Un café a media mañana

A ella siempre le gustó el color azul. No sabe muy bien si es el color o la palabra lo que le atrae. Azul, se dice a sí misma y le gusta. Hay palabras que suenan bien, que suenan bonito. Trata de recordar alguna más mientras se toma el café. Le agrada estar así, sentada en la terraza del bar en un día soleado, sola, pensando y observando la vida y la gente. Es bueno perder la noción del tiempo, piensa. Es productivo no hacer nada. Se detiene y siente como respira. Tranquiliza sentir el suave vaivén del pecho. Le concentra. Pasa corriendo un niño, lleva en la cara la excitación de lo que está por venir. Los niños nunca esperan que algo suceda, corren a su encuentro. Ella ya no es una niña, por eso está allí, quieta, mirando.

En la mesa de al lado dos mujeres hablan. Hasta ahora no había prestado atención a sus palabras. Ahora sí, escucha, espía y le gusta. Una le cuenta a la otra. Una habla, la otra asiente y calla. La que habla gesticula y vive con pasión sus palabras. Necesita decir en alto lo que piensa. No hay sentimiento si no lo expresa. Su amiga sonríe o pone cara de sorpresa, de vez en cuando se pone seria o se enfada junto a ella, según corresponda. Las dos se necesitan. Hablar, callar u otorgar es asunto secundario.

Se acaba el café y todavía hoy, después de tantos años, echa de menos el cigarrillo que indisolublemente unido, como los viejos matrimonios, saboreaba tras dejar la taza sobre la mesa. Estética, sí pero también oportunidad de pensar tranquilamente, de hacer algo que valía por sí mismo. Cigarrillo y café. Carpe diem. Suspira.

Abre su bolso y rebusca en él. Saca primero una agenda. La abre, pasa las páginas ya escritas, se detiene de vez en cuando y recuerda cosas que hizo y no hizo. No es un diario ni lo pretende, pero si hay datos suficientes como para revivir días pasados. Apuntes sueltos de tareas hechas y pendientes. Días de la semana, horas del día. Mañanas, tardes y noches que se acaban según pasa la página. Recordatorios, listas de la compra, películas por ver, citas, entrevistas, comida con un vieja amiga, cumpleaños, trabajo y ocio. Ocio y trabajo. Su vida así vista en unas cuantas líneas, su día a día le deprime. Cómo puedo ocupar tantas horas en estas tonterías, se pregunta. El día de hoy permanece en blanco. Las horas dispuestas a recibir encargos, mensajes o avisos. Hoy no quiere apuntar nada. Guarda la agenda y saca un libro. Siempre lleva uno con ella. Si se le olvida en casa se siente incompleta. No importa que luego lo lea o no lo lea. Lo tiene en sus manos, lo toca, mira la fotografía de la portada, lo abre y  lee al azar unas cuantas líneas. Juntar palabras acaba siendo el más noble de los oficios. La más alta ocupación. Ella está allí porque lee y porque habla, ella piensa porque habla, ella vive en un mundo que nada sería sin palabras. Café, terraza, mujer, agenda, cigarrillo, azul, niño corriendo. Las palabras se le escapan de las manos, las palabras en las páginas del libro, en la mujer de la mesa de al lado, en su cabeza e incluso en su silencio. No es tiempo de leer, no siente ganas.

Mira a su alrededor y ve a gente caminando, la mayoría parece ocupada. Caminan pensando ya en el destino. Mira sus caras decididas y se convence una vez más de que a ella lo que le interesa es el camino. Serán los años, piensa. Cada vez menos objetivos, menos metas, menos propósitos. Cuando queda menos por vivir que lo ya vivido uno aprende a detenerse en el camino. Uno es en el fondo más hippy, mas moderno. On the road se le viene a la cabeza. En el camino. En el camino está la vida. Al principio nada y al final nada. Mientras, durante. Cada vez detesta más marcarse objetivos.

Llega un hombre con una guitarra bajo el brazo y se planta junto a la terraza. Canta una canción a cambio de unas monedas. No lo hace mal. Ella escucha. Conoce la canción y le gusta. La vida como las películas no se concibe sin banda sonora. ¿Cuántas canciones componen la suya? Cada época de su vida tiene su propia música. Mucha de ella desaparece como desaparecen los años, alguna, como la canción que ahora escucha, permanece y se convierte en parte de ella como ella sigue siendo, también en parte, la niña que fue, la joven que soñó mundos diferentes, la mujer que aprendió a diferenciar lo accesorio de lo importante. La canción, la niña, la joven y la mujer están todas aquí y ahora escuchando y recordando. Se acaba la canción, el hombre pasa su gorra y se va.  Se lleva con él la canción y parte de ella.

Las mujeres de la mesa de al lado ya se han marchado. Levanta el brazo y llama al camarero. Le paga el café y el tiempo que ha pasado. Guarda sus cosas en el bolso, mira el reloj, se levanta y se va caminando. Se pierde entre las calles y la gente. La engullen, la fuerzan a ser una más, una pieza, parte de un decorado. Yo, desde la mesa en la que estoy sentado, me esfuerzo por no perderla, por seguirle la pista. No puedo. Ella ya es un mancha borrosa que pronto será un punto que desaparecerá de mi vista y de mi vida. Me siento solo. Saco de mi mochila mi cuaderno y pensando en ella escribo. Pido otro café y, a pesar de los años, sigo echando de menos, el humo que ambientaba la soledad y el silencio. Ética y estética.

A ella siempre le gustó el color azul…

Enero taimado y tramposo

No te vayas enero sin saber nada de mí que tengo algo que contarte. Te vas y me dejas en lo profundo del invierno, rodeado de agua, viento, frío y nieve amenazante. Te vas mientras miro por la ventana y te veo escapar como los cobardes: sin decir nada. Te vas y yo me quedo viéndote huir en silencio, mudo y con el rabo entre las piernas.

Has sido un mes duro conmigo, exigente. Demasiado, diría yo, para empezar el año. Tú te has encargado de romper todas las ilusiones que me había hecho antes de tu llegada. Me has tirado de la oreja como si yo fuera un niño malcriado. Te odio por todo lo que siempre me quitas. Te odio, dulcemente, pero lo hago. Has sido más largo que los días que te forman, más oscuro que tus noches sin luz y tus días grises. Has sido, como siempre, el primero en llegar y eres el primero en marcharte. No siento perderte de vista. Más bien me alegro. Sólo lamento que te lleves el tiempo contigo.

He deambulado por tus horas adaptándome al cambio necesario. Saltando del  fin engañoso del año al puente que tiendes tramposo. Prometes novedad y sólo traes retorno. Vuelta a lo cotidiano que sólo añoramos cuando no sabemos ni queremos hacer nada especial. Enero rutinario. Vuelta a la norma. Vuelta a despertar cuando es debido y a cerrar los ojos aunque no lo pida el cansancio.

Enero de propósitos que se van antes de que tú lo hagas. Enero de proyectos pospuestos,  proyectos que nos pesan en la espalda de tanto traerlos a cuestas.

Enero te vas y ¿qué nos dejas? Febrero asoma su fría sombra por la puerta. ¿Hay mes más triste que febrero? Febrero como paréntesis. Tierra de nadie.

Me olvido de ti, de él y de vuestros nombres. Me aferro una vez más a lo único importante, al tiempo que me das. Trato, y es difícil, de vivirlo, de aprovecharlo como dicen, sin poner fechas ni nombres. El tiempo, lo único que nos es dado, lo único inventado que es más real que lo evidente. El tiempo como lugar donde vivir, pensar, reír, llorar, sufrir, disfrutar, lamentar, hablar. El tiempo como casa en la que permanecer siempre y para siempre. Tiempo siempre lleno de realidades y esperanzas, tiempo pasado que se hace presente y se convierte en futuro sin dejar de ser ahora.

Gracias, en fin, enero taimado y tramposo por dejar que te quite el nombre, por permitir que lo eche al fuego que me calienta  y comprobar que en el fondo, así desnudo, eres bueno conmigo. Gracias por dejarme un tiempo irrepetible.