El noveno mes del año

Este año septiembre me ha regalado dos días extras de verano. Le estoy profundamente agradecido. Este año septiembre ha llegado como sabe, traicionero. La temperatura ha descendido y todo huele a otoño adelantado. Este año septiembre me ha hecho recordar, como todos los años, dos cosas: la película de Woody Allen y la canción de Chris Rea. La película expresa muy bien cómo septiembre es fin, límite y frontera. La canción, de septiembre tiene sólo el título pero la música está llena de la nostalgia del noveno mes del año.

Este año septiembre me ha pillado por sorpresa. Los días y las horas hasta ayer olvidados, han impuesto su artificial presencia. Este año septiembre lo siento pesado y profundo. A partir de mañana las noches serán mucho más cortas. Este año septiembre ha llegado de repente. Eso no se lo perdono. Este año septiembre será lluvia, lápiz y papeles. A partir de mañana tendré que cubrir mis pies descalzos. Este año septiembre, como todos los años, pasará y yo pasaré a su lado.

No es mucho lo que pido. Sólo unas cuantas palabras con las que conjurar los fantasmas malignos que me acechan en estas horas oscuras de infantiles lamentos. Una vez dichas, veré, una vez más, Septiembre, escucharé September blue, cogeré el lápiz entre los dedos, llenaré todas las páginas en blanco, me calzaré y caminaré bajo la lluvia. Echaré la vista a atrás y recordaré caminos, películas, libros, conversaciones, el vino blanco de última hora de la tarde, la siesta, los paseos y el día en que nos sentamos en la piedra caliente de la iglesia. Recordaré, sí, pero también miraré hacia delante y allá, a la vuelta de la esquina, aparecerán también días y horas memorables.

El otoño que acecha

He vuelto. Han sido días distintos. Lejos de las teclas y de la pantalla. He vuelto también al trabajo y lo lamento. I don’t like septembers. Tell me why. He sacado fotografías y he leído a Philip Roth. Ahora está sobre una mesa blanca descansando. Hace calor pero llueve. Bochorno.He sacado punta a los lápices y he apilado tres libros a mi derecha: Historia de la filosofía para jóvenes, El Nueva York de Woody Allen y Guía práctica de CSS. Abro el cuaderno naranja que tengo a mi izquierda y leo algunas palabras al azar: eliminar archivos papelera root, ecaf1c, inconsolata, mujeres, educación, sanidad, gasto social, protección social, pobreza, exclusión.

He pasado los últimos días de agosto ordenando la biblioteca. Ahora la miro y me relaja. Todo parece estar en su sitio. Es una sensación agradable. Tenía la duda de si colocar los libros por orden alfabético o por lenguas y nacionalidades. Al final he optado por un sistema mixto y caprichoso. Poesía, ensayo, literatura inglesa, latinoamericana, francesa…novela negra…miscelánea…Al ir agrupando autores he descubierto los que más sitio ocupan. Esos, al menos por volumen, se apropian de un lugar destacado. Mailer, Kundera, Styron, Mann, Varguitas, Endo, Saramago, Wilde, Auster, Trapiello, Muñoz Molina sobresalen y los ojos se van, sin quererlo, hacia ellos. Sólo les gana en ampulosidad la enciclopedia británica. ¿Hace cuánto tiempo que no la abro? Recuerdo cuando la compré y las horas que pasaba conociéndolo todo. Pasaba sus páginas con regocijo y me detenía primero aquí y luego allá. Cerraba el volumen y tocaba embelesado la suave piel marrón con que está encuadernada.

He encontrado una hoja en la que tengo apuntadas las películas que he visto este verano. Son en torno a  40. Cuando leo los títulos todavía recuerdo cada una de ellas y las plácidas tardes en las que las veía. La primera fue La red social y la última Hereafter. Entre ellas se me cuelan en la memoria Les enfants de Marais, Un long dimanche de fiançailles, This is England, Chocolat, Incendies, Lost in translation, Another Year y Los limoneros.

Me gusta el cine pero cada vez voy menos veces. Veo la mayoría de las películas en casa. Lo peor del cine es salir de nuevo a la calle. Dejar París, Jerusalén o el desierto del Gobi y toparte en un abrir y cerrar de ojos con la luz y la gente que hace la compra.

También estos últimos días me ha dado por tirar cosas. Ordenar, limpiar y tirar. No sé si es bueno para el cuerpo pero sí para la mente. Es un ejercicio recurrente. Necesito hacerlo de vez en cuando. Cada vez me cuesta menos deshacerme de las cosas. Abrir un armario, vaciarlo, clasificar su contenido y perdonar la vida o condenar a muerte. Llenar bolsas, salir de casa con ellas y sentir la ligereza que llega al abandonarlas o regalarlas. Después, y a pesar del vacío logrado, no dejo de soñar con una casa más grande.

Levo dos días trabajando y dos míseros días tratan ya de engullir dos meses de verano. La rutina atrapa. Cuando es escogida no es una prisión sino sosiego, cuando se adueña de ti, cuando se te impone no te deja más opción que el odio. El odio produce fatiga. El despertador, la prisa, las citas, el teléfono, las reuniones donde nadie aporta nada, los papeles sobre la mesa, las clases por preparar, los horarios, dormir cuando hay que dormir y no cuando tú quieres. Sentir que las doce es el final del día y no el principio de la noche. En fin, no existe consuelo en la desgracia ajena. Siempre se es privilegiado a los ojos de los demás. Quien tenga oídos…

En unos días otoño. Suena bien y se ven muy bien sus colores. Sigo pensando que la felicidad es repetir algo constantemente sin saber que lo estás repitiendo. Ese algo es redondo y perfecto, no tiene esquinas y te hace sentir completo. Uno y el universo.

Cada día anochece más temprano.

September blue

Hoy es uno de septiembre. He pasado la hoja del calendario y con ese ínfimo gesto han quedado atrás la luz, la calma, el tiempo innecesario y la inconsciencia cotidiana. Ante mí, ahora, una nostalgia que ya siento, de mañanas tranquilas, tardes compartidas y noches solitarias. El verano se agota y con él la esperanza de no vivir en el tiempo.¿Por qué siento cernirse sobre mí tantos días inciertos? Lo peor de haber sido feliz es estar constántemente recordándolo. No quiero salir de mi refugio, no necesito más palabras que las vuestras y no deseo sentir ninguna ausencia.

Salgo a la calle, la lluvia eterna de septiembre va borrando mis pisadas. La piedra gris, las calles maltratadas y un cielo plomizo que me oprime me hacen cerrar los ojos y perderme en los recuerdos y vivir donde el azul, el rojo, el verde y el amarillo me hacen olvidar este insípido mundo incoloro. No quiero más horario que mis ganas, no quiero ruido, no quiero nada. Sí, una cosa sí quiero, perderme en los caminos recorridos, donde tan sólo viven la luz y mis pensamientos.

Miro los libros que he leido, los toco, no los abro para no dejar escapar mi emoción de entre sus páginas. Recuerdo la música escuchada, suena distinto ahora. Todo me habla de otros tiempos, de otras voces y de las estrellas que noche tras noche escudriñaba.

Podría decir que estoy deseperado, que el dolor abrasa mi costado y que dejé atrás todo lo que hace latir con fuerza lo que siento. Podría decirlo y repetirlo hasta creerlo, sentirme de ese modo una fiera enjaulada, un alma atormentada. Pues no, no lo diré porque no es cierto. Tengo hoy lo que tuve ayer, nada ha cambiado. Eso es lo duro. Lo sé y duele saberlo. ¿Cómo puede una simple hoja de calendario, hacerme sentir así, tan derrotado?, ¿por qué yo, que todo lo tengo, me dejo caer de esa altura ensimismada?, ¿de dónde viene, en fin, esa tristeza, ese nudo en el estómago, esa mano firme que con uñas afiladas me hiere las entrañas?, ¿cómo puedo ser tan débil, tan idiota?.