Los libros que no cesan

Curiosa paradoja: se publican más libros que nunca pero poco a poco van desapareciendo de nuestras vidas y de nuestros tiempos. El libro es algo cotidiano. Está por todas partes menos en nuestras manos. En las mesillas ya no hay libros, en las estanterías sólo objetos, en las librerías los libros se mueren de soledad y aburrimiento. Ya nadie los elige, les echa un vistazo, los huele. Ya nadie se los lleva a casa con impaciencia por estar a solas con ellos. Ya sólo son, en el mejor de los casos, meros adornos.

Los libros ya no son lo que eran. Cuando yo era niño eran una fiesta. Eran todo menos cotidiano. Aparecían el día de reyes, en tu cumpleaños y cuando caías enfermo. Gripe o anginas eran sinónimo de libro. Libro para pasar las horas de convalecencia, libro para viajar por mundos desconocidos aunque tú estuvieras confiando entre sábanas y bajo los efectos de unas décimas de fiebre. Libros que llegaban para quedarse. Hoy todavía puedo verlos.

No quiero sonar polvoriento, no maldigo los tiempos modernos. Acepto, asumo, uso, disfruto y comparto tecnologías. Soy experto en pedeefes, emepecuatros y emekauves. Hace tiempo que mi vida es casi digital por completo. Música, cine, escritura, información y estudio a través de una pantalla. Sólo una cosa se me resiste: los libros.

Abandoné hace tiempo el formato físico de música y películas. Disfruto al olvidar mi mala letra y ver mis palabras negras sobre el blanco inmaculado de la pantalla. No ensucio de negro mis dedos con las páginas de los periódicos, los prefiero ahora digitales. La fotografía la miro, la retoco, la disfrazo, la veo de mil maneras diferentes gracias a maravillosos artificios tecnológicos. Puedo hacer cosas que sin ellos no podría.  A veces, hasta me gusta el resultado.

No puedo deshacerme de los libros. Trato de convencerme de las ventajas del formato electrónico. Veo la casa abarrotada de libros, me castigo recordándome que la mayoría permanecen olvidados, perdidos, desordenados, me recuerdo incluso la crueldad de haber condenado a muchos al exilio del garaje por falta de espacio. Me digo sé práctico y no puedo. Miro las desordenadas estanterías llenas de colores, miro sus lomos, recuerdo los títulos y el tiempo que pasé junto a ellos y no puedo. Alguno todavía debe de oler a microbios y bacterias que combatí con ellos. Muchos conservan la fecha en qué llegaron. Días de reyes magos, cumpleaños olvidados. Qué placer irme a mi cuarto con ellos, tocarlos, olerlos y anticipar con delectación el tiempo que pasaría  a su lado.

Definitivamente, no puedo. Soy esclavo de los libros de papel, de la tinta, de la cola, de su olor y sus recuerdos. Creo que conservaría mis libros aunque se borraran todas las palabras.

Cómo añoro las gripes de antaño. Cama recién hecha por la mañana, la calle llena de ruidos, la habitación en silencio, levantarte para volverte a meter en la cama, un zumo de naranja, unas galletas, cuidados, paréntesis sin problemas. Décimas, las justas para ser la víctima perfecta. Y allí, por encima de todo, estabas tú, libro. Libro que abría ansioso, libro que me engullía, libro que aún hoy recuerdo y añoro.

Coherencia y consecuencia

¿Cuántos principios ha de tener una persona? ¿Existe alguno inamovible? ¿Cuántos son los mínimos que nos es posible cumplir sin caer en contradicción entre lo que pensamos, decimos y hacemos? ¿Es posible ser coherente? ¿De qué sirven las ideas si no se actúa en consecuencia? ¿Existen las ideas si no las expresamos? ¿Hay libertad sin coherencia? ¿Puede ser feliz el inconsecuente?

¿Tienen cohesión mis ideas y mis actos? ¿Hay relación entre lo que digo y lo que pienso? ¿Es coherente prometer lo que no podremos cumplir? ¿De qué sirven los deseos no conectados a los actos? ¿Puede la inconsecuencia ser lógica? ¿Son compatibles subjetividad y coherencia? ¿Por qué no damos respuesta coherente a las necesidades?

¿Por qué acabamos por acostumbrarnos a los principios sin actos? ¿Dónde queda la conexión entre las ideas y los hechos? ¿Es posible la tranquilidad sin fidelidad al pensamiento? ¿Cómo compatibilizar mentira y respeto? ¿Existe autoestima sin coherencia? ¿Dónde queda la verdad sin ella? ¿Cómo concebir la honestidad incoherente?

¿Por qué siempre justificamos nuestros actos? ¿Por qué no actuamos como pensamos? ¿Por qué finalmente acabamos por pensar cómo actuamos? ¿Por qué nos gusta celebrar la contradicción en vez de maldecir la incoherencia? ¿Por qué tanto empeño en justificar los hechos y olvidar el pensamiento?

¿Respuestas? ¿Las tienes? ¿Dónde buscar coherencia sin valentía? ¿Dónde se esconden los valientes?

Una sociedad coherente es moral, una persona consecuente es ética. Un mundo coherente es, por lo menos, un lugar un poco más feliz.

¿Qué es la ética? El arte de saber vivir (bien). Sólo viven bien los coherentes. Sólo aspiran a la felicidad los valientes.

Sólo ellos  merecen auténtico respeto.

Mañana de febrero

Mañana de febrero en el campo. El mundo se mueve. Para mí permanece quieto. El cielo azul de los últimos días se ha esfumado. Nubes blancas, nubes grises y negras lo ocultan. Alguna gota de lluvia se escapa de ellas. También algún rayo de sol se deja ver entre rendijas.

Salgo de casa y camino. Camino en un mundo desierto. Ventanas y puertas cerradas, jardines dormidos. Tierra oscura, hierba oscura. Sólo algún almendro llena de luz el mundo gris, verde y pardo. Ni asomo aún de amarillo.

Sigo el camino de los peregrinos. No llevo bastón ni mochila. Tampoco horizonte. Sólo un paso tras otro escuchando el silencio de final de febrero. Ayer mismo parecía que la primavera llegaba para quedarse. Hoy el invierno amanece de nuevo. Pelea por ser.

Camino deprisa, respiro, huelo, escucho y miro. No pienso. Un kilómetro tras otro. Pasos que siguen a otros pasos. Yo también me hago sendero, camino, invierno y tiempo. Me fundo en los colores, en la tierra, en el campo. Me hago transparente. Estoy y me desvanezco. No quiero pensar y no pienso. No quiero recordar y no recuerdo. Quiero ser sólo camino, paso, estela. No hay destino.

No dura mucho el embrujo. Atravieso un pueblo. Una mujer va camino de la compra. Otra, sentada en un banco de piedra, parece mirar hacia dentro. Dos niñas juegan a la pelota. La torre de la iglesia las observa en silencio. Sólo unas mujeres dan vida a las piedras. Los campos inanimados. Nadie trabaja. ¿Será que en febrero la tierra aún duerme?

Ver a esas mujeres, niñas y mayores, me ha hecho recordar la casa que hoy he dejado vacía. Hace unos días llena de pasos y voces. Hoy, esta misma mañana, llena tan sólo de ecos. ¿Seguirán allí una vez que he cerrado la puerta? ¿Quedará algo de mí, tan siquiera?

Paso que ya no es tan sólo paso. Paso que se convierte en palabra y pensamiento. Camino ahora lleno de recuerdos, nostalgia y esperanzas. Pasos acompañados de cosas, símbolos y nombres. Ya no soy yo desvanecido, disuelto entre colores de invierno. Soy ahora yo que miro un paisaje, que toco una piedra, que piso la tierra, que pienso sin poder evitarlo pues soy pensamiento. Pienso lo que fue, lo que pudo ser, lo que es, lo que será y lo que nunca será.

Si alguien mirase ahora me vería a mí en el camino. Mí, me, yo. Destacando  sobre el blanco y gris de las nubes, el verde de la hierba y el ocre de la tierra.

Mañana de febrero que encierra en ella, milagrosamente, la quietud y la vida. El ser y la nada.

Mañana de febrero que comenzó inmóvil, ajena al tiempo. Ahora ya está despierta, se mueve, camina lentamente hacia su fin sin darse cuenta.

Mañana de febrero como todas las mañanas y todos los febreros. Indistinguibles por fuera. Irrepetibles por dentro.

Pobre pato Donald

Mira que pasan cosas sorprendentes en el mundo. Mira que uno tiende a creer ingenuamente que ya nada le puede sorprender. Mira que uno es idiota porque siempre hay algo que termina por romperle los esquemas, por quebrantar la lógica de las cosas, por hacer que las neuronas se rindan tras el terrible esfuerzo de comprender lo incomprensible. El asesino de mis neuronas tiene nombre, yo no lo voy a pronunciar. Sólo diré que es rubio y que odio sus morritos cuando habla. Sólo diré que viste con los colores de la bandera de su país, eso ya lo define, y que paso más vergüenza ajena que miedo cuando le oigo hablar. Llevo meses preguntándome cómo la mitad de un país puede apoyar a semejante engendro y cómo la otra mitad no se nacionaliza canadiense o mejicano.

Hay cosas que desafían las entendederas humanas, esta es una de ellas. Me da exactamente igual que los mejores analistas políticos del mundo me den mil y una razones para explicarme con todo lujo de detalles el porqué. Me da igual. Me da igual. Nada justifica que un ser en sus cabales, en pleno siglo veintiuno apoye al más zafio, hortera y ridículo de los humanos que pueblan este planeta. No hay justificación. La posibilidad de apoyarle repele a la inteligencia. Hasta un ladrillo puede verlo, hasta un colibrí entenderlo, por qué tú no votante ridículo, calzonazos, cerebro hueco, ser inmoral que juegas con el destino de tu especie por un simple plato de alubias y unas barras y estrellas.

Llevo días y días negándome a escribir sobre semejante cetrino. Pensaba que mi desprecio  aumentaría con el silencio. Pensaba también que ya se habían dicho demasiadas palabras sobre este muñeco rosa y amarillo. No quería colaborar a que fuera el centro del mundo.

Sus ideas son repugnantes. En un país medianamente democrático no podría haber sido tan siquiera candidato. Desayunar con sus propuestas día a día ha hecho que ahora me levante y me duche en silencio. Mis amaneceres ya son de por sí turbios como para que ese tupé con patas lo haga aún más oscuro. Mi biorritmo no me permite experiencias tan fuertes en las primeras horas del día. Según pasan las horas y la noche me acoge ya puedo incluso sonreír al imaginármelo leyendo un libro.

Es dura la vida que nos pone estas pruebas. El vaquero que gobernó el mundo me parece a su lado una hermanita de la caridad, un bienintencionado comedor de caramelos que buscaba indios donde no los había y que perdió el cerebro en el intento. También, el inventor de la guerra de Irak, que dios y alá me perdonen, se me antoja a su lado un lindo gatito.

Leo, hablo, discuto y rebato los argumentos que tratan de dotar de cierta lógica a los motivos que han traído esta catástrofe a nuestra vida. Me dan igual todas sus promesas, todo su dinero, la desesperación de los parados y el hartazgo de los ciudadanos con sus políticos. Trato de dar una oportunidad a los mejor informados que yo, a los más preparados que yo, a los más listos, a los más expertos. No y no. Me sigue pareciendo intelectualmente deleznable, moralmente reprobable, éticamente inicuo, racionalmente injustificable, personalmente odioso y despreciable. Llevo meses escuchando, viendo y leyendo y nadie ha hecho dudar a una sola de mis neuronas.

Lo que ahora me revuelve las tripas es ser testigo de la tibieza del resto del mundo. Una se aprovecha de la situación para salir de un mercado y entrar en otro. Otros quieren ser tajantes pero no se atreven, cobardes ellos, a hablar en alto. Los peores defienden la mesura. Hay momentos en los que no se pueden defender la firmeza y la mesura al mismo tiempo. Levantar la voz es necesario. Callar es ser un cobarde, negociar es ser mezquino y colaborar imperdonable. Mirar hacia otro lado todas las mañanas mientras el melifluo rubito juega al monopoli con el mundo es despreciable.

No siento especial desahogo después de estos exabruptos. No creo que sean salidas de tono, ojalá lo fueran, pienso más bien que son triste realidad, dura certeza cotidiana. Siento decirlo pero nunca pensé que caeríamos tan bajo.

O llamamos a las cosas por su nombre: idiota, impresentable, mastuerzo. O nos avergonzamos de semejantes compañeros de viaje: débiles, ineptos, cobardes, ignorantes. O mejor nos bajamos en la próxima, nos perdemos en la noche de los tiempos y nos pasamos la eternidad sabiéndonos unos miserables.

Pobre pato Donald, te han robado el nombre. Tranquilo, a ti al menos se te entiende cuando hablas.

Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

La araña, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

Sobre la libertad

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht me viene a la cabeza siempre que pienso en él, en Richard quiero decir.

Sé que free es una palabra engañosa en inglés. Es libre y es gratuito. Libre se ha de ser siempre por voluntad, gratuito uno lo es por decisión. Imagino que Richard defiende la gratuidad cuando esta es posible y que respeta que exista el precio si éste es necesario. Lo que sí sé es que es libre. Libre por definición. Pocos como él pueden alardear de ser consecuentes con lo que piensan. Pocos los que toman las riendas de su vida y la llevan por el camino de la ética. Ética entendida como el camino de la buena vida. Buena entendida como conveniente. Menos son aún los que viven con alegría. Richard vive con la alegría de los que saben que su camino está basado en la consecuencia y por ende en la libertad. Alegría de vivir consecuentemente. Libertad de hacer lo que uno piensa.

Una definición clásica de la ética es aquella que la relaciona con el estudio del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Richard no suele usar la palabra mal sino algo más suave: malévolo. Malévolo es quien tiene mala intención. Juzgar intenciones es muy complicado. Él lo hace y cuando uno le lee o lo escucha tiende a pensar que casi siempre tiene razón. El privilegio de la libertad le da una visión más certera de las intenciones ajenas. No está atado a nada. No gana ni pierde por decir lo que piensa. No hay intereses ni precio. Hechos. Todo lo demás sobra.

Defender el software libre les parecerá a muchos algo marginal que a casi nadie afecta. Ir por el mundo hablando sin descanso en favor de un uso adecuado de la informática no se tiene por algo elevado ni digno de mención. No hace falta un quijote para eso. Ya tuvimos uno y murió perdido en su locura. Si además, quien hace tal cosa lleva un gnu de peluche en sus manos, abraza su ordenador como su más preciado bien, se descalza antes de hablar en público  y se coloca sobre la cabeza un antiguo disco duro a manera de aureola de nuevo santo laico, entonces, los necios creerán tener todo a su favor para despreciar las palabras que no entienden. Allá ellos. No pueden y no quieren ver más allá de sus narices.

Richard Stallman es un luchador por la libertad y a esa lucha decidió entregar su vida. Renunció voluntariamente a lo que casi nadie es capaz de renunciar: dinero, reconocimiento, fama, prestigio. No quiso pagar el precio que casi todo el mundo paga por conseguir estas cosas. No se vendió él ni nada vendió. Abandonó la comodidad por los principios. La estética por la ética y decidió seguir el camino recto. La linea recta no existe, no está ahí fuera. Sólo cada uno de nosotros la puede ir trazando con sus actos. Richard la lleva trazando con pulso firme más de treinta años.

Richard Stallman defiende la libertad desde su campo, ahí le tocó estar y a ello se dedica. La informática como instrumento para defender algo más grande e inmutable. Richard creó un sistema operativo que se enfrentó a monstruos sagrados. Malévolos embaucadores de incautas y desprevenidas víctimas. Abandonó el camino de la gloria repitiendo una y otra vez, no es ético, no es ético. Ese ha sido su mantra desde entonces.

Richard Stallman afirma que el conocimiento está hecho para compartirse. Nadie puede apropiarse de él ni impedir que sus semejantes puedan acceder a él. El conocimiento no es un monopolio y por tanto nadie debe poner barreras de entrada. No es ético. Lo increíble es que surjan dudas ante algo tan evidente.

Las principios defendidos por el software libre hablan de  libertad (libertad de ejecutar un programa como se desea, con cualquier propósito), estudio (estudiar cómo funciona el programa y cambiarlo para que haga lo que uno quiera) y compartición (redistribuir copias para ayudar al prójimo). Los principios del software libre se refieren a la libertad y al conocimiento, nos enfrentan al problema ético del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Nos sitúan ante la evidencia de la existencia de la comunidad, del otro como parte de nosotros.  De la ética. Negar lo evidente y lanzarse al lado oscuro es tentador pero no es ético.

¿A que no Richard?

Richard Stallman no es un quijote loco y solitario. Es uno de los hombres más cuerdos que conozco. Cuerdo y libre, cuerdo y alegre. Contento simplemente por abrazar un pequeño gnu de peluche. Feliz por poder aprovechar el tiempo. Alegre por abrir en cualquier momento su viejo ordenador y escribir en él lo que sale de su cabeza y de sus dedos.

Richard Stallman comparte lo que conoce. Puedes copiarlo, modificarlo y distribuirlo libremente. Puedes incluso cobrar por ello, si te apetece.

El que tenga oídos que oiga. gnu

Invierno anticipado

Acaba de llegar el otoño y ya pienso en el invierno. Los dos son para mi uno. El año en dos partes: día y noche, casa y calle, oscuridad y luz. Ya me he mentalizado. Hasta ahora me resistía a admitirlo. Me agarraba a los atardeceres que poco a poco perdían colores y luz.

Esta mañana he dado un largo paseo y por la tarde me he quedado en casa. La casa en otoño y en invierno es un lugar diferente. Hoy lo he vuelto a sentir claramente y he aceptado lo inevitable. Zapatillas, jersey y luces encendidas. Las cortinas corridas ocultando las ventanas y las calles. Cuando pienso en mi casa pienso en mi casa iluminada. Luz artificial que crea esquinas, sombras y rincones. Casa como refugio y como olvido. La miro de nuevo como lugar necesario. Necesito ordenarla, recorrerla, pensar en ella. Sentirme bien de espaldas al mundo.

Meses diferentes ante mí. Olvido del verano y deseo de libros, música, fuego, castañas y vino. Noches largas para ser vividas entre palabras. Madrugar con terrible pereza pensando en volver a la casa iluminada. Paréntesis, refugio, abandono entre cuatro paredes.

Las calles de la ciudad más vacías y recorridas más apresuradamente. Luces, también, que la visten de tonos diferentes. El frío que poco a poco se apodera del ambiente, frío que nos fuerza a refugiarnos en nosotros mismos. Concentración y ensimismamiento.

Anticipo también paseos por el campo, amarillo convertido en marrón y la casa, la otra, erguida al final del camino esperando. Música, paso rápido y manos en los bolsillos. Caminos de tierra, campos desnudos y el horizonte apenas atisbado. Los colores poco a poco desvaneciéndose hasta que llegue el invierno transparente. El jardín desierto, durmiendo y la casa con la puerta cerrada. Dentro luz, calor y sosiego.

Estoy ahora en casa, en este comienzo del otoño, sentado a la mesa conocida, testigo de tantas palabras. Ellas estudian historia y filosofía. Yo desgrano letras adelantándome al tiempo. No hace frío y lo siento. Hay todavía luz de octubre pero enciendo mi lámpara blanca. Ayer está aún muy cerca pero me veo ya en mañana.

Suena Robert Allen Zimmerman. Su voz me saca de mis pensamientos. Me alegra pensar que este otoño dudoso haya traído este regalo desde Suecia. Nunca hubo premio más merecido. El mundo está lleno de ignorantes.

Con Bob llega el otoño y vendrá después el invierno. Aquí estoy yo para vivirlo y para esperarlo. Espero recorrer sus días y sus noches, habitar las casas y llenarlas de silencios, calor y palabras.

El perro que creía meditar bajo la mesa

Cosa es el nombre que damos a lo que no tiene nombre. No lo tiene, al menos, para nosotros. Más allá de nosotros no conocemos nada. La cosa cosifica, nunca mejor dicho. No diciendo nada decimos todo ya que con tan humilde apelativo damos vida, existencia. Somos pequeños dioses que creamos cosas de la nada.

El lenguaje da vida. Lo primero fue el verbo. Sin él todo es oscuridad y silencio. ¿Dónde está  lo que no tiene nombre? Pregunta inútil. Simplemente no está.

Nombramos incluso aquello que no entendemos. Preferimos eso a que se no escape entre los dedos, a que lo innombrado desaparezca en la nada.

Eternidad, infinito y por encima de todo, dios, que todo lo hizo para así dejarnos tranquilos. Él como principio y como responsable de nuestro desconocimiento.

El lenguaje crea, ilumina, define, delimita, explica y, por encima de todo, nombra.

Todos nombramos la eternidad pero somos incapaces de entenderla. Lo mismo sucede con el tiempo, la vida y la muerte.

¿Quién nos mandó alejarnos del aquí y del ahora? ¿Por qué inventamos las preguntas? ¿Cuándo surgió la consciencia? ¿Por qué no me limito a observar sin pensar en nada?

Misterio irresoluble: sin palabras no soy nada, tan solo un amasijo de huesos y carne. Ellas son mi esperanza y maldición, mi libertad y mi condena, alegría y agonía. Gracias a ellas me levanto y por ellas me pierdo en los abismos de la desesperanza.

¿Cuál fue la primera pregunta? La primera palabra fue yo, no me cabe la menor duda. El primer verbo soy y la primera duda: ¿quién soy yo? La más simple y la más compleja. Con ella nació la consciencia y con ella la evidencia de que en algún momento también dejamos de ser. A eso, también le pusimos nombre y la  muerte asomó sus garras por detrás de la puerta.

Poniendo nombres creamos nuestro entorno. Pasamos de la genérica cosa al lenguaje concreto: flor, montaña, piedra o azul. Primero la consciencia y con ella la capacidad de crear, nosotros eramos entonces los dioses, no nos hacía falta ya un creador de todas las cosas. El lenguaje es el dios que está dentro de nosotros. El mundo nace y se yergue a medida que lo nombramos. Hay mar y diferentes mares, seres humanos, hombres y mujeres, rosas, amapolas y también flores.

La realidad es una, la nombrada. Sospechamos que puede ser inventada, pero no hay más remedio que vivir con esa duda. ¿Dónde están las certezas?

Lenguaje único y diverso. Para mi un blanco, para el esquimal mil tonos diferentes. La poesía crea, la matemática explica, la física describe, la filosofía pregunta. Todos son lenguaje y nos abren el camino a la curiosidad y el conocimiento.

Todo empezó con quién soy yo. En ello seguimos.

Todo empezó con tres personas tomando café en torno a una mesa. A la sombra, guarecido del sol, bajo la mesa, un perro dormitaba. Parecía estar nada más que en el aquí y en el ahora. Parecía meditar. (No lo hacía por mucho que se empeñe buda).

Sin palabras previas no hay meditación futura. El perro que dormitaba bajo la mesa tiene nombre; nosotros lo sabemos, él ni lo sospecha.

Lo primero, en efecto, fue el verbo. Antes de ser, todo lo que hay simplemente estaba (o parecía). La acción vino después. La trajo el verbo. Y con ella la vida.

Después de un segundo café, de discutir apasionadamente, de hablar sin parar de escupir palabras, los tres nos levantamos de la mesa, miramos al cielo azul de agosto, tocamos la piedra caliente del pozo, pisamos la hierba casi seca, observamos las primeras granadas, nos sentamos bajo la higuera.

Allá, bajo la mesa, el perro que no sabe que tiene nombre, seguía meditando. Una mosca que revoloteaba en torno a su cabeza parecía preguntarle: quién soy yo, adónde voy, de dónde vengo.

Hogar, dulce hogar

He escrito muchas veces sobre la casa. He pensado muchas más sobre el concepto. Ahora estoy desbordado. No tengo una, tengo dos y no estoy preparado. La propiedad privada, tan difícil de asumir a veces, ahora me ataca por partida doble. Hasta ahora vivía en dos pero sólo una era mía. La otra, la del paisaje amarillo, la disfrutaba pero no la tenía. Usufructo. Renunciar a ella ha sido duro, más que a ella al paisaje que desde ella contemplaba. Lo cierto es que en los últimos años estaba decayendo. Era doloroso ver como se agrietaba, se descoloría y se hacía un poco más oscura y vieja. No era mía pero yo así lo sentía. Usucapión.

Esta primavera todo se ha precipitado, una casa cercana se vendía. Oportunidad. Sueño hecho realidad. Quimera. Como cualquier ser humano he pasado semanas haciendo cuentas, cálculos infinitos, visitas a bancos, cábalas, dudas, sentimiento de traición por abandonar a un ser querido, por dejarla allá abandonada sin nadie que la cuidara. Como cualquier ser humano, al final he mirado para otro lado y sin saber donde me metía he dicho sí. Realidad.

Ya tengo las llaves en mi mano, estoy sentado en mi nuevo jardín. El sol de la tarde me calienta y frente a mí se extiende amarillo el cereal. Paisaje preferido. Trigo. Todavía alto, sin cortar. Meciéndose suavemente con el viento de la tarde. Cuando casi estaba libre de los bancos, he vuelto a caer en sus garras. Preso pero contento. Propiedad (inesperada).

Es una sensación extraña. Me siento como un invitado. No asimilo que la mesa a la que  estoy sentado, que el jardín que me rodea, el pozo, los granados, los olivos y las acacias están ahí para que yo los cuide. No asimilo que estoy aquí para quedarme, que cuando me vaya volveré, que la puerta la cerraré para abrirla de nuevo cuando quiera. No me hago a la idea y como los niños, en su primer asomo de conciencia digo, mío, mío. Lo pienso y lo siento, pero lo pienso. Consciencia.

El otro día, bien de mañana, me acerqué a la antigua casa. Estaba justo amaneciendo. La observé desde la verja de entrada, tantas veces traspasada. La observé y me dio pena. Pena por unas paredes que van perdiendo el blanco poco a poco, pena por la hierba demasiado crecida, pena por un rama caída, pena por el abandono a la que es sometida. Tristeza al ver sus ventanas cerradas. Añoranza de los tiempos allí vividos, de los ecos que pueblan el jardín de palabras, pisadas y miradas. Dolor al saber que ya nunca me sentaré de noche en el jardín, que no veré la luna aparecer imponente, que no habrá más copas de vino bajo el almendro, que todos los recuerdos quedarán ahí encerrados, todas las palabras dichas, todos los pasos dados. Arrepentimiento.

Pena, tristeza, dolor y añoranza. Sentí también alegría al volver a mi nueva casa. Tan pérfida es la traición que en cuestión de minutos transforma lo que sentimos, olvida lo que recordábamos y nos permite presentes distintos de los pasados. Sentí la alegría de lo nuevo, de lo no conocido. Ilusión, otra vez, que tan cara se vende. Ganas de hacer cosas, de transformar, de construir, de crear, de no parar quieto y ver cómo todo se va transformando lentamente. La casa está y estará y yo estaré con ella. Adiós al trago amargo de cerrar la puerta y no saber hasta cuando, adiós a la casa vacía y desolada. Ahora, cuando yo no esté, la casa permanecerá viva, llena de mis cosas: mi ropa, mis libros, mis discos, mis fotografías. Mis nuevos pasos, mis nuevas palabras y recuerdos. Alegría.

Sólo me falta una cosa. Mejor dos: un cerezo y un almendro. Sé que no serán los que eran, pero mi casa, mi nueva casa, no estará terminada hasta que pueda sentarme de nuevo a leer bajo el almendro y hasta que temprano por la mañana me suba al cerezo y coma, escondido entre sus ramas, sus frutos amarillos y rojos. Esperanza.

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