La indolencia debida

Independientemente de las circunstancias que los provoquen, los paréntesis impuestos tienen la ventaja de que toman las decisiones por nosotros y eso nos procura descanso. Es como cuando tienes que reposar por prescripción facultativa. Te abandonas un poco y dejas que el tiempo pase a tu lado. Lo miras marcharse y sientes la paz de no enfrentarte a él. Son las ventajas de la obediencia debida. Lo malo es que es un estado que no dura mucho. Vivir en el abandono acaba por inquietar nuestras conciencias y nos reclama una respuesta. Despertamos poco a poco del letargo y vivir de nuevo el presente duele, como duelen las articulaciones después de un largo período de quietud. A pesar del aparente descanso.

Vivir aletargado requiere ser un inconsciente, ser más allá de la memoria. Un pez payaso perdido en los entresijos del tiempo. Despertar y salir de nuevo a la vida nos exige un esfuerzo, una lucha entre la atractiva pereza y la imperiosa demanda del deber. Ese que simplemente nos obliga a mirar hacia delante.

En ello estamos y añoramos las sábanas calientes, el reloj detenido y los pasos a ninguna parte.

En ello estamos, decididos, comprometidos por un lado pero seducidos por la tentación de caer de nuevo en el olvido.

La indolencia debida a causas que nos permiten ser y no ser al mismo tiempo. Procrastinar sin pensar en las consecuencias. Despertar sin mirar la hora.

Duele saber, después de tanto tiempo, que hoy es domingo y que son las seis de la tarde.

Pienso, luego existo

“En mi opinión” es una expresión que casi nunca tiene validez. Digo casi nunca porque quiero ser generoso. El proceso mediante el cual uno llega a formarse una opinión está siempre condicionado por lo que otros dicen u opinan. Ellos, a su vez, han llevado a cabo un proceso similar.

Lo que yo pienso sobre algo es, en el mejor de los caso, fruto de una reflexión basada en ideas y opiniones que otros han tenido y que yo he tenido en cuenta, sopesado, asumido e incluso copiado. Excepto en el caso de la copia, sobre todo cuando l o queremos revestir de originalidad y ocultamos conscientemente las fuentes, no tengo nada que oponer.

Nuestro paso por la vida, el camino que recorremos, está marcado por las decisiones que inevitablemente tenemos que ir tomando. Ellas, las decisiones, constituyen nuestro camino que es constantemente redireccionado según sea la decisión que tomemos en cada momento. El camino que vamos recorriendo siempre encuentra su límite en nuestro último paso. Nunca sabemos con seguridad si, al metro siguiente, el camino doblará a la izquierda, a la derecha o seguirá en línea recta.

Una persona libre es la que puede  y quiere optar, la que decide y luego obra en consecuencia. Para ello, para optar, debemos previamente reflexionar y esa reflexión debe ir conformando nuestras ideas y opiniones. Tampoco nacen estas con vocación de ser eternas. A esas, a las que nos gustaría que fueran eternas, para así quitarnos problemas y responsabilidades de encima, nos agarramos desesperadamente cuando nos sentimos solos y desvalidos, cuando la necesidad de pertenencia nos fuerza a abandonar opiniones y abrazar creencias, que, buenas o malas, no son más que eso creencias. Y nosotros, buenos o malos, nos convertimos en simples creyentes.

Cuando Descartes al pensar supo que era alguien no actuó como Perogrullo sino que dotó de libertad al individuo que piensa. Ese aspecto, el de pensar, es el que nos importa. La consciencia de la existencia es condición necesaria para después reflexionar, para tener ideas, para decidir y, en último término, para ser.

Si admitimos, por tanto, que el ser humano es porque piensa y que pensar es el único camino hacia la libertad, deberemos concluir que nuestra libertad está directamente ligada a la autenticidad de nuestras ideas y opiniones. Las creencias, si es que verdaderamente merecen ser tenidas en cuenta, serán bálsamos, ayuda, esperanza pero no camino de libertad.

Al pobre Descartes lo hemos exprimido hasta dejarlo convertido en tres palabras. Tres palabras que así tomadas de una en una, parecen, si las miramos  con ligereza, obvias por su aparente simpleza. Lo que de verdad llevan dentro de sí son, nada más y nada menos, la existencia, la consciencia, la vida, la libertad y el pensamiento. Tal vez Descartes, como buen minimalista, nos demuestra que lo simple es lo difícil, y que lo esencial suele ser invisible a los ojos aunque lo tengamos ante nosotros. Ante nuestras propias narices.

Lo que preocupa es comprobar cómo la opinión personal es tan escasa como el petróleo y como éste, está en manos de unos pocos. Los demás, casi todos, aceptamos lo ajeno como propio. Lo hacemos, además, no cabizbajos sino paranormalmente convencidos de que somos autores de nuestras ideas. A veces, asentimos ante lo que otros dicen, no hay nada de malo en ello si coincidimos o si se nos abre una puerta que hasta ahora permanecía cerrada. Casi siempre, sin embargo, engañamos, hablamos utilizando la primera persona pero con las palabras de otro. Tener un opinión nos satisface más que no tenerla. El plagio es entonces tentación inmensa. Lo curioso es que de tanto repetirnos lo que otros han dicho acabemos creyendo que es de nuestra propia cosecha. Es así como orgullosos decimos, en mi opinión, considero que y sobre todo pienso que. Sin duda esta es la mentira más extendida del mundo.

Las creencias al menos buscan el descanso de nuestras afligidas almas. El pensamiento fingido no es más que engaño. Engaño a nosotros y a los demás. Engaño a propios y extraños. Mentira. Impostura.

Cuando hablo, escucho o leo, reflexiono y si tras la reflexión llega el convencimiento o su contrario no hay ningún problema. El pensamiento de  otro debe ser acicate no sometimiento.

El pensamiento plenamente propio no existe, como no existe la decisión totalmente libre. Estamos condicionados, eso es parte de nuestra condición. De ahí a limitarnos, a creer y a opinar lo que otros opinan media un abismo.

Si pensamos no hay Dios que nos ayude ni opinión pública en la que descansar ni sociólogos que expliquen mi pensamiento ni periódicos que lo pongan en titulares. Si pensamos existimos. Si no lo hacemos no somos  más que cocodrilos  con la boca abierta.

Descartes nos hizo de carne y hueso. Y de neuronas.