiene un principio y un final. Nacer y morir, una vez más, se muestran como elementos indisociables de la conciencia. Somos porque nuestra vida dura.

Infinito y eternidad, espacio y tiempo. En ellos nos movemos pero siguen siendo conceptos oscuros, inabordables, inabarcables. Para tratar de comunicarnos los reducimos a magnitudes primarias que nos permiten atravesar el día a día. Horas, minutos, días y años. Hablamos de ayer y de mañana. Son simples trucos con los que apañamos la posibilidad de ser conscientes.

Lo único sensato es reconocer que el tiempo se nos escapa. Lo real, lo que dota de sentido a lo que que hacemos es que dura. Dios,en su infinitud, no comienza y no termina. No puede, por tanto describirse como consciencia. La vida eterna, no nos engañemos, no es más que un infinito instante sin tiempo, sin duración. En ella seríamos como piedras inconscientes.

Quien contempla esta vida, la que conocemos, la que tiene duración, como dolor y como valle de lágrimas sueña con esa eternidad, en la que seremos todo, en la que todo es simultáneo. Parece no saber que en esa vida no habrá conciencia. El yo dura. En la eternidad el yo se disuelve en la nada..

En la línea infinita no somos. Intuimos nuestra existencia porque duramos.

El tiempo no es más que una entelequia, algo de lo que no podemos decir nada. Nos hemos de conformar con el puro devenir, con el principio y fin. Con esto no dotamos de sentido a nuestras vidas, simplemente nos permite saber que estamos vivos.

¿Por qué somos capaces de concebir cosas que no podemos entender?

El tiempo pasa. ¿Qué significa esta afirmación? Nada. Nacemos y morimos. A partir de ahí nos empeñamos en buscar sentido. Noble intento.

En un tiempo y espacio infinitos, ¿qué rayos pinta el sentido? Sin pasado, presente ni futuro ¿existe el momento presente?

En el infinito nada sucede, todo es quietud, no hay movimiento.

Cuando nos despertamos por la mañana, existimos porque somos conscientes de que ya no es ayer. Siempre es hoy, siempre es ahora. Mientras dure.

Concebimos la felicidad como un momento pleno que nunca termina. No es más que un sueño, eso nos mataría. Lo que nunca termina no existe.