Amor y odio

Hoy ha sido el último día de clase. Último para los que aprueben todo a la primera. Para el resto aún quedan más horas atados a sus mesas, a los papeles y a los libros. Yo no soy muy optimista. Doy clase a chicos y chicas en esa edad frontera entre la responsabilidad y la irresponsabilidad. Les quiero y les odio al mismo tiempo. Son mayores y quieren serlo pero no lo son porque no saben cómo. Da igual que el carnet de identidad demuestre que tienen dieciocho, diecinueve o veinte años. Da igual que la ley les permita votar y que puedan tomar decisiones por su cuenta. En general, aún ejercen de adolescentes. Son exigentes con todo y con todos menos con ellos mismos. Pocas veces cumplen su palabra y sus compromisos. Hablo con ellos de todos los temas posibles, me escapo a menudo de asuntos académicos. Me parece bien hacerlo. Tienen tan poca información sobre las cosas que me sorprendo muchas veces al escucharles. Muchos callan, opinar les resulta difícil y los que hablan, no todos, son en general osados, atrevidos, en el mal sentido de éstos términos. Son radicales sin reflexión previa. El radicalismo sólo tiene sentido como fin de un proceso, nunca puede ser el principio de nada.

Hoy ha sido el último día de clase previo a los exámenes, que yo detesto tanto como ellos. Hoy han venido muchos con una sonrisa colgada de la boca. Acabar les gusta aunque no sepan para qué. ¿Por qué será que casi todos prefieren el fin a los principios? Hoy, en el último momento, han querido resolver todas las dudas. A la risa del momento le acompañaba el horror de los próximos días. Días en los que ya solos se enfrentarán a mentes en blanco, a conceptos que no entienden, a trabajos en los que ya no vale copiar y pegar, a dudas sin respuesta y sobre todo a la pereza. La pereza insondable de ver el sol por la ventana y verte a tí mismo sentado a la mesa, trantando de concentrarte en algo que no te interesa. Un mosca que pasa volando es una aventura apasionante en medio de la quietud y silencio de las palabras muertas sobre cuadernos y papeles arrugados. Cómo resistirse a la tentación de levantarse, irse, escapar del infierno incomprensible y vagar por el cielo aparente de la inconsistencia, de las calles llenas de gente, de un mundo sin ideas pero plagado de cosas. ¡Qué dura la vida del estudiante!

Hoy ha sido el último día de clase y he visto cómo recogían sus cosas, he oído sus risas inconscientes, el estrépito de sus pasos bajando las escaleras, saliendo a la calle. Voces excitadas viviendo el momento. Hoy no existe mañana. Afortunados aquellos que pueden vivir creyéndoselo. Desde aquí, sentado a  mi mesa y tecleando estas palabras les oigo alejarse. Se hablan , se gritan unos a otros y celebran el fin de una tortura que ellos mismos eligieron. Tortura que luego muchos de ellos añorarán. No les importa ser incongruentes.

Pienso en su futuro y no lo veo muy claro. No lo intuyo azul y diáfano. Yo doy clase a chicos y chicas sin mucha suerte. Detrás de ellos hay demasiadas historias terribles que nadie se merece. Llevan a la espalda una mochila cargada de piedras que nadie ve porque es transparente. Son víctimas de un mundo injusto. Injusto, sobre todo por ignorarles.

Ya se han ido. Ahora estoy solo. Sin ellos delante puedo ver más claramente. ¡Cómo pueden convivir tanta frustración y tanto entusiasmo! ¡Tanto pasado y tan poco futuro! ¡Tanto desvelo y tan poco consuelo! ¿Cómo puedo lamentar que se hayan ido cuando hace un momento respiraba aliviado?

Hoy ha sido el último día de clase y pienso una vez más en ellos. Inmaduros, irresponsables, vacíos, niños grandes de veinte años, ignorantes, malamente osados. Radicales sin raíz donde caerse muertos, inconstantes e inconsistentes. No puedo confiar en ellos pero sin querer confío. No puedo entender tanta inconsecuencia y al mismo tiempo les comprendo. Les odio y sin embargo les quiero. El futuro no puede ser más negro que muchos de sus pasados.

Se han ido, yo sigo aquí. Volverán y yo, como un idiota, volveré a explicarles una y otra vez cosas que nada les importan. Volveré a hablar con ellos de todo y de nada. Volveré a odiarles y a quererles.

Hoy ha sido el último día de clase antes de los exámenes. Hoy es viernes. Estoy en mi despacho. G.H. canta. Escribo. Vivo.

Alegría y tristeza

Dos imágenes permanecen en mi cabeza. Las dos han tenido lugar en estos últimos días. Una es buena, la otra es mala. En la primera las mujeres, en primera persona, exigían igualdad. Algo tan simple como eso. Lo hacían de manera decidida, combativa pero fundamentalmente alegre. Esa alegría contagió de entusiasmo las palabras que reivindicaban tozudamente su derecho inalienable a ser, en primer lugar, a ser visibles, en segundo y a ser iguales como consecuencia final. La fuerza de la razón estaba de su lado pero la mayor lección, la más poderosa de todas, fue sin duda la necesidad de alegría como prueba irrefutable de evidencia, la alegría como condición necesaria para el cambio, la alegría como motor de acontecimientos favorables, la alegría como único camino al bienestar. Si tuviera que representar con una imagen o con una palabra la síntesis de todo lo ocurrido escogería sin lugar a dudas una sonrisa.

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Después de estar todo el día observando, después de asentir con la cabeza no pude evitar preguntarme si había en mí rastros de machismo, si, a pesar de apoyarles a ellas, de pensar como ellas, de aceptar sus propuestas, yo no seguía, en el fondo y todavía, lejos de su alegría. Es duro, es difícil decirlo pero es un paso necesario: yo también soy machista. Había, es verdad, mil motivos para la protesta y para la huelga. Yo no sabía muy bien qué se esperaba de mí ese día. Unirme o estar separado, levantar el puño o ir de la mano. Finalmente decidí asentir en silencio. Aceptar lo que ellas habían decidido.

Aún me queda recorrer un largo camino.

La otra imagen que ha llenado estos días es la de un niño muerto, asesinado por la sinrazón, parece, de los celos. Una mujer, su madrastra, acabó con la vida de un inocente de ocho años. Dolor, tristeza, incredulidad. Hay veces en que uno no puede entender lo que sucede. Nos cuesta aceptar la existencia de la maldad en sí misma. Queremos pensar que el autor de una atrocidad semejante tiene que ser un enajenado, no puede razonar como nosotros. Queremos que la locura le haga escapar de nuestro juicio. Siendo como es, este caso, una tragedia, habiendo visto tanto dolor acumulado, la única reacción posible es la compasión. Padecer junto a los que padecen, servirles de fugaz consuelo que tal vez un día recuerden.

Lo que se me hace aborrecible es ver a la multitud enardecida clamar venganza y no justicia. Exigir castigo, dolor y muerte con espuma entre los dientes. La presunción de inocencia sólo cuando nos interesa. Las leyes para mí, no para los otros. La igualdad sobre el papel. Ojo por ojo, diente por diente.

El dolor por la muerte no hay que explicarlo, se siente. La rabia y la ira se comprenden. La justicia, el derecho a un juicio justo, la defensa, incluso, de los más abyectos, se decide. La reacción brutal y vengativa, el refugio en la chusma, el grito clamando muerte nos hace animales malolientes. La decisión de juzgar, de dar al otro la oportunidad de defenderse, de aceptarlo como humano, con sus derechos y responsabilidades, por duro y difícil que sea, nos hace seres humanos.

Gracias a dios, hace tiempo que dejamos de ser dioses.

Libertad de expresión

Sospecho de un país en el que una obra es eliminada de una exposición. Recelo de un país en el que un libro es secuestrado o un rapero condenado a más de tres años de cárcel por injurias a la corona y enaltecimiento del terrorismo.

Una obra, de arte o no, es una expresión de una opinión que puede incluso no ser respetable. Podemos o no estar de acuerdo. Nuestro falta de aprecio sería en tal caso el mejor desprecio.

Un libro relata unos hechos, ficticios o no, pero allí plasmados. Juzgar las intenciones del autor para castigarle o no escapa de nuestras posibilidades. Decidir si es pernicioso o recomendable va más allá de nuestras potestades. Dejémoslo estar. El tiempo lo pondrá en su sitio.

La letra de una canción, mala, buena o regular no es más que eso, una letra. La libertad de quien la escribe nunca puede estar por debajo del honor de un rey. Honor, rey y corona suenan además perfectamente simbólicos como para escapar de cualquier injuria. Calificar, por otro lado, como enaltecimiento del terrorismo la mera expresión de ficticias intenciones que no tienen posibilidad alguna de llevarse a cabo, no parece coherente en un estado de derecho.

La libertad de expresión y de opinión pueden hacernos sufrir, pueden descalificar a quien las manifiesta pero debemos evitar caer en la tentación de la censura. Son, en último término, la consecuencia de la inquebrantable libertad de pensamiento.

Vivir en el disenso es lo que nos aporta desarrollo. El consenso es la tentación de estar siempre satisfecho, acomodado, inalterable y peligrosamente contento con uno mismo.

Convivir aceptando ideas que no nos gustan, que desaprobamos o incluso nos ofenden es la tarea difícil que debemos imponernos. La vida en común necesita que toleremos ideas distintas de las nuestras. La vida en común solo será posible si también las nuestras son toleradas.

No defiendo que toda idea es respetable. Nunca lo he hecho. Las hay que son despreciables.

Buscar el límite de la tolerancia es ardua tarea. Es fácil hablar de tolerancia cero cuando todos coincidimos. La tolerancia, como tal, la que no tiene cifra a su lado, esa es la asignatura pendiente.

El error en el que caemos demasiado a menudo es el acabar con el disenso a través de la censura. Muerto el perro se acabó la rabia.

Buscar el límite de la libertad de expresión nos lleva ocupando siglos. Pensadores, legisladores, filósofos, constituciones, declaraciones han tratado de dejar negro sobre blanco algo inasible por naturaleza.  Tan complicado es que aún hoy seguimos discutiendo.

La tentación ha sido y sigue siendo  castigar obras de arte, tachar libros de la lista recomendable y mandar la cárcel a depredadores del honor sagrado de monarcas incomprensibles.

John Stuart Mill ya nos avisó hace tiempo de que debe existir la máxima libertad de profesar y discutir, como una cuestión de convicción ética, cualquier doctrina, por inmoral que pueda considerarse.

Seguiré pensando sobre esto, lo prometo. Aún no tengo respuesta. Cuando creo que sí, me contradigo, me callo y, a veces, hasta digo lo contrario.

Qué difícil es ser respetuoso.

Mientras decido, si es que algún día la luz viene a ayudarme, me quedo con la libertad. Asumo el riesgo.

Cadena perpetua

¿Son compatibles la justicia y la cadena perpetua? La justicia nos empuja a dar a cada uno lo que se merece. La cadena perpetua es, por definición, una condena de carácter indefinido. ¿Es posible condenar a alguien indefinidamente?

Si estamos de acuerdo en que dios no pierde su tiempo en inmiscuirse en nuestras rencillas. Si partimos de la base de que la justicia divina no es más que un consuelo de tontos, tenemos que concluir que somos nosotros los que debemos impartir justicia.

A ese  nosotros le llamamos tontamente estado como si al hacerlo nos despojáramos de responsabilidad, como si ese ente impersonal, que a todos nos representa cuando no queremos dar la cara, fuese, por el mero hecho de ser todos y nada al mismo tiempo, capaz de defender más justamente los valores esenciales sobre los que se asienta la sociedad de la que formamos parte. El estado es entonces quien condena, no nosotros. Pues bien, el estado no tiene derecho a quitar a nadie la totalidad de su libertad ni, ya puestos, su vida. La cadena perpetua elimina definitivamente la autonomía de la persona que la sufre. Una persona sin autonomía deja de ser persona y desde un punto de vista moral eso es lo mismo que matarlo. La pena de muerte y la cadena perpetua eliminan de raíz la característica principal de la vida: la autonomía.

La cadena perpetua ha tranquilizado las conciencias de los que no se atrevían a defender la pena de muerte. En el fondo no es más que un sustituto. El estado no puede matar de una vez pero sí puede hacerlo lentamente. A los que claman por la pena de muerte, se les ha dado este caramelo envenenado para hacerles sentir más sabios y, sobre todo, más justos.

Muchos a lo largo de la historia han puesto el origen de la justicia en manos de dios y él, como hacedor de todas las cosas, sí se nos figura capaz de quitar lo que nos ha dado: la vida. Eso ha hecho que siguiendo ese imposible ejemplo hayamos jugado a ser dioses, a dar y quitar lo que no podemos dar ni quitar. Desde la ilustración, gracias a dios, le hemos ido abandonado y poco a poco hemos ido separando la justicia del castigo.

Si aceptamos que no podemos quitar la vida pues eso va en contra de nuestro concepto de vida como un todo, deberíamos aceptar también que no podemos quitar la libertad totalmente puesto que sin libertad no hay vida. La cadena perpetua entra así en contradicción con la aspiración de impartir justicia.

La venganza no es justicia aunque es fácil hacer que lo parezca. La venganza puede, tal vez, reparar algo en la víctima de un mal causado. Saltar de una persona a todas las personas, al estado que ya hemos mencionado, y creer que el estado repara un mal con la venganza es personalizar lo que debe ser despersonalizado. La justicia es reparación y armonía. La justicia da no quita. La venganza es un desquite y aunque personalmente uno no pueda evitar comprenderla individualmente, es imposible pensar que todos a una, el estado que nos representa, base su justicia trasladando el daño a quien lo produjo.

La cadena perpetua o prisión perpetua o la reclusión por tiempo indeterminado o como queramos llamarle es cruel.  La justicia no puede serlo. Quien la defienda que defienda la justicia como castigo y venganza. Que diga alto y claro que el que la hace la paga y que todos, escudados en la ciega justicia y en el estado todopoderoso, podemos exigirle al culpable que sufra de la misma manera que él hizo sufrir a su víctima. Quien crea que la venganza es justa que lo diga sin reparos.

La justicia, creo yo, dejo de ser eso hace mucho tiempo. La dignidad del justo hace que estemos por encima del injusto. Hace que no hagamos lo que él nos hizo. Y, que no lo hagamos, no por miedo al castigo, sino por convicción y por que conservamos la esencial característica que nos define: la libertad. La libertad de no hacerlo.

Llamar a la cadena perpetua prisión permanente no le quita las cadenas. Añadirle el adjetivo revisable no la hace más justa ni deseable.

Otra vez yo

Siempre que pruebo un lápiz, una pluma, un bolígrafo, siempre que relleno sin pensar un papel vacío, escribo, y no sé por qué, la verdad es que…

Cuando imagino un color, ni su mezcla ni su ausencia, cuando quiero que mi mente dispare uno automáticamente, nace un amarillo huevo, casi naranja.

Mis paisajes imaginarios siempre son llanos, inmensos, distantes. Sin árboles, sin montañas. Sin nada que se interponga entre mis ojos y el infinito. Caminos que no sé si van a ningún sitio. Creo que creo trayectos, no destinos.

Llevo toda una vida tratando de decidir cuál ha sido la más bella aportación del hombre al universo. Qué quedará cuando ya no estemos. Qué nos hace dignos de no desaparecer como motas de polvo en el tiempo y en el espacio. Sólo se me ocurre una cosa: la palabra.

La pregunta de las preguntas, la más inquietante de las dudas sigue siendo para mi, qué hay dentro de una casa vacía, qué queda cuando cerramos la puerta y nos vamos, saber si algo permanece cuando cerramos los ojos, morimos nosotros o es el mundo el que se desvanece y nos deja solos. Saber si la muerte es la soledad o nuestra ausencia.

No sé si prefiero escribir la más bella poesía o ponerle música. No sé si lo que nos transforma es la idea o la sensación. A pesar de amar las palabras sobre todas las cosas, llega la música y me deja mudo. La palabra me reafirma. La música creo que me lleva al centro de todas las cosas. Al lugar donde nada hay que explicar. Lo mismo da mirar que cerrar los ojos. Sabia quietud silenciosa.

Lo que más me cuesta es dejar de pensar, hacer que mi mente descanse un instante. Siento incluso que alguien dentro de mí me gobierna. Sus órdenes escapan a mi comprensión. Todo es actividad y yo busco paz. Calma en la que pueda escoger las palabras, palabras que pueda unir o desunir a mi antojo. No quiero que mis pensamientos escapen corriendo, no quiero sucumbir a su criterio.

Al despertar todo es oscuro. El mundo una enorme pendiente y la vida un saco enorme cargado a mi espalda. Sé que todo es mentira pero lo mismo sucede todos los días. Al acostarme, al final del día, trato de cerrar los ojos y no ver nada. Ahí está otra vez ese ser que me habita, me abre los párpados por dentro y me recuerda que los ojos cerrados nos muestran un mundo inimaginable. Casi siempre terrible.

Cada vez me gustan más las canciones tristes, los poemas oscuros, el gris, el blanco y el negro. Cada vez soy más melancolía. No es tristeza, tampoco amargura. Es sentirme bien y mal al mismo tiempo rodeado de añoranzas y decaimiento.

No puedo vivir el momento. Pesan siempre más el pasado y el futuro. Creo que soy cada vez menos real. No vivo lo que veo y respiro. Soy siempre ayer y, aveces, mañana.

Sigo leyendo todos los días, me gusta vivir otras vidas. Ver negro sobre blanco mundos llenos de colores diferentes. Ideas nunca por mí pensadas. Conocer personas que sólo se muestran, que se abren ante mi sin hablarme. Mundos que existen sólo cuando los miro.

De escoger un poder siempre escogería ser invisible. Estar sin que sepan que estoy. Escuchar sin ser escuchado. Ver sin ser visto. Entrar y salir sin tener que explicar por qué voy o por qué vengo.

Podría escribir los versos más tristes esta noche pero ya otros los han escrito. Podría pero no quiero. Soy todo lo que he dicho si me detengo a pensarlo. A veces no lo hago, no me detengo y me veo completamente diferente, simultáneo o complementario. No lo sé ni creo que nunca lo sepa.

Lo mismo que el blanco y el negro se encuentran en el gris, yo me encuentro a mí mismo entre alegrías y tristezas. En un punto medio indefinible, lleno de motivos para ser feliz pero estar triste. Hombre gris que aspira a la luz del horizonte.

La tragedia de mi vida es saber que sólo podemos hacernos preguntas, que esa es la más digna tarea humana, que es una vocación no elegida, que es mi imperativo categórico. La tragedia de mi vida es, decía, saber que casi todas las preguntas se quedarán sidaughtern respuestas. No las habrá pero no podré evitar enunciarlas una y otra vez sin descanso.

Soy, como ya se dijo, un mono gramático. Una conciencia filosófica que me obliga a indagar sin detenerme. Un preso de su propio pasado. Una mente capaz de discernir algunas verdades pero que siempre acaba cayendo en las trampas del tiempo. Un ser tendente a la tristeza acompañado siempre de motivos de alegría.

Soy yo. Tal vez sea el único caso en que la voluntad no cuenta para nada.

¿Es posible querer no ser uno mismo? ¿Tiene sentido plantearlo?

A veces pienso que me voy a volver loco. Cierro los ojos, trato de tranquilizarme. El problema es que así, con los ojos cerrados, ya no sé si existo fuera de mi mismo. No sé tan siquiera si hay algo allá donde ya no miro. No sé si existe la mesa que toco, el aire que respiro, la música que escucho.

Se está bien así, flotando en la duda. Dejando de esperar que lleguen las respuestas que flotan en el viento. Se está bien así, en silencio.

La dignidad

Tener derechos es lo que nos hace ser dignos. La dignidad viene de la mano de los derechos. Cuando hablamos de derechos nos referimos a educación, sanidad, trabajo, vivienda… Tener esos derechos satisfechos es lo que dota a un ser humano de dignidad.

Somos producto de la evolución. Somos, de hecho, los únicos seres  sobre la tierra capaces de cambiarla, de transformar no sólo el espacio físico en el que nos movemos sino la esencia que nos conforma. Damos el salto de animal a humano y transformamos nuestra identidad en otra. Eso nos hace diferentes, eso nos hace amos y señores del mundo. El problema de ser amo, el problema de discernir es que siempre hay dos caminos que podemos seguir: uno bueno y uno malo. Por eso nos imponemos deberes que cumplir, tratamos así de seguir la vía recta, de hacer lo que nos conviene, de vivir éticamente.  De esos deberes nacen nuestros derechos y de esos derechos que se han de ir cumpliendo nace la dignidad que nos define.

Cuando elegimos el lado oscuro siempre prevalece el fuerte sobre el débil. No importa que los fuertes sean minoría y los débiles inmensa mayoría. Si callamos, si una vez más el silencio de los corderos otorga, entonces, nunca conseguiremos nada.

Las leyes, los derechos, los deberes, las normas, las necesidades, las obligaciones son o pueden ser diferentes. Eso nos hace discrepar, pelear, discutir y tratar de imponer de cualquier modo, en demasiadas ocasiones, nuestro criterio. El ser humano parece ser incapaz de ponerse de acuerdo. Hablamos entonces de democracia, de mayorías y de  respeto a las minorías. Hablamos sí, pero no hacemos. Casi siempre callamos.

Sólo existe un momento en la historia en el que nos hemos sentido unidos, al menos sobre el papel, sólo una vez hemos estado de acuerdo.  El diez de diciembre de 1948 todos los países del mundo atisbaron cierta esperanza. La declaración universal de los derechos humanos es, tras miles y miles de años de historia, el único lugar, el único principio y final en el que todos convergemos. Esa debería ser la única bandera.

Los treinta artículos que la componen hacen más por nuestra dignidad como personas que todas las batallas ganadas y perdidas, que todas las revoluciones inacabadas, que toda lucha, que todo convencimiento. Nada ha sido tan universal ni tan humano. Están ahí aunque no se cumplan. Están ahí para que al mirarnos en ellos nos sintamos menos animales y más humanos.  Banderas así son las únicas que nos unen. Banderas así hacen que las partes se disuelvan y que la dignidad resplandezca.

La dignidad, como ya se nos ha dicho tantas veces, es el único motor de la lucha.

Hasta la victoria, siempre.

Para J.A. por ser tan digno.

Los unos y los otros

Ser mentiroso puede, en ocasiones, llegar a ser práctico. No es muy recomendable pero hay situaciones en las que incluso mentimos honestamente. Ser cínico denota cierta inteligencia y puede aderezarse con sentido del humor. Ser hipócrita, por el contrario, es siempre perverso.

El comportamiento de los países occidentales cuando hablan del terrorismo yihadista, al que deberían dejar sólo en terrorismo, sin apellidos, es mentiroso, cínico pero sobre todo hipócrita.

Se oculta la verdad. Se presenta una situación en la que nosotros somos los buenos y ellos los malos. Ellos es una palabra muy genérica que deja que la imaginación se desboque y que incluya en el pronombre a todos los que consideramos diferentes.

Se insinúa insidiosamente que el enemigo siempre viene de fuera. Que nosotros, que hemos alcanzado las más altas cotas de desarrollo, bienestar y justicia social gracias a nuestro trabajo y sacrificio, les recibimos con los brazos abiertos, les damos lo que necesitan, compartimos lo que es nuestro y les tratamos como iguales. A cambio, ellos, los forasteros, nos chupan la sangre, se aprovechan de nosotros, de nuestros avances, de nuestras leyes magnánimamente igualitarias, de nuestra asistencia sanitaria universal, de nuestras escuelas. Si vamos a un hospital hemos de esperar pues allí están ellos, en los comedores de los colegios decenas de nuevas reglas modifican la alimentación de nuestros hijos, la navidad corre peligro de extinción, las viviendas públicas son para ellos y ninguno paga el alquiler correspondiente. En fin, ellos, los forasteros, muerden la mano que les da de comer. Hay quien llega al extremo de afirmar que el mal está en ellos, que ellos violan a nuestras mujeres y en último término nos matan.

Dentro de ellos están incluidos musulmanes, mahometanos, yihadistas, árabes, terroristas. Así, todo mezclado, para que no quede nadie fuera. No son los únicos ellos pero sí los que nos han hecho recordar lo buenos que somos y lo malos que son ellos.

Los asesinos son asesinos, los terroristas, terroristas y los últimos acontecimientos han sido obra de repugnantes asesinos que buscan extender el terror y el miedo. Nos enfrentamos al peor enemigo posible: el miedo. Miedo concreto e irracional también, pues el miedo no es posible delimitarlo.

Para luchar contra ese miedo sí es necesaria la unión y la confianza en los otros. El miedo siempre es menor en compañía. El peligro que corremos es extender la culpa y la responsabilidad de los unos a los otros. De un diferente a todos los diferentes. De nosotros a ellos. De lo homogéneo a lo heterogéneo.

No es una guerra entre ellos y nosotros. No es una guerra entre oriente y occidente, no es una guerra entre religiones. Es una guerra entre civilizaciones, entre los que quieren que vivamos en la edad media y los que queremos vivir en el siglo veintiuno.

Si establecemos los bandos entre buenos y malos caemos en el peligro de las generalizaciones. Lo que no entiendo es diferente, me da miedo luego es malo.

La verdad de toda esta mentira es que todos somos buenos y malos. El que unos asesinos actúen les hace malos a ellos pero no necesariamente buenos a nosotros.

Surgen en estos días difíciles muchos conceptos esquivos: extranjero, forastero, diferente, fanático, terrorista… Surgen estos días foros, debates y discusiones en los que por ignorancia, mentira e hipocresía se cuenta la verdad de la peor manera posible: a medias. Surgen estos días patriotismos de pacotilla, uniones de los iguales, abominación de todo lo diferente y perdida total de conciencia.

No son los países de occidente los que han apretado el gatillo, los que han agarrado el cuchillo ni manejado el volante. Son, lo sabemos, repugnantes fanáticos que quieren imponer a la fuerza sus creencias.

Sí son los países de occidente los que hipócritamente hacen negocios con países que no respetan los derechos humanos que tanto defendemos, los que comparten mesa y mantel con líderes que financian fanatismos asesinos. Somos nosotros los que miramos para otro lado cuando a cambio de conseguir un negocio ofrecemos silencio. Ellos, nuestros líderes y países amigos, son también responsables de todo lo que está pasando. Nosotros, occidente, somos tan cínicos, mentirosos e hipócritas que no queremos reconocerlo, lo disfrazamos de intereses internacionales, dinero y diplomacia. Nosotros también somos responsables.

Echar siempre la culpa a los otros, es decir a todos menos nosotros, es una gran mentira. Como casi todas las mentiras es, además, muy peligrosa.

Yo no manejaba el volante, yo no blandía el cuchillo. Lo sé. Tú tampoco. Los que lo hicieron tienen nombres y apellidos y no merecen el más mínimo respeto. El fanatismo y su fanatismo en concreto es una de las mayores degradaciones humanas. Son completamente despreciables.

No caigamos en la tentación de echar la culpa a los otros. Es un concepto tan grande como peligroso. Donde hay otros empieza el fanatismo.

No seamos cínicos, hipócritas y mentirosos.

El abuelo que perdió el tiempo

Sentado a la sombra de un árbol tararea suavemente canciones de ayer. El abuelo viene todos los días a un pequeño parque cercano a mi casa. Siempre solo. Siempre se sienta en el mismo lugar. Llega, se sienta y canta. No se entiende lo que dice, sólo se intuyen melodías antiguas que él interpreta para un público inexistente. Si pasas a su lado parece no verte. Mira con sus ojos abiertos un pasado que se fue y que ya no volverá. Todas las mañanas, cuando termina de cantar, se levanta y se va. Sé que vive en una residencia de ancianos rodeado de abuelos como él. Sé que le cuidan bien y que le atienden con cariño.  Su vida presente no le interesa. Por eso, todos los días, escapa durante un rato a su pasado. Por eso viene solo, para que nada ni nadie le recuerde sus días y sus noches sin futuro. Solo, rememora la vida que vivió. Vida que le trajo hasta aquí sin su permiso. Recuerda la música que le acompañó, la música que formó parte de su historia, de sus pasos y de sus amores. Recuerda aquellos bailes que aún hoy, si cierra los ojos, le hacen girar por la plaza de un pueblo perdido. Le hacen sentir otra mano agarrada a la suya. Le hacen sentir de nuevo la vida.

Cuando se levanta y se va se hace el silencio. El sonido de su bastón se va alejando poco a poco. El parque queda vacío. Silencioso. Solo. A veces, me acerco a su banco y me siento. Si cierro los ojos y escucho atentamente llegan de lo lejos  canciones que yo nunca escuché, melodías que llenaron de vida y sentido otras vidas. Sonidos que poblaron otros tiempos y que vagan dolorosos en busca de recuerdos.

Sé que el abuelo dejó sus emociones enterradas en el tiempo. Me gustaría que supiera que yo todavía me emociono al verlo.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya sólo somos pasado?

Viejas canciones se pierden en el tiempo y en el espacio. ¿Qué será de ellas cuando nadie las recuerde?

Cuando el abuelo ya no cante se llevará con él el tiempo. Entonces, aunque me siente en su banco, aunque cierre los ojos y con todas mis fuerzas lo intente, nada escucharé. Sólo habrá silencio.

Tiempos verbales

¿Qué hacer cuando uno quiere que el tiempo pase y no pase a la vez? ¡Qué bueno aferrarse al presente lamentando que se escurrra entre los dedos! ¡Qué curiosa sensación la de mezclar la nostalgia del pasado que se va con la alegría del futuro anhelado!

Cuando sonreímos recordando el pasado estamos robando tiempo al tiempo. Cuando nos detenemos suspirando por el futuro que no llega dejamos de ser nosotros para ser otra cosa. Cuando estamos somos ahora. No estamos ayer ni estamos mañana. Cada vez que respiramos es un momento irrepetible porque es el único ahora que tenemos. La vida es ahora. Lo demás son muertos, recuerdos, esperanzas, anhelos, añoranzas y deseos. ¿Qué diferencia hay entre estos y la nada?

Vivir se conjuga sólo en presente. Nuestro mayor desatino es vivir en el pasado, en el futuro y hasta en el condicional. Este es el peor destino de todos. Ya ni tan siquiera recordamos o soñamos, somos tan solo consecuencia de una condición que se escapa a nuestra voluntad. Sin voluntad, sobra decirlo, somos lo mismo que un piedra. Peor aún, pues incluso sin quererlo sufrimos.

El futuro no viene, no llega. No está ahí para que lo alcancemos. El futuro se hace, lo hacemos con cada uno de nuestros pasos, con nuestras manos, con nuestras decisiones. El futuro es así visto presente continuo. Pensamiento y acción, la una sin el otro es estéril. El uno sin la otra pérdida de tiempo.

El pasado es incomprensible, inabarcable, inasible. El pasado fue y ya no es. ¿Por qué empeñarnos en vivir en la nada? ¿Por qué permitimos que ese agujero negro devore todo lo que somos? El pasado es el país de los cobardes. Nada bueno sale de él. Maquillamos los recuerdos, los disfrazamos de enseñanzas. Lo único que en el fondo queremos es regodearnos en lo que fue y ya no es. Recordar no da la vida, nos la quita. Un esclavo puede ser libre excepto que lo sea del pasado.

Pretérito perfecto o imperfecto, simple o anterior. Condicional tramposo, subjuntivo hipotético. Sólo deberíamos conjugar los verbos en presente. Los verbos son acciones llevadas a cabo en el tiempo. Y, pregunta de entre todas la preguntas, ¿qué es el tiempo? El tiempo, se dice, es el período en el que se realiza una acción o en el que se desarrolla un acontecimiento. Las acciones, de sobra está decirlo, se desarrollan siempre ahora. Los acontecimientos suceden ahora. Las acciones y acontecimientos ya no son tiempo si son recordadas, no son tiempo tampoco en nuestra imaginación. El tiempo es, simple y llanamente, ahora.

¿De qué hablamos cuando hablamos del tiempo? ¿Existe un recuerdo si no es desde el presente? ¿Tiene futuro lo que no es presente? Ayer fue, hoy es y mañana será. El primero es una niebla difusa, el tercero una mera entelequia. El segundo, por una vez, es el primero, el único. El que es ahora. El que es, simplemente. La zarza sagrada. El nombre de dios.

Para M.J., los granados y el castaño porque los tres son ahora.

Los libros que no cesan

Curiosa paradoja: se publican más libros que nunca pero poco a poco van desapareciendo de nuestras vidas y de nuestros tiempos. El libro es algo cotidiano. Está por todas partes menos en nuestras manos. En las mesillas ya no hay libros, en las estanterías sólo objetos, en las librerías los libros se mueren de soledad y aburrimiento. Ya nadie los elige, les echa un vistazo, los huele. Ya nadie se los lleva a casa con impaciencia por estar a solas con ellos. Ya sólo son, en el mejor de los casos, meros adornos.

Los libros ya no son lo que eran. Cuando yo era niño eran una fiesta. Eran todo menos cotidiano. Aparecían el día de reyes, en tu cumpleaños y cuando caías enfermo. Gripe o anginas eran sinónimo de libro. Libro para pasar las horas de convalecencia, libro para viajar por mundos desconocidos aunque tú estuvieras confiando entre sábanas y bajo los efectos de unas décimas de fiebre. Libros que llegaban para quedarse. Hoy todavía puedo verlos.

No quiero sonar polvoriento, no maldigo los tiempos modernos. Acepto, asumo, uso, disfruto y comparto tecnologías. Soy experto en pedeefes, emepecuatros y emekauves. Hace tiempo que mi vida es casi digital por completo. Música, cine, escritura, información y estudio a través de una pantalla. Sólo una cosa se me resiste: los libros.

Abandoné hace tiempo el formato físico de música y películas. Disfruto al olvidar mi mala letra y ver mis palabras negras sobre el blanco inmaculado de la pantalla. No ensucio de negro mis dedos con las páginas de los periódicos, los prefiero ahora digitales. La fotografía la miro, la retoco, la disfrazo, la veo de mil maneras diferentes gracias a maravillosos artificios tecnológicos. Puedo hacer cosas que sin ellos no podría.  A veces, hasta me gusta el resultado.

No puedo deshacerme de los libros. Trato de convencerme de las ventajas del formato electrónico. Veo la casa abarrotada de libros, me castigo recordándome que la mayoría permanecen olvidados, perdidos, desordenados, me recuerdo incluso la crueldad de haber condenado a muchos al exilio del garaje por falta de espacio. Me digo sé práctico y no puedo. Miro las desordenadas estanterías llenas de colores, miro sus lomos, recuerdo los títulos y el tiempo que pasé junto a ellos y no puedo. Alguno todavía debe de oler a microbios y bacterias que combatí con ellos. Muchos conservan la fecha en qué llegaron. Días de reyes magos, cumpleaños olvidados. Qué placer irme a mi cuarto con ellos, tocarlos, olerlos y anticipar con delectación el tiempo que pasaría  a su lado.

Definitivamente, no puedo. Soy esclavo de los libros de papel, de la tinta, de la cola, de su olor y sus recuerdos. Creo que conservaría mis libros aunque se borraran todas las palabras.

Cómo añoro las gripes de antaño. Cama recién hecha por la mañana, la calle llena de ruidos, la habitación en silencio, levantarte para volverte a meter en la cama, un zumo de naranja, unas galletas, cuidados, paréntesis sin problemas. Décimas, las justas para ser la víctima perfecta. Y allí, por encima de todo, estabas tú, libro. Libro que abría ansioso, libro que me engullía, libro que aún hoy recuerdo y añoro.