Carta a un idiota pagado de sí mismo

Estimado idiota,

Cuando te conocí me pareciste, si he de ser sincero, algo rancio. Tu forma de hablar, de moverte y de vestir me previnieron. Yo, de natural abierto, hice caso omiso de aquellas señales y me juré juzgarte por tus actos. Me dispuse, por tanto, a la tarea de convivir, aunque fuera ocasionalmente, contigo y de compartir proyectos, ideas, intereses y preocupaciones. En tu defensa diré que en un principio la dedicación y el tiempo que ofrecías a nuestra causa compensaban, siquiera levemente, las discrepancias. Yo, por mi parte, cumplía con mi labor de informarte sobre las decisiones que tomaba y escuchaba tu opinión en aquellas cuestiones que yo no podía decidir individualmente.

Hay una cosa que no soporto en la gente, y es que sólo les importe el parecer. En ti, querido idiota, esa faceta se fue haciendo cada vez más evidente. Qué rápido te fuiste desentendiendo de las labores cotidianas, qué lejos estabas siempre de la sombría realidad que nos rodea y sólo mostrabas interés por aquello en lo que tu imagen o tu imagen proyectada resplandecía bochornosamente en actos llenos de ombliguismo y ridícula benevolencia donde sólo importaba el aspecto y no la esencia.

Tuviste la cara dura de simular interés en algo que no te interesaba. Jamás aprendiste nada de lo necesario que te hiciera comprender el mundo en el que te movías. Yo, también idiota, me devanaba los sesos para hacerte ver lo importante que esto era.

La brecha entre tú y yo ha ido agigantándose durante estos últimos años. Hoy, es imposible construir un puente que una ambos lados del abismo.

Hemos pasado de hablar y escribirnos casi a diario a no tener comunicación alguna. No respondías los correos que te enviaba ni contestabas las llamadas que te hacía. Supongo que tras la novedad, la vida sobre la tierra te aburría. Tus nuevos e inagotables cargos te han hecho olvidar no que yo sino que la gente a la que tenemos que ayudar existe.

El mundo está lleno de seres como tú. Mera apariencia. Todo en ti es apariencia y por tanto mentira. Defiendes valores con los que no comulgas, tienes tendencia a meterte donde no te llaman, a opinar de lo que no sabes, a dejarte ver sólo donde hay luces. Eres desesperada y fundamentalmente ñoño. Rancio y ñoño son dos adjetivos que no aprecio en absoluto. Curiosamente son los dos que mejor te definen.

El mundo, decía, está lleno de personas como tú. Personas que se las dan de entregados, de generosos y comprensivos. Personas que como la gaseosa perdéis la fuerza por la boca. Decís buscar la excelencia y sólo buscáis lo deslumbrante. Todo por fuera nada por dentro. Magia potagia.

La generosidad entendida como simple tranquilizador de conciencias. La hipocresía como lema. El clasismo como estilo. Necesitáis y necesitas la pobreza para sentirte importante, confundes la libertad con la libertad de empresa, el dogma con la ideología, el liberalismo con el clasismo, la intolerancia con las convicciones y, por supuesto, la caridad con la galería.

Sois peligrosos. Vais por el mundo haciendo el bien que nadie os pide. El bien que no es tal sino su contrario. Sois una plaga que difunde la intolerancia. Desprendéis un tufo insoportable.

Nada hay peor que estar orgulloso de ser bueno.

Me gustaría decirte que tan sólo pareces idiota. El tiempo y tu negra conciencia me dicen que lo eres.

Ya sabes, yo, entre ser y parecer me quedo siempre con el ser.

Sinceramente tuyo,

J.

P.S.: Lanzo esta carta privada al mundo porque como tú los hay en todas partes. Sois legión. Os escondéis, como secta organizada y secreta, en trajes y vestidos de marca, en zapatos lustrosos, en mercadillos de navidad, en organizaciones noblemente humanitarias, en actos llenos de luz y taquígrafos, en palabras huecas, en babas y en abrazos, en besos de judas, en capas de maquillaje, en propinas, en palmadas en la espalda de los necesitados que dan sentido a vuestras vidas, en lágrimas de cocodrilo. Formáis un club de entrada restringida, miráis el mundo desde la barrera, dais la mano siempre con guante. Cerráis los ojos para no ver lo que tenéis delante. Jugáis a intervenir en el mundo.

Vade retro

Ser y parecer

Encontrar algo sorprendente es cada vez más improbable. La imaginación ha ido más allá de todo límite. Es, por definición, inagotable. Todo nos resulta visto, oído o conocido. Todo está dentro de nosotros. Sólo tenemos que buscarlo. Por eso la sorpresa ya no existe. Lo misterioso, lo imaginario, lo irreal eran sólo producto de una disciplina impuesta. El más allá, la metafísica nos servían para hacer de lo que nos rodea algo concreto. Marcaban territorio. Transformamos el desconocimiento en frontera entre dos mundos, uno real y el otro imaginario. De lo que no conocíamos era mejor no hablar. Era preferible tratarlos como simples sueños. Ningún sueño continúa eternamente siendo sueño. Dentro de la imaginación se esconde agazapada la realidad. La realidad es un concepto abstracto. Nos empeñamos, inútilmente, en encerrarla dentro de unos límites, de ponerle trabas, de encerrarla entre muros. La realidad consigue siempre saltarlos. La realidad no es real. Al menos como nosotros queremos que lo sea. La realidad, ya se ha dicho, es un simple acuerdo. Llamamos es a lo que simplemente parece y lo que no parece lo consideramos fruto de la imaginación.

Los niños están perdiendo la capacidad de  sorprenderse. Todo les parece posible. No es que tengan todo al alcance de sus dedos, no, lo tienen al alcance de su imaginación. Con eso basta. Con eso les basta. Su realidad es mucho más amplia que la nuestra.

Podemos pergeñar los sueños más osados, diseñar artilugios nunca vistos. Todo se nos hace factible. La imaginación ya no habla de mundos imposibles. Los misterios dejaron de serlo hace ya mucho tiempo. El efecto sorpresa sucumbe sin remedio ante una imaginación sin fronteras. Sabemos ya que la tierra es redonda, que el lenguaje nos ha hecho inteligentes y que dios no existe. No existe, al menos, como antes existía. Sabemos también que podemos pensar o imaginar todo lo contrario. Así dios volverá a crear el universo y Eva, si queremos, será moldeada otra vez a partir de una costilla. Imaginación o realidad. La una está dentro de la otra.

El declive de la imaginación llega con los años. Decrece con el tiempo. Los recuerdos, mientras tanto, aumentan imparables. Según transcurren los días y las horas sustituimos imaginación por recuerdos. Ahora el mañana es amenaza, el ayer, por el contrario, refugio. Prisioneros, en el medio, tratamos de decidir a dónde nos lleva el presente.

Para un niño la imaginación es un continente inabarcable, los viejos, a lo sumo, se limitan a imaginar todo lo que pudo haber sido y no fue. El riesgo del niño es perderse en ese universo sin límites, el del viejo es caer en la tristeza. Los niños cuando hablan, cuando cuentan algo dicen imagínate constantemente. El abuelo siempre comienza sus frases con un te acuerdas. El niño, como la imaginación, es infinito. El viejo, como la vida, tiene sus horas contadas.

Imaginación y conocimiento deberían ir siempre de la mano. La imaginación es alimento. El conocimiento vida. El recuerdo sustento y declive. De los tres vivimos. Nunca se agotan.

Nada más triste que alguien sin imaginación. Nada más muerto que alguien sin conocimiento. Nada más irreal que alguien sin recuerdos.

Querer es la misión de la voluntad. Poder es lo que corresponde a la imaginación. La imaginación cuando llega al poder nos acerca al conocimiento. La imaginación al poder no es un simple eslogan, la frase es del todo realista. No es un sueño, es una necesidad.

La imaginación es la realidad vista de otro modo. Sin la realidad no cabe imaginar.

En estos días que corren, algunos, cada vez más, quieren sustituir la imaginación por  la fantasía. La imaginación crea y construye, la fantasía disipa y entretiene. El siguiente paso será pasar de ésta al embobamiento. De ser a parecer.