Quisiera

Quisiera haber sido actor de Dagoll Dagom y haber participado en la Nit de Sant Joan el veintitrés de junio de mil novecientos ochenta y tres en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. Quisiera haber escrito Sobre héroes y tumbas y haber sacado yo a Alejandra de los entresijos de mi cabeza. Quisiera haber estado aquel día de mayo de mil ochocientos noventa y siete en la puerta de la cárcel de Reading y haber hablado contigo, Oscar, y haberte recibido de nuevo al mundo del que tan injustamente te privaron. Quisiera haber compuesto Layla y haber sabido llorar como llora la guitarra que tanto lamenta tu ausencia. Quisiera haber estado alojado en aquel sanatorio en los Alpes suizos y haber conocido a Hans Castorp. Quisiera haber estado allí y así escuchar las palabras de que está llena la vida. Quisiera haber dado clases de filosofía en aquella universidad soñada y llenar la cabeza de alumnos y alumnas con preguntas que den sentido a sus vidas, con respuestas que esperan al final de caminos tal vez infinitos. Quisiera haberme comprado una casa en Hampstead y haber paseado por el Heath todas las mañanas entre tantos tonos de verde. Quisiera no haber regalado mi piano y haber improvisado un solo concierto en Colonia. Quisiera haber leído todas las noches de mi vida como leía de niño para ahuyentar el miedo de las sombras y perderme como me perdía en la vida de otros, que yo vivía como si fueran mi única vida. Quisiera haber tenido la oportunidad de haber dicho a mi abuelo que le debo media vida y que sus libros aún pueblan las paredes de mi casa. Quisiera comprar de nuevo Wish you were here, ir a mi vieja casa corriendo y escucharlo una y otra vez  pensando como pensaba con tan solo quince años que había llegado al final del camino. Sé que estaba equivocado pero por un momento viví en lo cierto. Quisiera haber descubierto que la poesía era un arma cargada de futuro antes de lo que lo hice y haber podido besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte. Quisiera haberle dicho a mi madre que era yo quien la cuidaba y que sentía no haberlo hecho más a menudo. Quisiera pensar que se daba cuenta. Quisiera llegar a casa un viernes por la tarde, meterme en la bañera y pensar feliz como sólo un niño puede serlo en el fin de semana que tenía por delante. Quisiera haber estado presente en The Troubadour de Los Ángeles, el Santa Monica Civic Auditorium y The Rainbow de Londres en el año de mil novecientos setenta y cuatro y poder haber gritado con el león herido de Belfast que era tarde para parar entonces, que las ganas siempre nos llevan hacia delante. Quisiera no haber recorrido sólo Manhattan y haber cruzado el puente hacia Brooklyn y tal vez encontrarte en el estanco de Auggie Wren confiándole tus problemas y hablando de tu próxima novela. Quisiera haber tenido una casa más grande y más mía donde saber desde el primer día que esa era, simplemente, mi casa. Quisiera haber visitado Jerusalén y también Buenos Aires y recorrer sus calles hasta cansarme y ver las luces, los rincones y las gentes que tantas veces he imaginado. Quisiera inventar la máquina del tiempo y recorrerlo y visitarlo como si ya no existiera. Quisiera poder detenerme. Quisiera hacer como tú, una película al año y olvidar cada una según la termino para empezar ya otra que me lleve sin parar a la siguiente. Quisiera ser pintor pero no puedo porque tú ya has pintado todos los cuadros que me gustaría haber pintado. Aún tengo grabada la luz que entra en la cafetería, la gente al sol y la soledad pintada que me estalla en la cara. Quisiera jugar de nuevo en el pasillo de mi casa con mis primos y revivir las felices y eternas noches de navidades hace ya tanto tiempo pasadas. Quisiera decirle a mi hermano que aún sigue vivo y a mi padre que le recuerdo. Somos tan solo recuerdos. Todavía no ha llegado el olvido que todos seremos. Quisiera mirar por la ventana y ver las vidas de otros. Quisiera escribir otra vez quisiera y llenarlo de nuevos recuerdos, nombres, lugares, libros, canciones, caras y paisajes. Quisiera morir en Venecia contemplando la belleza. Quisiera despertar de esa muerte fingida, soñada y estar aquí, como todos los días, con vosotras.

Experiencia, olvido, memoria y magdalenas

Y la nave va. Ya no se detiene. Trato de provocar recuerdos y al contrario que Proust piso losetas desencajadas, humedezco el bollo en el té con toda conciencia. Quiero vivir de nuevo, consciente de hacerlo, recuerdos que cayeron por la borda. Son ellos los que, en el esplendor de su existencia, borran las fronteras que invariablemente trata de crear el tiempo.

Me niego a depender de una memoria involuntaria que sin contar conmigo me lleva por caminos recorridos, decidiendo por mí cuándo y dónde pero sin decirme nunca el porqué. Me niego a vivir al albur de una magdalena. No quiero que mi pasado quede en manos del azar y que el tiempo caprichoso determine cuándo termina el pasado y cuándo comienza el presente.

A medida que pasa el tiempo más me importa el tiempo. Podría decir que todo lo que vivo, que todo lo que pienso está completamente empapado por él. El tiempo es invariable, constante, flexible, subjetivo, objetivo, verdad, mentira, exacto, confuso, finito y eterno. La vida sólo cabe en el tiempo, por eso es absolutamente necesario. El tiempo hace todo posible incluso aquello que no es presente. El pasado debería estar fuera de nuestro alcance pero la memoria nos lo acerca, nos permite olerlo y tocarlo. La memoria llena nuestra vida de recuerdos. De ellos nos alimentamos.

Tiempo,  memoria y recuerdos. No puedo hablar ya de otra cosa. Presente, pasado y futuro en una línea que deja de ser recta para avanzar en círculos concéntricos. Vida  que avanza, retrocede y se detiene. Memoria que muere con la vida. ¿Qué es una persona sin memoria sino un muerto en vida? La muerte es sin duda la falta de memoria. Sin recuerdos no hay vida, sólo incomprensión y vacío.

Por eso, por el tiempo que quiere correr siempre hacia adelante, quiero ser dueño de la memoria que me llena. Sólo con ella puedo tratar de encerrar el tiempo en recuerdos, palabras, colores, olores, música o fotografías. Solo con ella puedo inventar el reloj que lo mide, que permite que transcurra, como si eso fuera posible. Voluntad y memoria para domeñar el tiempo. No se me puede ir de las manos, me quedaría vacío ya que sin él no hay memoria ni recuerdos y sin ellos no hay vida, no hay nada.

Cada palabra que decimos, cada palabra que escribimos es una huella que dejamos en el tiempo. El tiempo pasa de otro modo en silencio. Nuestra obligación como seres voluntariosos es dotarlo de sentido llenándolo de memorias y recuerdos.

Evocar algo involuntariamente, alejar el recuerdo de la inteligencia es frecuentemente hermoso pero no siempre nos conviene. Hacer lo que nos conviene es el único objetivo que los seres humanos pueden plantearse. Eso es vivir bien. Lo demás son magdalenas, por muy sabrosas que sean.

Junio que no pareces junio

Extrañísima primera mitad del año. No sé si para mí es final o principio. Acaba otro curso, comienza el verano, termina el tiempo detenido del confinamiento, empiezan a llenarse las calles de ruídos y de gentes. Echo de menos el silencio. Me siento mal por hacerlo pero recuerdo con nostalgia los primeros paseos solitarios, los días y las horas en casa, los libros, las películas y el trabajo en zapatillas y sin horarios. No puedo evitar añorar ese tiempo tranquilo y sin grandes decisiones. Mirar por la ventana y ver la vida de los otros, imaginarla tras otras ventanas y cristales. Recuerdo la música que me acompañaba, el café de media mañana, el trabajo a través de una pantalla. Recuerdo también cómo el aislamiento me alejaba sin pausa del presente. Al comienzo siempre al acecho, con los días sin tiempo, el tiempo se olvida y sin él se va también lo que pasa en el mundo.

Vivir en una burbuja, aislado, cada vez menos preocupado y disfrutando de la calma que dan la rutina y el ensimismamiento. Pido perdón por haberlo disfrutado. Me arrepiento de añorar lo que para muchos no ha sido más que dolor y miedo. Pido perdón y me arrepiento pero no consigo dejar de añorar el aire transparente de esos días de silencio, la falta de prisas, el trabajo bien hecho, la casa llena de sentido.

Aquí estoy de nuevo, sentado a mi mesa llena de papeles, viviendo la última tarde de junio y tratando de sentir lo que tantos otros últimos días de junio he sentido. No es lo mismo. Esta vez no tengo las referencias que me traían hasta este momento. Alumnos, alumnas, horas llenas de palabras, libros, tizas, pizarras, papeles, discusiones, acuerdos, risas, enfados, cansancio, satisfacciones, decepciones, éxitos, fracasos, proyectos, esperanzas, euforias y miedos. Esta vez no tengo la sensación de un tiempo terminado, de un ciclo que se cierra. Estoy en tierra y en tiempo de nadie. No sé si acabo o si comienzo. Estoy en medio de dos paréntesis. El ayer fue extraño y mañana se me antoja bastante incierto.

Trato de imponer la rutina al recuerdo. Repito gestos, recorro las aulas vacías, los pasillos desiertos, entro en mi despacho, me siento en mi sillón negro. Ordeno mis papeles y cuadernos. Miro la silla solitaria al otro lado de la mesa. Abro mi agenda y escribo lo que aún me falta por hacer este treinta de junio. Julio y agosto permanecen aún en blanco. Tengo que llenarlos. Lo haré, supongo, con más trabajo, paseos por el cálido paisaje amarillo que me espera, por días y noches que irán transformando esta sensación de extrañeza y desapego en una nueva rutina que me invada y que me ordene hasta hacerme olvidar lo que ahora siento.

Sólo me queda guardar las cosas que me llevo, levantarme, acercarme lentamente a la puerta de la calle, salir al mundo nuevamente iluminado y perderme como siempre entre sus calles.

La indolencia debida

Independientemente de las circunstancias que los provoquen, los paréntesis impuestos tienen la ventaja de que toman las decisiones por nosotros y eso nos procura descanso. Es como cuando tienes que reposar por prescripción facultativa. Te abandonas un poco y dejas que el tiempo pase a tu lado. Lo miras marcharse y sientes la paz de no enfrentarte a él. Son las ventajas de la obediencia debida. Lo malo es que es un estado que no dura mucho. Vivir en el abandono acaba por inquietar nuestras conciencias y nos reclama una respuesta. Despertamos poco a poco del letargo y vivir de nuevo el presente duele, como duelen las articulaciones después de un largo período de quietud. A pesar del aparente descanso.

Vivir aletargado requiere ser un inconsciente, ser más allá de la memoria. Un pez payaso perdido en los entresijos del tiempo. Despertar y salir de nuevo a la vida nos exige un esfuerzo, una lucha entre la atractiva pereza y la imperiosa demanda del deber. Ese que simplemente nos obliga a mirar hacia delante.

En ello estamos y añoramos las sábanas calientes, el reloj detenido y los pasos a ninguna parte.

En ello estamos, decididos, comprometidos por un lado pero seducidos por la tentación de caer de nuevo en el olvido.

La indolencia debida a causas que nos permiten ser y no ser al mismo tiempo. Procrastinar sin pensar en las consecuencias. Despertar sin mirar la hora.

Duele saber, después de tanto tiempo, que hoy es domingo y que son las seis de la tarde.

Julio Anguita

Ha muerto hoy y cuando me he enterado he dejado de hacer lo que estaba haciendo. Quieto y triste. Triste y silencioso he pensado en que ya no está. Se ha ido y se ha llevado con él su palabra. Quedan sus ideas y sobre todo su coherencia. No se me ocurre algo que lo defina mejor. Toda una vida luchando por la utopía y toda una vida sin traicionarse. Es fácil decirlo y terriblemente difícil hacerlo. Ser coherente le ha permitido ser libre. Ser consecuente con sus pensamientos le ha hecho tristemente diferente. He tratado de pensar en personas cómo él y la lista es dramáticamente escasa.

Ejemplo a seguir, espejo donde mirarse. Compañero, amigo. Valiente, sincero, amable. Insobornable. Vivir sin caer en el desaliento. Creer en la fuerza de la razón y utilizar la palabra para reflexionar, enseñar y convencer. Ennoblecer la política y hacerla ser lo que debe ser: acuerdo, diálogo y defensa, ante todo, de los desfavorecidos.

Libertad para decir lo que uno piensa y actuar en la manera en que se piensa. Igualdad entre seres humanos, entre hombres y mujeres, para ser todos sin dejar de ser uno. Fraternidad como cauce necesario en el que la vida discurra. Revolución como cambio social. Cambio completo que nos lleve de lo indigno a lo digno, de la muerte en vida, a la vida vivida sin la amenaza impuesta de la muerte.

Ha muerto hoy y todo se ha detenido un poco. Su vida y la nuestra, al menos por un momento. De eso sirvió la suya. Para detener la nuestra de vez en cuando y despertar conciencias dormidas, para rehacer sueños rotos y olvidados, para levantar el puño en alto sin odio pero con energía, para hablar alto, claro y fuerte.

Se me ha muerto como el rayo…

Días de virus y rosas

Días extraños estos en los que no hay ruido. Días extraños en los que el mundo solo se ve a través de la ventana. Días extraños en los que sabemos que detenerse es posible. Días extraños en los que vimos parar el tiempo y el futuro lo queremos imaginar diferente. Días extraños en que los muertos están más solos y los solos más solos que nunca. Días extraños donde caminar es un recuerdo y la lluvia, el frío, el calor o el viento son personajes ajenos a nuestro mundo enclaustrado. Ellos, extraños, viven ahí fuera. Días extraños en los que todo está preparado para el recuerdo. Días extraños donde luchamos entre habitar un paréntesis o plantear propósitos para un futuro más o menos cercano. Días extraños en los que, si la enfermedad y la muerte pasan de largo, somos capaces de vivir los momentos tranquilos sin el peso del tiempo. Días extraños en los que apreciamos, a veces, lo mejor del ser humano. Días extraños en los que además de virus y muerte también podemos encontrar rosas. Días extraños en los que él y ella también son nosotros. Días extraños que pasarán pero no se irán. Se van a quedar, nos guste o no, dentro de nosotros. Días extraños que un día recordaremos como uno recuerda la quietud y el silencio: con paz o con miedo. Que sea la paz la que pueble nuestros recuerdos y el temor y la muerte nos hagan más fuertes.

Del dicho al hecho

Todas las personas tienen derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio y sin importar las fronteras. Esto es lo que dice el artículo 19 de la declaración universal de los derechos humanos.

Existe en España una corriente de opinión que aboga por establecer como delito la apología del franquismo. Bajo el argumento de que que no se puede homenajear a tiranos se defiende el castigo para quien los ensalce. No son las palabras las que delinquen sino los actos. Lo que se diga carece de importancia si no incita a poner en práctica actos de odio y violencia. Por muy repugnate que pueda resultarnos una idea al ser expresada no deja de ser una idea. Palabras que cualquiera puede lanzar al viento. Opiniones que quien quiera puede verter.

La libertad de expresión no debería tener límites. Definir la frontera entre palabra y acto es lo difícil. Demostrar que lo dicho ha provocado lo hecho es lo que debiera preocupar a los juristas. La justicia que castiga las palabras no es justicia.

Se está juzgando en España en estos días a un conocido actor por haber herido la sensibilidad de algunos creyentes católicos con unas palabras sobre dios y la virgen. Gracia, no para él, tendría que fuera condenado por decir palabras que no han desencadenado ningún acto. Ser condenado por hablar, ser castigado por decir en alto cualquier cosa es un absurdo. Alegar para ello que lo dicho ofende no se sostiene. La sensación de haber sido ofendido sí, por supuesto, todos somos libres de sentir lo que queramos, el castigo no. Las palabras se las lleva el viento. Los actos tienen consecuencias y estos sí, se quedan. Defender que las palabras son causa pero no mostrar más consecuencia que mi ofensa podrá servir para que yo no perdone pero nunca para defender una justicia punitiva que defienda a los ofendidos y castigue a los ofensores.

¿Cuáles han de ser los colectivos protegidos ante las ofensas verbales? ¿Los de género distinto, los niños, los de orientación sexual diferente, los de otro color, las víctimas de violencia física o política, los sin techo, los de países extraños, los creyentes en sea cual sea el credo, los otros?

Sentirse ofendido incluso odiado puede ser, dependiendo del caso, ridículo o terrible. En lo terrible no hay broma posible. Quien hablando provoca ofensa dolor y odio es despreciable. Quien se ofende es libre de hacerlo pero no siempre es respetable. Sería infinito hacer un catálogo de posibles ofendidos.

No hay mala voluntad en quien quiere prohibir o castigar ideas que nos resultan repugnantes. No hay maldad en el propósito de eliminar la posibilidad de expresarlas pero sí hay error porque confunde palabra y acción. Idea, causa y consecuencia.

La libertad de expresión nos condena a escuchar lo que no queremos escuchar, a apretar los dientes y tragarnos la rabia, a compadecer a los que en muchas ocasiones pueden sentirse de verdad ofendidos.

La libertad de expresión nos permite, también, contestar palabras con palabras, opiniones con opiniones que nos hacen sentir más dignos, ideas con ideas que nos elevan por encima de la basura. La libertad de expresión nos permite, del mismo modo, reirnos, de los ridículamente ofendidos y sobre todo, no respetar las palabras, ideas u opiniones que no merecen nuestro respeto. Es siempre importante recordar que las  personas, aunque a veces nos cueste una úlcera, merecen respeto pero no sus opiniones y la libertad de expresión me permite despreciar las ideas y opiniones despreciables y también, evidentemente, las ofensas gazmoñas y ridículas .

Justicia, castiga, en todo caso, al que me haga daño, no al que se limite a querer hacerlo, diciéndolo. De ese, espero, poder defenderme yo solito.

Que los creyentes pidan a sus dioses que les defiendan de quienes les ofenden. Yo prefiero que la justicia ocupe su tiempo en actuar contra los que nos hacen víctimas de sus acciones.

Nos podemos reír de casi todo lo que un rubio presidente dice. Lo que nos debe preocupar es lo que hace. Nos podemos reír de todo lo que al actor español le dicen en el juicio por su ofensas sus ofendidos. Lo que nos debe preocupar es lo que la justicia haga contra él en defensa de los ofendidos. Nos podemos reír de todo lo que dicen y piensan los nostálgicos de dictadores trasnochados. Lo que nos debe preocupar es que haya gente que hace, votando a favor de partidos que defienden lo que los sátrapas defendieron.

Todas las personas tiene derecho decir libremente lo que piensan. Todas las personas deben responder por sus actos. Todas las personas tienen derecho a sentirse ofendidas porque, además, es inevitable. Nadie debe ser condenado por sus ideas. Lo debe ser por sus actos, relizados o incitados. Nadie puede perseguir ni castigar al que ofende porque en tal caso todos seríamos perseguidos y castigados. Todos ofendemos y todos nos podemos sentir ofendidos.

Tan lejos ha de llegar la libertad. Aunque a veces escuchar lo que se escucha nos haga cerrar los puños con rabia infinita.

Del dicho al hecho hay un trecho. Se llama libertad de expresión.

El hombre que vendía calcetines

Esta mañana he dado un largo paseo por un mundo desierto. El cielo estaba azul y el sol de invierno iluminaba el día con su luz transparente. He recorrido caminos solitarios. Sólo algunas flores blancas a los costados.

El campo estaba dormido, oscuro, ajado. Sólo algún verde aislado y el marrón de la tierra removida tenían cierta vida.

Árboles desnudos, sin sombra. Parecían tener frío.

He seguido mi camino escuchando el sonido de mis pasos sobre la tierra. He dejado que la luz y el frío me acompañaran. Invierno hecho día.

He llegado a un pueblo que parecía vacío. Las calles desiertas, las casas cerradas, chimeneas sin humo.

He buscado alguna señal de vida. Algún sonido perdido. Una voz, un ladrido. Nada. Todo era silencio. Las casas de piedra. Luces y sombras en las fachadas. Alguna flor olvidada.

Creo que he recorrido todas sus calles, he dado vuelta a todas sus esquinas  y no he visto ni un alma. Cuando ya me iba, rompiendo el sonoro silencio ha llegado un coche. Cuando me ha adelantado yo estaba detenido junto a una ventana cerrada.

Calle arriba he visto a un hombre descender del coche. Llevaba una bolsa en su mano. Ha mirado a su alrededor y no ha encontrado a nadie. Justo cuando parecía marcharse me ha oído llegar y se me ha acercado. Buen hombre, me ha dicho, pasaba por aquí, ha abierto su bolsa, y me ha ofrecido comprarle su mercancía. Ando por aquí, vendiendo calcetines. Torpe de mí, avergonzado de estar paseando, mirando paredes y flores, le he dicho que no. He musitado una excusa y me he ido deprisa. Sólo unos segundos más tarde le he visto alejarse en su coche.

Buen hombre, me ha dicho, y me ha impresionado. No se me iban las palabras de la cabeza. Sólo sentía arrepentimiento por haber escapado y no haberle comprado nada. He vuelto a recorrer las calles del pueblo y no le he encontrado. En los pueblos desiertos nadie compra calcetines. Aturdido he vuelto al camino y no he podido dejar de pensar en el hombre que me había llamado buen hombre.

Camino de casa, me he detenido en la ermita.

Paseando entre sus arcos de piedra he rogado al dios en que no creo que ayude a los hombres y mujeres que tienen que vender calcetines en pueblos perdidos para ganarse la vida. He pedido también perdón por huir a toda prisa de los problemas ajenos.

Cabizbajo he pasado un rato más tarde junto al árbol desde el que se divisa mi casa.

Ahora, ya caída la tarde, el cielo azul oscuro, casi negro, rememoro el paseo que hace sólo unas horas he dado. Se me han borrado las luces, el sol, los caminos, las casas y las ventanas. No recuerdo ya las pocas flores ni los árboles desnudos. Recuerdo, sin embargo, claramente, la cara del hombre que me ha llamado buen hombre y me ha ofrecido comprarle unos calcetines. Siento aún, cuando le miro, vergüenza y arrepentimiento.

La luna asoma y yo entro en casa.

Imagino que será la misma luna que mira el hombre que vende calcetines.

 

Últimamente

Paseo mucho últimamente. Tanto que si no lo hago padezco síndrome de abstinencia. Necesito moverme y cada vez lo hago más rápido. Caminar, poner una pierna por delante de la otra ya no es suficiente. El movimiento me arrastra, me voy con él y me pierdo. A medida que avanzo todo lo demás parece detenerse y esa soledad acelerada me engulle. Devoro metros y me concentro sólo en el paso siguiente. Ejercicio para el cuerpo, descanso para la mente. La mente en blanco no está en la quietud sino en el movimiento.

Duermo mejor últimamente. Sé, por primera vez en mi vida, que no me va costar conciliar el sueño. Sé que no voy a ser presa de ideas, palabras y pensamientos obsesivos. Puedo cerrar los ojos y sentir como caigo sin remedio en el silencio. Ya no me persigue como perro adiestrado, ya no tiene poder sobre mí, ese que vive en mi interior y que se adueñaba sin piedad de mis ojos cerrados. Duermo mejor últimamente, pocas horas lo sé, pero cuando despierto abro los ojos, no los cierro.

Escucho mucha música últimamente. Pasea conmigo, escribe conmigo, vive conmigo. Me sigue enseñando cosas nuevas cada día. Después de tanta palabra me quedo mudo y asiento. La música es la verdad y la vida. Se siente y se sabe. No hace falta explicación alguna. Tanto defender la razón, tanto pensar sin remedio, tanto escribir, tanto hablar para al final atisbar la verdad sólo en la emoción y el sentimiento.

La política me interesa mucho últimamente. Me cuesta reconocerlo pero es cierto. Siempre he vivido en mí mismo. Nunca he podido pertenecer a un grupo. Huyo de manifestaciones conjuntas. No puedo ser simultáneo ni armónico. A pesar de ello, nunca es tarde, me interesa cada vez más el grupo. No como tal sino pensado en individuos que conviven. Las personas, tú y yo, nosotros, ellos, tenemos problemas y me gusta pensar en cómo resolverlos. Tratar de llegar a lo más justo merece todos los desvelos. Siempre he vivido más allá. Quiero también el ahora.

Leo mucho últimamente. Leo todas la noches y sigo quedándome boquiabierto ante lo que pueden hacer unas palabras tras otras. No importa que día haya pasado. Me da igual qué será de mí mañana. Meterme en la cama, apagar todas las luces menos esa que ilumina la página aún por leer, pasar las hojas sin darme cuenta, leer lo que sé que otros han escrito par mí y perderme entre ideas y vidas diferentes, quedarme absorto. Eso es vivir también, es otra forma de respirar.

Pienso mucho últimamente. Cada vez más en mi pasado y en el futuro de otros. Eso me da miedo. No quiero. Es como quedarse quieto. Tú eres hasta hoy  y ellos son a partir de mañana. Lucho denodádamente por no abandonarme y seguir hacia adelante. Vivir y pensar a pesar del tiempo. El pasado es refugio pero la nostalgia se esconde agazapada. El futuro da miedo pero es sólo para los valientes. Me gustaría ser un valiente sin nostalgia. Lo intento.

No salgo mucho últimamente. La rutina me ordena la mente. Mi casa, mi mesa, mis libros, mi música están siempre ahí, no tengo que ir a buscarlos. El bote redondo de los lápices, las tres cajas plateadas, el teléfono que ya no suena, los papeles que ordeno y desordeno constantemente, el mantel de la mesa, la mochila negra, las fotografías que me miran cuando yo no las miro, el sofá rojo, las paredes blancas, los recuerdos que llenan todos los silencios.

Me repito mucho últimamente. Pienso en las mismas cosas, recorro los mismos caminos, escribo las mismas palabras, veo las mismas caras, me siento a la misma mesa, duermo en la misma cama, añoro los mismos momentos, deseo lo mismo que ayer deseaba. Me repito mucho últimamente y no me importa. Es como si cada vez existieran menos cosas importantes.

Menos es más. Tanto tiempo para descubrir lo que ya estaba descubierto.

Atrapado en el tiempo

Puedes tratar de sacar todo lo que quieras de tu mente. Puedes soñar con que el olvido se haga cargo de todo. Puedes vivir como si tus fantasmas ya no existen. Puedes repetirte una y mil veces que el pasado se ha convertido en presente. Puedes incluso fingir que sientes lo que no sientes. Puedes mirar atrás sin dolor de punzadas en la frente. Puedes, pero, cuando el tiempo del que huyes te alcanza, sabes que mientes.

Todo acaba por volver. Siempre que cierras los ojos te quedas completamente solo. Entonces, en ese silencio oscuro, la mentira se desvanece y agazapada la verdad se manifiesta indiferente. La ves y aceptas humildemente que estás atrapado en el tiempo. Cárcel sin la que no puedes vivir. Camino del que no puedes salir. No tiene límites ni abismos a su costado. No tiene principio ni fin. Tu vida sin él no es vida. Es nada o no es nada. Lo mismo da.

Sientes que cada vez el tiempo es más presente. Ahora que el pasado no se va, tienes que tratar de ser fuerte. No te dejes tentar por las caricias tramposas de la memoria. Los recuerdos te acompañan y a veces te hacen sonreír. Los recuerdos llegan para quedarse. Y lo hacen. Ganan siempre la batalla. Tú eres presa fácil. Los acoges y los guardas. Ten cuidado. Son afilados. Tienen dientes, tienes garras y hieren como amenazas.

No dejes de mirar al frente. Haz de tu vida un presente continuo que no te abandone. Tienes recuerdos, tienes sueños, de ambos estás hecho. Ahora es lo importante. Si no lo aceptas el abismo te espera. Caer es fácil. El ascenso te cuesta la vida. No te diluyas, permanece. No permitas que tu tiempo sea pasado, no lo conviertas en anhelos futuros. Pisa fuerte y mira la huella que dejas en cada instante.

La única solución que tienes es vivir en la mentira del presente. Sabes que no existe pero no importa, solo en él puedes quedarte. La verdad del pasado no puede devorarte. Miéntete, engáñate sabiendo que lo haces. Ser consciente te hará fuerte. Si vives en la mentira del tiempo por qué no vas a hacerlo en el presente.

Memoria, recuerdos, pasado, futuro y presente. Una y otra vez vuelves a lo mismo. No te quedan palabras para otras cosas. Es obsesivo. Pensamiento persistente. Latido constante en tu mente. Te lo dije, no puedes huir por mucho que lo intentes. Sueña si quieres con vaciarte, sueña con el olvido que nunca llega. Sueña, pero vive mientras tanto en el tiempo que no cesa.

Eres pasado que ya no existe. Tienes ante ti un futuro probable pero incierto. Sólo te queda agarrarte al presente que se desvanece a cada instante. Cuando cierres los ojos, duerme. No pienses, no sueñes. Simplemente duerme.