Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Las tres cajitas

Están ahí. Quietas. Frente a mí. Las miro y parece que también me miran. Son tres cajitas. Plateadas. Pasan sus horas y sus días a mi lado. No dicen nada. Son discretas. La misión de las cajas es callar y guardar secretos. Abro de vez en cuando sus tapas y veo lo que hay dentro. Todo lo conozco, yo lo he puesto ahí. Siempre hay algo que había olvidado. Papeles, libretas, cables, discos duros, hojas sueltas llenas de anotaciones, recordatorios, libros para comprar, canciones que escuchar, fotografías… Lápiz y papel en tiempos digitales. Pasado y futuro guardado en en el vientre también plateado de las cajas. Parece que no están pero ahí siguen en silencio. Siempre iguales mientras que yo avanzo a través del tiempo.

Ellas seguirán ahí cuando yo esté muerto. Ahí es un término metafórico que no me lo podré aplicar a mi mismo. Yo no estaré en ningún sitio. Ni tan siquiera seré. Triste destino el mío. Ellas, sin embargo, guardarán todavía secretos, los míos o los de otros y continuarán su existencia metálica.

Qué vanidad la de los humanos que se atribuyen la eternidad cuando no son más que seres efímeros. Somos mientras vivimos, luego, en el mejor de los casos somos tan sólo recuerdo, poso que  permanece durante algún tiempo en el corazón y la cabeza de sólo unos cuantos. El recuerdo se va diluyendo como sucede con los sueños y un día, más pronto que tarde, desaparecemos sin dejar rastro. Miento. Tal vez sí quede alguno, pero ese rastro permanecerá dormido en la cajita plateada hasta que otros ojos la miren y con cierta curiosidad la abran. Ahí estarán aún mis notas, cables, discos duros y recuerdos. Lo más probable es que quien abrió la caja estudie el contenido sin demasiado interés, sonría y los tire al viento. La cajita seguirá en la estantería y guardará los secretos de otro. Me imagino que mirará con cierto desdén a su nuevo dueño. Ella seguirá todavía ahí, cuando él o ella haya muerto.

Las tres cajitas, soberbias también como nosotros, no saben que sólo existen si las miramos, tocamos, abrimos y cerramos. Cuando nadie las ve no son nada. Ni tan siquiera están. Existen porque hay ojos que las miran. En la oscuridad no hay nada. Sólo negrura y silencio.

El pensamiento fragmentado

A veces pienso que la gente no es que no piense. Lo hace, sí, pero fragmentadamente. Recibimos a diario decenas de píldoras de información. Nuestra labor es digerirlas y procesarlas. Con esas pequeñas dosis elaboramos nuestra representación del mundo, tomamos también partido y formamos nuestras opiniones. Somos a partir de entonces nuestro propio fragmento.

La información que parte de nosotros también tiene formato de cápsula. Correos electrónicos, mensajes telefónicos, chats y así, en reducción, hasta la nueva magnitud de pensamiento: los ciento cuarenta caracteres. El folio es cosa del pasado. Toda la información del mundo cabe dentro de un postit. Referencia sin sentido.

Tengo para mí que ya casi nadie reflexiona detenidamente sobre nada. Queremos información rápida, breve e inmediata sobre todos los asuntos. Palabras huecas. Minimalismo mal entendido.

Internet guarda información múltiple pero pocas veces extensa. Entramos y salimos de una enciclopedia dejando millones de palabras olvidadas, escuchamos fragmentos de música, leemos blogs, echamos un vistazo a periódicos digitales, los links nos hacen saltar de un mundo a otro sin detenernos a pensar nunca en un punto. No compramos discos, compramos canciones, leemos mensajes de texto, abreviamos palabras. Las noticias mueren en los titulares. Los índices ocupan más que los textos. Las películas son ahora series que no son sino mera sucesión de fragmentos. El estudiante prepara esquemas y resúmenes. El profesor hace presentaciones en powerpoint. El periodista va al grano. La televisión se multiplica y se fragmenta como el universo. La comida es rápida, el pensamiento breve y la reflexión inexistente. Fast thinking.

Ése es el nuevo mundo: un powerpoint que se repite incesante con ligeras variaciones.

Hoy he ido a trabajar y lo primero que he hecho es leer las anotaciones de mi agenda, he contestado correos pendientes. He ido a clase y he escrito un esquema en la pizarra. Me han pasado después un informe. He recibido mensajes en el móvil. Los he contestado escasamente. He puesto una nota en el corcho. He tenido una reunión y para abreviar hemos sido breves. Antes de marcharme he anotado las tareas pendientes. Mientras comía, ya en casa, he escuchado un resumen de noticias por la radio. Después he mirado mi rss. Títulos, tres líneas y seguir leyendo.Tweet, tweet.

Ahora estoy sólo ante la página en blanco y  me parece un desierto plagado de trampas. Mundo desconocido y sin límites. Algunas letras, supero ya las ciento cuarenta, forman palabras y descubro asombrado que surgen ideas. Me detengo y pienso. Es una sensación desasosegante. En busca del tiempo perdido.

De la falta de información al exceso, del pensamiento único al múltiple, de lo extenso a lo intenso. De la palabra al carácter. Del uno al fragmento (parte o porción pequeña de algunas cosas quebradas o partidas).

Somos víctimas de nuestro propio tratamiento. El chat nos ha paralizado, el tweet es el elogio del fragmento. Ingenio condensado que pierde, casi siempre, toda la gracia en los límites arbitrarios del reglamento. El reto como fin y como medio. La palabra convertida en conjunto de caracteres. El pulgar es la pluma de los fragmentados. Pásalo y lo paso.

De Heráclito solo quedan escasos fragmentos. En ellos intuimos movimiento, reflexión perdida por el paso del tiempo. El mundo actual está lleno de Heráclitos que jamás sospecharon que “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos” no fue el primer tweet sino el comienzo.

El contenido del mensaje es ahora secundario. El pensamiento fragmentado no nos deja ver el bosque, nos coloca en un extremo o en otro pero jamás en el medio. El pensamiento fragmentado nos hace, contradictoriamente, ansiosos y terriblemente perezosos.